GACETA LITERARIA ABIERTA. Sitio adecuado para las deposiciones de aquellas personas sensibles que tengan afición a las letras.
20060430
EL VACÍO
Una luz hiriente
llena el inmenso valle
vacío.
Las aves vuelan y su voz
las trae y lleva el eco
y no contesta e nadie;
ni el agua del arroyo,
ni los sauces,
ni el viento.
Solo vacío que se alarga por el tiempo.
Un casa ciega en la llanura,
de las cuencas de sus ventanas, el hueco;
tras la puerta, las paredes desnudas
devuelven mi voz desalentada
y un olor a ceniza húmeda;
que hace el vacío mayor.
Un susurro de voces
advierten mi presencia
vuelven del pasado
recuerdan mis ilusiones perdidas
muestran las frustraciones que me anegan;
desconfiados y temerosos,
solo prestan al que busca:
el vacío frío que no termina.
(Escritor: R.Gallego Gil)
MI FOZ

Vi la luz de este día llena de silencio. El sol salió con ganas de agradar y el aire se esta quieto. Los pensamientos del día anterior revientan por las costuras de la cabeza. No dan tregua para la tranquilidad, ni el sosiego, ni siquiera se compadecen de mi entrega, en esta rendición sin condiciones, que hace de cualquier contienda un juego estéril. El mundo quiere prestarme los colores para iluminar toda mi vida interior. Y la verdad, no sé como se hace.
El futuro, que nunca supe muy bien de qué va y si tenemos algún poder sobre él, me da el mismo vértigo que asomarse a la foz de Arbaiun. Hermosa foz , que fue excavando el pacífico río Salazar durante millones de años. El río, que vio a mi bisabuela lavar en el río, y la bañó alguna vez, sigue pasando por la foz, arropado por las cortadas llenas de madroños, que vigilan los buitres y águilas, amarilleándose en sus hayas por los fríos que no la perdonan.
Tengo una foz metida dentro. Nunca tanto sentimiento hermoso ha podido causar tanto daño, como este corte limpio de cuchillo nunca blandido, como el que tengo. Mi vértigo, no se acuerda cómo funciona el pecho y el reloj que le marca la vida. Antes de que me engullan las aguas; negras aguas de la profundidad del tiempo, dejaré llevarme por las horas, minuto a minuto, por si flotando boca arriba veo llegar la luz que me ha de enseñar todo, incluso si hay esperanza. O el camino para seguir andando.
(Escritor: Ramón Gallego Gil)
(Ilustración: Com. Navarra)
20060413
CARPE DIEM
¡Disfruta del momento!¡Quien sabe si mañana otro día tendremos! De esta forma se manifestaba el gran padre de la poesía occidental Quinto Horacio Flaco. Hace dos mil años escribió estas palabras. No lo decía a humo de pajas. Horacio nos dio varias razones para vivir con dignidad sin ser necesariamente complaciente, ni amargarnos la vida con aplazamientos innecesarios. Horacio hacia verdad el proverbio romano aquel: “se dice de los poetas y de los pintores que tienen la facultad de atreverse a todo”. Él manifestaba siempre lo que creía ser cierto, sin preguntarse en si le iba a traer malas consecuencias o no.
Hoy, como entonces, se nos hace difícil eludir la adulación o la crítica al que poder ostenta, sea una alta magistratura o una cercana concejalía. La verdad es que, cuando me tropiezo con alguno conocido, sea tirio o troyano, a lo más que me atrevo ahora es a preguntarle por las cervicales o cosa parecida. La República marcha con desigual fortuna, lo que me depara, a veces, momentos de tribulación momentánea. Digo momentánea porque creo que hice algún esfuerzo de juventud por ella y, ahora, uno, va teniendo menos compulsión por solucionar en persona los problemas del mundo; y menos gusto por la púrpura que entonces. Creo necesario dar paso a los más jóvenes para que se den un garbeo por el Helesponto y que conozcan y se comprometan por el mundo, sus glorias y miserias. En la vida hacemos muchos planes; sin reparar que eso es un trabajo realmente baldío. Nada de lo que planeamos sale igual; ni siquiera con aproximación a ello. Lo que no quiere decir que salga mal necesariamente. Es el día a día el que va trazando los márgenes de lo posible y lo imposible. Lo realizable y lo, en modo alguno, factible. Es de inteligentes poner los pies en el terreno y mirar lo que tenemos solo al alcance de la vista.
Se le pidió en una ocasión a Horacio una oda a Marco Agripa y la verdad es que él no aprobaba todo lo que iba haciendo el senador. El poeta, como no era precisamente tonto, y no quería la alabanza, se salió con inteligencia del compromiso. Hizo una oda que decía: “Si existe un poeta capaz de con sus versos/ cantar tu valentía y tus victorias/ ese, Agripa, es el aedo Vario”. Así puso el maestro Horacio, en la fama de otro, Vario, lo que él no quería decir. Aguantar con dignidad el mantenimiento de nuestro propio criterio es todo un ejercicio de humanidad. No pido yo más a los dioses.
Terminaba el poeta romano haciendo una consideración sobre cómo vivir en la Oda 11 titulada “Leuconoe: Carpe Diem”, la misma con la que empezaba, y aseguraba: …“la vida es breve, olvida la esperanza/mientras ahora charlamos huye el tiempo/ envidioso…”
La vida realmente pasa en un sorbo. No es saludable estar padeciendo sobre si se hizo mal o bien lo que se hizo, sobre si lo que se ha de hacer debe tener igual tratamiento. Vivamos el momento; con dignidad; dando todo lo que podemos dar sin esperar recibir, puesto que todo lo que venga será mejor si es inesperado. Las estrellas no son la causa de nuestro infortunio. Es nuestra disposición la que nos lleva hasta donde estamos. Hacer de nuestra vida un ejercicio de pasión por la humanidad no requiere grandes, públicas ni espectaculares hazañas. Seguir el camino que nos traza el corazón va siendo además de inusual, valiente. Apuremos la copa y disfrutemos lo que tenemos. Carpe Diem. Tenía razón Horacio, igualmente, cuando manifestó que él no moriría del todo, puesto que la parte mejor de su vida, su voz, en sus escritos, seguirían vivos. Así es.
(Escritor: Ramón Gallego Gil)
Hoy, como entonces, se nos hace difícil eludir la adulación o la crítica al que poder ostenta, sea una alta magistratura o una cercana concejalía. La verdad es que, cuando me tropiezo con alguno conocido, sea tirio o troyano, a lo más que me atrevo ahora es a preguntarle por las cervicales o cosa parecida. La República marcha con desigual fortuna, lo que me depara, a veces, momentos de tribulación momentánea. Digo momentánea porque creo que hice algún esfuerzo de juventud por ella y, ahora, uno, va teniendo menos compulsión por solucionar en persona los problemas del mundo; y menos gusto por la púrpura que entonces. Creo necesario dar paso a los más jóvenes para que se den un garbeo por el Helesponto y que conozcan y se comprometan por el mundo, sus glorias y miserias. En la vida hacemos muchos planes; sin reparar que eso es un trabajo realmente baldío. Nada de lo que planeamos sale igual; ni siquiera con aproximación a ello. Lo que no quiere decir que salga mal necesariamente. Es el día a día el que va trazando los márgenes de lo posible y lo imposible. Lo realizable y lo, en modo alguno, factible. Es de inteligentes poner los pies en el terreno y mirar lo que tenemos solo al alcance de la vista.
Se le pidió en una ocasión a Horacio una oda a Marco Agripa y la verdad es que él no aprobaba todo lo que iba haciendo el senador. El poeta, como no era precisamente tonto, y no quería la alabanza, se salió con inteligencia del compromiso. Hizo una oda que decía: “Si existe un poeta capaz de con sus versos/ cantar tu valentía y tus victorias/ ese, Agripa, es el aedo Vario”. Así puso el maestro Horacio, en la fama de otro, Vario, lo que él no quería decir. Aguantar con dignidad el mantenimiento de nuestro propio criterio es todo un ejercicio de humanidad. No pido yo más a los dioses.
Terminaba el poeta romano haciendo una consideración sobre cómo vivir en la Oda 11 titulada “Leuconoe: Carpe Diem”, la misma con la que empezaba, y aseguraba: …“la vida es breve, olvida la esperanza/mientras ahora charlamos huye el tiempo/ envidioso…”
La vida realmente pasa en un sorbo. No es saludable estar padeciendo sobre si se hizo mal o bien lo que se hizo, sobre si lo que se ha de hacer debe tener igual tratamiento. Vivamos el momento; con dignidad; dando todo lo que podemos dar sin esperar recibir, puesto que todo lo que venga será mejor si es inesperado. Las estrellas no son la causa de nuestro infortunio. Es nuestra disposición la que nos lleva hasta donde estamos. Hacer de nuestra vida un ejercicio de pasión por la humanidad no requiere grandes, públicas ni espectaculares hazañas. Seguir el camino que nos traza el corazón va siendo además de inusual, valiente. Apuremos la copa y disfrutemos lo que tenemos. Carpe Diem. Tenía razón Horacio, igualmente, cuando manifestó que él no moriría del todo, puesto que la parte mejor de su vida, su voz, en sus escritos, seguirían vivos. Así es.
(Escritor: Ramón Gallego Gil)
20060410
EL PENITENTE
Esperar todo un año para vestirse con un cucurucho es todo un mérito. Creo que hay pájaros que se adornan con materias vegetales para llamar la atención e incluso para asustar. En la Edad Media se hacía penitencia con el capillo puesto, con el fin de purgar los pecados sin dar cuartos al pregonero. Porque una cosa es purgar y otra perder la fama. Lo del cucurucho es darle un toque infamante toda vez que era un tocado propio de los autos de fe de la Inquisición. No creo que haya sido la intención de los que penitencian desde el siglo XVII hasta ahora el pasar por infieles. Más bien era un toque de rigor para dar a la penitencia. Desde entonces hacer la procesión es un rito purificador. El que lo hace, creo que piensa que de alguna forma se le quitan las culpas; o quizá el complejo de tenerlas. Alguien piensa que es un buen método para poder seguir pecando sin cargar demasiado el zurrón. Aunque sospecho que tal y como van las cosas para algunos no es más que la continuidad del carnaval por otros medios, (algo mas morboso por otra parte).
Con paso firme y rápido, dando vuelo a la túnica y más a la capa; con el capillo en la mano, descubierta la cerviz, baja por el ascensor y le da un susto de muerte al infante tierno que desde la Jané le mira con terror. Huele a esencia de Loewe, ( y no precisamente a esponja con vinagre) y recorre sus rutinas, entre las que está tomar el café con whisky junto con su cuadrilla, solazándose de que han corrido este año quince números por delante de él. El muerto es baja segura en la cofradía. Parecido recorrido hará a la vuelta, con el capillo de nuevo rendido, y despeinado con las marcas del sudor como galones de una batalla ganada.
Nadie sabe en qué emplea el penitente la ronda procesional, solo él. Se le presume la penitencia como el valor al soldado. Pero da lo mismo. El pecado al fin y al cabo no es mas que la infracción que atañe al fuero interno de cada uno, y ahí, no entra ni San Pedro bendito que bajara de los cielos.
Con paso firme y rápido, dando vuelo a la túnica y más a la capa; con el capillo en la mano, descubierta la cerviz, baja por el ascensor y le da un susto de muerte al infante tierno que desde la Jané le mira con terror. Huele a esencia de Loewe, ( y no precisamente a esponja con vinagre) y recorre sus rutinas, entre las que está tomar el café con whisky junto con su cuadrilla, solazándose de que han corrido este año quince números por delante de él. El muerto es baja segura en la cofradía. Parecido recorrido hará a la vuelta, con el capillo de nuevo rendido, y despeinado con las marcas del sudor como galones de una batalla ganada.
Nadie sabe en qué emplea el penitente la ronda procesional, solo él. Se le presume la penitencia como el valor al soldado. Pero da lo mismo. El pecado al fin y al cabo no es mas que la infracción que atañe al fuero interno de cada uno, y ahí, no entra ni San Pedro bendito que bajara de los cielos.
20060402
Vuelven
Vuelvo una y otra vez a los sitios donde reconozco mi propia historia. Las casas, robustas, fortificadas de grandes piedras de granito aguantan entristecidas por la humedad de cientos de aguaceros y tormentas que llegaron hasta Madrid; no pudieron con el resistente polvo que se empeña en sellar el tiempo. El aliento de los portales es frío, con olor a col y algo del café de la mañana. Ya no chirrían los tranvías, dolíéndose en las curvas. Su rastro está enterrado bajo treinta centímetros de aglomerado asfáltico. Les acompañan sus amigos dolientes: adoquines de basalto aguantando firmes en su formación. Volverán a salir con la primera avería del Canal de Isabel II.Como vuelven los jóvenes a calentarse en las terrazas, firmemente convencidos de que son los primeros en descubrir ese asentamiento. Todas las primaveras ( y ya he conocido varias decenas) el sol convoca a todos a su gran afición: solearse. No lejos , alguien prueba un piano en una tienda de instrumentos. Chopin se amarga el momento escuchando tanta reiteración. Vuelven mis pensamientos buscando los sueños perdidos entre los fríos de enero. Un petirrojo me los trae con la forma de una sonrisa que acude. La tuya. Si, vuelve la Primavera y creo que podré soportar tanta hermosa espectativa.
El Parque
La noche inundó ya el parque. El silencio enseña sus dientes sembrando una brisa dasapacible y húmeda. Desde mi despacho sigo esperando que cante alguna de las aves nocturnas. Ninguna decide llegarse hasta aquí. El domingo se arrastra en su agonía enseñando las cartas del lunes para endulzar sus estertores. ¡Vaya una necedad! Nunca he conseguido sacarle lustre a las tardes de los domingos. En el colegio solo me enseñaron a odiarlo con la frialdad del que siente la batalla perdida. Y sus canijos minutos, envidiosos de los de las tardes del viernes, apenas si sirven para preparar el hato para mañana.Debajo de mis pies, no se a cuantos metros o, tal vez, kilómetros, el magma de los volcanes que yacen durmiendo con un ojo abierto bajo el campo de Calatrava, calientan la tierra esperando el primer movimiento para salir. Los vecinos de esta ciudad, que sospecho algo deducen, se entretienen arrasando cualquier vestigio de su historia. Alguna maldición judía debe pesar sobre estas tierras rojas, como manchadas de la sangre que se vertió en su día.
El domingo acaba no se si dulcemente, pero sí en silencio. La semana me espera para seguir peleando por todo eso que pocos lo defienden ya: la propia dignidad, que no se contamina ni por la pasta ni por el poder sin causa legítima. Me lo temía. El domingo me está haciendo que se me vaya el pisto.
(Escritor e ilustrador: Ramón Gallego Gil)
20060329
De la soledad
A la carencia voluntaria o involuntaria de compañía la llamamos soledad; también al pesar o melancolía por la ausencia de una persona o cosa. Pero juraría que es más, mucho más que todo eso. Las sombras humanas callejeras, cargadas de años y estaciones; de amaneceres y lentas caídas del sol; de horas vividas y sufridas; una mirada fija en nosotros por un instante tiene mucho más que todo aquello, para definir la soledad. Es la prueba de la tremenda herida de la ausencia. Miradas de nuestro primario sentido animal. Como en el gato agonizante, el perro herido, el pájaro caído, dando estériles aleteos. Es la de un gato subido en un tapial, encogido sobre sus patas, con los ojos adormecidos; buscando errático un lugar a salvo. La “solitudo” de los latinos, indispensable para el desarrollo del pensamiento, de la reflexión. Hablé una vez con el ilustre escritor mexicano Carlos Fuentes. Me aconsejó, cuando supo que escribía, que lo hiciera en soledad; según él aislarse del mundo hace surgir las ideas.
Pienso en los constructores de las iglesias románicas, piezas maravillosas de la sencillez y genio humanos. El arquitecto, medieval debió ser un hombre solitario que contemplaba la naturaleza como fuente de conocimiento. En las formaciones rocosas pudo comprender la justa unión entre la fortaleza y la belleza; solo con la distinta disposición de los volúmenes, de las formas geométricas. A veces basta con hacer sobresalir, o hundir la piedra, para hacer que las líneas marquen un distinto lenguaje de belleza sencilla y a la vez majestuosa. Es conjugar la distribución de los volúmenes con las resistencias, los espacios, los materiales y la iluminación, necesarios para el fin preciso. Los arcos, las borduras y disposición varia de los ladrillos, para el alarife mudéjar creando, necesitaron momentos de meditación, de reflexión en solitario, de soledad buscada y disfrutada. Lo mismo necesita el pintor y el escultor haciendo sacar de la nada la definición de la obra. Soledad para la reflexión, para la ejecución que puede ser voluntaria o involuntaria. Ésta última es siempre acompañada por la tristeza, por la melancolía. La desgracia no esta muy lejos en algunos casos. En momentos de desgracia algunos sacan virtud de la oscura, angustiosa, despiadada soledad. Miguel de Cervantes en el húmedo alojamiento de su prisión alumbró la escritura del “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”. Así pues parece la soledad más condición que situación. Porque la voluntad de las personas puede quebrar la más dura, o la más injusta. Solo su voluntad, que es lo que hizo aquel hombre de Alcatraz, en el cine Burt Lancaster, redimiéndose con su especialización en ornitología.
La calle esta llena a diario de caras manchadas de soledad. Unas con la mirada puesta en otro lado, lejos, muy lejos, allá donde residen sus difíciles sueños, de los que les separa la incomprensión de otros, los prejuicios sociales o simplemente la extraordinaria carga de la responsabilidad cogida en exceso, más allá de lo razonable. Otras, miradas llenas de soledad y tristeza van gritando en silencio la ausencia de aquellos a los que tanto se echa de menos; a unos con la certeza de que nunca volverán, a otros pendiente solo de la esperanza.
En lugares donde el tiempo a lo largo de la historia llenó de abandono y ruinas- donde se ven aún los vestigios de otras culturas, restos de vidas pasadas, con una alta carga de dramatismo y emociones suspendidas allí- se sumerge uno obligadamente en la soledad acumulada, que demanda la memoria de los que hicieron de la vida un hecho digno del recuerdo; es devolverles la vida aunque sea en parte. A veces, la soledad se reconoce como una compañera ocasional que siempre termina volviendo. Porque es cosa de dos o más su remedio y eso no es fácil. Soledad satisfecha, conjurada, es encontrar una sonrisa. Puede ser el principio de su solución.
Pienso en los constructores de las iglesias románicas, piezas maravillosas de la sencillez y genio humanos. El arquitecto, medieval debió ser un hombre solitario que contemplaba la naturaleza como fuente de conocimiento. En las formaciones rocosas pudo comprender la justa unión entre la fortaleza y la belleza; solo con la distinta disposición de los volúmenes, de las formas geométricas. A veces basta con hacer sobresalir, o hundir la piedra, para hacer que las líneas marquen un distinto lenguaje de belleza sencilla y a la vez majestuosa. Es conjugar la distribución de los volúmenes con las resistencias, los espacios, los materiales y la iluminación, necesarios para el fin preciso. Los arcos, las borduras y disposición varia de los ladrillos, para el alarife mudéjar creando, necesitaron momentos de meditación, de reflexión en solitario, de soledad buscada y disfrutada. Lo mismo necesita el pintor y el escultor haciendo sacar de la nada la definición de la obra. Soledad para la reflexión, para la ejecución que puede ser voluntaria o involuntaria. Ésta última es siempre acompañada por la tristeza, por la melancolía. La desgracia no esta muy lejos en algunos casos. En momentos de desgracia algunos sacan virtud de la oscura, angustiosa, despiadada soledad. Miguel de Cervantes en el húmedo alojamiento de su prisión alumbró la escritura del “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”. Así pues parece la soledad más condición que situación. Porque la voluntad de las personas puede quebrar la más dura, o la más injusta. Solo su voluntad, que es lo que hizo aquel hombre de Alcatraz, en el cine Burt Lancaster, redimiéndose con su especialización en ornitología.
La calle esta llena a diario de caras manchadas de soledad. Unas con la mirada puesta en otro lado, lejos, muy lejos, allá donde residen sus difíciles sueños, de los que les separa la incomprensión de otros, los prejuicios sociales o simplemente la extraordinaria carga de la responsabilidad cogida en exceso, más allá de lo razonable. Otras, miradas llenas de soledad y tristeza van gritando en silencio la ausencia de aquellos a los que tanto se echa de menos; a unos con la certeza de que nunca volverán, a otros pendiente solo de la esperanza.
En lugares donde el tiempo a lo largo de la historia llenó de abandono y ruinas- donde se ven aún los vestigios de otras culturas, restos de vidas pasadas, con una alta carga de dramatismo y emociones suspendidas allí- se sumerge uno obligadamente en la soledad acumulada, que demanda la memoria de los que hicieron de la vida un hecho digno del recuerdo; es devolverles la vida aunque sea en parte. A veces, la soledad se reconoce como una compañera ocasional que siempre termina volviendo. Porque es cosa de dos o más su remedio y eso no es fácil. Soledad satisfecha, conjurada, es encontrar una sonrisa. Puede ser el principio de su solución.
20060109
Como el verderón
Verde oliváceo, pico fuerte y claro, franja en las alas y en la cola amarillenta, que en la hembra es más apagada, de porte algo más pequeño que el gorrión; así es el verderón. Lo conozco desde que un buen día le oí cantar su chuip bajo la sombra de las hojas de un nogal. Eran otros tiempos; por entonces en mi casa no entraba “El País” sino el “ABC”. Aquél ni siquiera había nacido, y este era el más civilizado de la dictadura, decían que era monárquico. Esos días estaba con el “ABC” y el libro de física y química encima de la pequeña mesa; bajo el nogal, peleándome con la ley de Boyle-Mariotte, a la sombra, con la luz deslumbrante del mes de julio, en La Poblachuela. Oyendo el reiterado golpe de la palanca de la noria, con el agua cayendo en la artesa, solo podía prestar atención al chuip,chuip del verderón. Atendiendo a sus nerviosos pero confiados movimientos en las ramas del árbol. La ley de Boyle Mariotte resultó nada más que una explicación culta del cuanto ocurre con las flatulencias de las judías: hablaba de la relación del espacio que ocupan los gases y la presión consecuente.
Si, los tiempos cambiaron. El ruido de la carretera de Puertollano, que antes era intermitente, y muy espaciado, ahora es constante. Ese es el sonido del progreso, como lo es que ya la noria solo está en la memoria. En el suelo, junto a la pozeta de riego de la alberca crecía el zacate, o hierba de limón, todos los años. Con ella conjuraba las sonrisas de mis tías cuando venían de visita. Su olor eran llave cierta para abrir voluntades. Las calenturas de los atardeceres se llevan mejor luego de haberse remojado en una alberca. El aliento de la huerta recién regada, alegra también a los verderones, que aprovechan para bajar a llevarse todo lo suyo.
Yo seguía al día siguiente con Gay-Lussac: su ley tenía algo que ver con la relación de los gases con la temperatura, que lleva a aumentar la presión. Bastante tenía yo con retener un poco todo aquello, sin dejar de poner mis sentidos en aquella explosión de la naturaleza que me llevaba a cumplir con la vida, como los verderones. Entendí a Gay-Lussac, cuando oí pasar a lo lejos el tren con su locomotora soltando el vapor con gran sofoco. Camino de Puertollano iba pitando sus dibujos en la lejanía, sobre inmensos rastrojos que se lucían en miles tonalidades de amarillo y ocres que languidecían con el sol declinando.
Todos los años seguí, durante algún tiempo, oyendo los chuip, chuip de los verderones, siempre con su quehacer diario, sobreviviendo, disfrutando de la vida, reproduciéndose. Haciendo de su nido, entrelazado, con sedosas y algodonosas fibras, entorno a un círculo perfecto, donde depositan sus huevos pequeños con unas apenas apreciables pintas. Lo soportaba un trenzado de ramas que sólidamente hace resistir a los vientos. Su canto, arrastra su parlamento como una llamada de sumo interés, terminando con un trino; en su vuelo toda una serie de armónicas y hermosas creaciones, propias de la perfección de un artista.
Los olmos se doblaron un día con el viento de la primera tormenta de agosto, el olor a tierra mojada avanzó la lluvia que vendría en enormes goterones que levantaban el fino polvo del camino, trillado por el paso de los carruajes. Yo, como los verderones, aguardaba en mi casa que comenzara el espectáculo. No tardaría en llegar. Broncos truenos, deslumbrantes rayos que quebraban el firmamento en rupturas apocalípticas y, después, una dulce calma que, cargada del oxígeno del ozono desprendido, nos llevó a todos a creer en la bondad del futuro día.
Es bueno seguir como los verderones, viviendo. Aunque parezca a veces que se hunde el mundo.
20051015
De la nena
Todo lo que soy y lo que seré, te lo debo a tí. Todos mis ángeles y también mis demonios. Todo lo que escribo, todo lo que leo y me hace mejor persona. Todo aquello con lo que crezco cada día. Todo te lo debo a tí. Me has enseñado a vivir. Me has enseñado a ser feliz. Y sé que puedo hacerlo también contigo. Seremos felices juntos.
Te quiero más que a nada en este mundo. Y estoy contigo en cada momento. Siempre.
Yo soy una partecita de ti que se ha hecho otra persona. Pero sigo estando en ti y tú estarás siempre en mi.
Te quiero
20050924
DE LOS VIENTOS DE OTOÑO

Empujan suavemente las nubes cargadas de agua vientos de otoño. Suavemente pero acelerando su marcha por momentos, a rachas; que quieren ser violentas pero que se desmadejan en un instante, como si se lo hubieran pensado mejor. Las calles se van vaciando de transeúntes atentos a la tranquilidad y el sosiego de los lugares cerrados, lejos de la ventisca y el fresco que siempre llega. Es de las pocas cosas que no se comen las gallinas: ni el frío ni el calor, en su tiempo; como decía una viejecita de un pueblo de Cuenca. Todavía el sol sigue empecinado en dar su tibio calor, pese al aire frío y, a resguardo de este, se arremolina todo bicho viviente.
Éste es el tiempo de recolección de la vid y de otras muchas frutas. Al olor de sus azúcares, cuando se van pasando, se multiplican en este tiempo las moscas del vinagre; la llamada por los científicos “Drosophila melanogaster”. Ya saben cuales son: esas mosquitas pequeñas barrigudas que salen entorno a la fruta madura, o en donde haya mostos en fermento. Son un tanto impertinentes, como todas las moscas, pero más vulnerables. Su vuelo es torpe, posiblemente debido al exceso de carga en sus barrigas. Pero ahí donde las ven están prestando un servicio inestimable al género humano. Desde 1910 se está investigando con ellas para reconstruir el mapa del genoma humano. La primera aportación de los españoles a la investigación espacial, si mal no recuerdo, fue la de hacer subir a esas alturas un grupo de mosquitas españolas de estas para ver su comportamiento sin gravedad. Ni ellas ni sus parientes de aquí abajo apreciaron tan grandioso vuelo. En este otoño acuden a los fruteros donde se pasó una manzana, o una pera, para hacer de las suyas.
Entretanto, los niños de esta ciudad siguen su vida, con esa hermosa manera de vivir en la que el tiempo no se mide, ni se cuenta, solo se vive intensamente. Nuestros afortunados niños de aquí, no escuchan en el viento de otoño los suspiros, los lamentos, los silencios obligados de esos otros niños que se dan a ver con una mano llena de cal y yeso entre los escombros; de la que tiran y sirve para sacarlos, con el último rictus de dolor que tenían cuando se les vino el mundo encima, luego de una explosión en su casa, en su tierra. La única que conocieron, la que ni siquiera poseyeron.
La naturaleza sigue su curso y el genoma humano se llegará a conocer. Quizá se pudiera acceder a ese resorte que hace desoír los lamentos de cuantos sufren, que hace solo atender a la justificación, para seguir haciendo lo que no se debe hacer. El genoma se conocerá, pero nunca se corregirá el abuso de unos sobre otros, ni siquiera mejorando la genética, porque los que solo atienden a su interés, usaran cualquier avance para conseguir más, para atropellar más a otros. Quizá se vaya superando la tragedia de todas esas gentes, de esos niños, cuando puedan ver la luz del conocimiento con su acceso a los libros, a la educación. Aprenderán a distinguir cuándo les mienten los que los gobiernan y quienes les bombardean; o cómo se gastan los cuartos de todos en lo que no es de utilidad pública; o les aturden con fanatismos religiosos o nacionalistas para conseguir de ellos su docilidad. Si llega el mediodía y no hay nada en el plato, o la enfermedad amenaza con la muerte, la docilidad se puede volver en ira, levantando violencias. Sus consecuencias siempre traen imágenes de niños entre los escombros. Los vientos de otoño que traen todos los sonidos, las quejas, los llantos, entremezclados con los de alegrías de los que sí vivimos, apenas se entretienen con las moscas del vinagre o moviendo las hojas muertas de los árboles que se preparan para invernar.
Éste es el tiempo de recolección de la vid y de otras muchas frutas. Al olor de sus azúcares, cuando se van pasando, se multiplican en este tiempo las moscas del vinagre; la llamada por los científicos “Drosophila melanogaster”. Ya saben cuales son: esas mosquitas pequeñas barrigudas que salen entorno a la fruta madura, o en donde haya mostos en fermento. Son un tanto impertinentes, como todas las moscas, pero más vulnerables. Su vuelo es torpe, posiblemente debido al exceso de carga en sus barrigas. Pero ahí donde las ven están prestando un servicio inestimable al género humano. Desde 1910 se está investigando con ellas para reconstruir el mapa del genoma humano. La primera aportación de los españoles a la investigación espacial, si mal no recuerdo, fue la de hacer subir a esas alturas un grupo de mosquitas españolas de estas para ver su comportamiento sin gravedad. Ni ellas ni sus parientes de aquí abajo apreciaron tan grandioso vuelo. En este otoño acuden a los fruteros donde se pasó una manzana, o una pera, para hacer de las suyas.
Entretanto, los niños de esta ciudad siguen su vida, con esa hermosa manera de vivir en la que el tiempo no se mide, ni se cuenta, solo se vive intensamente. Nuestros afortunados niños de aquí, no escuchan en el viento de otoño los suspiros, los lamentos, los silencios obligados de esos otros niños que se dan a ver con una mano llena de cal y yeso entre los escombros; de la que tiran y sirve para sacarlos, con el último rictus de dolor que tenían cuando se les vino el mundo encima, luego de una explosión en su casa, en su tierra. La única que conocieron, la que ni siquiera poseyeron.
La naturaleza sigue su curso y el genoma humano se llegará a conocer. Quizá se pudiera acceder a ese resorte que hace desoír los lamentos de cuantos sufren, que hace solo atender a la justificación, para seguir haciendo lo que no se debe hacer. El genoma se conocerá, pero nunca se corregirá el abuso de unos sobre otros, ni siquiera mejorando la genética, porque los que solo atienden a su interés, usaran cualquier avance para conseguir más, para atropellar más a otros. Quizá se vaya superando la tragedia de todas esas gentes, de esos niños, cuando puedan ver la luz del conocimiento con su acceso a los libros, a la educación. Aprenderán a distinguir cuándo les mienten los que los gobiernan y quienes les bombardean; o cómo se gastan los cuartos de todos en lo que no es de utilidad pública; o les aturden con fanatismos religiosos o nacionalistas para conseguir de ellos su docilidad. Si llega el mediodía y no hay nada en el plato, o la enfermedad amenaza con la muerte, la docilidad se puede volver en ira, levantando violencias. Sus consecuencias siempre traen imágenes de niños entre los escombros. Los vientos de otoño que traen todos los sonidos, las quejas, los llantos, entremezclados con los de alegrías de los que sí vivimos, apenas se entretienen con las moscas del vinagre o moviendo las hojas muertas de los árboles que se preparan para invernar.
(Escritor e ilustrador: Ramón Gallego Gil)
20050906
LA ÚLTIMA HOJA

Veo caer, abandonada, hacia el suelo
la última hoja del arce.
Resistía segura, desde hace tiempo,
al viento y al sol;
que intentaron varias veces, en vano,
hacerla caer.
En su enrojecida rama,
como la sangre seca de una herida,
a mediodía, a solano segura,
la sujetaba el arce rojo:
para hacerla su fiel testigo
del tiempo pasado.
Ella, desde allí,
vio el campo de abril mojado
llamando al mundo a vivir;
que abría mayo borboteando verdes,
para derramar poluciones buscadas;
que trajo a junio tostándole al sol,
soñando noches imposibles;
que se enfebreció con julio
en pasiones a flor de tacto;
y convaleció en agosto,
para mirar constelaciones cercanas;
en septiembre, entristeciendo,
por terminadas glorias de lo efímero;
recogiendo en octubre amarillas luces
para eternizar sus miradas;
soñando ingenua en noviembre
escondida entre brumas;
reconociendo en diciembre la soledad
en el suelo cubierto de hojas muertas.
Retuvo esféricas gotas de agua
donde guardó la luz del verano
sueltas en amaneceres.
(Escritor e ilustador: Ramón Gallego Gil)
(Copia -1961- de una cabeza de "La Fragua de Vulcano"-Velázquez)
20050905
LA VUELTA DE LAS ABUBILLAS

En el pequeño parque que tengo enfrente ha vuelto a cantar la abubilla. Cuando yo era chico también le llamábamos cuclillo. Con el calor de estos meses se dedica a hacer las funciones de la reproducción. Su bu-bu/ bu se oye una y otra vez marcando las distancias de su mundo. Mientras, echada en el patio, una gata dormita haciendo ver como siempre, que ya esta de vuelta, de todo. Los jilgueros, mirlos y gorriones hacen su vida, charlan de sus cosas y hoy no ocurre, como ocurre otras veces, el sentir cómo pasa un zoquete montado en un ruido.
En Londres, no muy lejos de aquí con las distancias de hoy, gente pacífica sigue con la pesadilla que empezó con la expansión de los gases de unas explosiones. En el Reino Unido, la misma gente pacífica que se manifestaba en contra de la guerra, no llega a entender como circula la inteligencia en las alturas, donde se decide sobre sus vidas. Aquí en este país, aún vuelven las abubillas recordándonos con su bu-bu/bu, que la vida es siempre la misma, que vuelve a su normal discurrir si la dejamos tranquila. La paz es solo una situación bajo condición suspensoria: en cualquier momento queda alterada por la decisión de alguien que quiere mover nuestras conciencias a costa de nuestra vida. No suelen oír a los poetas que dicen como Mahmud Darwish: “Una gota de mi sangre lloró / temblé.../ El jardín duerme en mi lecho.” Si se escuchara más a los poetas no haría falta negociación.
En el Reino Unido también anidan las aves, como lo hacen en España y en Irak. Apenas tienen el sosiego del silencio de las bombas, vuelven a recoger los materiales para hacer el nido. En el hueco de un tronco, entre la espesura de un árbol que fue ignorado por la devastación.
Se volverá a ver a algún anciano sentado a la sombra, en una arboleda, mirando como desfilan las lamentaciones y escogiendo las palabras que deben dejar como herencia, para no repetir los mismos errores ya pasados.
El calor se extiende por nuestra tierra. El embotamiento y el agobio que produce se combaten a todas horas como uno mejor puede. Seguimos con nuestros trabajos, o con el descanso de unas esperadas vacaciones y recorre todo nuestro vivir el sabor amargo de la impotencia, el tremendo dolor por los que sufren. Hace tiempo ya dije en estas mismas líneas que tanto dolor no lo produce solo la locura, sino especialmente la desesperación.
En Escocia han acordado una de las mejores decisiones que cabía esperarse: no se subvencionará a parte de nuestra economía para facilitar la compra de productos de los países subdesarrollados. Esperemos que sea una realidad y no un objetivo fallido como lo de las limitaciones de emisiones de Kioto. Si tienen para comer, vestirse, ir a la escuela y curarse, estarán vacunados contra el fanatismo.
La abubilla despliega sus alas redondas encima del bosquecillo. Parece una gran mariposa rompiendo suavemente el aire para cambiar su entorno. Detrás, ocultos por la espesura, con las luces azules y rosas de sus minerales, y empapados en el tremolar del aire caliente, los Castillejos apenas se levantan en el horizonte. Hace millones de años eran roca pura derretida de volcanes violentos. Hoy apenas pueden ya con una escasa vegetación y sus rocas terminan verdeando sus líquenes en invierno. La naturaleza marca sus propios tiempos mientras nosotros jugamos a intentar cambiarlos. Convencidos como estamos que somos los dueños y señores del mundo. Bien pensado, y aunque solo sea a otra escala, debemos ser como la abubilla que vuelve una y otra vez a reproducir sus ciclos vitales. Hacemos ruido, humo, y destrucción a veces; sin embargo, al final, siempre, en todos los rincones de la tierra terminamos viviendo nuestra vida, y soñando, como decía Mahmud Darwish, cómo el jardín duerme en nuestro lecho.
En Londres, no muy lejos de aquí con las distancias de hoy, gente pacífica sigue con la pesadilla que empezó con la expansión de los gases de unas explosiones. En el Reino Unido, la misma gente pacífica que se manifestaba en contra de la guerra, no llega a entender como circula la inteligencia en las alturas, donde se decide sobre sus vidas. Aquí en este país, aún vuelven las abubillas recordándonos con su bu-bu/bu, que la vida es siempre la misma, que vuelve a su normal discurrir si la dejamos tranquila. La paz es solo una situación bajo condición suspensoria: en cualquier momento queda alterada por la decisión de alguien que quiere mover nuestras conciencias a costa de nuestra vida. No suelen oír a los poetas que dicen como Mahmud Darwish: “Una gota de mi sangre lloró / temblé.../ El jardín duerme en mi lecho.” Si se escuchara más a los poetas no haría falta negociación.
En el Reino Unido también anidan las aves, como lo hacen en España y en Irak. Apenas tienen el sosiego del silencio de las bombas, vuelven a recoger los materiales para hacer el nido. En el hueco de un tronco, entre la espesura de un árbol que fue ignorado por la devastación.
Se volverá a ver a algún anciano sentado a la sombra, en una arboleda, mirando como desfilan las lamentaciones y escogiendo las palabras que deben dejar como herencia, para no repetir los mismos errores ya pasados.
El calor se extiende por nuestra tierra. El embotamiento y el agobio que produce se combaten a todas horas como uno mejor puede. Seguimos con nuestros trabajos, o con el descanso de unas esperadas vacaciones y recorre todo nuestro vivir el sabor amargo de la impotencia, el tremendo dolor por los que sufren. Hace tiempo ya dije en estas mismas líneas que tanto dolor no lo produce solo la locura, sino especialmente la desesperación.
En Escocia han acordado una de las mejores decisiones que cabía esperarse: no se subvencionará a parte de nuestra economía para facilitar la compra de productos de los países subdesarrollados. Esperemos que sea una realidad y no un objetivo fallido como lo de las limitaciones de emisiones de Kioto. Si tienen para comer, vestirse, ir a la escuela y curarse, estarán vacunados contra el fanatismo.
La abubilla despliega sus alas redondas encima del bosquecillo. Parece una gran mariposa rompiendo suavemente el aire para cambiar su entorno. Detrás, ocultos por la espesura, con las luces azules y rosas de sus minerales, y empapados en el tremolar del aire caliente, los Castillejos apenas se levantan en el horizonte. Hace millones de años eran roca pura derretida de volcanes violentos. Hoy apenas pueden ya con una escasa vegetación y sus rocas terminan verdeando sus líquenes en invierno. La naturaleza marca sus propios tiempos mientras nosotros jugamos a intentar cambiarlos. Convencidos como estamos que somos los dueños y señores del mundo. Bien pensado, y aunque solo sea a otra escala, debemos ser como la abubilla que vuelve una y otra vez a reproducir sus ciclos vitales. Hacemos ruido, humo, y destrucción a veces; sin embargo, al final, siempre, en todos los rincones de la tierra terminamos viviendo nuestra vida, y soñando, como decía Mahmud Darwish, cómo el jardín duerme en nuestro lecho.
Encina (óleo sobre tabla) RGGIL 1985
DE LA VIOLA DA GAMBA

En las recogidas habitaciones donde se hacía prender la música en el siglo XVI, artesanos constructores de instrumentos de música, luthiers, tomaban maderas escogidas con esenciales aromas de muy preciados árboles para dar forma a las delicadas cajas de resonancia donde la llamada viola da gamba daba su voz con enorme dulzura. Tres piezas de madera de abeto en finas lonjas que respetaban mas enteras las vetas, normalmente daban cuerpo a la caja y con madera de arce y delicada atención, se dibujaba, se perfilaba el puente. Otros como el maestro Estradivarius llegaban a construirlas con madera de frutales. Desde entonces suenan con su dulce voz en los lugares donde se acaricia la música; se da un muy dulce y directo lenguaje de sentimientos, de sensaciones.
Desde Bizancio, o a través de la extraordinaria cultura árabe de Al Andalus, desde le Califato de Córdoba, la cultura europea conoció los instrumentos de cuerda que fueron el antecedente de la viola da gamba. Se conoce así porque se sitúa entre las dos piernas, como el violoncello. Tiene seis cuerdas, a veces siete (la francesa) y se afina como la guitarra, sus orificios de resonancia tienen forma de “C”; el violoncello con cuatro acordes sin trastes sus orificios de resonancia tienen forma de “S”. La viola da gamba simula la voz humana, unas de mujer, otras de hombre, de forma cálida y directa. Marin Marais maestro de la viola da gamba escribió, dibujó, interpretó, con ella hermosos poemas en los que llegan hasta lo más profundo de nuestros sentimientos y sensaciones, en un continuo coloquio quedo, confidencial, propio de entregas muy personales y donde la humanidad de los interlocutores se abre como una flor recién nacida. Es este instrumento un medio delicadísimo que nunca levanta la voz, ni siquiera cuando esta expresando las emociones más fuertes, más intensas.
Amanecer oyendo la viola da gamba el ánimo se expande hasta el infinito, surge de la vibración de las cuerdas la máxima expresión de la sinceridad que duele oírla en tan alta emoción, en pureza de expresión impropia de un mundo en el que la sinceridad tiene tan baja estima, tan poco aprecio, que anda en su deambular mísero buscando un lugar donde habitar, sin que sea huésped incómodo o rechazable por lo que ahora se llama “políticamente incorrecto”. La viola da gamba es una extraordinaria amante para los enfermos crónicos de soledad. Sus caricias de sincera afición hacia el solitario, compensa las vejaciones que trae las embestidas de la ceguera funcional. Marin Marais, me estuvo diciendo estos días muchas cosas. Desde el siglo XVII su voz me trajo unas cuantas sentencias de curtido y sincero sentimiento. Es extraordinario comprobar como las imágenes que pudo ver este músico, con sus ojos, bien en Paris, o en Versalles, cuando tocaba para Luis XIV de Francia, cerca o en los propios jardines, nos lleguen entretejidas con las finas tramas de una fantasie, allemande o courante.
La viola da gamba, con energía súbita, con la sensibilidad de una bello poema deshace el complejo que me imponen cuando tengo que defender lo que considero correcto y legítimo, y me lleva de la mano hasta confirmarme lo que ya sabía: los problemas son tercos, nosotros no. Por muchas vueltas que les demos siempre están en donde los encontramos, en su sitio, hasta que decidamos darle solución. No hay mejor arte en este país que darle preciosas vueltas a los problemas, adornar su evasión hasta hacer que parezcan que se fueron, pero siempre están allí. Esperando a ver si somos capaces de darles solución. Con una danza repetida de manera delicada por la viola da gamba, contestada por otra, observando el dulce y mimético balanceo del arco, y las manos del músico acariciando con energía y precisión las cuerdas, la vida recobra su claridad, la que se ve en noviembre cuando se va disipando la fría niebla.
Desde Bizancio, o a través de la extraordinaria cultura árabe de Al Andalus, desde le Califato de Córdoba, la cultura europea conoció los instrumentos de cuerda que fueron el antecedente de la viola da gamba. Se conoce así porque se sitúa entre las dos piernas, como el violoncello. Tiene seis cuerdas, a veces siete (la francesa) y se afina como la guitarra, sus orificios de resonancia tienen forma de “C”; el violoncello con cuatro acordes sin trastes sus orificios de resonancia tienen forma de “S”. La viola da gamba simula la voz humana, unas de mujer, otras de hombre, de forma cálida y directa. Marin Marais maestro de la viola da gamba escribió, dibujó, interpretó, con ella hermosos poemas en los que llegan hasta lo más profundo de nuestros sentimientos y sensaciones, en un continuo coloquio quedo, confidencial, propio de entregas muy personales y donde la humanidad de los interlocutores se abre como una flor recién nacida. Es este instrumento un medio delicadísimo que nunca levanta la voz, ni siquiera cuando esta expresando las emociones más fuertes, más intensas.
Amanecer oyendo la viola da gamba el ánimo se expande hasta el infinito, surge de la vibración de las cuerdas la máxima expresión de la sinceridad que duele oírla en tan alta emoción, en pureza de expresión impropia de un mundo en el que la sinceridad tiene tan baja estima, tan poco aprecio, que anda en su deambular mísero buscando un lugar donde habitar, sin que sea huésped incómodo o rechazable por lo que ahora se llama “políticamente incorrecto”. La viola da gamba es una extraordinaria amante para los enfermos crónicos de soledad. Sus caricias de sincera afición hacia el solitario, compensa las vejaciones que trae las embestidas de la ceguera funcional. Marin Marais, me estuvo diciendo estos días muchas cosas. Desde el siglo XVII su voz me trajo unas cuantas sentencias de curtido y sincero sentimiento. Es extraordinario comprobar como las imágenes que pudo ver este músico, con sus ojos, bien en Paris, o en Versalles, cuando tocaba para Luis XIV de Francia, cerca o en los propios jardines, nos lleguen entretejidas con las finas tramas de una fantasie, allemande o courante.
La viola da gamba, con energía súbita, con la sensibilidad de una bello poema deshace el complejo que me imponen cuando tengo que defender lo que considero correcto y legítimo, y me lleva de la mano hasta confirmarme lo que ya sabía: los problemas son tercos, nosotros no. Por muchas vueltas que les demos siempre están en donde los encontramos, en su sitio, hasta que decidamos darle solución. No hay mejor arte en este país que darle preciosas vueltas a los problemas, adornar su evasión hasta hacer que parezcan que se fueron, pero siempre están allí. Esperando a ver si somos capaces de darles solución. Con una danza repetida de manera delicada por la viola da gamba, contestada por otra, observando el dulce y mimético balanceo del arco, y las manos del músico acariciando con energía y precisión las cuerdas, la vida recobra su claridad, la que se ve en noviembre cuando se va disipando la fría niebla.
EL PÁJARO
Parece increíble que en el centro de la ciudad llena de ruidos, humos y cemento se sigan oyendo de vez en cuando el canto de los pájaros. Como si estuvieran en el campo o en la selva. Inocentes del caos en el que nosotros vivimos creyéndonos algo así como felices.
Esta tarde oigo un pajarillo en mi patio de vecinos. No sé si es gorrión o golondrina o si es grande, mediano o pequeño... pero trina y trina sin cesar... por encima de los tubos de escape y los pitidos. Por encima del ruido de la ciudad. Y por encima de este calor pegajoso de junio también. Me ha animado su canto a abrir la ventana. Y aunque mi habitación es interior y no hay nada bello que ver, las paredes del patio ennegrecidas por el humo de las cenas y las comidas y por el de los coches y la contaminación, hoy me he asomado un poco más a la ventana y mirando hacia arriba he visto un trozo del cielo. Azul más que celeste. Claro y límpido como el de hace años cuando era niña, como el del campo donde pasaba los veranos, como el de los días que recuerdo felices, como el que ven mis ojos cuando mi alma está en paz. Y ha vuelto a cantar el pajarillo casi diciéndome... sonríe, el cielo está azul allá arriba. Aquí la ciudad cada día es más gris. La vida más cara. No encuentras trabajo ni puedes vivir por tu cuenta. El calor se pega al asfalto y al alquitrán, y el alquitrán se pega a tu piel y tus pulmones. La gente en el metro, bajo tierra, no sonríe nunca y te sientes desamparada sin un libro entre las manos en los viajes hacia el trabajo, teniendo que mirar a esas personas que intentan no reparar en ti lo más mínimo, como tú en ellas... Pero hoy el cielo está azul. Azul limpio, azul claro, azul alegre, azul recién nacido, azul recién pintado... Y deseas sonreír por eso, porque el cielo está azul y un pájaro canta en el mismo centro de Madrid. Y no todo está perdido al fin y al cabo. Hoy para mí la esperanza ha cambiado de color: hoy es azul como el cielo de junio.
(Escritora: Consuelo Gallego Desdentado)
Esta tarde oigo un pajarillo en mi patio de vecinos. No sé si es gorrión o golondrina o si es grande, mediano o pequeño... pero trina y trina sin cesar... por encima de los tubos de escape y los pitidos. Por encima del ruido de la ciudad. Y por encima de este calor pegajoso de junio también. Me ha animado su canto a abrir la ventana. Y aunque mi habitación es interior y no hay nada bello que ver, las paredes del patio ennegrecidas por el humo de las cenas y las comidas y por el de los coches y la contaminación, hoy me he asomado un poco más a la ventana y mirando hacia arriba he visto un trozo del cielo. Azul más que celeste. Claro y límpido como el de hace años cuando era niña, como el del campo donde pasaba los veranos, como el de los días que recuerdo felices, como el que ven mis ojos cuando mi alma está en paz. Y ha vuelto a cantar el pajarillo casi diciéndome... sonríe, el cielo está azul allá arriba. Aquí la ciudad cada día es más gris. La vida más cara. No encuentras trabajo ni puedes vivir por tu cuenta. El calor se pega al asfalto y al alquitrán, y el alquitrán se pega a tu piel y tus pulmones. La gente en el metro, bajo tierra, no sonríe nunca y te sientes desamparada sin un libro entre las manos en los viajes hacia el trabajo, teniendo que mirar a esas personas que intentan no reparar en ti lo más mínimo, como tú en ellas... Pero hoy el cielo está azul. Azul limpio, azul claro, azul alegre, azul recién nacido, azul recién pintado... Y deseas sonreír por eso, porque el cielo está azul y un pájaro canta en el mismo centro de Madrid. Y no todo está perdido al fin y al cabo. Hoy para mí la esperanza ha cambiado de color: hoy es azul como el cielo de junio.
(Escritora: Consuelo Gallego Desdentado)
EL ASFALTO MOJADO SE MUEVE

El asfalto mojado se mueve
en la noche fría y sola.
Las calles abren sus bocas
abiertas por el tiempo vacío.
Las ventanas asoman luz naranja
de tibios hogares lejanos
lejos del transcurrir de la noche.
En la mesa un whisky espera:
mis labios sellados callan
recuerdos de días ya pasados.
El asfalto sigue mojándose
con paciencia ilimitada.
La noche espera, breve luz oscura;
solo las farolas parecen resistir,
solas y sordas al mundo.
Todos callan.
Tu no cesas de hablarme
desde tu cercana lejanía.
En la taberna se enredan
en conversaciones.
Conceptos lejanos y ajenos;
entre música que zumba en círculo.
El asfalto se moja, y se mueve;
en las vacías calles.
La esperanza reposa
escondida en un whisky con agua.
Enero llegó cargado de frío;
y el frío, trajo agua vacía
de luz, en la espesura de la noche.
Noche de vacíos lejanos;
de calles abiertas de silencio.
El alba espera
para abrir el horizonte.
20050904
EL TRAZO DE UN DIBUJO

La hermosa luz de una mañana acariciando una mano sobre la mesa, puede permanecer. Como un pensamiento fijo en el recuerdo, en la memoria. Suspendidos en el tiempo. Elegir el momento solo es cuestión de apreciar la belleza, a la luz de la mañana. Los sentidos se manifiestan en toda su fuerza. Para ello hay que prevenir los instrumentos más idóneos. Elegirlos es un problema de decisión puramente personal, con lo que se pueda disponer. Un dedo manchado o una rama carbonizada pudieron servir al hombre sensible de la prehistoria. Ahora basta un lápiz. Todo lo demás es poner el sentimiento y los sentidos dispuestos para hacer la obra. El tacto quizá sea el primero; por delante de la vista. Así lo veo: es la presión con los dedos y la dirección de la mano los que van dando vida al dibujo: la propia mano del artista con luz matinal.
Sentir el tacto del lápiz, normalmente graso, deslizándose por el papel tiene parecida sensación a la de acariciar; o la de tomar, con toda la atención del mundo, un objeto que tiene el máximo valor en ese momento; es el instante en que se decide atrapar la belleza, con respeto hacia lo dibujado. Los trazos van definiendo los contornos, el grosor de ellos dan realidad a la luz que empieza a aparecer. Los más gruesos, de gran intensidad, son los que dan oscuridad a las sombras, las más finas y tenues hacen definir de manera gradual el volumen de los dedos y de la propia mano; con su alineación en cortas dimensiones retorcidas, con estudiada realidad, aparece el contorno de las venas, las arrugas de la piel, incluso el vello. El grafito de la mina del lápiz se va dejando, deslizándose como si se untara en el papel. Como hacemos para disfrutar de otras cosas de la vida, acompañado del necesario silencio, concentrándose, alcanza uno de los placeres el dibujante, por el oído: el sonido apenas imperceptible del grafito sobre el papel que rasguea, hablando de la identidad entre el dibujante y dibujo. Es una muy especial música que satisface.
En los trazos de los dibujos de los grandes maestros, Miguel Angel, Leonardo, Ribera, Rubens, Durero y tantos otros se recogen en unos instantes, los de la ejecución de sus dibujos, el estado de ánimo, la sensibilidad y la creatividad de su genio; también y sobre todo la pasión por recoger el momento de un objeto, de una persona, de un cuerpo. Una bella forma de detener el tiempo para perpetuar aquello que se considera hermoso.
El trazo del dibujo, si se ve detenidamente, es la huella del tacto debida a un sentimiento nacido para crear. Es la otra forma de la escritura, es la literatura plástica. Lo mismo que en grafología se explica cómo en la escritura dejamos nuestro carácter, nuestro estado de ánimo, nuestra manifestación vital, en el dibujo, suelta el artista el sentido creativo, su visión del mundo y de la vida. Todo en la sencilla explicación de una imagen trazada con la mano. La mejor definición del trazo de un dibujo esta en las pinturas esquemáticas del paleolítico, como en Peñaescrita, (mejor nombre no lo hay), en Fuencaliente. Allí quedó el testimonio de un hombre que atrapó el tiempo. Con el trazo de un dibujo.
(Escritor e ilustrador: Ramón Gallego Gil)
AL FRESCO ALBA DE JUNIO

Cierro los ojos al amanecer
para sentir como se rompe el silencio
con los gallos de la infancia
dueños de patios y corrales.
Hoy, el coche vecino arranca
con bronco rugido desde el garaje.
Abandono la ventana abierta,
para el inicio de la rutina del café
y recuperar toda la maraña
de pasados sentimientos;
de otros días: lejanos, felices;
que dejaron las noches
flotando en la oscuridad del cuarto.
Siempre, un claro reflejo de memoria
en las aguas que no llevan olvido.
En junio, de amarillos fogonazos,
voy de paso siempre;
por tortuosos caminos
de campos sin cosechar;
y si me detengo,
la naturaleza arraigará sobre mí.
Una vez,
quise seguir, en junio, a mi madre
y dijo que esperara.
Hace años que ella no está
y mi espera, de ocres y rosas colores,
se alarga, en junio, como sus días.
Porque vuelve el fuego de junio
a revivir noches encendidas
en fiestas inaccesibles
de perfumadas horas
por los estambres de madreselvas;
que envuelven mi memoria
con aromas de mujer.
Quiero el fresco alba de junio
aun con los falsos paraísos
del cinamomo en flor;
y lo espero
como un oscuro ciprés entre los trigales;
temo su rojo atardecer.
(Escritor e ilustrador: Ramón Gallego Gil)
EL ATARDECER

La luz del sol decae por las lejanas tierras de poniente. El olmo ennegrece sus hojas y todos los árboles le imitan ensombreciendo sus colores. Un perro cansino ladra a los que retornan de trabajar. El riego de los jardines sisea su lluvia tamizada y una brisa húmeda empieza a refrescar el caldo espeso del aire de la joven tarde que se va. Son horas en las que el viejo medita lo que queda y el chico lo que le falta. La poeta Dulce María Loynaz decía al atardecer: “Al atardecer iré/ con mi azul cántaro al río/para recoger la ultima/sombra del paisaje mío”. En las últimas luces la sensibilidad se acrecienta. La ansiedad es amiga de las sombras; el sueño es el recurso por el que transitar por ellas, despierto o dormido.
Con las últimas luces el pericón abre sus flores y sus estambres sueltan el dulzón olor embriagador que entona los cuerpos liberados por el calor.
Transitando por La Poblachuela, por el viejo camino de Miguelturra vuelven las pisadas de los huidos de Alarcos; polvorientas y rojas pisadas que levantan el olor de la tierra caliente, sazonada por el estiércol de sudorosos caballos que ya no pasarán jamás. Por él los empolvados cohombros silvestres, de verde oliva y erizados con sus espinas, explotan al paso de un ciclista, y los abrojos, retirados del camino y en su borde más oculto, añoran los años en que los caminantes les ayudaban a multiplicarse entre maldiciones.
La noche va llegando y los que se asearon salen de paseo a soltar sus mentes antes embotadas por la calentura del día. Detrás de una persiana, Chopin vuelve, una y otra vez, con sus nocturnos, repetidos desde un viejo piano martilleado con los dedos, todavía inexpertos, faltos de confianza, de uno que empieza. Una moto, siempre enrabietada, recuerda que ya no es tiempo de música; es el tiempo del querer ir a todas partes y a ninguna; la velocidad envenena la razón. En la plaza dos hombres maduros se van dejando llevar por la suavidad de la noche que va llegando; arreglan el país; planificaron la pretemporada de sus equipos; confirmaron que sienten la misma pasión que en su juventud; abren sus confidencias y se alegran en silencio de la ruptura de la soledad que van experimentando con su amistad renovada. Miran al infinito de vez en cuando, respiran profundamente y sonríen. Ya no son niños. Y sin embargo confiesan que siguen soñando.
(Escritor e ilustrador: Ramón Gallego Gil)
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