Salió Damien a
las cinco en punto del metro en la Place de Clichy. Giró hacia la izquierda y
continuó por el Boulevard. En el número 10, poco antes del Kentucky Fried
Chicken, llamó al timbre. Esperó unos minutos y volvió a llamar. No le abrían.
Cogió el móvil y llamó. – ¿Antoine?..
¿Estoy en la puerta, me dijiste que en el numero diez, no? Si, si, ah bueno...
pues te espero aquí.
Recordó que, un
año antes, en ese mismo mes, vivía en la Place de Clichy y, nada mas empezar la
jornada, salía de su casa y se acercaba andando por el Boulevard hasta el
Metro. Antes, pasaba al Café León de Bruxelles y se sentaba junto a la
cristalera a tomar café con croissant. Venía Marie con su delantal limpio y su
sonrisa preciosa. Después de dejarle el desayuno, charlaba un rato con él. - ¿Vio lo que sale en Le Monde? Nos mandarán a
todos a casa. Me tiene que explicar Damien, cuando pueda, ¿cómo es eso de que
tenemos cada francés una deuda de 1.300 euros? Me ocupé hace años de no tener
deuda alguna. La hipoteca pagada, y en la cuenta corriente con lo
imprescindible. No tengo pues deuda alguna y, sin embargo, Moscovici, el
Ministro de Finazas, dice que debo 1.300 euros. ¡1.300 Euros! Me entra un sudor
frío que no lo soporto pensando en ello. – Bueno Marie, tranquila, no se le va
a pedir directamente esa deuda. Es una figuración para hacerse a la idea de
cuanto debe el Estado, que, al fin y al cabo, somos todos. - ¡Menos mal! Pero
sin embargo no termino de quedarme tranquila... ¿usted me entiende, no? –Claro
Marie, ¡cómo no la voy a entender! A mi me pasa lo mismo.
Marie dió por
terminada la charla y con una sonrisa que iluminaba el Café, se volvió a su
sitio detrás del mostrador. Pensaba Damien que la preocupación de la chica, por
su trabajo y su patrimonio, la tenían todos. En la Consultora preparaban
reducción de plantilla y no le perecería extraño que fuera precisamente él uno
de los afectados. Un abogado y sociólogo podía estar sobrando. Recordó esto
mientras esperaba en la calle la llegada de Antoine. Lo vio llegar. Se dieron un abrazo, mientras
se decían las tonterías de rigor, como buenos amigos. Subieron al despacho de
Antoine, que se fue directo a la mesa, abrió un cajón y sacó una carpeta. Se
sentaron. – Mira Damien, lo que te voy a
decir, queda entre nosotros. Es un asunto reservado y si algún día me
preguntan, yo no te dicho nada, ¿entiendes? – Joder Antoine, te estas poniendo
dramático, ¿tan grave es eso?- Bueno grave, quizá no, pero hay riesgo. Mira:
aquí tienes los billetes de avión, directo a Sierra Leona, a Freetown; allí te
estará esperando Louis, ya lo conoces es
el ingeniero que contrataron un poco antes de que dejaras tu puesto en la empresa.
Te llevará al interior, a la zona donde esta la tribu de los temné, y lo que
vas a hacer te lo dirá Louis al llegar. Solo te puedo asegurar que no es nada
delictivo ni, en principio, peligroso; pero si muy reservado. Así que toma el
expediente y, ¡suerte! – Gracias Antoine, iré. Me vendrá bien. Llegó a la
boca de metro de Saint-Lazare, cruzó la calle y leía el periódico. En las
páginas de Internacional no venía información alguna sobre África. Se cruzó con
Blanche, y le informó de su viaje. Blanche le dijo que se cuidara. - Ya lo creo,-dijo. Se despidieron con un
beso. Damien levantó su ánimo. En su calle, la Rue de Saint-Lazare, caminó
hasta su casa, el 99, tercer piso. Desde la ventana, sentado en el sillón de
mimbre frente a la mesa del ordenador, abrió el expediente, lo leyó y se quedó
mirando hacia el techo, pensativo. Recordó el último año: fatal. Perdió su anterior cargo en el trabajo, le
había dejado Blanche, por estúpido, y por si fuera poco, no hacía más que
recordar el día en que su madre se le quedó mirando, con una sonrisa convertida
en mueca, pálida, en la que vio como se le iba la vida. No lo olvidaba.Unas
lágrimas fueron cayendo por su cara. Se las secó, respiró profundo y se dijo:
¡hay que seguir adelante! Y eso hizo.
En el avión, al
despertar de un sueño reparador, un viajero que aparentaba cuarenta años, le
estaba mirando desde el pasillo. Sonrió y se fue hasta su asiento.
Aparentemente era uno más de los que suelen viajar por trabajo en los aviones,
pero sus ojos verde oscuro, intensamente brillantes le intrigaron. No había
visto a nadie con ojos así. Nunca. Se le hizo corto el viaje. Posiblemente
porque esperaba mucha más demora. Bajó con una cierta euforia en el Aeropuerto
de Freetown. Esperaba un coche de la empresa y Louis, que conducía: no era muy
comunicativo. Le miraba con un cierto asombro al verle allí. Como si fuera su
llegada un asunto inesperado y sorprendente. En la recepción del Hotel, en el
mostrador se inscribía el hombre de los ojos verdes que le miró en el avión, le
saludó en portugués y le ofreció la mano. Dura, y fría. Pareciera que estaba
estrechando una prótesis de metal, con partes acolchadas en el exterior. La
piel, muy suave. – Am Nove. Boa tarde
senhor Damien. Acho que veremos mais tarde, no centro do trabalho do interior.
Bem-vindo. Te vejo lá. Damien se quedó estupefacto. ¿Quien era ese extraño
hombre de ojos brillantes que decía llamarse Nueve y que le conocía a él y se
citaba para la reunión? No entendía nada.
Cuando llegó al
centro de trabajo de Falaba, en el interior de Sierra Leona, Le llevaron hasta
una nave que estaba acondicionada para la investigación: Sistemas informáticos,
radio, televisión de HD y sistemas de grabación especiales y grandes
estanterías cargadas de libros y documentación, mucha de ellas en papel,
pergamino y papiro. Le hablaron de la información que habían sacado de Europa
sobre la cultura Dogon, procedente de la cercana Mali, de la estrella Sirio y
su sistema completo. era invisible para los Dogón (se descubrió con telescopios mil años después, en
el siglo XIX); sin embargo, insistían los Dogón en que era la estrella más
importante, confeccionaron diagramas de su órbita elíptica y sus rituales
demuestran que sabían que la duración de la órbita en torno a Sirio A era de
cincuenta años. Toda la información que estaban obteniendo llegaba ahora de
Nueve. Allí estaba. Cuando le saludó y le empezó Damien a interrogar, sus ojos
cambiaron, seguían muy brillantes, pero ahora mutaron a rojos. Hablaba un idioma
extraño. Las grabadoras del sistema informático fueron traduciendo. Procedía del sistema de Sirio. Querían de Damien,
su experiencia en organización de comunidades sociales. Por lo visto, estaban
preparando organizar toda África. Nueve, estaba allí para eso y a él, lo querían
para ayudarles. El mundo se puso del revés. Cuando volvió a Paris Damien, tenía el pelo blanco y
se había vuelto muy reservado. Pocas veces hablaba.
(Publicado en el periódico La Tribuna de Ciudad Real el 10 de mayo de 2014).
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