20080121

DE LA BACINILLA Y LOS BACINES





La bacinilla bajo la cama gritaba más de la cuenta. Todo el cuarto se llenaba de sus gritos y el sueño se abotargó con los vapores del amoniaco. Noches de oscuro frío de enero cargado de silencios, apenas roto con el silbido del tren rozando las horas a traspiés. La calle Ciruela brilló siempre en esos días con el relente de la noche en sus grises adoquines, del basalto hurtado a la colada de algún volcán. Subían los viajeros hacia el tren hablando fuerte, resonando en la calle, para hacerse notar en las horas desconsoladas de la madrugada. Pienso que la vida que se me hacía larga entonces cuando los oía desde mi cama siendo niño, imaginando a qué larga aventura se iban, ahora se me va haciendo corta con el frenesí de los días viviéndolos en medio de las horas negras previas al amanecer. El coche ruge toda su potencia respondiendo a mi requerimiento cuando le piso lo que más sensible tiene: el acelerador. Me salgo de la ciudad el tiempo justo para volver a ella por la carretera que llega hasta el AVE cuando quiere la noche hacer de las suyas imitando a aquellas de silencios oscuros cargados de inquietud y zozobra. Pero los tiempos corren y ya no hay bacinilla, ni falta que hace. El baño de hoy no insulta, ni agrede, como lo hacía con las humedades frías el de la casa sin calefacción donde viví esas noches a las que me refiero. La ducha de ahora entona casi más que el café de antaño en el Noche y día. Por otra parte el viaje no se presenta como la aventura del Transiberiano. Ahora poco más que el metro. Sin embargo se rompe algo cuando cojo los kilómetros y me alejo. Creo que es el desgarro de este trasiego; recuerda un día tras otro que estoy masticando día a día el repudio de la tierra y sus gentes. Media vida dejando jirones para sentir el alivio de mejorarla y ni una palabra de aliento. Así se explica que la gente se vaya, como yo, a trabajar donde le dejen tranquilo. Es una cierta sensación de fracaso que no lo redime ni las palabras de calor de cuantos me quieren.
Los vientos de la política se han tornado del olor acre de la podredumbre, melifluo en sus presentaciones, desesperadamente vacío de valor, propios de la mediocridad que ocupa el lugar rápidamente, apenas se descuida alguno por exceso de generosidad y confianza.
Las primeras planas de los periódicos llenas de las vacuas sonrisas de tanto bacin encumbrado en cargos de responsabilidad, jugando a los políticos, me recuerdan las del alcalde de Hamelín, en aquel viejo cuento dibujado por la factoría Disney en los años cuarenta. Son sonrisas que salen del estómago y no del corazón. Ahora, en este cuento, no son los ratones el castigo; viene de múltiples formas, inclusive con el rapto de la inocencia de la juventud que está ya harta de tanta memez subida a las más altas magistraturas.
Mi padre me miraba con estoico silencio cuando yo le inquietaba hablándole sobre las cosas de la política. No quería implicarse en nada, decía estar cansado de recibir malas noticias. Ahora le voy entendiendo. No son desastres naturales, sino el estiércol que se renueva y sigue progresando sin problemas. Aunque entre tanto estiércol suele salir algo puro germinando de vez en cuando. Esperemos. Oyendo el sonido de los días. Lo hacen las gentes con su ir y venir circulando por la ciudad.

20071126

EL AGUA LAVA LA HIEDRA



El agua lava la hiedra, decía Juan Ramón con su pluma rasgando el papel terso de sequedades inevitables, haciendo salir las letras encadenadas con tinta fresca de negra humedad. El agua, la sigue lavando hoy de sus polvos recogidos, en días interminables que suelen jugar a ser los mismos de siempre y, no lo son. Días amanecidos tiernos, preñados, de promesas que nunca llegan a cumplir del todo. Aunque sigo yo, como la hiedra, esperando la lluvia fresca frecuente que lava todos los sedimentos que llegan sin haberlos pedido, quizá sin haberlos merecido. El agua lava y lava, de manera callada, de vez en cuando, sin pedir permiso alguno, sin que nadie se apreste a la protesta airada. Sigue lavando en mañanas de noviembre, de escarcha madrugadora.
El agua lava la piedra… y en mi corazón ardiente, llueve, llueve dulcemente. Sabía Juan Ramón de las voces del sentimiento que mana y brota de tanto corazón abierto.
Un día rosa persiste, en el pálido poniente…
Oscuridad de poniente y de saliente, nacimiento y muerte; o muerte y nacimiento que da sentido a el palpitar de ánimas sensibles prestas a sentir la vida; con la sencillez anónima que encubre la grandeza de una dignidad nunca perdida.
El agua lava la hiedra, lava la piedra. También lava los ojos secos del que se mantiene erguido ante tanta agresión que degrada la vida en comunidad. En su soledad compartida con otros. Sin saberlo. Llueve, llueve dulcemente.

20071120

TORMENTA



Me dicen que lo cuente y yo obedezco. Ni el miedo ni el gran temor al final que se presume va a contener las ganas de compartir esta grande desazón que me invade. Después del mediodía el cielo empezó a cerrarse y todo el Universo parecía próximo a la extinción. Oscureciendo en las alturas, sólo en los horizontes entraba claridad. Con las luces cambiadas, el día trocó sus horas de mañana por las de atardecida y las luces, que deberían venir por el sureste, estaban acudiendo por el noroeste. Después de eso, ya no tuve control sobre mí. A las quince y cinco minutos de la tarde el viento, que embravecido rugía como un desollado, de manera súbita, fue trayendo gran cantidad de arena roja que hacía masticar la tierra y sudar sangre seca. No pude aguantar más, cogí el triciclo y comencé a pedalear todo lo que mis fuerzas me permitían para llegar cuanto antes a casa. No me asustaba tanto la soledad en esos terribles momentos como la angustia de saber que estaba sola sin mí. Corrí, pedaleé hasta la extenuación cuando el viento me empujaba con el odio ciego que la naturaleza emplea en los que ignoramos su poder. Los minutos que tardé en llegar, luego de equivocar el camino dos o tres veces, me parecieron una eternidad. Finalmente, entre aquella nube rugiente de arena y polvo abrasante, fue dibujándose los contornos de la casa. Confundí la trasera con la entrada y me desesperaba no encontrar en esa confusa luz terrosa la puerta de entrada. Al fin llegué a ella y traté de entrar. No la podía abrir, algo impedía que girara. La llamé a voces y no contestó. Empujaba y no podía abrir. Empleé todo el esfuerzo en empujar y nada. Hasta que averigüé lo que pasó: estaba totalmente liado con las sábanas y me estaba asfixiando sin poder mover ni un solo miembro. Nunca he despertado con tanta ansiedad y con la sensación de sucumbir sin poder hacer nada.

20071114

SOBRE LAS BRASAS



Me elevo alto a las siete, después de la anochecida callada por el trasiego de Barcelona, en un cielo negro, profundo de silencios desconocidos solo rotos por el zumbido del avión que se levanta en un enorme quejido. Se ladea sobre el lado de mi ventanilla para que vea en toda su dimensión las brasas que se extienden por el inmenso brasero de la ciudad. Pienso que en una de ellas esta mi hija llevando su vida con la intensidad como hace ella todas sus cosas. Solo pensarlo hace que las costuras de mi afecto a ella se vayan rompiendo otra vez con esta nueva despedida. Hacia unos minutos que la dejé, ella en su tristeza y yo en la mía, callados los dos por mantener el tipo como no se qué ni quien lo demandan. Solo el orgullo de verla defenderse sola me tranquiliza. Aunque le he dejado de recuerdo mi especial visión de su cara que deje impresa en un folio cualquiera y con un portaminas común, siempre me quedo con ganas de darle más.
Es una forma de recordarme esta rotura, que supone dejarla una vez más, que la naturaleza me muestre las huellas de tanta habitación viva haciendo las ascuas de Barcelona. Después fui viendo todas las del recorrido en un mapa del gasto eléctrico que rompe la noche. Ni contemplar todas las ciudades y pueblos del camino en brasas parecidas pudo templar mi ánimo hasta el vértigo final de Barajas.
Sigue mi vida como siempre aunque con la enorme fuerza que me da el sentirme querido. Y claro que lo siento.
Barcelona es una buena ciudad para vivir. Siempre está abierta en la que nada queda por hacer y todo se esta haciendo. Lamento que las aguas puedan anegar parte de la ciudad si los pronósticos se van cumpliendo. En la convivencia con el mar, la ciudad ha hecho que se cuente con él como un elemento más del vivir. Dudo yo que el mar tenga en cuenta estas cosas. Él va a lo suyo, como toda la naturaleza y bien haremos con saberlo.
En la noche oscura, negra profunda, se esconde el mar confundiéndose con la tierra. Solo las brasas dan cuenta de la vida. Mi hija sabe estas cosas.

20071030

MONÓLOGOS (Primavera revisitada)

Paseo por esta ciudad nuestra que cumple años; la tarde esta desapacible, tanto como los días revueltos, donde toda inquietud tiene su asiento y la luz del seso escasea. Las gentes van y vienen y pudiera creer en mi invisibilidad sin más problemas: nadie repara en mi, incluso un muchacho atolondrado que pensó que la calle era suya me da un empellón; ni siquiera me mira ni se disculpa, antes bien da vista atrás con mirada vacía; supongo que intentando averiguar qué extraño mueble se interpuso en su camino. Los árboles del Pilar con sus incipientes hojas, polucionan en extremo todo el ambiente. Las semillas de los olmos, pequeñas y con su redonda camisa para el vuelo, llenan la plaza con un inusitado aspecto post carnaval, de una extraña y amarillenta nieve seca, que sirve a los niños para seguir sus juegos. Todos los transeúntes guardan silencio, incluso los que van acompañados se recogen para retirarse en sus adentros. Juraría que el monólogo se hizo dueño de todo. Los niños desbordando su imaginación con imágenes imposibles, apoyadas en las semillas entre las que trazan caminos, levantan cargas, y simulan la dominación de lluvias secas en las que las semillas participan con toda su volátil naturaleza. Sin el solado de la Plaza, participarían con su alegre juego en la propagación de la especie de los olmos, extendiendo su polución. Una señora con aspecto pacífico y frágil, lleva con dignidad sus muchos años y su ya torpe cuerpo, camino de su casa, luego de salir de la Iglesia de San Ignacio. Allí se habría postrado ante los más notables santos jesuitas para intentar acercarse a la trascendencia. Las imágenes de la Iglesia tienen un pacífico aspecto y trasmiten todos los días sin saberlo la confianza de que pase lo que pase allí están fieles a la cita. Imágenes que facilitan el rezo al que le escasea la imaginación o tiene dificultades para meterse dentro de si. Los árabes nunca utilizaron imágenes para esos menesteres, y en la historia de la Iglesia Católica debatieron su conveniencia y fue motivo de cisma como se sabe. Andy Warhol y Mac Luhan, a los que se les da como innovadores, se me antoja que llegaron a la misma conclusión que el Concilio de Nicea: la imagen es el mensaje. Así solo es explicable que en sociedades incultas lleguen al fanatismo por las imágenes, abandonando sin darse cuenta las cuestiones teológicas. Quien sabe si esa señora, con pinta de ser inteligente, se estaría preguntando lo mismo que pensaba Arriano sobre las imágenes. El hombre seguía la recomendación de Jesucristo de cumplir con un de los mandamientos de Moisés (No te harás ninguna escultura y ninguna imagen de lo que hay arriba, en el cielo, o abajo, en la tierra, o debajo de la tierra, en las aguas. No te postrarás ante ellas, ni les rendirás culto; porque yo soy el Señor, tu Dios, un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación, si ellos me aborrecen). Solo ella lo sabe y guardará para si su monólogo.
Se preguntará y contestará muchas cosas Agustín, el camarero que, por razón del oficio, está obligado a hacer un mental estudio sociológico de todos los clientes que se asientan en el Bunker del Bar España. Encerrados allí fantasean con la idea de estar viendo a los que pasan como quien ve a los peces encerrados en una pecera. No recuerdan que, cuando salen, comprueban que los encerrados fueron ellos. Monologan sobre la marcha del mundo asomados al periódico. Otros, con la mirada perdida, dan una y mil vueltas a cuanto les agobia, hasta que aparece la cita profesional que esperan. Todos, intentan llevarse bien con uno mismo. Especialmente los que se están peleando, sin saberlo, con el Alzeimer. Reniegan de la vejez a cada golpe de olvido.
La mirada pacífica de algún anciano denuncia su confortable deambular por los recuerdos, a los que saca por riguroso orden de bondad. Se pregunta y se contesta, sin pronunciar ni una sola palabra, todo lo que no se atreve decir, o no quiere hacerlo, con los próximos. Esta conversación suele enfriarle el café: se alarga sin tino.
Monólogos que sirven de ejercicio de nuestra propia humanidad, y que confortan, ante la desconfianza de sacar a tomar el aire determinados temas. Son, ya sabemos: nuestras cosas.

20071017

PERIQUILLO, HECHO FRAILE



Al incapaz o al tonto de la familia, muchas veces al menor que no tenía patrimonio, les hacían clérigos en la sociedad de siglos atrás. Aunque lo más normal era que el que se iba a hacer carrera en la Iglesia fuese el menos espabilado de la familia. El seguimiento de los dogmas, tan necesario en las iglesias, son mas fácilmente conseguidos por gente que no se maneja bien con su magín. Así las cosas, la gente de la familia de mi madre, todas ellas de credo católico y antaño Carlistas, tenían un dicho que repetían con frecuencia y que solo llegué a comprender en toda su dimensión cuando vi un ejemplo claro. Había cantado misa un simple del que no se daba por él ni un duro. Cantaron todas mis tías a coro: ¡ya tenemos a Periquíllo hecho fraile!

En los tiempos que corren, más de un simple llega a altas magistraturas, sin haber dado un palo al agua. Carreras políticas asentadas en el rebufo de jefes que amparan lealtades ciegas, son aquellos jefes que no les gustan recibir malas noticias. Premian a los que todo el día les mullen el asiento. Bien es verdad que son políticos, estos frailecillos, que deben tener corto recorrido, pero apuran el tiempo que disfrutan como nadie. Rebuznan en público y nadie se espanta. Pasa algo así como lo del rey que iba desnudo y solo un niño advirtió su desnudez, los otros la disimulaban.

Hay carreras políticas que se justifican por la falta de solvencia profesional de los que las ejercen. Insolvencia que les viene porque nunca han trabajado en nada. Ni siquiera en lo que se supone es su profesión y para lo que se han formado, si es que la tienen. Por eso cuando veo disfrutando de la púrpura a alguno de éstos, no puedo evitar que se me venga a la cabeza lo que decían mis viejas tías: ¡ya tenemos a Periquillo hecho fraile! Ahora, a esperar que escampe. ¡Cosas de las listas!

RASPANDO, INCLUSO LAS HORAS



Por mi tierra se dice mucho eso: llegó a la oficina raspando la hora. Eso de raspar el tiempo tiene mucho que ver con la visualización del lenguaje. En tierras donde el hambre durante siglos hizo que se rasparan los cuencos y platos hasta apurar la última brizna de comida, cualquier tipo de explicación sobre el agotamiento o el apurar el consumo, incluso del tiempo, tiene como consecuencia que se raspa hasta lo más último. Que no es otra cosa en la manera de actuar que apurar al máximo los plazos y términos. Yo, que de natural tengo una inclinación a raspar los plazos, voy superando esta torcida manera de ser para vivir algo mas tranquilo.
El llegar con el tiempo justo es signo de falta de diligencia y consecuencia de la ansiedad. En RENFE llegan los trenes muchas veces con un minuto o menos, antes de llegar al plazo que le obliga a devolver el importe. Cuando ven que se les echa encima la amenaza de la devolución ponen al tren a correr raspando los raíles cortando el aire como con un cuchillo y emborronando el paisaje, que pasa sin dar tiempo a dibujarlo. Tanto raspar termina algunas veces con el plazo cumplido y enseguida se oye una voz lastimera, propia del que ha jurado entre dientes, anunciando la devolución.
Con la declaración de la renta pasa algo parecido. Agoto el plazo muchas veces, convencido de que las malas noticias hay que retardarlas lo mas que se pueda y las buenas acelerarlas. Poca esperanza tengo en que Hacienda me las de buenas. No se porqué, pero nunca me las dio. Soy un buen contribuyente, pero en este país, ser buen contribuyente no suele tener premio. Se cumple al parecer el mensaje bíblico. El padre solo agasaja al hijo pródigo cuando vuelve al bien, el buen hijo se queda mirando viendo pasar las horas.
Aprobar raspando, es una dignísima forma de pasar el corte, sea en la carrera o en la oposición. Cuando hay que dar la talla es cuando trabajas después. Por eso el raspar la nota no es cosa mala, salvo que se corre el riesgo de no llegar. Y eso, además de ansiedad, trae el fracaso que, como todo el mundo sabe es huérfano, mientras que el éxito tiene muchos padres.

20070918

EL VALOR


Escribe mi padre en alguno de sus textos que todos tememos perder los recuerdos maravillosos que hacen de cada uno lo que somos. Aquellos que nos han dado el ser. En realidad, más que las personas en sí, son las vivencias con ellas las que lo han conseguido. Magia vital.
Yo he pasado mucho tiempo sufriendo por mi pérdida de recuerdos. Por lagunas en mi infancia cada vez mayores. Por cuentos en los que creí hasta que dejé de volar porque era demasiado grande para dirigirme hacia la tercera estrella a la derecha del lucero del Alba únicamente bañada con polvo de hada.
Pero este año he conocido un sitio en el mundo en el que he aprendido algo nuevo: el tiempo y la vida nos da lo que ansiamos. A cada uno. Aquello que nuestra alma merece, será nuestro. No creo en las casualidades, soy más de la idea que Cortazar tenía de la vida y es que esta está plagada de causalidades. Es por eso que algo tiene que ver con el todo que yo haya decidido leer justo ahora "El conde de Montecristo" y que haya conocido Formentera de la mano de un hombre ilusionado que además de todo lo maravilloso que a mí me puede parecer es, sin más: un hombre.
Lo que quiero decir es, que he conseguido entender que para que la vida fluya y las flores florezcan; para que la primavera vuelva a nosotros debemos ser pacientes y dejar que el tiempo haga su trabajo. Aceptar a cada uno como es, es la mayor prueba de bondad y de sabiduría en el ser humano. Como también lo es ser sincero con el mundo y rechazar a aquellos que maltratan con su existencia nuestro corazón, nuestro intelecto e incluso nuestro gusto. Y dejarse ser, de verdad, de forma auténtica y sin disfraces estrafalarios es la mayor prueba de madurez. Una vez esto se consigue, uno ES. Y el miedo desaparece.
Así sea para todos los que amo. Los demás, que aguanten su vela como puedan.

20070910

EL CULO DE SAN ISIDRO SOBRE ASCUAS



Si hay un santo que tuvo tranquilidad, ese podría ser San Isidro. El incidente del ángel haciéndole la labor mientras él rezaba recogido denota no se si gran confianza en toda suerte de emigrantes, (¡el ángel venía de fuera, qué duda cabe!) o, simplemente, que era muy español y no le era nada extraño que otro le hiciera el trabajo. Pero en todo caso no creo que nadie ponga en duda que era tranquilo; muy tranquilo.
Pasé por la autovía A-41 de noche y vi con más precisión y plasticidad lo que ya sabía desde hace tiempo: los de Poblete han hecho una ermita de San Isidro arriba del cerro; mismamente en la cazuela de un volcán, no muy lejos de otro, el de la Cabeza del Rey. Estos volcanes son de los que llaman volcanes dormidos, porque en la reciente historia no han tenido actividad alguna, pero eso no quiere decir que estén extintos. Un día, y como siempre, sin avisar, pueden empezar a echar lava o material piró clástico. Si eso ocurre, las posaderas del santo están en peligro.

Cuando pasaba, en la oscuridad de la noche, brillaban como ascuas las luces que los paisanos han puesto entorno a la ermita y se me antojó que parecía un anticipo de lo que pudiera pasar si al volcán le diera por hacer de las suyas.
San Isidro, el patrono de Madrid, ya lo decía antes, era un hombre tranquilo, muy tranquilo; pero está demostrando una paciencia y tranquilidad infinitas recibiendo los rezos en ese lugar precisamente. Tanta, como el santo Job. A no ser que, haciendo lo propio de Jacob, y el propio volcán, según dicen, se haya quedado dormido encima de las piedras del cerro volcánico.
Pienso en el momento de la madrugada en que me despierta el móvil, advirtiéndome que, si quiero llegar pronto al tren, tengo que ser diligente y levantarme; y pienso igual en ese sobresalto del que no me recupero, ni me acostumbro nunca, que comparándolo con el que pueda recibir el santo, si aquello se pone en ascuas, no tiene color.
Creo que éstos de Poblete son peores que los de Ciudad Real, que le pusieron raspas a la Virgen.

20070906

ALBOREANDO



La luz del amanecer va levantando el campo lentamente, que pasa rápido mientras la veo a través de la ventanilla. El sueño de la noche se me va desprendiendo del cuerpo como un transparente velo y se suelta a jirones de seda etérea en leves sombras que discurren en vuelo por el coche del tren. Como siempre, tomo la rutina y abro las páginas del periódico escondiéndome de todo, arrellanándome en el asiento bajo la luz cenital de foco que enciendo. El mundo sigue enloquecido con sus glorias y sus miserias mientras la naturaleza sigue haciendo ver su fuerte comportamiento aparentemente ciego. Desde el origen de los tiempos ha sido así y no ha cambiado. Nosotros, el género humano, somos los que hemos cambiado y aún no nos hemos enterado que no podemos decirle cómo se debe comportar.
Los montes que voy empezando a ver entre Toledo y Ciudad Real son la continuación del medio por donde discurrió mi infancia y parte de mi juventud. Resuenan en mi cabeza el cántico de las chicharras aserrando las horas de un verano en declive. Como tantos que vi parecidos a este. En algún rincón, al pie de una torrentera profunda, la humedad sigue haciendo salir a la menta salvaje bajo las ondas del zumbido de los insectos. En el cielo azul brillante de esta siempre jodida Mancha vuelan los cernícalos buscando sus presas y solo de vez en cuando sus graznidos resuenan entra las cárcavas asentando la soledad. Pasa una casa de labor abandonada a su suerte por la indolencia y pereza de sus propietarios y nos cuenta que hacer decaer los inmuebles nunca fue buena idea y solo demuestra la falta de gobierno de los que se dedican a cultivar la subvención. Mantener una casa es siempre una inversión positiva. En las tejas de ésta que pasa hay mellas donde aprovechan los pájaros para anidar sin temores. El olor de sus deposiciones junto con el de la tierra roja preñada de hierro perfuma los años que van pasando sin parar ni un momento. La noria cerca de la casa yace muerta con sus últimos huesos al sol, ya no la cobija higuera alguna, y los retoños de la que hubo apenas sirven para esconder una culebra solitaria. Ni una sola noria ha sobrevivido a la fiebre del bombeo. Es el triunfo de la ciega economía sobre la vida sostenible. Presagian malos tiempos pronto. Algún nieto mandará al infierno con recomendación a sus abuelos que hoy hacen el expolio. Para entonces todos ellos calvos. Su máxima está clara: el que venga detrás que arree (o lo que es peor: el último, que apague la luz).
Mi padre no quiso volver a Huelva, donde fue feliz en su infancia, por no asistir a la desaparición de sus mejores recuerdos. Estoy condenado a ver nuestros secarrales en permanente exangüe condición, sin posibilidad, por el momento, de ir con mejores vientos.La brisa limpia de septiembre llanea por la sierra sonriendo al ver a los lejos como se acerca Madrid bajo el orín de su metálica oxidación.

20070814

EN EL SEGUNDO VAGÓN, UN QUIERADIOS



Me pregunto porqué no los ha fulminado con un rayo de esos con los que se deja seco a más de un inocente. Llamo inocente, para el caso, a todo aquel que no tiene entre sus maneras de hacer las de fastidiar a nadie ni el lucrarse a su costa. Pero reconozco que son pocos. Siguen impertérritos como si todos los que estamos aquí no fuéramos más que muebles de pura decoración ferroviaria. No quiero, pero les escucho sin poder evitarlo:

- No, no, si el martes le advertí que la cuenta de ellos la teníamos como preferente, pero no creo que confiara mucho en eso. A Juan, lo tengo de mi parte y los dos tenemos interés en lo mismo. Vamos a cerrar ya mismo esa cuenta y nos tragamos las otras tres para que el jefe no nos diga que si esto que si lo otro…
Si, si, llámame y nos tomamos unas cervezas con Nati, tengo ganas de seguir las buenas costumbres… No allí se come bien y queda cerca… ¡qué va, si me miraba sin parpadear el sábado cuando iba con él!.. Si, no esta mal, pero se lo tiene muy creído...

Así con vainas de estas está el tío dando voces sin dejar leer, dormir o descansar, o simplemente, con la vista del paisaje que pasa a toda ostia, a los que estamos en el vagón número 2 de esta unidad, como la llaman los de RENFE a los trenes.

Por favor Dios, o quien seas que ha organizado todo eso de la vida, pégale un guantazo a estos membrillos que, sin hacer caso de lo que les han dicho por los altavoces al iniciar el viaje para que hablen con el móvil en el final del vagón, están jodiéndonos con sus mandangas de ejecutivo de mierda o sus sandeces. Mira el uno al entorno como diciendo lo importante que es y esperando que le soportemos con admiración y complacencia. ¿Cuántos gilipollas tenemos que soportar para redimir nuestra tendencia a no entrar en conflictos? ¿Por qué tengo que llamarles la atención como si fueran críos, si ya son mayorcitos? Eso me revienta las tripas.
Por favor te lo pido si estas por ahí, déjale afónico tres semanas o que se le gripe el móvil. Nos la está dando…

Y luego viene el otro este que tengo a mi lado, con pinta de que no le ha visitado la razón jamás en su vida, o que se la dejó entre las tablas de pimientos, agarrada a las verdolagas, y se me pone a dar voces por el móvil, para asegurarse de que su hijo, vaya a casa de su tito, como dice, porque van a comer allí y como no sabe terminar una conversación sigue:

- Que estamos en el tren toavía, así es que…
- No, dile al Alberto que vaya también, que dijimos que se fuera, porque queremos que vaya, así es que…
- En el porche lo dejé; mira que te lo dije veces, allí esta sin farta, así es que…

Por favor: un rayo de esos que se ven en las películas, que les despeguen el culo del asiento y se vayan a hablar al descansillo y nos dejen tranquilos. ¡Qué jeta tienen! ¡Y qué poca educación traen hasta aquí!

Por la ventanilla pasa la meseta haciendo juegos de física con la marcha, rápida cerca, lenta a lo lejos. Los amarillos de la paja de los rastrojos iluminan las cinco y media de la tarde caliente mostrando la soledad de los campos entre sierras. Tendré que meterme en mis adentros, como cuando voy en el metro, y hacer juegos de pensamiento dejando suelta la imaginación. Creo que Dios para estas y otras cosas, se hace el sordo.

20070726

LA SANTA COMPAÑA





Me decían que la Santa Compaña venía por la noche, sin avisar y con gran sigilo. La descripción solía venir cargada de una emoción contenida del que trataba de relatar algo terrorífico y a la vez de una enorme tristeza. Por lo que yo supe es la procesión de cuantos quedaron con alguna causa pendiente. Que fueran a San Andrés de Teixido o no, es lo de menos, porque una vez que se presenta dudo yo que alguien se le ocurra preguntar a donde van. Sobre todo porque no solo están, al parecer, muertos sino que son mayoría. Las sombras de la noche se deben hacer más oscuras y la sensación de vivir con algo de control sobre los acontecimientos que en los sueños se tiene a veces, sospecho que se pierde inmediatamente.
Digo esto porque los terrores nocturnos no son más que hijos de nuestras peores fantasías; y también los salideros de nuestros problemas más ocultos. El corazón en esos trances tiene mucho que decir y padecer. Creo que el mío me avisa de sus fatigas cuando duermo en mala posición, oprimiéndolo con el pecho. La cabeza, que lo sabe, se fabrica mil y una atrocidad y terrible realidad para que me despierte, aunque sea con el mayor susto posible. Una vez cambiada la posición, ya no vuelven. Con estas cosas suele acudir algún fantasma que otro.
La Santa Compaña no tiene razón de ser en sus desfiles como no seas cristiano. Y no solo por lo de la promesa de ir a San Andrés[1], sino porque cielo, purgatorio e infierno que trae revuelto a los muertos en procesión son instituciones del cristianismo. La forma de explicar ese angustioso trasiego se hace con el mayor misterio posible que ampara lo desconocido. Responde al mundo mágico que despertaron los celtas y que fue después traído por la sociedad del cristianismo nuevo metiendo en ello a cielos, purgatorio e infierno.
No ha mucho me desperté de madrugada con la certera sensación de que alguien me cogía suavemente del pié, como para avisarme que me despertara. Lo consiguió, si eso era de lo que se trataba, pero también consiguió que acudieran a mi cabeza la enorme lista de muertos que tengo conocidos en mi vida. Cuál de ellos fuese, algún día lo sabré. Yo que no hice nunca una promesa de esas de peregrinar, ahora, con lo que ya sé, lo tengo difícil de formalizar. Para eso tendría que recomponer tanto fundamento como los curas se han empeñado en ir rompiendo todos los días que fui viviendo. Me quedan pocos para una cosa así.
Y si la Santa Compaña aparece, sospecho que tendré que ir con ellos donde quieran que vayan, nunca me he negado a un buen viaje, eso si, iré no tanto de vivo como de muerto.
[1] Dice que a San Andrés de Teixido, en peregrinación, va de muerto quien no fue de vivo.

20070725

JUNTO AL NOGAL


En la noguera, mirando a un nogal ensombrecido por la espesura, veo sus hojas que se mueven lentamente por la brisa de la mañana de julio. Mientras, percibo el olor a la nogalina y un jilguero anda por la copa del árbol buscando algo que no encuentra. Entre tanto, la neblina caliente de la mañana desdibuja los contornos del campo lejano haciendo bailar con las corrientes de calor los amarillos de los rastrojos secos.
Las hojas compuestas del nogal son rebeldes. Ninguna guarda las formas de igual manera. Unas, se retuercen con elegancia buscando no sé muy bien que luces extrañas; otras, se agrandan o quedan chicas atendiendo al parecer a lo que reciben de savia; pero ninguna tiene el mismo color verde intenso, denso, que hace verse sus nervaduras como el esqueleto de una tierna criatura. Se puede ver su generosidad en los espacios interiores del árbol por los huecos que dejan las hojas debido a su naturaleza compuesta: simulan que son más, siendo menos.
Me entretuve dibujándolas y se dejaron observar con la paciencia de una gata dormida. Las luces de la mañana fueron poco a poco adormeciéndome haciéndose cómplice de la pacífica situación en la que me encontraba con el único sonido de la naturaleza en sazón haciendo pasar lentamente el tiempo. El pulso y la respiración bailan un vals lento al son de mi corazón en calma. Con la bondad que procura el olvido de otros menesteres y situaciones.
El lápiz se desliza con suavidad y sin prisas por el papel, haciendo aparecer las imágenes que me llenan los ojos del verde nogal.
Por un momento estoy juntando la realidad con el mundo de los sueños y los párpados empiezan su suave presión para el descanso. Bastará que deje la mano reposar para que venga el cierre de la sesión.

20070505

PRIMULA VERIS


Subir hasta la Residencia de Estudiantes en estos días se llena de sugerencias y evocaciones. Los castaños de la Escuela de Ingenieros Industriales, con verdor de frescura primaveral, se mueven con la brisa apurando la bonanza de estos días de suave clima. Son conscientes de lo poco que duran y aprovechan lo que pueden. En el césped, tendidos o sentados, unos cuantos jóvenes hacen lo mismo. Abajo, en la Castellana, zumban los ruidos de siempre atemperados por la clemencia que nos anima. Rodeo la Escuela y al llegar al camino de entrada a la Residencia vuelvo a agradecer el perfume de las aromáticas que plantaron allí. Dos gorriones se esconden entre ellas y, a lo lejos, se oyen platicar a mirlos lejanos. No es muy distinto al oficio de marujillas volviendo del mercado. El sol calienta lo que puede y le dejan las escasas nubes que se cruzan de vez en cuando.
No estoy para muchos trotes, cuando jadeo por la subida. Los pulsos se me amontonan como si de un pequeño susto se tratara y, por ello, siento mucho más intensamente el olor de unos cantuesos que bordean la subida. Pienso en mi tierra, y sin poder evitarlo me va subiendo la amargura de los últimos berrinches: política y trabajo se agavillaron contra mí haciendo estéril mi, (en estos tiempos), torticero sentido de la responsabilidad personal. Sigo pensando, sintiendo, acusando el interés público, de manera, que los derrames que se hacen de él con los recursos naturales, (el agua y el medio ambiente en general) se me agarran a mi interior dejándome el ánimo maltrecho. Los que se empeñan en este derrame, que va mermando hasta la ruina, no solo están satisfechos con su pieza cobrada, sino que hacen ostentación. Quién sabe si con ello completan la simulación. Parece como si volviera el antiguo debate jurídico entre el ser y el deber ser que Kelsen quiso resolver.
Las margaritas recién salidas en los parterres son un ejemplo de cómo en el medio urbano pueden sobrevivir los seres vivos como si fueran testigos invencibles de la naturaleza que acaba venciendo. Como las lechitiernas que terminan asomando por las rendijas del asfalto en la calle.
El desarrollo sostenible no ha dejado de ser una entelequia, una utopía, que ni siquiera sirve como punto de fuga para dibujar los objetivos de futuro. No existe desarrollo, puesto que éste es de consuno con la conservación de los recursos naturales. Lo que hoy se llama desarrollo, no es más que crecimiento que no respeta esos recursos. Cuando se excusan diciendo que se deben respetar las rentas de los afectados, quien lo dice ignora, o lo que es peor, desprecia, una verdad: sin recursos naturales es inviable el crecimiento. Y crecer a toda costa solo consigue una derrota a plazo fijo: el hundimiento de la sociedad por falta de recursos.
Los grillos se han adelantado este año y ya cantan al atardecer. Un año húmedo después de dos de fuerte sequía apresura la naturaleza. Las elecciones enseñan las miradas de vidrio de candidatos y cantidatas que sonríen sin parar. Hay sonrisas que me hielan el ánimo. Como un cuento de miedo, vamos.

20070311

DE LOS GARBANZOS DE LA BOQUERÍA Y OTRAS COSAS


Quién le iba a decir a Felipe V, o al duque de Berwick, al mando de las tropas de aquél, que la cultura catalana iba a sobrevivir por encima (o por debajo) de las botas militares que en 1713 iniciaron el asedio de Barcelona; lo que supondría el fin de los gobiernos del Principado.
Hoy basta con dar un paseo por la ciudad, echar un vistazo por las librerías, ver la plural arquitectura de su urbanismo, o dejarse arrastrar por la explosión de luz, aromas y color que se contiene encerrados en el recinto del mercado de la Boquería para comprobar que la catalanidad está viva y goza de buena salud.
La vida da muchas vueltas. Nada tenía que ver el casamiento, en 1137, de doña Petronila, reina de Aragón, (o infanticidio, ya que tenía dos años cuando la obligaron) con Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona y los sentimientos de los paisanos que habitan nuestras tierras. Sabemos que lo sentimientos son cosecha propia, y suelen discurrir por otros caminos distintos a los del poder, la política o los altos intereses que han hecho moverse a los ejércitos. Luego, la historia, fue decantando el discurrir de los sentimientos y la cultura. Que son el auténtico motor de los pueblos, aunque se pretenda hacer ver que es una inclinación natural de las gentes el sentirse perteneciente a una tribu.
La historia de la península ibérica es la de una auténtica sucesión de invasiones y asentamientos. Las lenguas se fueron haciendo con el acerbo de todos los que se iban quedando. A veces me pregunto cuanta sangre tengo de vándalo, de visigodo, de romano, de íbero (quién sabe si vaceo) de árabe, de celta o vascón. Desciendo de tanta gente, y tan variada que me siento más universal que Internet. Y hablo castellano. Aunque hago esfuerzos por balbucear francés, inglés, alemán, italiano, portugués, catalán y gallego. Los dioses salven mi atrevimiento.
Las lenguas y la cocina unen más que los tratados y desde luego más que las imposiciones. No hay cosa que se atienda mejor que un buen plato que atienda los rigores del apetito. Si se hubiera enterado Felipe V cómo se compra hoy el jamón de jabugo en la Boquería, o las cebollas de Figueres en Ciudad Real, se habría dejado de gaitas y de muertes y se habría limitado a introducir el invento del mercado inter-reinos. Vamos, la CE del XVIII. Todos habríamos saliendo ganando y no se habría causado tanta tragedia y dolor, que acompaña a los asedios.
En la Boquería me tomé un vinillo blanco con unos garbanzos guisados, aderezados con piñones que me hizo resucitar las fuerzas que flaqueaban. Pinoxo, el dueño del bar, amable él, me trató mejor que el más atento de los venteros de la Castilla del XVIII. Desde la esquina del bar, las naranjas de Valencia, colgadas como grandes faroles refulgían con su cálida luz iluminando el puesto de la fruta. El aire limpio, luego de una anterior tarde de vendaval, se paseaba con los clientes dando lustre a la mercancía: mariscos de Galicia, setas del Ampurdán y del campo solsonés, hortalizas de tierras lejanas haciendo buena compañía con las propias de la tierra.
Me confesó Pinoxo que los garbanzos estaban aderezados con hierbas de chimichurri. Las columnas que guardan la Boquería daban testimonio de la firmeza de tal confesión, que agradecí especialmente. No se si esas hierbas tienen propiedades euforizantes, pero, si hubiera probado los garbanzos el Duque de Berwick, habría dejado para después el puré de patatas con el que amortiguan los británicos algunos de sus guisos, y quién sabe si la lealtad a los borbones. Esos garbanzos son toda un acta de la Constitución Europea. Con cosas así, en Barcelona, se comprueba la gran fuerza de asimilación que tiene la cultura catalana. Quizá su virtud viene por la mayor facilidad que tuvo para la ilustración que las de los de adentro de España; por la proximidad con Europa, en un siglo, el XVIII, en el que las guerras dejaron los caminos intransitables y los pueblos incomunicados, para desgracia de muchos y ventaja de otros pocos.
Los tiempos cambian y ni el duque de Berwick podría suponer que una contienda tan reñida como el partido del Barça- Madrid, podría acabar con tan poca sangre. Apenas la de los codazos y puntapiés de rigor. Al día siguiente la república entera comentaba los lances sin el menor perjuicio para el interés público. Eso creo. ¡Oh tempora!, ¡oh mores! Dijo Cicerón.

20070220

EL MOLINO


No ha dejado de estar allí, pese a que lleva más de cien años abandonado a su suerte. Antes le debió parecer a él que era cosa natural que el río se fuera haciendo con sus tapiales. El río, y la maleza, que fue tomando tierra invadiendo todo espacio inculto. El camino, el patio y la explanada vieron tantos carros y los primeros camiones con olor fuerte a gasolina como para aturdirse en los días de trabajo.
Las garcillas lo han visto en ese mismo lugar cambiando de color, conforme llegaba la luz. En verano con el rosa quemando su carne de tierra cargada de hierros. Los inviernos antes le guardaban con elegancia estoica, ahora le agarraron la soledad con tanta fuerza que, si hubiera tenido ojos, habría roto en llanto más de una vez. Por que no hay mayor soledad que la que trae los recuerdos de la compañía que hubo, de la vida que fue y no es, y de los sonidos de los engranajes de madera crujiendo como las cuadernas de un viejo barco, ahora mudos y descolocados en un rincón, fuera de su sitio. Asoma los dientes de aquellos mostrando las mellas que trajeron la podredumbre y el eterno descuido.
El río parecía otrora el dueño y la fuerza de su existencia. La vitalidad misma que hacía traer toda la vida entorno suyo. El molinero, su familia y los clientes que llegaban sin avisar en todo tiempo. Pero, sobre todo, dando la utilidad de su funcionamiento, que es como decir, de su vida, puesto que un molino no es, si no funciona. Que para eso está el agua del río pasando fuerte por las obligadas.
El amanecer se acostumbró a los avisos de los estorninos y mirlos pasando el día de madrugada hablando sin pensar en los que todavía duermen.
Me pareció que los mirlos del molino sabían más de la república que alguno de los licenciados asomados por encima del hombro, olvidando quién les pone y quien les quita. Desde luego más que los que hablan del agua solo para saciarse sin pensar en el mañana. Piensan que el río les espera escondido y que acudirá con solo llamarle.
Lo cierto es que hace tiempo que el río no está. Y no es que no quiera bajar por la madre vieja sino que sus madres de dentro de la tierra andan muertas de tanto agujero como le salió a la tierra. La natura busca acomodo al cauce roto y está ocultando el molino y trayendo vegetación que no es la suya.
El tejado apenas aguanta las costaneras con el peso de las pocas tejas que van quedando. Y las ventanas vacías son como las cuencas de un viejo ciego que sigue confiando sin saber en qué. Vuelvo la cabeza de lejos y me parece ver los tiempos en que, al pasar por el puente, me daba miedo ver el agua con un enorme brazo negro que parecía llevarse sus piedras.
No ruge el agua. No paran ya los gansos en septiembre para descansar en su camino. Ahora, si hay algo, es mucho más silencio. Como en un verde camposanto.

20070124

VOLVIÓ EL RÍO

Después de mucho buscar y buscar, al fin, encontraron el río. O lo que quedaba de él. Entre la siembra, con una mínima depresión y con el cambio de color por la turba, que no había podido acabar con ella toda la tierra que la ocultaba, desde que le hicieron la explanación. Trazaron las líneas que apenas eran visibles y asistiéndose con el teodolito empezaron a tomar las primeras notas.

La mañana se mostraba preciosa pese a lo dicho por los del telediario que auguraban fuertes tormentas por la provincia. Así en unos minutos, descamisados, empezaron a dibujar sobre el papel las líneas de un río que empezaba a recuperar sus contornos, viendo con atención los restos de crustáceos y juncos que aún aparecían entre la tierra mezclados con los huesecillos de un pequeño ánade que debió acabar sus día en ese lugar. Estuvieron toda la mañana y aún parte de la tarde, luego que el topógrafo se acercara al pueblo a por unas cervezas y bocadillos. Querían acabar los primeros trabajos del deslinde de ese tramo antes de que acabara la tarde.

A las seis vieron venir hacia donde estaban ellos a varios paisanos. No traían buena cara y venían desplegados como cazadores de perdiz, a mano. Atajando la salida hacia el único camino que llegaba hasta allí. Dos grajillas chillaron con fuerza, sorprendidas en el sembrado. Estaban tan asustadas como los funcionarios cuando oyeron las primeras voces. Los que venían no estaban dispuestos a escuchar nada: ya tenían hecha su convicción, que no era otra de que iban a despojarles del terreno y ponerles una sanción. De las voces se pasaron a los gritos y, cuando uno de ellos perdió los pocos nervios que tenía, el sol avisó, con un destello, del trazo rápido de la hoja de acero hacia el pecho del más joven, el Ingeniero de Obras Públicas recién ingresado. El primer líquido que entró en el cauce desde hacía tiempo era rojo intenso.

El móvil se encargó de avisar a una ambulancia, a la Guardia Civil y al Comisario de Aguas en funciones. A las dos horas y cuarto, negros nubarrones que habían llegado detrás de los agresores, empezaron a descargar agua como hacía más de dos décadas no se veía.

Al día siguiente, luego de una noche de lluvia intensa en toda la región, el río corría por su cauce, como antaño lo hacía, llevándose las siembras que habían ocupado su espacio y, en sus aguas movidas por el rojo siena de la tierra removida se vio la sombra de un ave que volvía desde su memoria, nunca olvidada.

20070108

ISIDORA

Los escalones se quejaban con un sonido especial. Eran de madera vieja y estaban encerados con esmero. Un hule con dibujo de figuras geométricas clásicas, a semejanza de alfombra, los hacían más visibles en la oscuridad tenebrosa. Apenas una luz cenital que venía de la ventana de la azotea iluminaba el recorrido. Subía imaginando el día con ellos cada vez que me invitaban a comer. Pasaba por la puerta del primero, donde vivía mi otra tía, y la luz crecía hasta llegar a la puerta del segundo. Llamaba al timbre, dándole vueltas a su manivela, como en un extraño pellizco que le diera a la puerta, y enseguida se oía dentro una primera respuesta: - ¡Están llamando!
Aturdir a un chico de ocho años asfixiándolo a besos es una deportiva forma de demostrar el cariño con un primo más pequeño, por parte de sus primas, o con un sobrino ahijado, por parte de su tía. Como un general revista a las tropas, así se me daban la vuelta por el piso (enorme y de altísimos techos) hasta que supiera de todas las novedades desde la última vez que me habían invitado a comer. Cuando las primas se disputaban la primacía para mi distracción con toda suerte de recursos (la mayoría mas propias para chicas) salían unos brazos poderosos y curtidos en las faenas domésticas, los de Isidora, que me recogían y salían en mi defensa con voces convincentes: -¡Señorita, no magobien al chico...!
Y no era tanto el agobio sino la situación un tanto chusca para un varón, como el que te enseñaran las muñecas, los tebeos de hadas y las fotos de los últimos viajes con los campamentos de señoritas. La cortesía y mi timidez me hacían enmudecer y aceptar todo como se acepta un chaparrón que no se espera.
La comida se iluminaba con luz extraordinaria en aquel comedor cuyas ventanas estaban junto al techo, a la altura de las carreras, como dice de las servidumbres nuestro vetusto código civil en su artículo 581. Porque eran servidumbres de luz, realmente, sobre la propiedad del vecino. Con aquella luz, el vapor de la sopa bailaba una danza hermosa en los previos al su servicio, desde la sopera de cerámica inglesa y los cristales de las jarritas en las que se servía el vinillo semi seco, iguales a las que servían el vino de misa, lucían un color dorado de hermosura poco común como vistosos eran los rojos carrillos de los comensales, que habían sacado su color del frío del mes de enero, componiendo un cuadro barroco y festivo. Así, empezaba el rito de la comida bien, siendo cómplice con la dulce tortura que vendría después: un proceso de cebado, en el que todos participaban con entusiasmo frenético. Cuando la comida empezaba a subir por el gaznate, luego de llenar de manera prieta la barriga, y ante la insistencia de todos de que no debía dejar nada en el plato, sabiendo de mi timidez que ahogaba cualquier protesta o reclamación, insistían en darme más y más. Si dejaba algo en el plato era señal, al parecer, deque no me gustaba la comida. Y si convenía en apurar el plato el significado indudable era que me quedaba con hambre y había que echar más. Así, juntándose todo lo engullido con el bolo alimenticio que daba vueltas por la boca, de carrillo en carrillo, sin querer entrar por la garganta, aterrorizado por las miradas fijas que insistían en que debía tragar y tragar, Isidora salía en mi defensa atreviéndose a interceder: -¡Señorita, el chico ya no puede más! Cogerá un entripao si come más… y, así, me salvaba.
En la cocina, Amalia la cocinera, no me recibía bien. Siempre decía que allí no podía pasar porque la cocina era cosa de mujeres. Lo decía como quien dice con todo convencimiento: ¡Vete de aquí, mierda de chico! Isidora se enfrentaba a la situación y recogiéndome con sus brazos, salía al paso diciendo con firmeza: ¡El chico va conmigo y cuidaíto con meterse con él!
Los brazos de Isidora, tenían la misma cualidad de acogida que la casa de mis padres cuando vivía las tormentas. Sentirse a salvo es altamente gratificante y tranquilizador. Algo así eché de menos más de una vez en mi vida. Aunque oliera a ajos o patatas crudas como los brazos de Isidora.
Ayer me dijeron que murió hace unas semanas. Alguien me llamó por mi nombre la otra noche. Sospecho que se despidió de mí con el último abrazo.

20061219

SINFONIA SEPIA EN DO

Con este tren no se vive. No está hecho para sentir el pulso de las horas, de los minutos que se acomodan junto al viajero. Grandes virtudes tiene el AVE, alta velocidad, pero escasa vivencia; no da para vivir el viaje. No se vive, pero quizá se sueña, o se desentraña una peculiar pesadilla. El concepto del paisaje, el campo, la sierra, se trocan por una abstracción. No sólo se acorta el espacio a la vez que se encoge el tiempo, devorándo los segundos en sombras fugaces con la digestión pesada de los metros, sino que se engulle el pulso normal del aliento vital. Como el que se hace con la ingestión de un copioso cocido invernal.
La campana de las Estaciónes enmudecieron, no permiten los derechos de viaje parar en poblaciones cubiertas por la niebla, enmudecidas de sus voces animales, de las esquilas lejanas o de algún ladrido intemporal. En la larga mesa de la cantina muerta en el pasado sepia, las tazas en formación lineal, como una blanca columna de zapadores de altura, no se confortan con la leche y el café regados por las espitas de la cafeteras humeantes, en un concierto a dos manos. También el polvo acabó con los décimos colgados en la pared, anunciando la salida oficial de la Navidad.
Entre el vapor de la máquina y confundiéndose con la niebla, un abrigo de paño, bajo un firme sombrero de fieltro cubre la oscura sombra de un hombre recurrente, que ayer esperaba al pié del estribo, presto a subir, y hoy va subido en una fugaz calentura de luminosidad. Los servicios se rebelan contra el desarrollo y la modernidad y vuelven a inundar con desfachatez su nauseabunda, orgánica, y apestosa marea, como en los vagones de tercera clase. Ayer se agarráron los olores a la madera del vagón, hoy, a los plásticos del aparente lujo post-kitch.
Para no ver, para no sentir, los suaves guantazos de la estéril nostalgia, es menester esconderse tras las columnas del periódico. Éste sigue oliendo a celulosa y tinta, hace sonar la sequedad planchada de sus hojas y las letras impresas son leales con su trabajo. Siguen contando cosas. Asomando al mundo.Explicando como todo fluye, todo cambia. Heráclito lo dijo.

20061211

JUAN RAMÓN

Los ojos están fijos en un punto lejano. El camino de Moguer, tras las higueras salvajes, levanta el polvo por el viento de la tarde ardiendo, cuando los juncos del arroyo, clavados en la ribera seca, atenazados quedan por las broza y papeles viejos. En uno de ellos, del ABC, se cuenta del júbilo en Madrid por el nóbel. En un punto fijo están los ojos, apartando las palmeras de San Juan y la brisa dulce del mar.
Un perro en las últimas tapias llama su desesperada alerta al paso del viudo que carga forraje para los cerdos, en tanto recuerda en silencio sus días de alegría, tan lejanos como el poeta.

Le cubren con un fino cobertor, mientras la luz del hospital esconde las visitas que no cesan. Los aluviones de miradas sonrientes, se alejan de su pensamiento. Zenobia, ha tiempo ausente, susurra en sus sienes dormidas. Apenas un medido verso recurre una y otra vez a su mundo engrandecido por la conciencia que se le expande. Inconsciente, llena de respiración sus ansias de brisa del mar.

El mar, cerca de Moguer, alienta de brisa las calles, solitarias por la madrugada nueva. Un burrillo, trota en solitario por el callejón buscando la cuadra. Sus pequeños cascos hablan de soledad.

20061110

VIERNES

El silencio abrió el día, envuelto en sombras y niebla. En el andén apenas unas siluetas mueven su despertar todavía inconcluso. El viernes se inicia tranquilo, lejos de las explosiones de Oriente Medio y, en el papel del periódico, aparece su eco en imágenes duras, repetidas y aún extremadamente dolorosas. Empezar el día asistiendo a los testimonios de venganza trae una visión de la realidad rota por gran desequilibrio del conflicto, alejado en los tiempos y en las tierras. La distancia aleja, no solo el sonido de la expansión de los gases liberados por el fulminante, sino la sensación del terror inminente y la angustia de vivir permanentemente en el fin de la existencia. Acabar con la irracional dinámica de sucesivas venganzas es un oficio imposible sin la renunciación y la mansedumbre. Pensar que eso solo lleva a la muerte por los que se consideran más fuertes, es solo un espejismo. La muerte acecha igualmente en todo caso. Gandhi supo que la mansedumbre, y el pacifismo, tienen el riesgo de la muerte, pero no engendra más violencia. O no tanta ni tan probable. La venganza solo alimenta nuevas formas de destrucción y eliminación, hasta la desaparición de todo lo elemental, de lo sustancial.
La trivialidad que lleva un periódico, hace compartir todo esto que comento con los apuros de Ronaldo por sus excesos en el comer. Eso, le tiene cogido por los pies y no se mueve con la soltura que necesita para sorprender a los defensas y al portero. Creo que esa compulsión por la ingestión que tiene el muchacho no es más que la manifestación de su insatisfacción. Posiblemente por la soledad que lleva el no administrar bien la opulencia, no todo el mundo que tiene cuartos es hábil y prudente con su gestión, lo que les lleva a no disfrutar de los beneficios de su riqueza.
En Atocha pasan los viajeros sin ningún control, desafiando las probabilidades de la ocurrencia, de nuevo, del mayor y más sangriento acto de violencia colectiva que en el pasado reciente hemos tenido. En Barajas se entretienen mirando las colonias y espuma de afeitar, mientras se les miran hasta los últimos restos de su intimidad. Eso si, al equipaje de mano que no se factura, si va por esta vía puede llevar usted los líquidos que quiera. No lo entiendo como no me lo expliquen muy bien.
La gente se mira, se estudia, piensa para sus adentros, y se pierde en lejanos lugares para huir del encierro en el socavón, dentro de un tren con olores amargos y agresivos. Deseando que termine el viaje cuanto antes.
El repaso de la agenda personal del día hace olvidar tanta miseria. Aunque siempre hay algún motivo para sonreír. Basta, a veces, con oír a los de al lado y pasarlo por el tamiz de la razón.

20061017

DIBUJAR EL SER

La lluvia vino al fin en una semana perdida. Corren las regueras en las calles y salta el agua por las vías de la desidia de los ingenieros. Trazaron las pendientes y no se molestaron en comprobar que las hicieran como se trazaron. La suciedad de la ciudad se arrastra mojada con alegría inevitable.
Una horas de trabajo y parece como si la sequía fuera ya un hecho lejano, aunque las praderas, ahora mojadas, empapadas, solo muestran barros y pajas entristecidas por la inundación.
En Oaxaca, México, se vuelven locos, luego de terminar de aguantar a un gobernador, cuya corrupción llegó hasta lo insoportable. Se rompen las costuras de la ciudadanía y empieza el desorden a engordar más de la cuenta. Se me antoja que en esta permanente insurrección incompleta, inacabada, eterna de México solo hay cabida para la literatura y algo de música. Todo lo demás es pura tristeza y amargura.
Un gilipollas cuartelero subido al poder con el miedo y el aparato del comunismo vetusto, sigue haciendo ensayos nucleares en Corea del Norte, mientras se harta de ver películas de Hollyvood sonriendo su estulticia. Su pueblo acumula, mientras, odio para reventar cuando menos se espere. Lo peor es que, en este raro equilibrio de la paz estadounidense, podemos irnos al carajo con una mala galleta que se le atragante al George W. Bush.
Puedo llegarme hasta la memoria del dieciséis y seguir los pasos de Leonardo o de Miguel Ángel, soltando el grafito de mi lápiz sobre la superficie de un papel para crear algo, que me consuele de esta continua destrucción y negativas imágenes que son la realidad de hoy. Sucede que la angustia de la muerte de los niños que veo a diario en la tele se me enquista en la memoria y acaba con la confianza en la democracia. Como acaba con ella tanta información torcida por el interés.
Si, cogeré el lápiz de nuevo. A ser posible para llevar las líneas hasta el retrato de alguien. Un pasajero del tren de cercanías puede ser bueno para eternizar el ser magnífico de un humano.

20061016

DE LA VIDA Y EL SUEÑO

No afirmo que la vida es un sueño. Calderón de la Barca vio el parecido entre el vivir y el soñar. No solo él ha cavilado sobre esta coincidencia. Siempre hay alguien que lo hace. Sin ir más lejos, hace días, un amigo, con el que compartía el café, hacía un repaso sobre la brevedad de la vida y de su apariencia al de un leve sueño. Mas, las apariencias, nos hacen malas pasadas.
Los manchegos creemos que vivimos en la llanura y resulta, que estamos en tierra de alta montaña. Los seiscientos metros de altura sobre el nivel del mar de Ciudad Real, son los mismos a los que están muchos pueblos del Pirineo, o de los Alpes, por ejemplo. La Unión Europea nos ayudó como zona de alta montaña. Se enteraron, luego de que alguno de nuestros negociadores reparasen en la altura. Las apariencias, nos acompañan toda la vida. A veces para nuestro disgusto, cuando nos miden por ellas y no por cuanto somos.
Uno de los poetas más antiguos, Homero, se acompañaba con el golpe de su cayado, con el que apoyaba su ceguera. Recitaba de memoria, como lo haría más recientemente la Ciega de Manzanares. Homero tenía, en su desgracia, la facilidad para acercarse a percibir la semejanza de la vida con el sueño. En su obra La Odisea, en uno de sus naufragios, Ulises llega al país de los feacios; desnudo en la playa; donde conoce a la hija del rey Alcinoo, Nausicaa se muestra como todo un símbolo representativo de la vida. Después de nuestras tormentas, nuestros fracasos, nos encontramos de súbito, como en una playa, aventurándonos en un mundo nuevo, hermoso, apasionante. Algunos empiezan cuando sobreviven a un infarto. Como " el hijo de la novia" en la hermosa película argentina, luego de confesar que le gustaría irse a la mierda; sin embargo terminó cambiando su vida. En los sueños, a veces pesadillas, percibimos el vértigo de la sinrazón que supone a veces vivir. Cuanto más real, más pesadilla. Tal y como en la vida real, cuanto más irreal o más extraordinario, más sueño parece. Vivimos entre apariencias, aceptadas sin remilgos, y nos escocemos cuando acude la vida real en toda su dimensión. Tan es así, que es muchas veces aceptada la realidad solo por los poetas o escritores, que la recogen con su manto de literatura para mostrarla como es, a los que se dicen vivir en la realidad y no hacen más que malvivir en la impostura.
Vivir la vida como la naturaleza permite, con pasión, con los ojos y los oídos abiertos es un sueño, el que se puede y se debe hacer partiendo de la desnudez de nuestros prejuicios. Como en la desnudez de Ulises se puede descubrir un mundo nuevo, abierto, libre, en el que todo es posible. A veces duele, a veces sangra. Pero siempre termina siendo bueno. Posiblemente lo mejor que podemos hacer.

20061005

EL RASTROJO

Los horizontes se abren con la luz del estío. Desde el amanecer el color de nuestros campos se tinta de una amarillenta extensión: la paja del cereal recién cortada a ras, que traza bandas alineadas ondulándose conforme fue la marcha de la máquina que las cortó. El amarillo claro de la parte superior da la luz al ocre claro de los laterales; toda esta explosión de luces doradas solo la interrumpe el verde oscuro de encinas, alcornoques y algún ciprés perdido en las sierras, o de verde azulado, de olivares y robledales, en otros. Extensiones de secano que dan la personalidad de la Mancha milenaria. Cereales que cumplieron su ciclo anual dejan el testigo de sus últimos restos en un silencioso reposo; queda ocupado por las dos insistentes notas de los roncos cantos de las chicharras; su parcial abandono le deja al servicio de otras utilidades.
Cuando son tiempos malos, a la salida del sol, tras el día de la siega, acudirían la gente para espigar, pero la recolección mecanizada deja ya poco margen. La recogida manual llevaba muchos trasiegos, que hacían caer rotas más de una espiga, luego se recogía a mano al día siguiente. Esto que cuento lo he vivido en los anejos de mi ciudad, ha tiempo. La privación hace cobrar valor a otras cosas que ahora son desestimadas. Veo cómo miran con avidez las gentes del África subsahariana a una lata de grano. Puede ser la comida de dos o tres días para ellos. La sequía y la guerra les llevan a tener periodos de carestía, cuando no es, simplemente, el no disponer de un suelo donde sembrar, y después recoger el fruto de la tierra. Me sorprende, y no llego a comprender, cómo gentes que también miraban con avidez a un puñado de grano en la posguerra nuestra, ahora se desentienden o rechazan a todos estos que llegan de aquellos lejanos lugares, jugándose la vida para sobrevivir.
En un campo segado, se recogía para su venta la chatarra que las máquinas, los herrajes de las bestias, o los arados habían dejado abandonados a la herrumbre, y entre las pajas de estos campos; donde se arrastran las sierpes buscando nidos abandonados por la devastación del día de la recolección. Los escarabajos peloteros aprovechan para hacer su trabajo con el estiércol de los animales que pasaron por él: antaño, las mulas y caballos que llevaban los carros que acarreaban la mies; antaño y hogaño, los ganados que aprovechan lo que queda y de paso abonan la tierra. Entre tanto tostado tallo, que no hace mucho verdeaba cimbreándose al sol, resisten rastreras plantas que aún permanecen verdes: los abrojos, con algún cardillo ya maduro y floreado. Sobrevolando este seco paisaje las aves rapaces buscan sus presas; los ratones y musarañas de campo se quedan quietos cuando advierten la presencia de cernícalos y halcones por el día; caída la noche, ante lechuzas, búhos y autillos o cornejas. Todos ellos, permanecen callados a nuestro paso, cuando el quebrar de las pajas, por nuestros paseos nocturnos en busca de la soledad, nos observan; como lo hacemos nosotros con las constelaciones, los satélites artificiales que se dejan ver o el avión, que viene o va, de Sevilla, o de cualquier otro lado.
Sembrados de la agricultura del mediterráneo, como estos se ven en la Provenza francesa, que pintara Van Gogh; en la Toscana italiana, o en los campos milenarios de Grecia, parejos a los nuestros de aquí, de la Mancha, o los extensos de Castilla León. Entre los que se encuentran todavía esas preciosas construcciones circulares, los palomares, que fueron dispensadores de pichones; cocinados de mil maneras dieron proteínas a los hambrientos del Siglo de Oro, con tanta precisión como describe la literatura picaresca. Sembrados, que lo fueron, pintados por el sol del estío de un dorado luminoso y definidos con un sustantivo muy certero, que llena de significado su austera naturaleza: el rastrojo.

20060912

EL ATARDECER

La luz del sol decae por las lejanas tierras de poniente. El olmo ennegrece sus hojas y todos los árboles le imitan ensombreciendo sus colores. Un perro cansino ladra a los que retornan de trabajar. El riego de los jardines sisea su lluvia tamizada y una brisa húmeda empieza a refrescar el caldo espeso del aire de la joven tarde que se va. Son horas en las que el viejo medita lo que queda y el chico lo que le falta. La poeta Dulce María Loynaz decía al atardecer: “Al atardecer iré/ con mi azul cántaro al río/para recoger la ultima/sombra del paisaje mío”. En las últimas luces la sensibilidad se acrecienta. La ansiedad es amiga de las sombras; el sueño es el recurso por el que transitar por ellas, despierto o dormido.
Con las últimas luces el pericón abre sus flores y sus estambres sueltan el dulzón olor embriagador que entona los cuerpos liberados por el calor.
Transitando por el viejo camino de Miguelturra vuelven las pisadas de los huidos de Alarcos; polvorientas y rojas pisadas que levantan el olor de la tierra caliente, sazonada por el estiércol de sudorosos caballos que ya no pasarán jamás. Por él los empolvados cohombros silvestres, de verde oliva y erizados con sus espinas, explotan al paso de un ciclista, eyaculan su semilla a los cuatro vientos y los abrojos, retirados del camino, en su borde más oculto, añoran los años en que los caminantes les ayudaban a multiplicarse entre maldiciones al sentir sus pinchazos.
La noche va llegando y los que se asearon salen de paseo a soltar sus mentes antes embotadas por la calentura del día. Detrás de una persiana, Chopin vuelve, una y otra vez, con sus nocturnos, repetidos desde un viejo piano martilleado con los dedos, todavía inexpertos, faltos de confianza, de uno que empieza. Una moto, siempre enrabietada, recuerda que ya no es tiempo de música; es el tiempo del querer ir a todas partes y a ninguna; la velocidad envenena la razón. En la plaza dos hombres maduros se van dejando llevar por la suavidad de la noche que va llegando; arreglan el país; planificaron la pretemporada de sus equipos; confirmaron que sienten la misma pasión que en su juventud; abren sus confidencias y se alegran en silencio de la ruptura de la soledad que van experimentando con su amistad renovada. Miran al infinito de vez en cuando, respiran profundamente y sonríen. Ya no son niños. Y sin embargo confiesan que siguen soñando.

20060802

DE ORION


Durante las últimas horas de la noche el silencio es tan intenso que parece ser el dueño de espacio y tiempo. Las noches del invierno son tanto más oscuras cuanto les dispone el frío. En verano se mantiene el corazón dispuesto a la alegría. Invierno y verano prestan sus noches para la ensoñación. Así ocurre en la infancia.
Apoyado en el alféizar de la piquera, (ese agujero de un metro de alto y metro cincuenta de ancho por el que se metía la paja en el pajar a golpe de horca), miraba hacia el cielo lleno de la oscuridad del Universo. Solo algún perro alertaba muy lejos la presencia de algún merodeador. Hacía tiempo que los autillos dejaron de llamarse y todos dormían profundamente en sus cuartos. Desde ese observatorio miraba a las estrellas. Era chico, con un mono azul de peto con hebillas que le hacía enseñar sus rodillas algo sucias al gatear por el tejado. La camisilla asomaba sus picos, se salían del pantalón hartos de tanto movimiento, de tanta inquietud. Su cabeza, pelada, parecía que de un momento a otro le fueran a salir las ideas que tenía. Eran muchas, se pasaba el día imaginando. Desde allí vio a Orión. El día anterior su padre le contó de su existencia y de la forma que tenía. Allí estaba en todo su esplendor. Posiblemente la más bella y hermosa constelación del Universo. Vio a las estrellas de los hombros: Beltegeuse y Belatrix; las tres estrellas del cinto: Alnitak, Alnilam y Mintaka y las dos estrellas de los pies: Saiph y Rigel. Orión fue el hijo del dios Neptuno, rey de los occéanos, y de Euríala. Se casó con la Aurora y tenía por costumbre ir por los mares con la cabeza fuera. Diana, que disputaba con Apolo, disparó por confusión contra él dándole muerte. Cuando se dio cuenta del error, para reparar el agravio, lo convirtió en constelación. Está a 310 años luz de nosotros y desde allí nos manda sus destellos en las noches haciendo que olvidemos la oscuridad.
Hace mucho que el chico sonreía viendo las estrellas. Ahora es tan mayor como lo era su padre, cuenta la leyenda de Orión.
Cambiaron los tiempos aquí, pero en otras regiones de la tierra se repiten las imágenes de niños parecidos que se asoman en las últimas horas de la noche para conocer a la constelación, para imaginar la historia de Orión. Son niños de ahora que están en países con la misma situación de subdesarrollo como había aquí en la década de los cincuenta. En alpargatas o descalzos, como aquél; pelados para evitar los piojos, tostados por el sol: en el Tibet, en Bolivia o Ecuador, en cualquier país de Africa. En muchos lugares del mundo. Sus miradas se elevan hacia el cielo buscando la explicación a esa peculiar disposición de estrellas que parece señalar los puntos de energía de un cuerpo humano, gigante, como Orión.
Detrás de la constelación lo más hermoso del conjunto, su nebulosa, una galaxia. Desde 1500 años luz nos envía sus luces para avisar de la inmensidad del Universo y que no estamos solos. Luminosa mano que atrapa los sueños de cualquiera que deje sus cautelas detrás. Solo los niños lo hacen de manera natural, confían. Es esa disposición la que hizo de Gandhi el motor de la independencia de la India, sin violencia, haciendo caer el imperio Británico. Es la misma limpia y sencilla disposición que hace llenar de luz y sencillez los cuadros de Miró. Son las luces de las noches en las que todos los que miran como niños al firmamento se atreven a soñar; que es la mejor forma de poder poner la inteligencia en forma, para luego idear el progreso, la innovación. De vez en cuando es muy bueno quedarse un rato mirando a la constelación de Orión. Aunque haya que trasnochar, o madrugar un tanto.

20060713

FIEBRE

Envueltos en un invisible cobertor de aire caliente, los días del mes de julio se alargan innecesariamente durante sus tardas horas. Levantarse puede ser un acto heroico. La segura convicción de estar enfermo solo la libera el comprobar que es un fenómeno general. Los muebles, el agua, el aire y hasta la luz, insisten en hacernos ver que estamos en estado febril.
El aire ha cobrado en estos días un sólido estado de permanente presencia con una seca inundación. Su naturaleza hace difícil propagar el sonido con la acumulación de cuantos ruidos se acumulan en el entorno, lo que no evita la irritable sensación de daño en la más profunda intimidad. Posiblemente tengamos el cuerpo propicio a ello por la calentura.
Con la fiebre suelen acudir las figuras monstruosas que distorsionan el orden racional de nuestro subconsciente, suponiendo que tengamos algo de eso, que a veces lo dudo.
A la hija de Saturno, Febris, la consagraron en el templo de Apolo de Delfos, y en Roma le dedicaron dos santuarios, uno en el Palatino y otros en el de los monumentos de Mario, los dos colegios de farmacia. Es la fiebre una cita obligada para cocer la infección. En verano, julio y agosto deben traer alguna suerte de infecta naturaleza que por aquí hace mudar los cuerpos por un piélago de calientes aguas.
Veo pasar a toda prisa, como una visión de ensueño, un predio que fue huerta, mostrando toda su desnudez con impudicia. La alberca seca de años rotos, albergando apenas alguna lata de conservas tan oxidada que posiblemente no le quede ni la memoria de su vida útil. Un retorcido saco de cemento vacío, que el viento debió dejar en su redondo. Rodeada de barbecho seco, con yescas, cardos y euforbias, resecos, se glorifica en sus amarillos y ocres para una imagen de plasticidad inolvidable. Su abandono hace más cruel el paso del calor, más evidente el expolio sobre las aguas escondidas en sus entrañas, retiradas en las profundidades remotas, guardadas por la acidez, quizá por los nitratos, o fósforos, inyectados por la estulticia humana en concentraciones ahora impropias de su antigua naturaleza potable.
El rumor del agua cayendo en la artesa es solo escuchado por los que perdieron la vida, o por los que no perdieron la memoria. El troncón de una higuera es la última referencia a la húmeda sombra de antiguos verdores. El silencio impuesto por la ausencia de los pájaros que se fueron donde la vida aún les es propicia, lo rompe solo una chicharra.
En los segundos en que sucede esto, en un banco de la plaza, ardiendo por el calor, un abatido viajero, se enjuga el cuello con un pañuelo, entregando toda su resistencia, por un momento, a la contemplación del suelo. Su mente no da para más. Como mucho para distinguir, asombrado, cómo puede prosperar, a pesar de todo, una pequeña planta tapizante entre dos baldosas. Los problemas se anudan en la cabeza estrangulando la razón, el calor sigue trayendo la fiebre preñada en monstruos irracionales. La quietud es una forma de esperar a que baje la extraña infección del estío. La ropa mojada por la sudoración atrapa las pocas libertades que el cuerpo se permite. No parece terminar nunca. Pero siempre lo hace. No hay mal que cien años dure…ni cuerpo que lo aguante.

20060625

MOZART, WOLFGANG AMADEUS

Nunca imaginaría él, que en un tren, encerrado en un socavón se oiría su Serenata nocturna, en sol mayor. Así la hemos llamado aquí, entre nosotros. En realidad se titulaba Eine kleine nacht Musik, KV 525. Entre los crujidos de los hierros y el trepidar de los raíles, que revocan en las paredes del túnel negro donde vamos hacia Atocha, Mozart, suelta, con su genio desbordante, inundando como siempre con su imaginación, las evocaciones de una noche mágica.
En los últimos rincones de una fresca noche de verano tienen cobijo el canto de los autillos y búhos y, en ese momento, en el que el grillo marca los frágiles segundos de su peculiar reloj, con exactitud e insistencia, esconde los secretos de la eternidad, entre los aromas de la madreselva y los perfumes de la dama de noche que se expanden por todas las sombras; súbitamente, las notas que salieron de la imaginación de Wofgang buscan una y otra vez nuestra complicidad en los conjuros. En las sombras, que apenas ofrecen resistencia al tililar de una bombilla, amarilleando a lo lejos su propio sueño. Imaginando el antiguo oficio de las velas. Con una danza ritual, rondó cortés que lleva una y otra vez a las concesiones mas diversas: ahora tu, ahora yo. Siempre, con una sonrisa de complacencia, con el placer rebosando la piel de los danzantes. Imaginarios muchas veces, como yo los imagino en este tren acalorado y lleno de humores de un día de intenso trabajo. Reales los más, en cuanto hay espacio, disposición y tiempo para marcar el rondó.
Hoy te traigo de nuevo a mi memoria, dulce compañía que siempre añoro. W. Amadeus me presta de nuevo su música para traer hasta aquí su serena música de ensoñaciones, en este lugar enterrado, entre negras sombras que no alivian ni el grillo ni los autillos. Por un momento, todo lo negativo desaparece y me encuentro entre las frondas, con la brisa acariciando mi cara y como suele ocurrir, imaginando nuevas noches de ensueño.

20060623

BAJO TU FALDA

Trópico de cáncer

Bajo tu falda,
entre tus muslos calientes
y el vientre desnudo,
guardas la noche oscura
y el sexo mudo,
sin madrugada.

Tus piernas uncidas,
se revuelven como dos bueyes
entre lo oscuro;
sin tener el oído presto
a algún conjuro.

Trópico siempre

Entre tus muslos, el aire
de mediodía,
lleva brisas de deseo
hasta mi orilla.

Y un mar de sinrazones
que rompe presto
a bañar mi frente ardiendo,
y yo… me pierdo.

La brisa no mueve
los altos chopos.

El valle queda paralizado
por el bochorno.

20060621

NUBES

Desde la ventana aún veo las últimas nubes resistiendo al sol, en la tarde de un mes de junio que lleva todas consigo para que le confundan con mayo. Eso suele ocurrir cuando uno no hace su papel. Inmediatamente otro lo ocupa. No solo con los líquidos se cumple el principio de Arquímedes. O si no que se lo digan a aquel que dijo la primera vez lo del “que se fue a Sevilla”. Tiene su fundamento histórico, que lo cuentan los eclesiásticos; pero que se aplica igual, aún a los seglares. Sillón vacante, sillón ocupado. Por eso junio, que no hace más que lo que la naturaleza le dice, se le ha antojado hacer de mayo, que es mas lucído que su propio oficio: comienza siempre tostando los tallos tiernos.
La nubes se mantienen en el firmamento con su disimulada mutación silenciosa. Ahora así, dentro de poco, de otra manera, muy distinta. Tan mutable como el criterio de la gente de hoy. Tanta información procesa en sus magines que, sin digerirla, apenas un poco… ya están haciendo pronósticos y afirmaciones. Como es natural, con tan poca base, que apenas sopla un poco de viento, se va al carajo todo. Antes se decía que las opiniones serias venían sobre todo de gente mayor, experimentada. Ahora, en esta locura de información en aluvión, que debemos procesar a diario y que nos llega por televisión, periódicos, radio y via internet, no da tiempo, sin sopesar su valor, salvo a los prudentes, a decir algo sano y aprovechable. Por eso la opinión cada vez tiene menos estima, y por eso también, la opinión pública se cambia y lleva como si fuera la reacción de un banco de peces: ahora allí, más tarde acá.
Como las nubes, calladamente, silenciosamente, uno a uno, vamos cambiando. No supone un gran recurso para la convivencia. Antes bien, perturba todo: la democracia, las costumbres, los valores y sobre todo la tranquilidad. Esperemos que, como la naturaleza hace cambiar de un año para otro a junio y termina poniéndolo en su sitio, también lo haga con nosotros. Hasta la excesiva información se puede acomodar, tras un perido de adaptación.
Igual que las nubes. De una manera natural. Si no, esto no hay ser vivo que lo gobierne.

20060614

JUNIO REVISITADO

Oscura mañana cubierta de fresco viento. Distancias que separan de nuevo como el tiempo inclemente. Los amarillos manchados de ocre, del cereal, cubren y alfombran con luces conocidas el mes de junio. Entre medias, por el efecto de borde, verdean las lindes recordando aún esta primavera efímera. Las soledades que se agarran a los que vamos y venimos, nos hacen enmudecer y mirar con más atención a los minutos que trazamos, apenas limpios de preocupaciones. Muchas de ellas infundadas. Pero, como siempre, siempre nos enteramos tarde de su esterilidad.
En estos días Alfonso VIII preparaba su acometida para resistir en Alarcos, como se hacía entonces. Se llenaron los caminos de gente a caballo, cargada de muerte y un cierto fanatismo. Hemos aprendido poco después de tanto tiempo. Aún hay gente que sigue cargada de muerte transitando los caminos. Ahora suelen ir con el disimulo del que quiere asegurar el resultado y no asumir la respuesta.
Entre la gente que me acompaña, todos los días, alguno habrá que sigua con la cabeza revuelta para hacer su particular redención del mundo. A su lado, los jóvenes que veo repasando las lecciones de física, antes de llegar a su examen, están ajenos al mundo. Su mundo empieza y acaba junto a los folios llenos de una nerviosa letra que solo ellos entienden.
Cuántas mañanas de junio he visto estas mismas luces, bajo las nubes negras de agua tardía, y siempre pensando en el inmediato futuro que nos inquieta. Algo de sosiego tengo que recoger. Aunque solo sea para mirar con una sonrisa a quien me espera.

20060609

A CINCO MARROQUÍES



" Ay, cuando
me sacara del sueño un trueno verde
de tu manto marino"
(Pablo Neruda)


La puerta, no se quiere abrir;
las mañanas del mercado se alejan;
lejos se ven, muy lejos...


Ya, no habrá buñuelos de madre;
ya no cae el chorro de la fuente;
Amina, te sigue llamando: Ven;
la puerta no se abre, no;
entre tu mundo y el suyo.

Ninguna de las promesas abren la puerta;
no abre la puerta la esperanza;
el sabor metálico de la densa oscuridad
quema la garganta entre cuchillos;
el aire del Atlas ya no existe;
las ganas de vivir no son suficientes.


La puerta no la abre las ganas de vivir;
los curtidos en el patio;
la flores del patio se vuelven negras;
las puertas azules que pintaste en primavera;
no pintarás en Europa;
dices: Amina, ¿vienes?
esta puerta no la abren.


Ahora, no hay que ir ni volver;
el mundo se va por la noche oscura;

Europa, no abre la puerta de un camión.

20060606

EL MISTERIO DEL MINISTERIO

Como un reguero de hormigas laboriosas, nada mas apuntar las primeras horas del día todos sus ocupantes empiezan a acudir. Primero, los que, casi seguro, se van los últimos: los que lo guardan.
Después los que mantienen su intendencia.
Rituales, de una obediente liturgia, todos los funcionarios se acercan al reloj electrónico para pasar la tarjeta, él se lo agradece con un gritito, que parece, tanto lamento, como alegría. Entre tanto humano circulante, los espíritus de otros que, no es que se jubilaron, sino que se fueron al otro mundo. Aquellos, que quedaron trabados por el trabajo para toda la eternidad, enfrían las paredes con su aliento. Silencios de solemnidades arraigadas en los pasillos, que no llegaron de protocolos humanos, sino del silencio vacío que arrastran las invisibles presencias de otro tiempo.
Quedaron sujetas en cofres antiguos, donde aún quedan los apretados proyectos, preñados de inútiles e incomprensibles planos, que el transcurso de la historia reciente los desacomodó de su antigua realidad. O en el entorno de unas mesas, con su columna vertebral quebrantada por el peso de los años, olvidadas hoy, enmedio de los pasillos, por sus titulares, que estuvieron más atentos a su vanidad. Esos mismos a los que ya se les murió el cargo hace mucho tiempo miran desde su escondida invisibilidad; viejos muebles manchados por el polvo, retenido por cientos de manos. Preciosos sillones y mesas, envejecidos por el abandono y el despego.
Bajando por las escaleras, cuyo frío natural marmóreo es alimentado por las pisadas de los ausentes, vuelve uno a la naturaleza, comprendiendo la dureza de lo temporal.
Sin embargo, como obedeciendo a una asumida obligación natural, con la laboriosidad de las hormigas, la sala de máquinas del Ejecutivo, en uno de sus Departamentos, marcha sin parar ni un momento, saliendo al paso de lo que se va presentando, evitando que la comunidad pierda del todo la cabeza. Con el impulso también de los ausentes, sin saberlo.
Apenas calentado por un café con churros, ya me están susurrando ellos las advertencias de mi corto paso, como el de todos, por el Ministerio: me dicen que cien años que estuviera, parecerían dos segundos. Tan rápido, como la eyaculación de un puesto brillante, tras el cese.

20060601

PASOS PARA LA MEMORIA


Beethoven hoy también me ha despedido, cuando salía del trabajo. Con uno de los movimientos de su Sinfonía nº 2. El hombre del clarinete, con traje oscuro de funeral rural, como siempre, llamaba la atención, sentado, con sus calcetines de colores, al marcar el compás con el pie. Como un metrónomo de precisión. Un adagio cansino, supongo por el calor de la tarde, para despedirme antes de coger el tren de cercanías.

Para emprender un viaje, con Ludwig van Beethoven, es hacerlo más solemne. Mi paso firme, agradecía el concierto callejero, como salía contento por terminar con un trabajo que no estuvo a la altura de lo que siempre espero.

Bajo un cielo limpio, mis pasos van recordando momentos felices. Con la cartera al hombro, diríase que vengo del colegio, luego de pelearme con la aritmética. La oscuridad de aquellos maestros, que se llamaban religiosos, les trascendía su traje negro. Les llegaba más adentro. Viene a mis ojos la ternura de mis manos con apenas ocho años vencidos. Ya se soltaban con el lápiz y trazaban líneas de ensueño que me salían de dentro. Como entonces, aún retengo bastante inocencia. La que me hace parecer, a veces gilipollas, otras, bobo, las más una pieza fácil de cazar. Entonces no tenía picardías, cosa, eso de tenerlas, era bastante normal y hasta recomendable; ahora tampoco las tengo, porque mi malicia no aguanta una tarde avinagrada. No por ser bueno, sino por que hace tiempo vi la esterilidad de todo ese artificio, con el que se sacan rentas a corto plazo siempre. Y no facilita la concordia con los que están cerca.

Sigo bajando y subiendo escaleras, siguiendo andenes, y con mi cartera a cuestas; sin darme cuenta, estoy soñando de nuevo. Como cuando iba al colegio, igual que ahora, en las tardes de junio, angustiado antes por los próximos exámenes, ahora por los que se me agavillan sin buscarlos. Siempre estamos de exámenes.

Soñando, abstraído, con la cara seria, casi tiesa de toda expresión. Pero soñando.