20130430

El criminal colmado a su gusto



Artemio vino al pueblo desde Villena y callaba sobre su origen. Se sabía por Leocadia, su mujer,  que era de allí y que su familia se dedicaba al comercio de cereales. Hombre inseguro, cerrado de mollera y escasez de razonamiento que sustituía por voces, y alguna violencia de vez en cuando.
El matrimonio duraba, por la paciencia de ella y porque no tenía medios ni ingresos dependiendo de él. Se sentía seguro al retenerla y dominarla, impidiendo que Leocadia trabajara en algún oficio, aunque lo intentó. Pasaron años y la convivencia se fue haciendo más dura, enojosa, y agotándose la paciencia de la mujer. Continuas amenazas, presiones y malos tratos dentro de la casa, no eran visibles en la calle, así Artemio tenía una fama de hombre atento, familiar y responsable.
Un día hubo una discusión sorda y violenta porque, según contaron, no había hecho Leo, que así la llamaban, una fuente de torreznos que era su plato favorito, del que solía despacharse a gusto, por ser tragón y ansioso. Cogiéndola de la camisa con fuerza, advirtió a su mujer que no iba a aguantarla más y que, pronto, un día se iba a sentir muy mal y no iba a saber porque era, pero que ya le pagaría unas misas cuando se muriera.
Leo, viéndose ya muerta, empezó a dar vueltas pensando cómo iba a evitar su desgraciado destino, sin poner en riesgo tanto su vida como sus medios para sobrevivir. Caviló mucho y, por más que lo hacía, no veía la forma de salir del grave apuro en que se encontraba, pasando los días de angustia en angustia y las noches enteras desvelada.
La última vez que le hizo tan grave advertencia el marido fue el día que le acompañó al Hospital de la capital a la consulta del cardiólogo, que acabó con una intervención urgente de Artemio al que hicieron una angioplastia, por tener lesión en el corazón en varias coronarias, una de ellas más obstruida que el silo de su patio, que desde que lo puso su abuelo nunca hicieron limpieza alguna. Al darle el alta, advirtió el médico a Leo, fuera de la habitación, (debió verla mas despierta que al ceporro del marido),  que debía el enfermo tomarse las pastillas y hacer una dieta muy severa sin grasas, salvo alto riesgo de infarto.
Al llegar a su casa, no fue más que cerrar la puerta y calladamente, como era su costumbre, para que no lo advirtieran los vecinos, volvió  a recordarle Artemio a Leo, con la cara más fiera  jamás vista, que sus días estaban contados.  Aguantó como pudo hasta que un día debió cambiar su fortuna porque se la veía más animada, recuperó el apetito y no se supo bien si era disimulo o por otra causa, pero hasta volvió a cantar como cuando fue joven; extrañamente, a Leocadia la vieron más dispuesta que nunca, menos angustiada y muy atenta con el marido al que daba puntualmente sus medicinas y le hacía las comidas sin que se quejara. Pero, lejos de lo que cabía presumir y pese a estos cuidados un buen día, dos meses después del alta, Artemio se vio con sudores y un dolor muy intenso en el pecho y, cuando llegó la ambulancia, había pasado a mejor vida y tanta paz encontró como descanso dejó.
Años después, estando a punto de morir Leo, ya vieja, rayando los 88 años, en confesión le dijo al cura el gran secreto que había tenido oculto desde que murió el marido, hacía más de 45 años. No le dio todas las pastillas, le privó de las del colesterol y le había preparado para la cena, todos los días, una fuente colmada de torreznos bien cargados de tocino entreverado.
 Le había salido bien el crimen perfecto, pensó, y quien sabe si, por ello, salvó su vida.

(Publicado en el periódico La Tribuna de Ciudad Real, el día 20 de abril de 2013)

EL ECTOPLASMA SÓLIDO


Os lo voy a contar, pero luego no me digáis que son las tontunas que tengo o que se me ha ido el pisto, porque no veo en ello ganas de sobresalir ni de fantasear, que no están los tiempos como para eso.
No hace mucho que voy por las mañanas sobre las once a la misma cafetería en la plaza y fue allí donde sucedió todo. Soy observador. No sé si por que soy de natural curioso o es adquirida  condición por mi afición a la escritura pero, por ello, un día en que el cielo se había cubierto de negras nubes, tan negras que, en plena mañana, pareciera anochecida, y en el instante que, por algún lugar de poniente, se abrió la luz trocando la mañana en tarde avanzada, entró a las once y diez uno de los que en los pueblos llaman mozo, con calzones anchos de pana, camisa de varias décadas atrás y no muy bien aseado. Las botas bajas llenas de barro viejo y manos grandes, fuertes, gastadas por el trabajo duro, con las grietas que causan el haberlas dejado secar más de una vez al aire. Nada mas llegar, se sentó con una pareja que estaba hablando en uno de los rincones. Debían conocerse, pensé yo, porque no vieron extraña su visita. Participó él en la conversación haciendo observaciones y le dijo a la chica que se recogiera la cinta del pelo que se le había caído hacia atrás, lo que ella hizo sin mirarle al momento. Me diréis ¿y que hay de extraordinario en ello? Pues sí lo hay, como voy a contar lo mas objetivo posible.
Esto que cuento se volvió a repetir con más gente. Se levantó de la mesa y se sentó con una mujer, sin que le extrañara, que estaba con su hijo pequeño al que atendía de vez en cuando inclinándose sobre el cochecito. Ella, habló por teléfono y cuando se preguntó algo, el mozo le contestaba con la solución y ella se hacía cargo de lo dicho y lo repetía ante su interlocutor al otro lado de la línea. Lo mismo ocurrió con dos señoras que se sentaban cerca de donde yo estaba, y donde terminó por sentarse sin que, como en las otras ocasiones, les extrañara su presencia. Él hacia observaciones y las señoras se hacían eco de las mismas sin ni siquiera poner la mínima objeción. Les advirtió que se les estaba acabando el tiempo para  acudir a una cita, debía conocer eso de antemano, y ellas, recordando la misma, se levantaron recogiendo con prisa, incluso le contestaron con la mirada perdida hacia la concurrencia, con un “hasta luego” cuando él les dijo adiós.
 Pareció que era yo el único que se sorprendía con este deambular de mesa en mesa de tan curioso personaje, y el único que parecía verle, puesto que era el único que le miraba, no así los que compartieron mesa con él, aunque parecían contestarle. Tan interesado estaba en verlo de cerca que cuando creía que se iba a ir, me levanté para acercarme y me arrepentí de haberlo hecho. A dos metros de el, sentí escalofríos intensos y un olor especial. Lo que es peor, estando en la misma línea recta hasta el espejo de la pared, me vi reflejado, junto con todos los que estaban a mi lado, pero él no estaba en la imagen. ¡Mierdas! Me dije, con el pulso a cien. Estuve parado allí sin que las rodillas respondieran a mis ganas de salir corriendo. Se fue tan tranquilo como entró.
Dicen los entendidos que han estudiado estas cosas que se debió tratar de un ectoplasma, es decir un cuerpo entero que se semimaterializa, provistos de vida propia, hablando y caminando con total independencia del médium que lo provoca. Es decir, un espíritu llamado y sin control del que lo llama. ¿O el ectoplasma soy yo?..

(Publicado en el periódico La Tribuna de Ciudad Real el día 13 de abril de 2013).

20130217

Muere febrero, deshauciado



La luz del día vino mas despacio que de costumbre. Empezó desangrándose por la ventana y fue manchando el cuarto en silencio. Todo fue cobrando cuerpo alrededor mío, la silla, el borde de la cama, la puerta del armario, quietos, en silencio mudo y sordo. Desde la cuarta planta no llega voz alguna, ni siquiera de los mirlos que antes oía desde la calle, en la soleada calle de la anterior casa. Huele el aire a los brotes del almendro, de los estomas de las aromáticas lejanas de la sierra, encubiertas por los humores de una ciudad sobada por los caciques inmortales. Solo quedan los minutos restantes, que se van desgranando como los rojos granos de una granada. Ellos me llevan despacio hacia delante. Primero con las rutinas de día, ducha, limpieza, airear las habitaciones para despejar las espesas y fétidas pesadillas que rompieron el sueño, hasta que la extenuación hizo traer, y le hizo volver, para reparar la enorme fatiga de un día tensado por la angustia de la inmediata realidad. Mas tarde el recorrido por las ocupaciones,  buscadas para ir adormeciendo la consciencia de tanta presión y ausencia.
No estará lejos la primavera abierta con aire de densas propuestas de vida. Campos preñados en rojo amapola moviendo su marea dulce señalando las trazas del aire fresco atlántico. Quiero pensar que todo lo que siempre trae la explosión de la naturaleza vaya, sino borrando, ocultando la  cruel herida del desahucio. El empuje inesperado, nunca pensado, que te expulsa de lo que has considerado tu refugio, tu lugar amable que salva de las agresiones que desde fuera nos hacen, es otra forma de muerte civil. Ahora, desde este nuevo lugar pequeño, extraño, que no ofrece referencia alguna para la vida trazada, muere febrero. Muere la fe en una sociedad injusta, en las heridas profundas que llevan la mascara de permanentes, traídas  por una sola persona o en compañía de otros, como en los crímenes perfectos enterrados en un legajo de un triste Juzgado. Muere febrero. Los minutos me llevan adelante, no se por cuanto tiempo, pero quiero pensar que, como era antes, vuelva a ver las noches de agosto bajo las estrellas perfumadas por las pequeñas y delicadas flores de los pericones.

20130119

LOS MIRLOS COMENTAN




Los mirlos (Tardus merula) cantan desde arriba, en los árboles de la plaza. Comentan sus cosas cuando me ven de nuevo comprando el periódico a la misma hora de siempre. Llueve agua fría en pequeñas gotas difíciles de ver y esquivar, pero siguen comentando desde las alturas, no les inquieta la lluvia fina.
Éstos no pueden ser los mismos mirlos que discutían cuando yo era chico y pasaba cerca de ellos al ir al colegio. Me sentaba mal oírlos y no enterarme del significado de su conversación. Es como cuando ves a varias personas hablando, mirándote y no saber lo que dicen. No creo que lo hagan por mala educación; ellos están enseñados para hablar sin ningún prejuicio.
 La lluvia si es la misma. El agua, es otra agua, quizá vino de las profundidades del océano Atlántico  y fue subiendo hasta llegar hasta aquí, traída por el viento del Ártico, según dicen. Estos mirlos de la mañana igual son descendientes de aquellos, o de los que hablaban en la mañana temprano cuando iba a coger el metro para ir al trabajo. Arriba, en los bloques de viviendas de la calle del Bronce, se entendían sin problemas y los oía desde abajo, con claridad. El aire frío es espeso, denso, y hace que se propague el sonido mejor. Me fui acostumbrando a sus preguntas, sus interrogaciones, que una vez las contestaba otro y en otras se hacía el silencio, ¿estarían esperando que contestara yo? Me hubiera gustado hablar con ellos pero sigo sin entenderles. Lo más que alcanzo a entender es cuando hacen alguna afirmación, que suele ser contestada por alguno de ellos. ¿fiuuufufiufufiii?  ¡uiuuufio, fii, uiuufio! Los mirlos son grandes conversadores, Llenan la plaza con sus comentarios y suplen a la perfección el silencio de los solitarios que pasamos. Si aparece alguna pareja o dos transeúntes hablando, se callan. Esperan a escuchar lo que dicen y luego lo festejan.
Desde lo alto de los árboles de la plaza se enteran de los desmanes del Gobierno, de nuestras tragedias, y se preguntan cuando vamos a reaccionar. Cuando les vamos a decir a todos los que se metieron en política que despierten o se vayan. ¿O me lo dicen a mí, que reaccione yo?
La voz del mirlo se oye desde lejos. Hablan mientras yo paso callado, preocupado. Nadie les observa y sin embargo allí están y se hacen presentes con sus voces. Me pregunto si fuera verdad lo de la reencarnación en otras naturalezas, si en otra vida pude ser yo un mirlo. He pasado casi toda mi vida entre gente y, casi siempre, no estoy para la mayoría. En las fotos de mi gente siempre fui el que las hacía y no aparezco por ninguna parte. He hablado, y me he hecho notar en ocasiones, pero al final, como los mirlos, hablo, comento con los propios y nada. No pasa nada, nadie observa, nadie hace caso, nadie contesta. Tendré que aprender el lenguaje de los mirlos.

20121227

UN DICIEMBRE PERDIDO


Esta mañana de luz intensa atravesé los bancos de niebla del Guadiana para acercarme a Tresenzinas. El frio de la madrugada aun se dejaba sentir por los caminos. La humedad de la noche, que antes fue escarcha, mojaba toda la verde pradera de la entrada y aun quedaban algunos hongos entre ella. Algo perdido terminé paseando por el camino intentando dejar atrás tanta desolación como vamos acumulando en estos tiempos de penurias, tristezas y con los embates de la chulería que muestra el poder financiero y sus serviles con poder. Una peonía me saludó con las tiernas hojas del invierno abiertas entre la maleza y cuando levante la cabeza de observarla con detenimiento vi los membrillos brillar desde mediodía. Me acerqué para ver que pasaba y la sorpresa me dejó algo perdido durante un momento. Habían brotado las flores y las primeras hojas, que la helada de la noche se había encargado de arrasar. No eran unas pocas, estaban los tres árboles llenos de sus blancas flores que aún conservaban la ternura de su salida.
En diciembre hemos vivido días de una temperatura totalmente anómala, totalmente primaveral y, así, los membrillos debieron pensar que era el tiempo y sacaron toda la provisión de flores que guardaban. La naturaleza tiene sus tiempos. Su repetición temporal hace lo que llamamos clima propio de una tierra. Y el clima ya no es lo que era.
Dicen los campesinos del Rin cerca de Basilea, que si las casas se llenan de insectos fuera de tiempo, les espera un invierno largo y rudo. Los pastores del valle de Blenio, en el cantón del Tesino, miran con detenimiento las nubes, y  sobre todo la flora silvestre. Si las hojas de los arbustos de follaje tardan en caer en el otoño, es señal de buen tiempo, y el regreso de las cabras a los establos puede ser retrasado por algunas semanas.Así en todas las regiones del mundo, los paisanos saben interpretar las señales de la naturaleza cuando aparecen.


Es totalmente razonable pensar que la naturaleza, que se rige por leyes propias y totalmente consecuentes, cuando cambia de manera excepcional el clima de una región, es porque viene condicionada por el orden global del clima del mundo. Así pues las flores de los membrillos salieron por las cosas que están ocurriendo en todo el orbe. Ahora que nos podemos permitir ver la tierra desde arriba a diario, y desde nuestra casa, con el Google Earth, podemos ver como las corrientes de aire y de vapor de agua vienen cambiando lo que pudiera haber sido su comportamiento habitual. Las flores del membrillo tienen la misma consecuencia que las cosas que están ocurriendo en el continente americano. Mi pregunta fue, cuando vi las flores arrasadas ¿volverá a florecer en primavera? Puede que sí, pero me temo que lo que se agota antes, sin que hayamos podido evitarlo, quizá no vuelva a florecer. Lo que hace que me sienta con un vacío ahora. Tratare a mis membrillos con más calor que años anteriores, igual cogen ganas de volver a intentarlo en abril.

20120916

JEAN BAPTISTE



Mis manos ya no pueden pelar una manzana con facilidad, las veo y no reconozco aquellas manos que tuve hace años ya, cuando bajaba a la plaza a jugar con mis vecinos, corriendo, saltando y agarrándolos fuerte para no soltarlos, cuando el juego lo requería. Las mismas manos que agarraban las ramas del peral cuando subía en el huerto del  cura. Si, esas son las manos que tengo ahora, que aún siguen reteniendo la destreza para sujetar el pincel o el grafito, habiendo perdido firmeza y teniendo ganado con hartura certeza en el trazo, cada vez mas delicado, cada cuadro con luz plena.  Tengo que salir al campo. Si quieres les puedo preguntar si puedes venir conmigo. Le diré a los de las caballerizas que cuando tengan que ir a por las provisiones que nos lleven, como la última vez. Una mañana entera es suficiente para los apuntes que preciso. Toda mi vida he dibujado y pintado con  detenimiento, viendo el resultado de cada trazo, de cada pincelada. Recuerdo a mi padre pasando la escofina por los bordes de la madera, viendo en cada pasada el relieve resultante, “es importante que no se pierda el sentido de la obra que haces por la premura o la prisa”- decía- y tenia razón.
Un cuadro debe captar el tiempo de una centésima de segundo, pararlo, y hacerlo que permanezca para toda la vida del cuadro, quizás siglos. Para eso es necesaria la calma y la tranquilidad, para atrapar la luz que es la que hace aparecer el color, las dimensiones  y la naturaleza propia del cuadro y, si sale bien, el que lo mire y se detenga a contemplarlo, se olvidará que es un cuadro y verá ese corto espacio de tiempo de un poco de la vida que ha quedado atrapada y ¡volverá a vivir la experiencia de ver lo que yo vi!
Raoul, tráete el carboncillo y papel, encontrarás muchos motivos para dibujar. Pero no esperes que yo te siga todo el rato, a los ochenta años poco se puede hacer con el cuerpo vencido y los músculos sin mas tensión que la precisa para moverse. Hubo un tiempo, Raoul, que llevaba yo mismo un pequeño coche  y uncía al caballo si ninguna ayuda, En L’ouvre  tengo casi todo a mano. Buen favor hizo monsieur le Marquis  de Marigny en conseguir de su majestad la cesión de la vivienda. La que es mi casa desde 1757. Tengo todo a mano, aunque me han de traer pinturas, aceite de lino y tierras desde el taller de un buen amigo. Sin embargo aun puedo vender alguno de mis cuadros. No es demasiado copiar alguno de los ya hechos; disfruto igual ejecutándolos; como mi padre disfrutaba haciendo el mismo mueble una y otra vez. Puedo hacerte un retrato dibujando, ya hice uno en 1737. ¿Te perecería bien Raoul? ¿Si? Acércame las gafas muchacho. Ponte en ese escritorio y coge el carboncillo y esa carpeta de allí.
-Maestro Chardin, lo haría con gusto pero no creo que sea una buena idea; recuerde que el médico le ha dicho que tiene que guardar reposo.
- Si, es cierto. Tiendo a olvidar los años y la salud. Pero sigo con las manos diestras y no hay que dejarlas ociosas… en fin, otro día.
-Jean Simeón, ¿te tomaste el jarabe?
- Si mujer, tomé el agua sucia…

20120730

El ordenado desorden




En el pequeño jardín que tiene la casa delante de la fachada planté una portulaca umbratícola mezclada con flores de distinto color. Amarillas, rosas, y rojas, se abren con la mañana dando luz a la entrada. Mas adelante, junto a la entrada he plantado un dondiego de noche que tiene por costumbre abrir sus flores, también mezcladas en color, durante la caída de la tarde y alegrando la noche, flores abiertas y perfumadas, toda la noche. Si, lo he hecho así a voluntad. ¡Quien pudiera encontrar la medida necesaria para tener alimentada la alegría y la buena disposición día y noche!

En estos días del estío la presión atmosférica cambiante durante el día y a noche suele trocar el ánimo predisponiendo a buenos o malos humores. Por eso, es conveniente tener salidas para lo que se pueda presentar. Ser prudente y provisor suele trae buenos réditos, también para los negocios del ánimo.

 Las dos plantas tienen fototropismo, una negativo (el dondiego) y la otra positivo. La portulaca, de la familia de las verdolagas es comestible y su naturaleza suculenta es buena para ensaladas.

Posiblemente pocas veces recurriremos a ellas para llenar la ensaladera, pero solo saber que son útiles para eso también les da un valor añadido. El dondiego es toxico, no se puede comer. Así pues la del día es aceptable para su ingestión la reina de las sombras no.

Sin embargo, el dondiego inunda de un hermoso perfume todo el entorno donde crece y la portulaca es totalmente inodora. Las dos no tienen un lugar previsto. Solo les dí el que encontré entre el macizo de las demás.

El jardín  donde las planté, está lleno de plantas ordenadas para que enseñen un desorden natural, así, como suelo hacer yo las cosas, ordenadamente desordenado. Como las estrellas en el firmamento, como las sendas de la montaña, sin orden y trazado conocido pero con  objetivo certero que le dan los que pisan el itinerario, respetando el ordenado desorden de la naturaleza.

20120212

Lectores

Me dicen las estadísticas de este blog que tengo lectores, en México, Argentina, Colombia, EEUU, Perú, Chile, Venezuela, Países Bajos y Alemania, por este orden y en relación numérica decreciente. Nunca pensé que mis escritos llegaran tan lejos y a tanta gente. Y no es que me importe el número global cuantioso de gentiles lectores, sino la suma de ellos. Uno por uno. Me gustaría conocerlos y comentar lo que en principio para un escritor es un monólogo. Son muchos pensamientos los que he dejado libres en la red. Invenciones y relatos que nacen de esa imaginación fértil que me dieron mis padres y que intento administrar con tiento y fortuna. La imaginación es un don que da la naturaleza pero que tiene dos caras: una favorable y otra no. La favorable es que todo lo que tiene la vida, y que es bueno, se vive con mucha más intensidad, con más rico detalle, si se tiene imaginación. Por otra parte, si es de lo que no tiene bueno la vida, se sufre, también, con mucha más intensidad. Por todo ello, decidí ha tiempo el poner a trabajar a la imaginación para comunicar mis reflexiones y contar historias, unas verídicas, otras no, y otras mitad y mitad.

El mundo esta cambiando hacia una nueva era. Es tanto el impulso que están dando las tecnologías a la vida social que, en muy poco tiempo, viejas instituciones, naciones, pueblos, culturas, y aquello que antiguamente se llamaban razas y que ahora no es fácil definir con precisión, debido al desarrollo de las mismas y a las comunicaciones y transportes, están cambiando. Hasta las enfermedades lo hacen y las costumbres también.

En este mundo que cambia, tan vertiginosamente, que no nos da tiempo a asimilar los cambios. Llegado este momento, que me ha sorprendido siendo mayor, quiero contar algunas cosas. Las que he vivido y las que imagino. A usted, que me lee tan lejos, pero que siento tan cerca. Espero que le complazca. Saludos.

20120131

LA SIESTA DEL FAUNO





Abrasaba el sol cuando salió al exterior. Una luz intensa cegó la vista y apenas podía ver con los ojos entreabiertos todo lo que se presentaba ante él, habría unos colores intensos que abrumaban el ánimo. Al rato de ir andando se fue acomodando a la luz y, olvidandose de reconocer la calle, siguió andando hacia la casa de su amigo. Estaba obsesionado con su hermana. Era mayor que ellos y apenas la conocía. Cuando la vio por la mañana no podía creer que una mujer tan preciosa pudiera ser la hermana del Trancas, con lo feo que era. Tenía la chica diez y nueve años y ellos catorce. Demasiados años para que se interesara, pensó.
Había venido en la Pava de las once y ya se había cambiado según le pareció. Llevaba un vestido blanco de algodón con florecitas, y como se le ajustaba al cuerpo, entre los botones se le podía ver sus interiores por las aberturas que se abrian y cerraban de vez en cuando. La vio limpia, muy limpia; con la piel sonrosada. Los pies, recién lavados como no había visto nunca, se veían desnudos sujetos por una fina tira de cuero que amarraba las sandalias, y todo ello envuelto en una sonrisa, mitad burlona, mitad interesada. Parecía divertirse con la turbación del muchacho, torturandolo acariciándose la melena corta, una y otra vez. Le miró con detenimiento con sus ojos negros muy grandes y risueños no apartando la vista, como otras chicas hacían. Por esas cosas, conforme avanzó hacia la casa del Trancas se le iba acelerando el pulso.
Pasó por la puerta del patio que tenían entreabierta y cruzó por el empedrado hacia las habitaciones de abajo donde solían pasar la siesta, sentados en el suelo del pasillo, oyendo música con el transistor Zenith de su amigo. Desde dentro, pudo oír a los Everly Brothers cantando una de sus baladas. En el pasillo no había nadie, ni se oía a nadie. La música venía de la habitación contigua donde solían dormir los invitados. Avanzó hacia ella y vio la puerta entreabierta, miró dentro y, allí, era donde se encontraba la hermana del Trancas echada en la cama, dormida, con la mano cubriéndole los ojos y una pierna doblada. Al levantar la pierna dejaba al descubierto todo el muslo y se podía ver unas inmaculadas bragas blancas de algodón que se ajustaban a las carnes rosas de la chica. Se quedó mirando, fijamente, embelesado por una visión que le parecía un milagro de la naturaleza. Sujeto al quicio de la puerta, se quedó petrificado con la respiración agitada y a tope de sus pulsaciones. Estaba en estas, cuando recibió un guantazo que le dejó aturdido un buen rato. ¡Que coño haces, si se puede saber! Oyó decir cerca de su oreja. Cuando pudo recuperarse de la sorpresa y del aturdimiento, se dio cuenta que estaba sudando, echado en su cama durmiendo la siesta. ¡Son ya la siete y media y aun no has empezado a estudiar! ¿Qué quieres, que te vuelvan a suspender en septiembre? Su padre le estaba increpando al pie de la cama y se le veía muy enfadado y con ganas de gresca. Se incorporó, se bajó de la cama y poniéndose los pantalones pensó: Ya me parecía a mí que era todo esto demasiado bueno…joder…

20120129

Le verger, das Orchard, the garden. Otros nombres para el Huerto



Con el tiempo, después de la última gran guerra, la agricultura extensiva ha acercado la fruta a todo el mundo. En el camino fueron perdiendo todas ellas su natural aroma y su sazón mas pura. Los huertos familiares han ido desapareciendo, aunque, aún podemos tomar alguna de las frutas que conocemos, con casi las mismas propiedades que tuvieron en otro tiempo, las que conocimos al principio del siglo pasado, incluso a mediados; así, cuando es temporada, y si hay la fortuna de que en los mercados populares haya un hortelano que las venda directamente, de las que cultiva no muy lejos.



Pero en el trasiego del mercadeo siempre se pierde algo, y solo algunos afortunados que conocen las propiedades de cada fruta, y si madrugan, llegando los primeros, podrá llevarse el sabroso fruto de alguna de las especies que se cultivan en nuestro entorno. No es lo mismo esa fruta que la que se nos vende en el super.



Los frutales mas conocidos vinieron hace siglos de Asia Central, China y del Cáucaso. Desde entonces se han hecho muchos cruces con especies próximas, y con tanta selección que estas frutas de ahora no son aquellas, apenas la morfología, quizá algo parecido el aroma. Pero quizá se pudiera desandar el camino, si se rehiciera su genoma. ¿Es posible volver a recuperar aquellas frutas que atesoraban los romanos como una joya culinaria, sólo para el domus? Posiblemente.



Ahora sabemos cómo se cuidan, incluso con técnicas respetuosas del medio ambiente y con la naturaleza de la planta, pero me temo que no todo el mundo conoce el arte de disfrutar su cultivo, con detenimiento y delicadeza, así como acomodándolos a su función estética, como un elemento mas de un jardín, de un paraíso oculto.



En Tresenzinas he vuelto a reencontrar mi oficio de agricultor familiar, disfrutando (hermoso verbo para esta función precisa, de la que trae su semántica) de las horas lentas de continuo coloquio con la botánica, que responde siempre sin influencia alguna, salvo las propias de la naturaleza.



Los almendros, el peral, los membrillos, abandonados hace años, apenas han aguantado enredando sus ramas invadidas por los líquenes, hongos y parásitos que han encontrado en ellos unas plantas a su disposición. Otros frutales, sucumbieron por el abandono, la sequía y las enfermedades. Solo el avance de la nidificación de los pájaros insectívoros, y una climatología que está cambiando por días, les han dado un margen de supervivencia. A los supervivientes, les dí a tiempo el tratamiento de invierno, con un producto totalmente compatible con la naturaleza, y una poda de saneamiento que les ha hecho recobrar un principio, parecido a su hermoso y antiguo porte, con la salud propia que les hace fecundos, eso sí, con la complicidad del panal de abejas que pusimos en la esquina del terreno.



Ahora, habrá que esperar a los días de primavera, para que el abono, el cultivo de la tierra y los tratamientos les hagan brotar con fuerza e inunden con lo más hermoso que tienen, sus hojas y sus frutos. Entonces, cuando las ramas estén en sazón, será el momento de hacer los necesarios injertos para mejorar la producción con la ayuda de aquellas plantas resistentes, de la misma familia, que ayuden a sacar la mejor fruta con el menor de los aportes artificiales. Todo el año, con la satisfacción de ir consiguiendo los mejores frutos de la naturaleza, sin tener que ir al Supermercado, con la casa inundada de nuevos perfumes que hagan un hermoso momento el ordinario de la alimentación, empieza una nueva vida que hace bueno ver pasar los días.

20111008

Vuelvo a Tresenzinas

Desde hace más de veinte años siempre que tengo una buena ocasión, vuelvo a Tresenzinas. Subir la última cuesta es un ritual que ya esta dentro de la memoria como un hábito adquirido. Da lo mismo que sea por la mañana amaneciendo o por la noche cerrada, subir por el Camino de los Barrancos es un hábito que precede a Tresenzinas. Le puse ese nombre porque cuando adquirí la finca solo había tres encinas pequeñas que crecían entre los olivos. Las encinas siempre han representado para mí la esencia del campo de mi tierra; quería una finca con encinas y ya tengo ahora más de una docena, algunas crecidas, como para acoger debajo de su sombra una hamaca de tijera con lona de listas y un buen libro para leer mil historias que me enseñen el mundo.

En Tresenzinas, cada vez más, se oye la naturaleza respirar. Las tórtolas, las abubillas y verderones se hacen presentes sin tener ningún reparo a nuestra presencia. Como los descarados tordos que acuden a los higos de las dos frondosas higueras junto al pozo. El cielo fue muy duro en los primeros veranos que estuve allí. Apenas cubrían sombra los pocos árboles que con dificultad crecían en la ladera. La brillante luz de julio se me introdujo en el fondo de la memoria y me ayudó a aprender a sacarla con el óleo pellizcando el azul de Prusia. La luz rosada de amaneceres y ocasos salió sola como suele salir el gran astro Arturo, apenas anochecido.

Vuelvo a Tresenzinas, ahora con mis hijos crecidos y yo, cargado de memoria, dispuesto a encontrar aún nuevas especies botánicas que tengo sin conocer, me tomo el retiro con la tranquilidad del que vuelve, como el griego Ulises a Ítaca.

En medio del pedregal también resuena la huella del remoto pasado. Hicimos un camino entre las piedras que siempre llega donde se empieza, como la memoria de un viejo que retiene toda una vida. A su alrededor la primavera levanta toda la riqueza vegetal y animal y creo ver el paraíso perdido del que hablaba en poeta inglés Milton. Paraíso que se llena de sentido cuando reina el silencio que nunca es absoluto. La naturaleza es así de hermosa. Habla sin molestar.

La noche llena de suave paz las horas de Trenzinas, y, ni las esquilas de las ovejas, ni los perros lejanos, perturban el clamoroso silencio de una casa subida en las alturas.

Una liebre ha hecho su asiento en la finca, y creo que es prima del matacan del que hablaba Miguel Delibes, aquella liebre que rompía a carreras a todos los perros de caza. Corre nada más verme y se pierde entre la espesura como si la vida le fuera en ello. Hacemos cosas como esas todos los días y sin embargo nos sorprendemos que lo haga una liebre. Huimos de lo que tememos y las más de las veces ni siquiera ha reparado en nosotros lo que nos asusta.

Todos los días que vuelvo a Tresenzinas descubro novedades que la hacen especial. No ha mucho levantó el vuelo una oropéndola que me trajo recuerdos de mi infancia en la huerta de mis padres. Por eso y porque es el mejor sitio donde apartarse a tomar sosiego, siempre vuelvo a Tresenzinas.

20110809

A VECES, LOS GRILLOS NO CANTAN

El canto de los grillos es común cuando la temperatura es buena, cuanto más calor, más cantan. Les pasan a los animales de sangre (¿) fría que van a mas velocidad con la temperatura alta. En el jardín de casa se han instalado uno o dos grillos machos, que son los que cantan. Marcan la dimensión de la noche en su gran profundidad cuando el silencio y la oscuridad son dueños de las lentas horas del sueño.

Mi madre tenía jaulitas grilleras para garantizarse su canto en las noches de verano. Por eso aprendí a cogerlos sin ningún temor desde chico para complacer a mi madre, que les ponía lechuga de comida. Para ello había que echar un chorrito de agua o mear un poco con el fin de que salieran de sus agujeros. Los que son totalmente negros no cantan, son las hembras que en este caso son más calladas que los machos, éstos, con las alas de color ámbar oscuro.

En cautividad o libres, los grillos marcan el pulso de la vida nocturna tranquilizando al que no se obsesiona con su reiterativo rascar de patas. Son vibraciones que llevan al sueño y dejan cubierto el silencio perturbador que nunca deja de tranquilizar al subconsciente, el silencio absoluto introduce en mas de una mente el miedo al vacío, a la soledad; el canto del grillo, las esquilas de las ovejas, el ladrido lejano de un perro prudente, que no se eterniza en su ladrar, y en las horas previas del alba, el canto de un gallo en los corrales, dan el aviso de la dimensión de la vida inmediata. Dan sentido al oído, abren la puerta de los pensamientos, unas veces, en la noche, para adormilarnos con las últimas reflexiones, y otras, en el amanecer, para emprender el día con el repaso mental de lo que hay que hacer.

El canto de los grillos se para cuando el fresco es acusado, el frío les pone la sangre densa y se vuelven torpes. Así no pueden restregar las patas que son su instrumento de sonido. Justo lo contrario de los que me pasa a mí, que tengo sangre caliente. El calor me abotarga y propicia las mayores torpezas que suelo cometer. El fresco, por el contrario me deja la mente dispuesta para el discurrir.

Me gusta el canto de los grillos cuando se hace la noche y toca dormir. Desde que me dormía en los brazos de mi madre de chico, es una de las formas que tengo para entregarme al sueño, sin cavilaciones. Lo mejor es que canten los grillos, pero despacito, para que la brisa mueva las cortinas y llene las habitaciones de frescor y sosiego...

20110701

LA CALENTURA DE HOY

Abierto esta el camino que va hacia el valle de los molinos, quemado por el sol y entregado como está al paso de ovejas y bestias de todo pelaje, que en el estío que se padece estos días del año del dos mil y once suelen hacer vía por él, yendo y viniendo, para apaciguar las necesidades que con este tiempo de mayor calor son muchas, y por ello padecen los cuerpos y penan las almas. En el horizonte, cerca de las sierras que cubren el valle, los verdores que se arriman al río Becea, que alguna humedad retiene, ceden ante los cielos quebrados de azules intensos y estelas de nubecicas que aún se atreven a estar por estos campos. Una barrera de olivos, que se asientan en la boca del valle presumen de su resistencia al calor con su pálido verdor. El aire se mueve caliente y hace bailar los rastrojos que yacen abandonados desde el mes pasado en que les hicieron la cosecha.

Dos cernícalos sobrevuelan buscando comida y las chicharras aserran todo el silencio que llegó desde las noches pasadas. Llegará la tarde, caerá el sol, como cae el ánimo exhausto, luego de pelear todo el día con sudores y esta calentura que suele traer los días en que no llega siquiera a tormenta. Bochorno le llaman y aun queda corto si por hacer justicia hubieran de llamarle tormento. Las chicharras callarán de nuevo y Venus se asomará para ver los estertores de un sol enrojecido, desgranándose como una granada en sazón. Las ranas de las charcas del arroyo se dejarán oír y las golondrinas del alero interrumpirán sus vuelos rasantes cogiendo agua de la alberca. Una primera brisa apuntando frescura subirá desde el soto y yo no me atreveré a presentarme delante del televisor para ver las noticias.

El mundo se descompone como siempre, por el dinero, pero puesto que ahora ,éste ,corre mucho mas caudaloso y mejor, viéndose lujos y haciendas, más que de aquellos emperadores que nos contaban, la descomposición hace que pueblos enteros se corrompan entre la alegría y fiesta de unas gentes bobas que juegan a ser ricas sin tener un maravedí que hacer saltar de la mano. Moisés hizo romper las Tablas de la Ley cuando vió el Becerro de oro, ahora, como no se rompan los Tratados de la Unión y se haga uno con los mejores cachos, juraría que no tiene el asunto remedio.

Habrá que agavillarse junto a las gentes de bien que, entre otras cosas, saben apreciar la mejor naturaleza humana y se les nota; porque saben atender, en lo que esconden estas noches de verano plenas de luminarias en un cielo que siempre nos ve sin hacer más caso que el que tiene medido de su condición infinita y que le ordena el propio Universo. Vega , presidendo su constelación, se pondrá encima de mi cabeza y desde allí volverá a decirme que sosiegue el ánimo; que mucho ha de pasar para perderlo con motivo. Aún debo aprender a llevar el pulso de las estrellas.

20110126

¿CUÁL ES EL DERECHO?

Son muchas las mañanas amanecidas cuando se llega a los ochenta y seis. Se recuerdan las primeras, posiblemente las mas bonitas de toda una vida, y también, como no, a las que se le hayan quitado los bordes y aristas mas enojosas para parecer como dulcísimas. Son muchas las que empiezan con un abrir de aquellas contraventanas de madera destinadas a combatir los rigores de frío en invierno y del calor en los largos días del verano. Esas contraventanas algunas las recuerda Ildefonso partidas en dos, para no tener que entregar al frío la estancia en los duros días de enero. En ellas, subido a la silla, una vez vestido, levantaba los tempanitos de hielo que crecían durante la noche con la condensación del cuarto. El aliento, de aquel niño que recordaba, convertido en puro cristal diamantino. Vapores de un reposado aliento propio de un ánimo sin carga alguna de maldad, sumados a los propios salidos del orinal donde se cocía los alivios de la noche. Esas mañanas siempre presagiaban un día lleno de felices acontecimientos, quizá solo ensombrecidos por las fechas de los exámenes. Por las mañanas se recobra la memoria de quien fuimos la noche anterior y nunca nos preguntamos donde han ido los trozos de vida que pasaron entre el momento de cerrar los ojos y el de abrirlos. La memoria se recobra íntegra, si también se esta en perfecto estado de conocimiento. Sabemos cómo y con qué no vamos a vestir. Reconocemos los sonidos de la mañana. Las polonesas de la sintonía de un cierto programa de radio solían despertarle a él, al subir el volumen su madre a la hora justa de levantar a todos los hijos que debían ir al colegio. La voz de la madre es, posiblemente el despertador más común de todos los que recuerdan sus primeras amanecidas.

En la juventud la mañana no se dispone a prestar atención al medio, al entorno, si es el mismo o distinto, eso ya es accesorio, sino mas bien a hacer rápido repaso de cuanto se quiere hacer con el día, con la semana, con el mes y si me apuro, con el año. La ambición vital suele llevar al exceso con facilidad. Prisas y ambiciones que se van reduciendo sin notarse su mengua con el paso de los años, como va aumentando el gusto por alargar la levantada y achicar el acostarse. La noche empieza a ser un desperdicio para el que quiere vivir con plenitud en la madurez. Pero eso si, siempre ocurre que desde chico se viste uno con el mismo ritual, cuidando el hábito para hacer el trance lo mas llevadero posible. Todo hasta que empieza a declinar la memoria y empieza a hacer estragos en todo los que se hace, incluso en los hábitos. Ildefonso ahora pregunta todos los días cuando se enfrenta a los calcetines sentado en la cama:

-Chico, ¿este es el del derecho o del izquierdo?

Su hijo, conociendo el trámite, no pierde el tiempo con explicaciones que ya dio las diez primeras veces y contesta sin mirar siquiera:

-El izquierdo papa, el izquierdo.

Su padre conforme con la resolución zanja la cuestión:

-Ah.

20110113

VILAPERTA


En el cruce con las cuencas de los pequeños ríos que confluyen al final de valle, sobre la loma roma en la que hubo un prado fértil se encuentra la población de Vilaperta, cuyo nombre se debe a que los caminos que llegaban y llegan desde las sierras terminaban juntos al final del valle abriendo al caminante las rutas de la meseta a su derecha y del mar a su izquierda. Tierras de huida en las guerras del medievo, de consanguínea raza emponzoñada en religión vieja. Rica gente en artesanos de toda industria, incluyendo alarifes que dejaron su impronta en caserones tan sólidos como confortables y de recios puentes que aguantan los tiempos con la misma cara de primitiva belleza y reciedumbre.

Una mañana de enero, cuando las nubes de las cumbres bajaron hasta los prados, bajo los castaños de la fuente del caño aún se oían cerca los gruñidos de los jabalíes que terminaban de hozar entre las ribera del arroyuelo. Los petirrojos se movían y chasqueaban las leñas de un fuego recién alumbrado por el chico del guarnicionero. Andaba por allí cogiendo hierbas para vender en el mercado y no se tomó prisa alguna para terminar su tarea. Rumiaba las palabras del último capítulo que había leído del libro que le regaló el albéitar cuando vino a curar al buey viejo:

La joven era alta, de tez nacarada y sus cabellos, de oro trigo, estaban recogidos en una larga trenza. Unos ojos grises iluminaban su lindo rostro.

Al ver la carnicería de la cubierta, la joven tuvo un gesto de espanto. Habló al Corsario con altivez:

— ¿Qué ha pasado, caballero?

—Un combate, señora. Un combate en el que ustedes perdieron.

— ¿Quién es usted?

El Corsario Negro apartó su espada tinta en sangre y se quitó el sombrero.

—Emilio de Roccanera, señor de Ventimiglia. Pero se me conoce con otro nombre —añadió.

— ¿Cuál?

—El Corsario Negro.

Miró hasta el fondo de la umbría y sus pensamientos estaban ya fuera de allí. Levantó luego los ojos e imaginó que en vez de pisar el suelo de un espeso mantillo húmedo, estaba sobre el entarimado del bajel donde se disponía la acción.

Pero un ladrido no muy lejano le sustrajo de su abstracción y le devolvió a la realidad. Las ganas de escapar y salir al mundo le hicieron recordar cual era la vía más probable.

Le contó el barbero que al final del camino del francés, desviándose a la izquierda por la primera calzada que se aparta, llegándose a la frontera, después de unas veinte leguas, se puede ver el mar desde la última sierra que, bajándola, hace fácil el embarcar para las Américas, allá, en el puertecico donde llegan los bajeles para tomar aire y repuestos para mayor viaje. Los barcos, desde allí, toman vientos que vienen fríos del norte y se abren unas jornadas después poco a poco al suroeste, así que después de la travesía, en la que debe estar firme el timón y horzar con tino, corrigiendo la deriva y dar la cara al oeste en algunas semanas mas, virando el timón luego al norte, se llega hasta la tierra firme de un nuevo mundo que aparece dulcemente, como una amanecida tranquila.

Salió del soto de la fuente y fue bajando hasta el pueblo por la trocha que se abre entre los zarzales. En el cielo, encima de la encajonada salida del valle que daba razón al nombre de la población, ciclópeas formaciones de nubes que llaman cumulonimbus de espesa negrura amenazaban con una tempestad. Llego a su casa y cogiendo el llavín que guardaba en el bolsillo bajo del calzón, abrió el portalón que seguía rechinando su ejercicio de abrir y cerrar. En el rellano de la entarimada escalera se oyó el primer y lejano trueno acompañando a la brisa que empezaba a levantar. Hizo su escaso equipaje que guardó en la bolsa vieja de fuelle. No olvidó la carta que guardaba de su padre que le entregó antes de irse, el retrato de su madre y la partida de nacimiento arrugada que tenía desde que le hizo falta para ingresar en el bachiller, en aquellos tiempos en que había que demostrar que se estaba vivo para poder hacerlo. Una muda y otro par de zapatos cerraban el contenido de la bolsa. Dejó una carta en la mesa del comedor y subiendo el pulso con la cadencia del reloj de pared miró en derredor, como si quisiera guardar en la memoria cuantos objetos había en la casa, y con un suspiro clandestino salió de la casa cogiendo el camino del valle. Al frente le esperaba la tempestad que se cerraba aún más y anochecían la tarde antes de su hora.

Con los primeros crujidos de las cuadernas del barco se fue alejando por la costa como se aleja el día antes de poder vivirlo. Volvió a lloviznar y apenas se podía distinguir ya si lloraba o no.

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20101214

TRENES



















No se porqué el viajero del asiento de al lado se puso de charla conmigo, una vez que nos dimos los buenos días. Aún no había amanecido y el tren corría con algun retraso hacia Madrid por una avería técnica que debió tener en su salida.

Todos se habían acomodado para echar el sueño en un mortecino vagón que solo hacia sonar el ruido de sus ruedas y de los motores eléctricos del tren. Debió ser porque me vio despierto o simplemente porque me tenía al lado con cara de pocas contiendas. Debía tener los ochenta más que cumplidos y sus ojos, abiertos entre las arrugas que le hacían entornar, se veían vivos, despiertos y con la profundidad que da la inteligencia bien administrada.

Así fue encadenando una detrás de otra todas su frases o pensamientos y, sin parar, contó cuanto quiso.

- Yo no puedo dormir en el tren, aunque lo he intentado más de una vez, pero no puedo. Si le molesto, dígamelo, a veces no se sabe bien cuando uno debe terminar y callar.

- No se preocupe, no molesta.

- Gracias. Todos los trenes son mas o menos iguales, aunque cada uno de ellos tiene su olor especial. En parte por la gente que va dentro, pero gran parte por los materiales con que está hecho y los motores que le hacen mover. El ambiente que hay dentro es muy diferente, aunque los viajeros tengan la misma constante de poner esa cara propia de los que se trasladan y ven su permanencia en él como algo transitorio. Eso, en algunos cambia algo, por la larga duración del viaje. Casi termina siendo una célula mínima de población. Cuando fui varias veces por el transiberiano la ciudad mas cercana después de Moscú es Vladimir, a 210 kilómetros, tres horas después. Lo que parece poco una vez que llegas a la primera gran ciudad como es Perm, despues de 19 horas de viaje, es solo el principio de su recorrido, que termina en Valdivostok a los seis días, después de recorrer 9.298 kilómetros. Así, si decides ir hasta el final, el dormir, comer y pasar el tiempo lo mejor que se puede hacer es tener paciencia y acomodarse, es todo un desafío que hay que tomar con tranquilidad. Los compañeros de viaje terminan por ser alguien conocido que pronto se encargan de enseñarte algo de su vida. Las estufas de cada vagón son un punto de encuentro varias horas al día y son lo que da confort al viaje cuando se ve a través de los cristales el hielo cubriendo toda su extensión. Los olores o aromas del tren llegan a ser aceptados como algo familiar y las papilas olfativas, créame, terminan por saturarse del olor, que al principio resulta harto desagradable, y que, tras unas cuantas horas, ni te acuerdas de él.

Recordé yo como olía a chorizo y escabeches el tren de tercera en el que solíamos hacer este trayecto en los viejos trenes a principio de los sesenta. Muchas veces olía a vomitado y no había manera de quitar semejante olor. Ni siquiera por el predominante olor a carbonilla que entraba por las ventanas y las rendijas del suelo de las plataformas.

- Una vez pasada la primera ciudad del Transiberiano, -decía mi compañero de viaje- cada parada se siente mas lejos. Mucho mas lejos. Por lo que finalmente se acepta con paciencia el discurrir del tren, dejando el destino en manos de los dioses. Todo un viaje. Un uzbeco llamado Arkin me abordó nada mas salir de Krasnoyarsk, decía que solo el viajar es la prioridad mas alta, llegar para él no es sino otra cosa, que no tiene nada de relación con el viajar. Tenía una curiosa teoría sobre el tiempo y el espacio que no sé muy bien si , por que no supiera explicarse o porque se enredaba en la teoría pero lo cierto es que era muy difícil de entender. Imposible. Contaba que debía ver a un hermano que tenía en Ulan Ude, al que no veía desde que estuvo él en la primera guerra de Afganistán, con la URSS, y no se sentía mas lejos de su hermano que cuando estaban juntos y se iba él a trabajar mientra asistía al Instituto. Sin embargo, cuando lo recordaba ahora, despues de tantos años, se le llenaban los ojos de lágrimas. Por la privación nada mas, no por otra cosa.

- Yo-continuaba él- que no derramé ni una sola lágrima cuando murieron mis padres, mis seis hermanos y cuatro de mis siete hijos, ahora lloro por cualquier cosa. Creo que con el tiempo se ablanda el corazón, o simplemente olvidamos las malas experiencias y solo tratamos de recordar lo bueno. Debe ser eso, digo yo. Antes no lloraba porque tenía que afrontar y salir adelante con todos los de la familia y, eso, no da para muchas lágrimas y si para mucho cavilar y buscar salidas. Ahora que ya estoy liberado de mis responsabilidades, lloro como un niño por cualquier cosa. Pero a veces es otra cosa extraordinaria la que te hace no estar al momento, un hecho que detiene todo. Como por ejemplo el invierno de la batalla de Moscu, en el Bulvarnoye Koltso o Anillo de los Bulevares, en el que parecía terminar el mundo, con tantos muertos , por el fuego enemigo y por el frío y el hambre, ahora solo recuerdo con claridad, la imagen de un tilo helado en el que se posó un pavo real y al cantar ( o chillar, que mas parece) se oyó por todas las calles de aquel barrio que abarcaba la vista, nada mas que el canto del pájaro, con las casas arruinadas cubiertas por la nieve al fondo, en silencio, y un cielo gris refulgiendo a las doce de la mañana. En ese momento se borró todo, los muertos, la ruina, el hambre. Todo.

- Algo parecido – continuó- es lo que pasó en el 76 cuando llegábamos a la estación de Bristol. Estaba llena de gente, unos venían y otros iban con mucho ruido y algarabía y sin saber cómo un joven dio un grito: ¡ I passed! Y todo pareció pararse. Nada se detuvo pero solo se atendía a aquel pelirrojo con el brazo en alto y con unos enormes colores en las mejillas que rompió en un grito toda su contenida alegría que dejó sin habla y movimiento a todos. Cada uno estaba en lo suyo, unos con cosas mas graves que otros pero todos con lo suyo, muy distinto de cada quien. En ese momento supongo que más de uno pensó en lo que le motivó a decir aquello, y sin embargo, apuesto a que ninguno coincidía en concretar a qué se refería. No sería de extrañar que uno pensara en algún examen de los estudios, otros en alguna prueba de trabajo o en el carné de conducir, supongo en que supondrían en alguna prueba difícil que ellos mismo hubieran querido aprobar. El caso es que la mayoría sonreían y alguna puso cara de pocas fiestas. En las estaciones, en los trenes la gente se entrega a una actividad fuera de los común. Como si el viajar fuera una prueba que hubiera de cambiar nuestra forma de vida, y no es más que un jodido tránsito, y nada más. ¿Te estoy dando la lata , no?

- No, no se preocupe, me gusta escuchar a gente como usted, con experiencia. Siempre se aprende algo.

Y asi fui llevando el viaje con el hombre aquél que no hacía mas que hablar y contar cosas, aparentemente inconexas. Pero ya hace tiempo que supe que en lo tocante a la comunicación humana… nada hay inconexo.

20101019

EL PRÓLOGO del 2004. VALE

Me parece que no ha lugar hacer ninguna invocación a duques de Béjar alguno, ni condes de Lemos, ya que los nobles no solo ya no tienen oficio que proteger ni amparar como antaño, pues la condición de la república es la de no dar ocasión a persecución alguna por razón de letras ni de la opinión que pueden contener, sino tampoco facilitar licencia alguna que ya no es necesario, ya que el Estado de Derecho dejó bien claro esta cuestión, por lo que ningún vecino de estas tierras de las Españas ( que siempre han sido muchas) ha de tener paquete o caja en el que tenga que contener todo su ingenio, sino todo al contrario, que no hay medida o tasa alguna para el talento, la invención y la expresión de cuantas artes sean dadas.

Así pues, todo aprovecha para que tanto cuanto escriba pueda hacerlo llegar a los que con tanta paciencia me siguen leyendo en estos rinconcicos. He de escribir en consecuencia, con la única limitación de los dones que la naturaleza me dió, las historias que llegaron hasta mi, no por ningún Hamete sino por muchas gentes, que son las que fui conociendo en estas tierras de la Mancha, de la que soy hijo, bien que a veces algo pródigo.

Para el relato de estas hechos, tan reales como las que pudo haber escrito el mismísimo Plutarco, aunque lo haga yo con bastante menos ingenio y habilidad, tendré presto y he de procurar administrar bien la prudencia, el exceso de erudición y la vanidad, que siempre llevan al que se excede a la soledad más absoluta. Porque la imprudencia conduce al atropello del prójimo, el exceso de erudición a la pobreza de ingenio, del que tanto necesitan narraciones y opiniones, y la vanidad a que se pierdan en un minuto grandes glorias que fueron en años ganadas.

Así mismo confesaré con tanta contrición como pueda lo vivido en estas tierras de la Mancha, que dieron mucho que pensar desde que siendo infante miraba colgado entre nogales, higueras y olmos, horizontes que parecían no terminar, hasta que mediada la luz de las tardes se empeñaba el sol en dejar que la tierra enseñara sus contornos, dulcísimos en colores y de gran variedad. Luego, más tarde, tanto en la juventud como en eso que llaman madurez, que en los frutos son el mejor estado para su provecho, se me fueron largando los pies, y la cabeza les siguió, hasta donde fui llegando, y en esos viajes encontré caras para dar nombre y aconteceres de los que tomar buena cuenta para no dejar en el olvido. En esas estoy cuando va agonizando el año de dos mil cuatro y no quiero que me sorprenda el cinco que le sigue sin dejar noticia de algunas de las venturas que pueda contar. Son estas no de un solo hombre o mujer sino de mucha gente, que en todos estos años da para mucho recorrer y para más conocer, si se pone atención y se apresta a la memoria a guardar, antes de que llegue el olvido, como decía, y se robe lo que se deje descuidado. No quisiera lo que Miguel de Cervantes hiciera, reunir en una sola persona todas las virtudes y faltas que hicieran representar de manera magistral la condición de un hombre, porque no es necesario advertir la distancia entre él y este atrevido escritor, que es notorio, sino que he de hacer pasar, por las relaciones que he de hacer cada lunes, a cuantos vayan mostrando la condición de estas gentes no solo del campo de Montiel, sino de toda esta mi tierra que no dejó nunca su limpia naturaleza relatada en aquel siglo bien contado del dieciséis. Me despido pues con latines como se hacía entonces y así lo digo: “vale”. Que quiere decir: “todo conforme”. O algo así. Q.Ko.

20100930

Duendes

Se encuentra aturdido por el intenso olor, detrás de la frondosa espesura de una planta de tomate, plenamente desarrollada y en sazón. Como siembre, el tercer día de la semana, el miércoles. Oscurecido por la sombra irregular de la planta y con el claroscuro de las luces y rayos del sol, casi horizontales, que semejan líneas de un fuego privado de su furor. No sabría cual es su ropaje; sus diminutos ojos tienen en su negro fondo un extraordinario poder de atracción, de pacífica seducción. Una vez atrapados por ellos, cuando miran fijamente, todo lo que les circunda queda difuso y no hay manera de entrar en los detalles. Solo cabe pensar en cuánta intención y significado tiene su mirada. Que se ilumina cuando las últimas luces de la tarde declinan por el horizonte y de sus pupilas emerge una luz fría y dulce que se confunde fácilmente con los de una luciérnaga. En ese momento pueden pasar por la memoria mil y una miradas que se detuvieron en nuestros ojos; y reconocer a sus propietarios y el mensaje que contenían. Pueden hacer que estallemos de alegría interior, o en un profundo y amortiguado dolor, al reconocer la pérdida de aquellas personas que recordamos, quizá muy cercanas. Inicia a veces una sonrisa apenas esbozada que da un mensaje directo de pacífica concordia. Los músculos inmediatamente se relajan, y el Universo recobra su equilibrio antes perdido por nuestra ansiedad. Todo eso ocurre en un instante, en fracción de tiempo nunca medido que pese a su corta duración nunca se siente insuficiente, y jamás encuentra desgaste por el olvido. Es el avistamiento de un duende. Suele encontrarse entre las hortalizas; con la comodidad y seguridad suficiente como para seguir allí, mientras la albahaca desprende sus aromas, y la verdolaga extiende sus carnosas hojas llenas del agua que a hurtadillas retiene en las regueras.

La música del roce de las hojas que hay en la huerta empujadas por la brisa de la tarde, encubre el leve sonido de sus pisadas.

El otro que he vuelto a ver no ha mucho, se sienta en el tercer estante de la librería, escondido, y sin embargo, está a la vista. Tiene una mirada de inteligencia suprema. Resuelve con la sencillez con que hacen su función las criaturas que la naturaleza creó. Utiliza la oscura y negra sombra de una pequeña cántara de barro, cocido y pintado con los verdes óxidos de cobre, por Tito, en Úbeda. Para ello creo que se viste de ropas muy oscuras; con ellas se funde con las sombras, sentado, tumbado o en cuclillas, pero siempre, escondiéndose y a la vista, y con ese desusado modo de ocultación, que se sirve de la lógica, y la contracción de las pupilas humanas para que no le reconozcan, que no le divisen.

Por eso, cuando la luz eléctrica, con fuerza, ilumina toda a estancia, los libros, montones de documentos, carpetas y revistas salen a exhibir toda su realidad; con sus volúmenes, vivos colores, y perspectivas hacen encoger las pupilas por el exceso de luz; es por eso por lo que las sombras negras de los objetos de los estantes sirven como el mejor lugar para observar y para esperar que crucemos nuestras miradas: cerámicas, cubos de lápices y pinceles, alguna foto enmarcada, y los pequeños coches que me hacen retener pizcas de mi infancia, ofrecen un lugar seguro para él. Sin esconderse tras alguno de ellos. Simplemente fundiéndose con las sombras. Él me enseñó a esconderme así cuando chico. Cuando jugaba al escondite bastaba la sombra de un árbol grueso para que, tumbándome en ella, no fuera descubierto. El que venía buscando, deslumbrado por la luz era incapaz de verme. Ahora, los dos, me siguen enseñando cosas. Como saber esperar que llegue el momento adecuado para cada cosa.

Si no son duendes es por que les llaman de otra manera. Pero ahí están.

20100921

Cumulonimbus

El otoño esta acabando con el veranillo de San Miguel y me ha pillado de vacaciones en mi tierra, donde este veranillo siempre se ha aprovechado para dar los últimos sorbos al verano. Unos enormes cumulolimbus aparecen sin avisar y, como siempre, amenazan con traer las siempre sorprendentes tormentas, cargadas con tanto fuego y agua como cantaban los Fireworks de Hendel. Aunque la verdad es que el dramatismo de las tormentas en directo nadie lo ha podido expresar con tanta fidelidad como la naturaleza los da. Detrás de los oscuros grises de una profunda nube que viene por poniente parecen estar las profundidades del océano Atlántico, desde donde emergieron las gotas de agua que vienen hasta aquí. Viendo estas colosales masas de agua haciendo cambiar sus volúmenes por el viento se engrandece ante mí la figura de los navegantes que, metidos en pequeñas naves de robusta madera, se entregaban a la mar en un acto de valentía casi suicida.

Al fondo del valle apenas hay una parcela que se ilumine con los pocos rayos solares que se escapan entre las nubes. La humedad del momento hace resaltar los colores oscurecidos por la falta de luz. Los rastrojos de amarillento y vencido pasto, las encinas oscuras y soberbias, fieles a su carácter austero y el verdear de las márgenes del arroyo, que aún guarda la humedad de aquel invierno de lluvias que tuvimos guardan con toda su riqueza la vitalidad de la naturaleza nunca vencida.

Las tórtolas aceleran sus tareas de suministro y se avisan de las novedades cuando paso cerca de los cipreses. Los aceites de las coníferas sueltan su aroma con más intensidad que en la sequía y el sonido de las cercanas montañas llegan con más claridad que de ordinario. Miro al panorama del gran valle y siento el silencio apenas roto por la vida de la naturaleza. El mundo y su clima esta cambiando y como siempre pasa con estas cosas desde que el mundo es mundo, nadie se entera, entretenidos como estamos todos con las industrias y negocios diarios.

20100905

UN MARINERO EN TIERRA


(Imagen:http://www.infonavis.com)

Ayer me llamó mi amigo el Guaje. Oía las olas cuando me decía que hablaba sentado en la aleta de babor, mar adentro. Comentaba que había una buena tarde, de suave viento que llevaba el velero con firmeza, algo así como una hoja de sauce en la reguera de una huerta. Yo, patroneaba el coche por las inmensidades de esta plana y ancha tierra. Mientras debía él estar tomando el cabo para cambiar, me recordaba el viaje que hicimos más allá de la ría con algo de viento y que nos dejó en la mitad la salida. El agua del mar pasa siempre por el velero, es su costumbre, como simulando una corriente, para que no nos demos cuenta de la marcha que llevamos, parece que vamos deprisa cuando apenas nos movemos en la mar. Intenta no desanimar al marino para que siga bogando. O vogando, que así lo decía Magallanes, sin reparar en el tiempo y en el espacio.

Al frente, miro a las montañas que levantan las leves barreras de la cuenca del Jabalón y aunque verdean en pardo, aún así me recuerdan al monte San Esteban guardando la ría del Navia. Por un momento, me sentí refrescado por la brisa del mar y la que me llegaba del ventilador de climatizador del coche empezó a oler a yodo. Me pareció oir unas gaviotas con sus armónicos chillidos.

Navegar es un ejercicio de soledad que se puede hacer en compañía. El balanceo del velero y el ruido de las cuadernas consiguen el milagro de que, aún en compañía, cada uno se meta en sus adentros y disfrute de su soledad. Posiblemente porque la mar nos reduce a la categoría de bien mostrenco, es decir, el que está a disposición sin condiciones. Aún así nos fortalece la dignidad al hacer ese ejercicio de valentía de plantarle cara.

Alberto, al que yo, con la confianza que me da su buen genio, le llamo Guaje, tiene metida en el cuerpo el ánima que anda suelta por los puertos y que hace partir al mar a los que aman la navegación. Ese bien oculto que se guarda en el zurrón del corazón, aun estando en el interior practicando ese oficio tan poco reconocido como el de la función pública.

Observando el vapor del café subiendo desde la taza, sentado un sábado cualquiera en la cafetería habitual y oculto detrás de las páginas del periódico, vienen a la memoria recurrente y más reconfortante los buenos días de buen viento que hace salir de la ría. Un marinero lo es allá donde esté, aunque le engulla el interior de la tierra como la ballena a Jonás. Siempre termina saliendo con el viento a popa y con la sentina llena de los mejores pensamientos.


LA CEPA EN LA LADERA


Bajo una cepa de garnacha encontré lo que parecía un hacha del paleolítico. En forma de cuña dejaba ver los tres cortes para su despunte hechos con otra piedra. La sombra de la cepa es un pequeño refugio que cubre del sol abrasador de la Mancha. En donde estaba, la altura superaba con mucho los setecientos metros, los mismos que tiene más de una población de alta montaña. Desde allí se domina todo el valle del Becea y debió ser un lugar estratégico para vivir en la antigüedad. De eso dan testimonio los diversos asentamientos descubiertos en el entorno. La vid garnacha es una de las cepas cultivadas más antiguas de la península, se dice que los aragoneses la llevaron a Cerdeña y allí se cultiva con la denominación de cannonau. Como era de esperar, los sardos dicen que fue el proceso inverso, que fue traída de allí por los de Aragón. Sea una cosa o la otra lo cierto es que la garnacha tiene unos aromas que entroncan con los vinos clásicos del imperio romano. Habrá que ver si se pudiera analizar los restos de un ánfora romana que tuvo vino de aquí, si lo que contuvo era vino de garnacha.

En la falda de la montaña a solano prospera la cepa con el cálido amorcillo de la insolación en invierno. Los suelos ácidos y pedregosos le hacen más recia y austera. Una sola uva de esta cepa abre las referencias de toda su vida entre nosotros con los intensos aromas recogidos en su pequeño contenido y llevados al extracto por la sequía del verano. No se si el que hizo el hacha tendría a su mano una cepa para tomar los pequeños racimos y densos de estas ancestrales uvas. Tampoco se si los antepasados del cernícalo primilla, que me mira desde la copa de una acacia cercana, podrían contarme cuando llegaron allí los primeros plantones para hacer el primer majuelo. Pero lo que si es evidente es que en un pequeño espacio de la ladera, dando una referencia de verde intenso a la pedriza, la cepa sigue dando uvas todos los meses de agosto, haga el tiempo que haga, en invierno o en verano. Por eso acuden los tordos hasta allí para acabar con los racimos en cuanto les dejen. Y el cernícalo me las guarda para poder sentirme como dicen que se sintió Noé cuando tomaba las suyas. Aun no he podido esperar a fermentarlas para coger una cogorza bíblica. Todo se andará.