-El cinco; arriba. Dijo el interventor
cuando subía al tren. Encima de su cabeza se podía leer en aquel vagón azul
oscuro; Int. Wagons-Lits-Cook. En la plataforma miró los periódicos en el
expositor. Cogió el diario Hürriyet y leyó: Lunes, dos de mayo de 1960. Si es de hoy. Se llevó un
ejemplar. Por algunas ventanillas levantadas entraba la brisa de aquel hermoso
día de primavera y el olor a la carbonilla se disipaba a rachas con el de algún
cinamomo, que habría, no muy lejos, al otro lado de la Estación. Se sentó en el
sillón abatible de madera junto a la pequeña mesa del departamento. El silencio
duró poco. Llegaron las pisadas sobre el entarimado del pasillo y las
conversaciones en inglés, turco y francés. Marc inició la lectura de los
titulares del día. Se dormía sobre el periódico. El silbido del tren le
despejó. Se frotó con a dos manos la cara y se asomó a la ventanilla. Diez
minutos despues se oyó la voz del Jefe de Estación: ¡Kalkış Orient Express, bir dakika! ¡Departure of the Orient Express, a
minute!; después, varios resoplidos de vapor de la máquina, la Estación
pareció moverse; pero no, era el tren que se ponía en marcha. Próxima estación:
Sofía.
Pensaba Marc que ya iba siendo la hora de
retirarse a su casa, en la tranquilidad de Begur. Le parecía oír a María, su
hermana, tocar el piano. Sabía ella lo que le gustaba oír las piezas de jazz
favoritas. Las tocaba de maravilla: dulcemente, con sentimiento, dejando que
las notas flotaran por el entorno, como invisibles entes con vida propia:
hablando de sentimientos, de tristeza, de prontos de una alegría firme,
relajante. Maria no quiso saber nada de las recomendaciones de su padre, más
bien órdenes; y él agradeció que así fuera, que desobedeciera, pues descubrió
el talento de su hija, con la música. Se le saltaron las lágrimas cuando la vio
la primera vez dando clases en el conservatorio de Girona, desde la ventana,
quieto, callado, descubrió las maravillosas manos de su hija. Nunca más le dijo
lo que tenía que hacer. Jamás le dijo nada, para ella no fue un triunfo, sino
solo orgullo que terminó compartiendo su padre. Marc pensó lo lejos que estaba
aún de Begur. Se empezó a deprimir y sin esperar más, se levantó y se fue al
comedor. Se sentó en una mesa y mientras venía el camarero se entretuvo en
pasar el dedo anular por el pespunte del almidonado mantel blanco, pensativo,
con la cabeza baja. De chico le gustaba subir a la torre a ver el mar. Ahora ya
no sería igual, la torre ya no parecería tener la altura de entonces. No
entendía la vida y el mundo como lo entiende ahora. - ¿Le gusta el mantel? Desde
la mesa de al lado una mujer de unos cuarenta años le estaba mirando y sonreía.
– ¿Me lo dice a mí? Dijo Marc. –Perdone si le he molestado, pero es raro ver a
un hombre entreteniéndose con el borde de un mantel. – No, no; no me ha
molestado, es que estaba abstraído y a veces tengo esa manía de pasar el dedo
por superficies delicadas. Bueno, la verdad… el borde del mantel, con este pequeño
encaje parece, ahora que caigo, que es… ya me entiende… como si perteneciera
ropa interior… - Ja, ja qué cosas tiene usted. O al revés pudiera ser, que
alguna ropa interior parezca… ¡hecha con un mantel! Tendiendo la mano añadió:
Claudine. Él la estrechó y le dijo el suyo: Marc. Se rieron y después de un rato
de animada charla se juntaron en la misma mesa para comer. A Marc le cayó bien
ella, le resultaba cercana, familiar, no la extrañaba nada, y eso le dio
confianza. Mientras les traían algo para comer pidieron vino blanco y les
trajeron una botella de Retsina. Con las copas en la mano, brindaron y comentó: - ¿Sabía que este vino griego tiene
este nombre porque desde tiempos antiguos, creo que 2.000 años, las ánforas
donde lo guardaban y luego los toneles, los sellaban con resina de pino para
que no entrara el aire? – Ella le miró con curiosidad, como estudiándole y
dijo: No, no lo sabía, esta muy bueno. – Si buenísimo. Estuve en Grecia
haciendo un trabajo para la Embajada española, casi cinco años, no hace mucho,
Lo mejor de ese tiempo fue conocer la gente y entender un poco más a la de mi
tierra. – Así que es usted español. Yo soy francesa, profesora de español en el
Liceo, en la Provenza, en Aix-en-Provence. Estoy de vacaciones, abriendo los
ojos y los oídos; me encanta ver y oír la naturaleza y a las gentes.
Fueron hablando mientras apuraban la
botella de Retsina y siguieron con la comida. Terminó contando Marc la vuelta a
su pueblo a retirarse. Tenía suficiente como para vivir de las rentas y estaba
cansado de disgustos, trabajo estéril, y de estar viajando sin parar, como lo
había hecho en los últimos veinte años. Continuaron conversando en el viaje que
compartieron hasta Milán. Allí cogerían el tren hacia Barcelona y ella se
bajaría en Montpellier. Cuando estaban
llegando a esta ciudad, Claudine sabía ya que él estaba bastante perdido. Marc
se enteró que ella tenía una hija de tres años y que su marido había fallecido
el año anterior. Se despidieron en Montpellier y prometieron escribirse y
seguir conversando sobre sus vidas.
Desde que se montó en el tren de nuevo,
camino de su destino, volvió a retomar su anterior vida, buscando la
tranquilidad, el sosiego. Llegó por fin a Girona y allí le estaba esperando su
amigo y vecino Pere que le llevó hasta el pueblo, tomando la carretera y luego
el camino hasta su pequeña masía. Al llegar se paró en la puerta. Miró a
Pere y dijo: -¿Te querrás creer que
tengo una especie de miedo de encontrarme con el pasado? – Si, puede ser, tiene
su lógica. Contestó él. Abrió la puerta mientras le decía resuelto a Pere: - Tengo
ocupación: poner en orden la casa y conseguir que esté habitable y acogedora.
Mientras decía esto, e iba entrando, miró dentro y se quedo parado. Todo estaba
como él creía que podía estar pero, no había ni polvo, ni olor ha guardado, ni
nada que pudiera hacer pensar que llevaba veinte años cerrada. ¡Pero bueno! ¿Qué ha pasado aquí? Esto está… ¡perfecto!
Miró a su amigo y solo fue capaz de decir una palabra: ¿Quién? Obtuvo la
contestación: Susi. -¿Susi? Pero si es… ¡Joder claro! Han pasado veinte años y
aquella chiquilla de veintiséis años ahora tiene… cuarenta y seis. Qué
chiquilla… Unos minutos después, se
presentó ella con la niña; cuando la vio, descubrió el cambio que había tenido
en ese tiempo. Era la mujer que se había presentado en la Estación del Orient
Express de Estambul como Claudine, estaba de vacaciones. – Como no me
reconociste, pensé en gastarte una broma, dijo. Desde ese día, estuvieron
juntos sin complicaciones especiales: los dos se necesitaban y la niña, hacía
feliz a los dos.
(Publicado en el periódico La Tribuna de Ciudad Real el 22 de noviembre de 2014)
No hay comentarios:
Publicar un comentario