20150705

LA PETACA

La citación del notario de la plaza de Josep Pla de Figueres rompió la mañana de un sábado primavera. La subió Montse dando varias voces por la escalera. - ¡Niño, una carta del notario para ti! Se recogió en su estudio, abrió la ventana, y dejó que el olor del jazmín entrara en la habitación. Sentado en la mecedora abrió el sobre. Cuando lo leyó su cara cambio de expresión y de color. Se levantó y se volvió a sentar, esta vez en el sillón de mimbre junto a la mesa. Su tía Matilde había muerto. Nadie le llamó. Las lágrimas empezaron a correr por su mejilla. Movía la cabeza para un lado y otro, no para negar sino como si quisiera quitarse de encima la angustia que le embargaba. Sosegado después, llamó al teléfono del notario. – Buenos días, soy Bernat Dosrius Gelcem, me han mandado ustedes una carta en relación con el testamento de mi tía Matilde Dosrius Ribelles, quisiera que me dijeran a qué hora puedo ir el día 25, viernes. – Buenos días, espere que lo miro… ah si, la sucesión de doña Matilde Dosrius, bien… me ha dicho el notario que vengan a las 10.30.- De acuerdo allí estaré. Bernat se quedó mirando el móvil y un momento después estaba llamando a su hermano. – ¿Roger? ¿Sabías que la tía Matilde ha muerto? – Ah si, joder tío, me enteré muy tarde, me llamó Berta  cuando ya estaba preparado el entierro, murió de un infarto; te llamé al fijo pero no me cogiste el teléfono. No te iba a dar tiempo. Perdona que no te lo haya dicho antes, pero se me fue de la cabeza, tengo un follón tremendo con la cuenta de Sabater, que me ha tenido ocupado todo este tiempo. Joder, hermano, perdona, pero se me olvidó. – Eres un cenutrio Roger, siempre te ha importado un pijo todas las cosas de la familia y estas obsesionado con ese trabajo tuyo de publicidad, propaganda… ¡o la mierda que sea! ¿Has recibido una carta de la notaría de aquí, de la Plaza Pla? – Pues no sé, si, ahora que lo dices creo que recibí algo ayer, espera… si, tengo aquí un sobre de él, ¿Qué es? -¡Qué huevos tienes! Te importa todo una mierda. Un día te vas a llevar un disgusto... Bueno léela. Estamos citados el viernes 25, a las 10.30. Es para que nos lean el testamento, el notario tiene el encargo de hacer efectiva las últimas voluntades de la tía.
 Llegó el viernes. El despacho del notario tomaba luces entre espesas cortinas de damasco: dibujaban el perfil del fedatario que cobraba vida con el sol iluminando tanto a él como a la escritura que tenía entre sus manos. Leyó el testamento y después de la introducción de rigor y las instrucciones al albacea, llegó el momento de sus disposiciones: Tía Matilde le dejaba una petaca llena, de raro tabaco, y un  papel con tinta  azul; con letra inglesa, aprendida en Casterton, escribió: “lo hemos hablado y disfrutado muchas veces. Por el contenido, sabrás que te dejo el continente mejor que tengo: sus años son su aprecio: tuyos para tu suerte. Si no lo aciertas en una semana, quedará para obras de beneficencia. Se que eres listo, y que mereces lo mejor”.El apartamento,  de Madrid, se lo dejaba a su hermano Roger. Eso si estaba bien claro.
La risa de su hermano cuando salían le hirió profundamente. Parecía que se estaba mofando de haber sido premiado por la tía Matilde. Ella nunca se había privado de reconocer que su favorito era Bernat. No solo porque era el que siempre se acordaba de su santo y cumpleaños, sino que la visitaba con frecuencia y acudía a verla y a solucionarle los problemas domésticos cuando era necesario; la llevó al médico, y al  hospital cuando tuvo la operación. Estaba amargado, no por la herencia extraña sino porque no haber estado con ella en sus últimos momentos. Mandó a la mierda a su hermano, que seguía con una sonrisa cruel y  se fue a su casa, no sin antes quedar con el notario, para darle contestación. Le dio la petaca y el escrito, pistas de su herencia para dar solución al enigma o acertijo que la tía Matilde le había propuesto para  conocer su herencia.

En los momentos de tranquilidad, cuando llegaba a su casa después del trabajo, donde cavilaba sobre el enigma, salía después de comer al patio, donde la tía Matilde decía se encontraba  en la gloria cuando le visitaba. Recordó las cosas que según ella, decía un pallés en el pueblo del su abuelo, San Llorenç, de la mala suerte de sentarse debajo de la higuera. Ella lo recordaba  y lo hacía: se reía a carcajadas por ello.  La verdad es que se estaba muy bien bajo la frondosa higuera, y le hacía parecer a estar en el tiempo de la Iliada y la Odisea, de las que sus historias comentaron ella y él tantas veces. Cogió la hamaca, se tumbó en ella y pensó en la posible solución los tres primeros días. Cogía la petaca, la abría y la cerraba, miraba a su interior y pensaba: ¿Petaca?.. ¿Petaca?.. ¿Tabaco?  El contenido de la petaca era el tabaco… Un tabaco rojizo… No. No se le ocurría nada que pudiera tener algo de lógica. Volvió a repasar una y otra vez la carta de la tía: “Ya sabes de mi afición… Sí, eso estaba claro. Su  afición era los jeroglíficos, los enigmas y los acertijos. Eso era algo de eso: una especie de jeroglífico con la petaca que le dejaba o un acertijo. Pero que tenía que ver una petaca con una cosa de valor, o el tabaco… Bueno, la tía Matilde siempre en sus acertijos ponía trampas para hacerlos más difíciles. Pero ¿Cuál sería la trampa? Al cuarto día ya empezaba a estresarse, no tanto por perder una herencia valiosa, que parecía, sino por no saber resolver el enigma de la tía. Después de tomar el primer sorbo del café, bajo la higuera, cogió la petaca y la abrió por enésima vez y se quedó mirando a lo que parecía tabaco. Por primera vez se le ocurrió una cosa que no había hecho hasta eso momento: acercó la nariz dentro de la petaca. ¡Aquello no olía a tabaco! ¿A qué olía? Acercó la nariz varias veces y ese olor le resultaba conocido. De pronto se le ocurrió pensar en los hábitos de la tía Matilde. Debía ser algo que ella conocía muy bien. ¿Qué sería aquello que parecían hojas secas trituradas, pero que no era tabaco? Pensó en algunas especias de las que tenía la tía en su cocina, que eran muchas… ¿orégano? No. Perejil tampoco, este era rojizo y el perejil es verde oscuro, cuando está seco, ¿salvia?..No, no. El pimiento choricero triturado es rojizo pero no huele así. De pronto cayó en la cuenta: ¡Té! Es té rojo, si claro que sí, huele a té. Vamos a ver si el té es el contenido ¿cual es su continente habitual? Una tetera, un juego de té. …El continente mejor que tengo: sus años son su aprecio… decía la carta de la tía. ¿Cuál es el juego de té mejor que tenía la tía? Recordó que le había enseñado un juego de té chino que tenía en la vitrina del salón. Estaba convencido: ese era el objeto de la herencia y que además decía la tía que era de valor. Llamó al notario y confirmó la solución. Dos meses mas tarde se subastaba en Sotheby’s el juego de té de diez piezas de Tai-Tsu (1390), dinastía Ming. El remate fue de diez millones de euros. ..Tuyos para tu suerte… dijo la tía. Y tenía razón. (Publicado en el diario La Tribuna de Ciudad Real el 27 de junio de 2015).

MIEDO AL ANOCHECER

Tengo miedo que anochezca. La luz del día disipa mis terrores y con ellas aparece todo de nuevo; los colores, vuelven haciendo recobrar los volúmenes de las cosas, dando vida y realidad a lo que antes solo era un sueño; y creo así que no estoy indefenso, conjuro la soledad, y tengo compañía. Desde aquella noche inesperada de mi estancia en el distrito de Lizard, en Cornwall, mi vida no tiene sosiego. Recuerdo el principio de aquel viaje, con las oscuras rocas de  hornblenda y serpentina, la genista y el brezo de Cornwall; y finalmente el mar, un mar grande, potente, con energía titánica, que llega hasta la ensenada, cercana al lugar donde fui a parar.
 No sé, quizá porque estaba escrito así, o porque una fuerza ajena a mí me invitara a ello, llegué hasta un pueblo pequeño, Cadgwith. Es una agrupación de casas hechas con  bloques de serpentina y techos de paja oscura, perteneciente a la parroquia de Ruan Minor. Parece aquél paraje como si estuviera lejos de toda civilización. En uno de los lugares más apartados del país. Tenía la impresión  de que Cornwall, aquel lugar de brillante e inquietante luz, era un lugar oculto del mundo. Esa impresión podría venir posiblemente de la fría humedad, de la presión atmosférica  o quizá de los sombríos días que se avecinaron. Los habitantes viven de la pesca, cuando les deja un mar embravecido que está minando la costa en múltiples cavernas y acantilados, donde hay un enorme pórtico al que llaman “La Sartén del Diablo”. Paseando por allí, un vacío de extraño vértigo empuja a alejarse. En el borde más bajo de la oquedad, cuando  la observaba, vi brillar en el suelo un pequeño objeto. Su dorada luz entre las briznas de la tupida hierba me llamó la atención. Hurgué entre el verde y  cogí lo que parecía ser un medallón metálico. Lo llevé a la casa donde me alojaba, con prisa, aprovechando la luz natural que se perdía por momentos. En la casa de huéspedes, después de una concienzuda limpieza, descubrí que era un escudo de oro de Felipe II, acuñado en Amberes. La barbilla prominente del rey  sobresaliendo por encima de la armadura, junto con su conocido rictus grave no dejaba lugar a dudas. Debería haberme mostrado feliz por el hallazgo pero… presentí todo lo contrario.
La tarde se agotó. Las nubes negras de media tarde se tornaron, agrupándose, en cielo gris oscuro, plomizo, confundido con mar y tierra por una densa bruma que empapó los últimos momentos de luz.  Los graznidos de las aves sonaron estridentes. Al fondo de la ensenada, el amarillo intenso de los líquenes de las rocas mudó a ocre apagado. El mar agitaba su respiración con un bronco rugir de inusitada violencia. Cerré la contraventana y encendí la luz. La dueña, Carreigh,  trajo un caldo antes de dormir: pareció tranquilizarme pero el desasosiego seguía. En pijama y a la luz de la lámpara comencé a leer. Entre las páginas del libro leía un documento sobre la diosa Febris (la Fiebre),  hija de Saturno, que tuvo dos santuarios en Roma. La diosa de la purificación. Tenía yo necesidad de esa purificación por la sensación de decadencia y debilidad. La purificación necesaria para proseguir en paz el  recorrido por la vida. Cerré el libro. Lo dejé plegando sus hojas como si fueran las puertas de una fortaleza: despacio y con convicción. Necesitaba volar por otras latitudes en abiertos paísajes de soleada mañana; abandonar la progresiva congoja que iba invadiendo mi ánimo.  Sin embargo, solo tenía disponible un libro sobre los celtas, lo cogí sin demasiado interés. Por él me enteré que las mujeres llevaban más de quince fíbulas para sujetar el vestido, hechas de bronce; servían al parecer también como talismán. Imaginé ver la figura de una mujer celta, con el pelo trenzado, luchando en la guerra junto a los hombres, y poseyendo sus propios bienes; podía elegir a su compañero con el que vivir en igualdad. Leyendo estas cosas me vino el sueño. El cansancio pudo con la insistente tensión de una oscurecida y preocupante tarde. Apagué la luz.
Un pausado y mareante movimiento sacaba mi cabeza de la oscura habitación. No se entregaba el cuerpo al reposo. Los sentidos se agudizaron en extremo. Parecía estar en vigilia esperando algo que pudiera avecinarse. Los oídos no percibían absoluto silencio. Un zumbido grave invadía la habitación. El tacto de mi cuerpo con las sábanas y la ropa me hizo pensar que la piel se había vuelto muy fina. Los ecos oídos en la tarde de los graznidos de  gaviotas y estorninos permanecían, no sé si en mi mente o en la realidad. Abrí los ojos y me sorprendió ver en el techo el contorno de las vigas de madera. Algo, dentro de aquella habitación, estaba iluminando las sombras con una luz azulada. Incorporándome,  busqué en las rotas tinieblas el origen de aquella luz. Lo vi donde, suponía, debía estar la mesa. Me levanté y anduve por un suelo frío como el hielo hasta que llegué hasta él.  Era un círculo de luz. Me retiré aterrorizado ya que al acercarme vi, en un fogonazo, dos ojos enramados en sangre con una mirada cruel. El chillido de un pájaro que rompía el vuelo me hizo golpear mi corazón ya desbocado. Tropecé con la cama y, a tientas, con las manos temblando, encendí la vela de la palmatoria. La luz azulada fue sofocada por la cálida y parpadeante de la vela. Al acercarme comprobé que era la moneda de Felipe II la que refulgía. La cogí. Nunca debí hacerlo. Súbitamente, una voz ronca, pausada, y con una extraña sonoridad, gritaba, maldecía, con firme expresión: -¡No he recibir más pagas y socorros! -Se oía.- ¡El Rey me prendió,  pues así lo hizo y ejecutó don Diego de Orellana  Chaves! No he de cumplir yo más servicio a Don Pedro de Zubiaure. ¡Nunca más! Me mataron y sin clemencia alguna, no permitieron que viviera ni una hora más. Apuraron mi vida olvidando servicios y padecimientos ofrecidos al Rey otrora.  ¡Mala vida les quede hasta su fin! ¡Yo, Rui Alvez lo digo!
Solté la moneda, que cayó a la tarima rodando. No sabía que hacer. Abrí la ventana y cogiendo la moneda, que me seguía llenando, por su contacto, la cabeza de imágenes de sangre y un enorme sufrimiento; la arrojé con todas mis ganas hasta  donde debía estar la ensenada, oculta por las más negras sombras. Quizá acabaría en el mar.
Desde aquella noche desgraciada, no he podido descansar en sosiego, especialmente cuando llega la oscuridad de la noche. Siempre espero que acudan a mi cabeza las imágenes recurrentes de muerte y sangría, junto con el muy próximo conocimiento del pánico eterno de un hombre sorprendido por los que le mataron; por querer dejar de guerrear; por irse a su casa a intentar vivir. En algunas noches de tempestad, todavía vuelven, apareciendo ante mí, los ojos cargados en sangre que, fijamente, intentan pedir comprensión para su desesperación, a la que no le encuentra fin.

Todas las mañanas, al levantarme, cuando con la luces del día recobro la calma, pienso en mi experiencia en Cadgwith, península de Lizard y pienso si todo aquello fue producto de la fiebre, que me emboscó un día que leía, con un frío que me acuchilló el cuerpo, o una realidad que nunca puedo confesar, por temor a que se dude de mi palabra. (Publicado en el diario La Tribuna de Ciudad Real el 20 de junio de 2015)

20150615

EL AMIGO DE ALBERTE

Alberte Quiroga Nogueira, hijo de Brandán, editor que hizo alguna fortuna durante años y de Carmiña, profesora de primaria, era profesor de Literatura, natural y vecino de Santiago y habitual durante años, en verano, en la playa de Samil en Vigo. Lo que se dice un hombre como tantos. Llegó un momento en que se sintió cansado. Cansado de trabajar sin gran satisfacción; eso lo dijo a Benxamin, confidente y amigo de la infancia; cansado de frustraciones que se le habían acumulado en los últimos años; como su empresa editorial por la asfixia financiera, pese al tiempo que el banco hizo negocio con él; de seguir intentando mejorar la cosas con su militancia política, y cansado de tanta frustración con sus relaciones personales en general. Él, que vivía solo, limitaba su actividad atendiendo a sus dos hijos cuando éstos reparaban en su padre, y a sus aficiones favoritas. Por eso, rompiendo sus hábitos, un buen día, estando paseando por las calles de Santiago y pensando como siempre sobre su vida, se paró, miró a los soportales de la Rúa do Vilar por donde pasaba, como si mirara al mar;  sin ser consciente donde estaba y abstraído con el fluir de sus pensamientos. Así estuvo mirando con los ojos inertes, hasta que le vino a la cabeza una imagen: La plaza de la Ciudad Vieja de Praga. Le parecía ver la Iglesia de Nuestra señora frente al Tyn. Solía ver la exposición del pintor decorativo Alfons Mucha.  Era Alberte muy aficionado a la cartelería de los pintores del siglo XIX y principio del XX.  Le gustaba la escultura del monumento de Jan Hus, con sus figuras tumbadas y las que levantaban los documentos que fueron la prueba de la reforma protestante que él defendió. Alberte recordó las anotaciones para sus escritos con todo cuanto veía: las tenía  en cuenta cuando escribía. Se acordó de las cervezas que se tomaba en la cervecería Kolkovna. Cuando llegaba a sus puertas verdes, le gustaba pararse para recordar sus días con su amiga Mirka, la hija del profesor Janik Svoboda; que trabajaba en París, terminaban siempre allí a tomar cervezas y hablar. Echaba de menos sus conversaciones sobre música de lo que Mirka era una experta… Estaba pensando en estas cosas, cuando volvió a su realidad, allí en los soportales de la Rúa do Vilar. Siguió paseando y, un poco más tarde, se le vio pasar a un establecimiento de loterías. Echó a la Primitiva y a Euromillones, que fue la que le dio la fortuna la semana siguiente. Con una cuenta corriente llena de dinero, rompiendo las costuras de su capacidad de gasto, que era bien corta por su costumbre de ahorrar, decidió cerrar con llave su piso en Santiago y largarse a Praga. Pronto descubrió que no hay cosa más evidente que la condición de un nuevo rico. Debía ser por la cara que debía poner, ausente de preocupación por el precio, o la ropa de excelente calidad de la que se había aficionado pronto, que deslumbraba con su lustre y prestancia. El caso es que comprobó igualmente que el trato que se le daba era muy otro del de antes de su fortuna. No era ni mejor, que era lo que cabria esperar según él, ni peor, porque llegó a la conclusión de que era consecuencia de la educación, que nunca le faltó, no, era  solo distinto. En los aeropuertos que paró disfrutaba de su nueva aventura: la vuelta a Praga.
Miró más de una vez a sus billetes de avión y la reserva del Hotel. Estudiaba de manera intensiva con un librico que compró para aprender checo en lenguaje coloquial que le hacía parecer un opositor rezando en la cafetería del Aeropuerto Internacional de Santiago, antes Lavacolla, o en el de Barajas en Madrid.  Llevaba bien prieta la cartera de piel, con un buen fajo de papeles con la información de los pisos que había visto en las inmobiliarias de Praga. Tres días más tarde estaba pasando el umbral de uno de ellos: una buhardilla en la calle Nerudova, cerca de la Iglesia de san Nicolás. Otros tres días más y ya tenía todos los servicios que le hacía falta, entre ellos, internet. Para tranquilidad de sus hijos todos los días, a la caída de la tarde, hablaba con ellos con el Skipe y veía sus caras, dato fundamental para saber si estaban bien o no; y al séptimo día, después de cenar en el centro, se recogió en su piso y tras ver unas películas se quedó dormido en el sofá. Eran las dos y media de la madrugada cuando se despertó con un ruido que venía de la cocina. Fue a ver que era y no vio nada, creyó que había dado un golpe la puerta del armario bajo, donde guardaba las cosas de la limpieza, posiblemente por el aire. ¿Por el aire? ¿Qué aire? Estaban todas las ventanas cerradas. Pero... ¿de donde salían las rachas de aire frío que venían de vez en cuando? Que cosa mas rara, pensó. Con el cansancio que tenía, bebió un vaso de agua y se fue a la cama. Le costó desvestirse, se enredaba con la ropa una y otra vez. Pensó que estaba demasiado dormido y no acertaba. Cuando se vio tumbado y arropado en la cama, respiró profundamente y apagó la luz. Nunca debió hacerlo. Un ruido chirriante, penetrante empezó a oír cada vez más fuerte: ¡Chirrrisss! ¡chirrrisss! chirrrisss, chirrrisss… Se incorporó súbitamente y encendió la luz. No había nada. Sin embargo un golpe de aire helado le dio en la cara. Tan fuerte que le torció tanto el cuello que le dolió mucho el golpe. Sin pensarlo mucho, y sin saber porqué, dio un grito fuerte diciendo: - ¡Quien esta ahí! Al momento el aire desapareció. El piso volvió al silencio de la noche y parecía tranquilo. Una hora después, cuando se le pasó el susto, y por el cansancio, se durmió.
El martes siguiente al incidente nocturno, a las cinco de la mañana, volvió a ocurrir lo mismo, el ruido chirriante, el golpe de aire helado en la cara, torciéndole el cuello y el abandono de aquella fuerza y aire frío cuando él dio una voz preguntando lo mismo que la otra vez:- ¡Quién esta ahí! No sabía que estaba ocurriendo, intuía que podía ser un espíritu que le estaba asustando por alguna causa, pero lo cierto es que no podía asegurar, no sabía, qué pudiera ser y porqué ocurría. Su capacidad de aguante se estaba mermando y no estaba tranquilo, por lo que no podía descansar lo necesario. Alberte seguía con su vida habitual, con sus hábitos recién adquiridos: ir al centro, desayunar en la Kavàrna Slavia (Cafetería Slavia) donde leía los periódicos con el portátil, y luego visitar alguno de los museos o palacios de la ciudad o, simplemente, conocer su variada arquitectura. Empezaba a habituarse a los sucesos nocturnos, cuando un domingo que se acostó más tarde, después de haber quedado y cenado con su amiga Mirka en el centro, a las cuatro de la mañana, volvió a ocurrir lo mismo de otras veces pero esta vez mucho más fuerte. Llegó el momento en el que él, entre asustado y cabreado dijo, esta vez mucho más fuerte: ¡QUIÉN ESTA AHIIII!? Una voz conocida, pero con debilidad en su tono, le contestó: -Soy Bieto, tu compañero del trabajo, quiero que me devuelvas el dinero que te presté, trece mil pesetas, y que no se si es que no te acuerdas o que te haces el loco y, pese a que tienes dinero, no lo quieres devolver. ¡Devuélvemelo! – ¡Cojones Bieto! ¿Y para eso te has venido hasta Praga? cuando ni siquiera te lo puedo devolver, porque, no se si te has dado cuenta, pero… ¡estas muerto, joder! ¿Cómo quieres que te lo devuelva? – Pues… en misas… para que tenga mejor suerte, ¡en misas! – Joder Bieto, sabía que eras un meapilas, pero llegar e esto…tiene mérito.

 Alberte, lo gastó en misas y Bieto no le volvió a molestar. 
(Publicado el diario La Tribuna de Ciudad Real el 13 de junio de 2015)

AIDEN



1. A seis días del comienzo del verano, en el año de 1215 hubo mucho movimiento de tropas y gente que llenaban los caminos. Venían de Londres, otros, por las demas rutas, llegaban a Runnymede  en costante trasiego de hombres, muchos de ellos con armas, que confluian hasta la explanada cerca del bosque. Precisamente allí es donde, en el bosque, encontré escondido entre macizos de helechos a Aiden. Era un hombrecillo de no más de dos cuartas que pese a su escaso tamaño no mostraba temor alguno cuando me vió. Antes bien parecía tranquilo y  con sus ojos negros muy brillantes fijados en los míos, hizo ver que quería ser sincero conmigo. Comprendí que lo que dijo no era necedad, ni fantasía sino que llevaba una gran verdad. Por lo que decía la gente y las noticias que se iban diciendo llegué a pensar que pudiera haber peligro si me quedaba allí. Era una mañana blanca de luz, Eiden me dijo, mientras cogia musgo para el arreglo de su hueco en la copa del árbol, que no importa cambiar para progresar o para tomar la vida de otra forma, lo importante, decía, es no olvidar quien eres y cómo eres. Eso me dejó perplejo, pues esperaba que diera explicación a cuanto estaba pasando, pero no fue así, me quedé pensando en sus palabras mientras él parecía estar absorto en su ocupación,  pero, cuando menos lo esperaba y deshaciendo mis dudas sobre si me prestaba atención, después de un tiempo dijo: - No temas John,  aunque va a venir el rey, habrá de resolverse todo conforme a lo que espera el pueblo, los nobles y el clero. Lo va a rubricar con su sello y eso va a generar tranquilidad a muchos, durante un tiempo. El necesario para que tú marches a Francia, hasta aquel lugar en el que te dejen vivir tranquilo. – Pero Aiden, ¿No hay manera de influir para que se vayan cumpliendo los compromisos? – Mira John, yo no soy nadie importante, ni tengo poder alguno para enderezar lo que los hombres vayan a hacer. Solo sé antes de que ocurran lo que va a ocurrir, me da mano para ayudar a algunos que tienen buena disposición, como lo eres tú. Hazme caso y estarás tranquilo.
Llegó el rey, como anticipó Aiden y en la gran reunión de la explanada, con caballeros con sus tropas, clérigos y mucha gente del pueblo llano, se comprometió a la firma y sellado de normas para dar más libertad al pueblo y garantías para vivir en mayor tranquilidad y fortuna. Fue llamada la Carta Magna, pues grande fue. Sellado el compromiso, inmediatamente, me fui a Francia. El rey terminó por romper su compromiso.
2. El martes 14 de julio de 1789, Jean Applincourt se despertó muy temprano: fueron las voces de los vecinos los que le alertaron de que algo estaba ocurriendo. Desde el domingo habia corrido la voz de que habían destituido al ministro de Finanzas, Necker. Todos decían que los más contrarios a la Asamblea nacional estaban cogiendo el poder y se preveía una represión inmediata. Jean salió de Ivry-sur-Seine poco después de las nueve, tenía que traer de París un carro de lodos para su tierra. Se había presentado en abril la reclamación del Consejo Municipal por el excesivo coste de estos lodos, paro aún no se había dado solución a ello.
Cuando iba por el camino, paró a descansar a la sombra de un castaño cerca de la ribera del río. Tomando un poco de queso con pan, le llamó alguien la atención chistando desde un cañaveral cercano. Se acercó y vió a un hombrecillo de no más de dos cuartas que con sus ojos negros brillantes le miraba con mucha atención y le llamaba moviendo el dedo índice para que se acercara. En el breve espacio de tiempo que empleó en acercarse, recordó el manuscrito de la familia con la vieja historia que contaba  un antepasado inglés al que se le apareció un hobrecillo igual y le había dicho que se viniera para Francia. Nada más llegar hasta él, le dijo: -Soy Aiden, esta tarde va a haber una revuelta en París, tienes dos opciones, ir y participar, para lo que nadie te puede garantizar que sobrevivas, o irte de París a tiempo y quedarte en tu casa de Ivry. Si haces lo primero, y sobrevives, puedes tener el reconocimiento de la Asamblea Nacional que ha de tomar mayor fuerza a partir de hoy. Si haces lo segundo, nadie te va a garantizar que sobrevivas y te costará sacar renta suficiente para tu familia. Elige y recuerda: no importa cambiar para progresar o para tomar la vida de otra forma, lo importante es no olvidar quien eres y como eres.
Cuando iba a preguntarle de donde venía y si podía hacer algo por él, vió como se escondía en el cañaveral y al ir a buscarlo no lo encontró. No se oyó ruido alguno, parecía como si se hubiera esfumado. Llegó a París a dos horas antes del mediodía y a tiempo para cargar los lodos para el abono de su tierra.
En la cantina donde estuvo almorzando a las once se enteró de lo que había dicho Camille Desmoulins, conocido francmasón de la logia de las Nueve Hermanas ante una gran muchedumbre, subido a una mesa y con una pistola en la mano pidiendo, que antes de que masacraran al pueblo, había que tomar las armas. Dijeron que a las diez de la mañana habían cogido del Hötel des Inválides mosquetes, cañones y morteros. Las municiones habían de tomarlas de La Bastilla. Sin saber cómo, y recordando las palabras de Aiden, se le vió a las once treinta con una gran muchedumbre armada frente a la puerta de La Bastilla con un mosquete en la mano. Varias negociaciones se hicieron con el alcaide de la prisión, todas infructuosas. No se sabe muy bien quién disparó primero, pero se inició fuego cruzado. Los atacantes dispararon con los cañones cogidos en Des Inválides contra el puente levadizo y las puertas. El alcaide  Launay al ver cien muertos por el fuego iniciado capituló a las cinco de la tarde. Rindió la plaza al comprender que sus tropas no podían resistir mucho más tiempo en esa situación y abrieron las puertas del patio interior. Los atacantes tomaron la fortaleza hacia las cinco y media. Liberaron a los siete prisioneros encarcelados allí y se apoderaron de la pólvora y la munición. Él fue el que le quitó el gorro y el sable al alcaide, que le sirvió para acreditar que estuvo alli, en el momento que se tomaba el emblema de la represión sobre el pueblo y empezó la Revolución. Pudo vivir muchos años con prosperidad y familia.

3. La advertencia de Aiden se volvió a repetir muchos,  muchos años después, cuando se le apareció a Juan Applincourt, catedratico de Metereología Aplicada, experto en Modelización numérica. Eran las seis de la tarde del domingo 15 de junio de 2003. Estaba dando un paseo con su hijo de cuatro años, Andrés, por el Retiro madrileño y entre dos macizos de hortensias apareció Aiden. Esta vez además le indicó que el clima iba a cambiar drásticamente, que siguiera la evolución del Ártico. Dos días depués fue al psiquiatra a ver si estaba teniendo alucinaciones y podría estar con alguna patología. Le mandó unos ansiolíticos. Dos días más tarde el psiquiatra fue a Picos de Europa de vacaciones y se le apareció Aiden que le dio un buen repaso advirtiéndole que su ciencia era muy escasa y él, temerario por descartar lo que desconoce. Dejó la Psiquiatría. 
(Publicado el el diario La Tribuna de Ciudad Real el 6 de junio de 2015)

EL SUEÑO DE GAWEN


Se removió Gawen bajo el edredón de plumas y a tientas intentó coger el vaso de la mesita de noche. Aun no había amanecido, la claridad empezaba a sentirse encima del camino de Lindsaig. Se incorporó y bebió unos tragos del agua helada del vaso. Después de restregarse la cara con las manos se levantó de un salto. Se aseó y encendió la lumbre de la cocina; cuando sus hierros empezaron a desprender su calor, acercó el cacillo para calentar la leche. Al lado fue friendo un huevo con la grasa de las dos lonchas de bacon. La radio empezó pronto a dar las noticias del frente. Miró al aparador, aun estaban las cartas por las que le denegaron el alistamiento: problemas con la vista, decían. Para abrirle la cabeza a alguien no hace falta mucha vista y sí poco cerebro, pensó. Una hora más tarde estaba en el acantilado cogiendo huevos de frailecillos. La cubierta vegetal verdeaba con su color quemado por el frío. Las provisiones llegaban cada vez más tarde. Cogió malvas para la comida, y guardaría algunas para los ungüentos. Cuando sonó el segundo estampido de su carabina Sten, no solo cayó una perdiz roja, sino que oyó como le llamaban de lejos. Miró y era una chica. Cuando se acercó vio que era atractiva, morena, de unos treinta y seis años. – ¿Eres Gawen? –Dijo ofreciéndole la mano. Él se limitó a afirmar con la cabeza y  se la estrechó; le dio pie a ella para seguir presentándose.- Soy Robina, Robina Mac Angus. Estoy con mi tía, en su casa, en Lindsaig. Me dijo que eres el único vecino por estos parajes. Yo vivo con mis padres en Glasgow, pero están asustados por los bombardeos  y me han mandado aquí con tía Lilias. ¿Te importa que me quede contigo? Me ha dicho mi tía que me podías enseñar esta comarca. Quizá te pueda  ayudar a recoger provisiones y así me enseñas; podría coger para nosotras, ¿te parece bien? Si hace falta me traigo una carabina que tiene ella. – No chica, no es necesario, con esta tenemos bastante, si se me acaban las municiones, otro día te traes tu. – De acuerdo. – ¿Has estudiado algo? ¿Trabajas? Con estas preguntas Gawen empezó a hacerse un poco la idea de quien y cómo era la chica. Poco después ya sabían los dos, más o menos, todas sus vidas. Se sentaron en una roca cerca del acantilado, mientras la  fría brisa fuerte de aquél día movía el pelo de Robina y las alas del sombrero de piel de él. Miraban hacia el mar, seguían hablando y poco a poco, se encontraron totalmente indefensos ante las preguntas del otro que cada vez eran más personales. - Me caes bien Gawen. Tienes una mirada limpia y tu voz es la de una persona sensible y sincera. Me siento fatal con esta locura de guerra, procuro que mis padres y mi tía no se den cuenta de mi preocupación. Robina miraba al horizonte y cada frase la dejaba salir seguida con una larga pausa. -Llegado a este término solo quiero alcanzar  mis pequeñas metas: vivir tranquila, leer, oír música y seguir con el ensayo que había empezado sobre la enuresis  infantil. Ahora tengo más difícil consultar literatura médica, pero de vez en cuando me acercaré a Glasgow a la biblioteca.
Dos semanas después, los dos parecía que no podían vivir el uno sin el otro. Mas tarde, a él le militarizaron y tenía que hacer informes, con la radio, de las naves y aviones que pudiera avistar desde la costa. Pesa a todas las dificultades vivían felices ajenos a todo el mundo.
Una tarde de junio de 1949, cuando ya había terminado la guerra,  estaba ella leyendo en la misma roca de la costa, donde se sentaron la primera vez juntos, él terminaba de coger plantas para provisiones y medicinales, así como otras para alimentar los animales de su pequeño corral; se acercó Gawen por detrás y le dio un suave beso en el cogote. - ¿Que lees? – “Muerte de un viajante”  de Arthur Miller. Es una obra de teatro en la que cuenta las miserias de un viajante  al que todo le va mal, solo tiene un orgullo, una caña de pescar muy especial, exclusiva, que le había dado su padre, como su gran tesoro: como aquella no la tenía nadie. Es una emocionante historia de la sensibilidad humana en la que trasciende  como extraordinario la posesión de algo exclusivo, lo que para otros tiene poco valor. – Eso, me recuerda el tesoro que tengo en casa que me dio mi padre. Luego te lo enseño. – No, luego no, ahora ¡vamos!
 Al llegar a la casa de Gawen, este bajó de arriba de un armario una caja de cartón que puso sobre la mesa, la abrió y Robina se quedó mirando su contenido, al momento le miró varias veces y luego le dijo: - ¿Es una gaita? – Si, pero una muy especial, es una gaita romana del siglo XVII; es decir, una gaita como la hacían los romanos pero hecha aquí, en ese tiempo. -Mientras esto decía la iba sacando con cuidado y la piel con la que estaba hecha parecía estar en buenas condiciones, suave. No solo eso, sino que se la puso en posición y al momento estaba tocando  Scotland The Brave. (Escocia valiente) Cuando terminó la miró con los ojos brillantes, como cogido por una gran emoción y se puso a tocar The Brown Haired Maiden. (La doncella del pelo marrón). Terminó y ella le miró sonriendo. – Tú eres mi doncella del pelo castaño.- Le dijo. Ella le abrazó.
Dos semanas más tardes ella se fue a Glasgow a trabajar en la Facultad de Medicina. Sus padres se oponían a que siguiera con Gawen: solo tenía el trabajo que le dejaron del ejército para medir la meteorología. Él, después de pensar  que no podía vivir sin ella, la siguió la semana siguiente; salió de su casa de Fearnoch y llegó a Glasgow a un piso que le cedió el hermano de su abuelo, Gais Mac Coinich. Fue hasta la Facultad para verla; no pudo hablar con ella, solo la vio a través del cristal de la puerta de la clase donde estaba, le sonrió y le mando un beso con la mano e hizo un gesto haciendo rotar el índice como que quería verle después. Pasaron los días y ella tardó en llamarle.

Robina, a la tercera semana después recibió la visita de un abogado; traía el testamento de Gawen. Le dejaba a ella todos sus bienes.  Le entregó la caja con la gaita romana y una carta. Un infarto acabó con él. En la carta había unas palabras de Shakespere en el que había subrayado algunos versos cuando Romeo decía: … En mi favor está el manto de la noche, que me sustrae de su vista; y con tal de que me ames, poco me importa que me hallen en este sitio. Vale más que mi vida sea victima de un odio que el que se retarde la muerte sin tu amor. A veces, demorarse es perder.
(Publicado el el diario La Tribuna de Ciudad Real el 30 de mayo de 2015)

PRIMERA PLANA EN ROJO

En el taco del calendario de la Redacción, que se podía ver desde el pasillo, la hoja decía: día, 24 de mayo, jueves; más arriba en números: 1956; el Corazón de Jesús en el cartón del taco tenía la mirada perdida, como si estuviera en otras cosas. Pasó Julio de Sosa, con el cigarro pendiente del labio, a la sala donde aún no habían llegado los compañeros. Las cinco de la tarde. El sol proyectaba un foco trapezoidal sobre el suelo donde las baldosas enseñaban los dibujos geométricos de su cenefa, las del centro de la sala apenas se veían con el fuerte claroscuro que el sol imponía. Se sentó derrengado en el sillón de su mesa. El sopor de la digestión de unas alubias le estaba abotargando aún y la soñarrera era evidente. Buscó entre sus papeles y al momento estaba escribiendo en su máquina Underwood, El sonido uniforme del teclado no tardó en agravar el sueño que le estaba invadiendo. Paró un momento, se restregó la cara con las manos y echó la cabeza para atrás. Se quedó pensativo y, al momento, miró hacia la ventana; se fue hasta ella; la abrió y una brisa fresca empezó a entrar a la sala de Redacción, con ella, el fragante aroma de un cinamomo que debía estar no muy lejos. Oyó Julio que en el piso de abajo abrían la puerta principal del Diario, alguien venía hablando con otro, oyó las pisadas subiendo la escalera y al momento se despejó la incógnita: eran Luis y Suso que se incorporaban al trabajo. Mientras se acercaba él a la bombona del agua, junto al perchero, se saludaron levantado las manos y los tres, al minuto después, como autómatas,  empezaron a escribir en sus máquinas. – ¡Suso!- dijo Julio- ¿Estuviste tú el otro día en la feria del pueblo? Dicen que hubo gresca con el Gobernador ¿Siii? – Hombre, gresca, gresca, lo que se dice gresca no, pero sí hubo un pique del señorito con las palabras del cura. Aprovechó la ocasión para soltar que los dineros del arreglo de la Iglesia aun no habían ido al pueblo. Y lo peor es que sacó lo de los cuartos del arreglo de la carretera, por donde no pasa ni la Santa Compaña, pero es donde está la casa de campo del Presidente. Cuando lo oyó él se removió con bastante cabreo y se largó de la Iglesia. El gobernador se fue luego sin despedirse del cura y parece ser que no le van a dar un duro. – Jodeee, pues ya la ha liado es señor cura.-Dijo Julio - ¡Nooo que va!, - replicó Suso- eso lo arregla el obispo en un pis pas. Luis que estaba oyéndolos atento se salió del tema, cogiendo al vuelo la ultima frase de su compañero. – Quien me la ha liado bien es un gilipollas que me sacó de la carretera, ayer al atardecer; por la carretera del pantano de Proserpina viniendo para acá: un imbécil, en dirección contraria, con un Panhard verde claro, a poco me embiste; tuve que dar un volantazo y me salí de la carretera. Aun me dura el susto. – Julio, se le encaró escéptico y le dijo: -¿Como sabias que era un Panhard? Aquí no hay de esos. – Los conozco, los padres de la novia que tuve en Burdeos tenían uno igual.
Seguían escribiendo sus crónicas y noticias del periódico del día siguiente, cuando de improviso el teletipo se puso en marcha, los tres pararon, se miraron, y el más nervioso, Julio, se levantó como un resorte y se fue hasta él. El telex, escupía su papel a golpe de sus anotaciones como  ametralladora.  Agarró el sifón de la mesa y se sirvió un chorreón con ginebra en uno de los vasos que esperaban boca abajo. Leía mientras se echaba la bebida y su cara se fue cambiando de inexpresiva a de excesiva atención. Acercó la cabeza para leer mejor. – ¿Que dice? Le interrogó Luis con cara de no disimular su curiosidad. Julio levantó la mano sin decir nada pero entendieron que les hacía callar; que esperaran. El telex paró y él arrancó el texto. Se puso a leerlo con detenimiento. Miró a los dos, todo excitado, se atropellaba con las palabras: - Ve… venga chicos tenemos materia para unos cu …cuantos días. Jodé, jodé, jodé, ¡han matado a un diputado en su casa!; ¿has traído el coche Suso? – Sí, está abajo. Llama al director, Luis y dile que vamos a coger información en la casa del diputado, en la policía y en la Morgue. Dejad todo, ya vendremos para terminar lo demás más tarde.
Bajaron las escaleras  saltando los escalones de dos en dos y en unos minutos estaban de camino para sus destinos. Llegaron a la Comisaría; les dijeron que había muerto un diputado provincial, un escopetazo de caza en el vientre. Habían usado un cojin para silenciar el disparo... Resultó ser Claudio, amigo de estudios de Luis. Fueron a su casa y luego de dar el pésame a sus padres, que no sabían nada de que tuviera enemigos su hijo, ni que estuviera en problemas económicos. Se despidieron y fueron a la Morgue. Julio se encargó de hacer las fotos del muerto, cubierto con una sábana manchada en sangre, con la Kodak de la Redacción.
Cuando volvieron al periódico iban haciendo cábalas sobre el incidente. Julio, que le gustaba hacer de detective cuando había cualquier enigma, se puso a especular. – Vamos a ver, si damos por bueno lo que dicen los viejos del muerto, habría que descartar un asesinato por venganza o por asuntos políticos, y también por motivos económicos, así que nos queda el móvil pasional. – Joder Julio, -dijo Luis- deja de hacer de policía, que para eso ya están ellos. Además Claudio era un tío muy corto con las mujeres y algo tímido. Que yo sepa no salía con nadie. Se pasaba últimamente sus ratos libres viajando. – No te fíes de los cortos; bueno vale, pero en estas cosas de los asesinatos, los móviles son los que son, basta con descartar todos menos el último que será el que conduzca al asesino.
Volvieron a la redacción y el Director repartió el trabajo. Al día siguiente salía el camión de reparto con los periódicos, en la primera plana figuraba la foto de la Morgue que hizo Julio, aunque era en blanco y negro, la mancha de sangre se definía claramente y se comía la página, diríase que la mancha en negro y gris de la sangre, se grababa en la mente de lector en rojo.
Al día siguiente sonó el teléfono de la Redacción cuando, como siempre y puntual, estaba Julio solo. - ¿Si? Si es la redacción, soy Julio, señor Comisario. Si. Ya, ya…. No si yo había pensado en eso. Descartando enemigos conocidos, motivos económicos… solo queda el pasional ¿no? Si…si… ¿A Burdeos? Si parece ser que viajaba bastante, según sé. Pues mire, busque un coche Panhard verde claro, la otra noche se le vio circular a toda velocidad por Proserpina. Ese coche es raro aquí. Es francés. Si, si. De nada.

Dos días después detenían al padre de la antigua novia de Luis, que se había cargado al diputado. Había violado a su hija, luego de acosarla durante meses. No hizo falta mucho más para coger al pájaro.
(Publicado en el diario La Tribua de Ciudad Real el 23 de mayo de 2015)

EL HERRERO

En junio de 1863, la herrería junto a río tomó otra cara después de una visita. Más o menos esto es lo que pasó, y así lo contó en un librico, un testigo de aquello: Las breves aguas del arroyo Linares son las que dan sonoridad a la ribera donde está la herrería. Peio, hijo de Carlos Maturana y de Dolores Sánchez, hombre taciturno y callado, llegó hasta la herrería  como todos los días, a las ocho y media de la mañana, apoyado en su vara de avellano, despacio, sin prisa alguna conocida, pues nadie le había visto en la situación de apremiarse por algo; y por ello, según dijo a Cirilo, su amigo de la mili, se debía la tranquilidad de oir a los pájaros, cuyo canto creía conocer uno por uno, incluso el porqué lo hacían, observando su ir y venir. La herrería, es pequeña, una habitación de tres por cuatro metros, donde se oye el Linares rumorear sus aguas con claridad meridiana y el ventanuco abierto;  construcción popular con gruesos muros de piedra unidos con argamasa y una cubierta de teja árabe de líneas sin mucha recta, pero sin dejar entrar gota. Fuera, apilada la leña de brezo, y dentro, dos sacos de antracita, todo el combustible para el fuego de forja. Mas unos utensilios de hierro fuera de uso y falta de espacio, esperando a darles forma.
El martes 3 de junio de aquel año, 1863, llegó a caballo un caballero, que se plantó junto a la puerta. Desde lo alto del caballo, algo altivo, le dijo al herrero: -Buenos días mozo, ¿puedes atenderme?  Tuvo que repetir sus palabras pues estaba en ese momento Peio dando vueltas la piedra de amolar sacando filo a una guadaña que le había dejado Jonás, el hijo del sacristán que la precisaba para segar el prado. Con el ruido de la muela no lo oyó la primera vez; la segunda, habiendo alzado la voz el caballero y él haciendo pausa en su trabajo, miró hacia la puerta y dijo: -Ya vooy. Buenos días. – Mire mozo, me han dicho en Sangüesa que no hay mejor herrero que usted para calzar los caballos. Tengo un cuidado exquisito en que mis caballos esten bien calzados, porque un caballo con los cascos buenos nunca fallan y llegan donde quieren, así que he vengo, aprovechando una visita que debía hacer a mis tierras en este valle y quiero que me atiendas. – Bueno, pues si lo tiene a bien bajar del animal,  le hecho un ojo a los cascos y ya le digo. Callado, con el mandil de cuero dando aire a su andar, se fue hasta el caballo y cuando hubo bajado el jinete, agarró una por una, doblándolas, las patas entre sus piernas y después de limpiar los cascos, dejo de mirar y dijo: - Mire usted señor, este caballo ha estado algo descuidado, tiene las herraduras descolocadas y sin haber saneado antes la uña. Cuando usted quiera se le hace una limpieza y se le colocan las piezas en su lugar sin dañar al animal. –Bien, espero a que vengan a por mí dentro de un rato, lo dejo y esta tarde lo recogeré. ¿Estará? – A media tarde, señor. Tengo que terminar unos llavines que me encargaron ayer y no debo retrasarlos. – De acuerdo, pues a media tarde. Hasta pronto.
Peio se puso a trabajar con los llavines que ya tenía desbravados y a medio día solo le quedaba uno. Se fué a comer a casa, subiendo por la cuesta de la Iglesia y en unos minutos estaba dando cuenta de un cocido con dos pichones calientes que había dejado cociendo en fuego lento toda la mañana. En su casa, entraba poca gente, contada, y eso era una de las cosas que guardaba con gran rigor, no quería que su intimidad fuera quebrada por nadie.

Cumplidas las tres de la tarde estaba ya, al pie del arroyo Linares, junto a la herrería, tomándose unas bayas del monte que recogió la tarde del domingo y guardadas en un frasco con un almibar de vino tinto. Terminadas la bayas, se fue al trabajo y a media tarde había terminado el llavín que le faltaba y herrando el caballo del visitante. En eso estaba, acabando con la tercera, cuando oyó los cascos de un caballo y al momento lo vio llegar a la puerta. Salió; el jinete que no conocía, se dirigió a él con estas palabras: -Me manda el señor Marqués que quedó con usted para herrar al caballo, ¿lo tiene? – No, aún no, me falta la otra pata. El herrero, previendo problemas en el futuro, puesto  que era prudente pero no tonto, le sacó de inmediato la identificación completa del Marqués a aquél hombre que venía con el encargo, y de cuyo nombre y apellido no viene al caso,   –Bueno, pues yo se lo digo al amo, creo que vendrá a por él más tarde. Hasta luego. No tardó mucho Peio en acabar con el herraje del animal, así que siguió trabajando con unas tenazas que le había encargado el cura. Estaba declinando la tarde, y las sombras de la montaña se alargaban por todo el valle; cuando Peio estaba apagando el fuego y colocando las herramientas en su sitio llegó el Marqués. Luego de los saludos, vió el arreglo del caballo y quedó muy contento con el calzado. – Bueno ya me dirá cuanto le debo y si sería posible que viniera a Sangüesa unos días a arreglarme los caballos que tengo allí. Podría tener más clientes y sacar un buen dinero con ello. Peio, le miró a los ojos y, después de una pausa pensando, dijo entre dientes: Tempo forse verrà chàle ruine, delle italiche moli, insultino gli armenti… (Traducido es: Tiempo tal vez vendrá en que ultrajen los rebaños las ruinas de las itálicas moles…)  El marqués, se quedó estupefacto, no se si pensativo, sorprendido, sin saber si estaba siendo injuriado, asombrado o intrigado con las palabras en voz baja oidas pero nítidamente entendidas. Después de un momento de estudiar al herrero,  medio sonriendo solo pudo articular como quien desentraña una adivinanza:- ¡Petrarca! Peio, que se puso algo rojo por comprobar que su cita había sido tomada en serio, sonriendo también, contestó: No, ¡Giacomo Leopardi, Canto primero, “A un vincitore nel pallone”. Se quedó sin palabras el Marqués, y se preguntaba como aquél humilde herrero podía tener conocimiento de un autor de poesía italiana del principio de  siglo y citar unos versos suyos aplicándolos a una conversación corriente. ¿Quién era este buen hombre? Al momento, le preguntó todo esto al propìo herrero, que se presentó. – Soy Peio Maturana, estudié Letras en la Complutense de Madrid. Mi padre era abogado y mi madre profesora de piano. Tuvimos mala suerte con los negocios de mi abuelo y la ruina nos visitó para quedarse. Cuando murió mi madre, luego de hacerlo mi padre angustiado por su suerte y la cruel persecución del resto de la familia, que hizo más de lobos que de parientes, vine a la casa de mi abuela y aprendí este oficio, que me da para vivir en paz y para comprame los libros, de los que voy conociendo en mis viajes a Pamplona y ahora, vivo solo y feliz. Créame, no quiero hacerme rico, solo vivir en paz y disfrutar de la naturaleza. Se dieron la mano y Peio le invitó a su casa a tomar unas copas de Pacharán, que aceptó encantado el visitante. Allí el herrero le enseñó la habitación más grande que tenía la casa de su abuela: una enorme biblioteca desde donde Peio, salía a visitar el mundo. No fue nunca a Sangüesa a ver sus caballos, ellos fueron hasta su herrería.
(Publicado en el diario La Tribuna de Ciudad Real el 16 de mayo de 2015).

20150514

LA DESAPARICIÓN DEL DIDEROT



Por la puerta de atrás, la que daba al huerto, salió Dionisio Iribarren, conocido en Ustaize como “el Diderot”, el hijo de Asunción Sodupe, el sábado 5 de octubre, a la caída de la tarde. Luego de despedirse de su madre, secarle las lágrimas, abrazarla y besarla, pasó bajo el cascabillo viejo, junto al pilón del agua y se dirigió a la montaña con el único equipaje del macuto que se trajo de su servicio militar. En él estaban grabadas las letras n m u a c p, que, como había confesado a su madre cuando se las bordó, significaban: “nunca más usaré armas contra prójimos”. En su cabeza tenía bien guardado su destino: el lugar oculto donde ya se había escondido su padre durante la Guerra de la Independencia. Dionisio estudió secundaria en Estella, y luego se fue a Francia a para licenciarse en Literatura y graduarse en Música, que le habían servido para dar clases en la escuela en Pamplona hasta ese mismo mes de octubre que,  leyendo las noticias que llegaban, se reunió en su pueblo, Ustaize, con su madre. Sabía que su republicanismo militante en Francia, no confesado en Navarra, terminaría por ser un grave peligro para él. Por mucho que ejercía el disimulo, al no implicarse en conversaciones, reuniones, y acciones que pretendían hacer valer las aspiraciones de Carlos Maria Isidro de Borbón, hermano del difunto rey Fernando VII, lo tenían bajo sospecha allí donde estuviera, fuera Pamplona o en el pueblo.
El día anterior, viernes, estuvo hablando con su amigo Clemente Izal y su hermana Blanca, al pie de la huerta en la ribera del río Salazar y, mirando valle arriba, ensombrecido por los grandes nubarrones, previos a una enorme tormenta que descargaría por la noche, le dijeron que habían oído que buscaban gente para el ejercito que se estaba organizando para el levantamiento contra la regente Maria Cristina y su hija Isabel. Blanca no decía nada, solo le miraba con cara de preocupación, especialmente cuando su hermano advirtió a Dionisio que habían levantado acusaciones contra él por liberal. Sabía que los hombres de Zumalacárregui eran especialmente crueles con todo aquél que llevara el sambenito de liberal. Su vida podía peligrar. Nunca le había dicho nada a Dionisio, y ella era más bien una chica poco dada a expresar sus sentimientos, fueran los que fueran, por eso, se limitaba a mirarle, como si no hubiera nadie más en el mundo, y a decirle siempre que tenía ocasión: - Cuídate mucho por favor. Esta tarde se lo dijo, no una, sino varias veces. La última con los ojos brillando con las lágrimas que empezaban a asomar.
Pensaba en estas cosas Dionisio mientras subía por la cuenca del arroyo entre las montañas de San Andrés y Zagatapia, y al pensar en los dos amigos, reparó en ese momento en que iba a sentir mucho no poder ver a Blanca. Le emocionó mirarla a los ojos prontos a llorar cuando se despidió de ella.  – Mejor no hacerse ilusiones. Pensó, considerando la vida que le esperaba escondido en el monte. Llegó hasta el escondido refugio en la falda del Fornácillo; caía la noche. La naturaleza fue generosa con él, pese a la escasa luz que quedaba por la avanzada anochecida, llegó hasta el gran macizo de boj dispuesto entre sus arbustos en forma de laberinto; se introdujo en él a la cuarta revuelta, con las ramas abrazándole y perfumándole hasta que apareció la entrada. Su abuelo había hecho una borda para el ganado con algo de tejado, una fachada de piedra, donde hizo puerta, practicable por mitad, para ventilación y ventana en la parte superior donde se encontraba el catre para dormir. Dentro se aprovechaba una cueva en la que, por la parte superior del fondo, subía una grieta natural en la roca, que ventilaba muy arriba del monte, sirviendo de chimenea para el fuego de la pequeña cocinilla de hierro que hacía de hogar y calefactor en los fríos días de invierno. Dejó su macuto al lado del catre, y cenó algo del jarrete de cordero que le dio su madre y después de dar una vuelta por los contornos, se acostó.
Al día siguiente, domingo, 6 de octubre, el general Ladrón de Cegama proclamó rey al infante don Carlos con el nombre de Carlos V en Tricio (La Rioja). No se llegó a enterar hasta tres días después cuando su madre oyó disparos en el pueblo y le dijeron que el levantamiento había comenzado con la proclamación de Carlos María Isidro, ella se lo comentó cuando bajó a las cuatro de la mañana a ver a su madre y recoger provisiones, como había de hacer de vez en cuando.

Uno de esos días, con la luz de la Luna abriendo el camino de la sierra,  cuando subía hacia la borda oculta, a las cinco de la mañana, le estaba esperando Blanca junto a la senda del arroyo. Por un momento al oír el movimiento de la chica que no reparaba en ello, se asustó; luego al verla le dijo entre contento y preocupado: -Pero chica, qué haces tú aquí a estas horas. – Te estaba esperando, tontico, y no para otra cosa que para convencerte de que me quede contigo, no, no; ¡no me mires así!, aunque no te lo haya dicho, nada hay que me preocupe más que pensar que estas tu aquí en la sierra solico, y sin nadie. No solo para que te haga compañía y te ayude en lo que necesites, sino para estar contigo, no se si lo habrás pensado, pero te quiero más que a mi propia vida. Y nadie me va a convencer que te deje aquí. Solo si tu no quieres y si no me quieres. Se que corres peligro allá abajo, no por la gente del pueblo, sino por esos  a los que les entró la fiebrica de poner a una Borbón por otro Borbón, contra los del Borbón que quiere reinar en lugar de la otra. Mira Dioni, a mi esto de la política me parece todo envuelto en malas ideas porque poco importamos los que estamos abajo y cuando la lían los de arriba siempre pagamos los platicos rotos con nuestra sangrecica. Yo solo quiero vivir con la gente que quiero, especialmente contigo, así que dime si me dejas que esté contigo. – Blanca, claro que te quiero, muchísimo, pero, no se si es bueno que te encuentren conmigo, he oído a la gente hablar con mucho odio y no quiero que te hagan algo malo, por encontrarte en mi compañía. Además, ¿qué van a pensar tus padres y tu hermano, cuando se den cuenta que no estás?, te van a estar buscando como locos. – No te preocupes Dioni, les he dejado una carta diciéndoles que te quiero y que estoy contigo, sin decirles donde. Nadie me ha dicho donde estabas, pero como estaba en un sin vivir, me pasaba las noches en vela y mirando la casa de tus padres, hasta que un día te vi llegar y luego te seguí hasta aquí. Dionisio se la quedó mirando, la abrazó y solo fue capaz de decir medio sollozando: -Si rica mía, quédate, ya saldremos de ésta. Siete años después, cuando terminó la primera guerra Carlista en 1840, en el pueblo se corrió la voz  de que estaban en Francia. Lo cierto es que la madre de Dionisio desapareció tres meses después que ellos, y al parecer su familia en el pueblo recibió una carta suya en francés.
(Publicado en el diario La Tribuna de Ciudad Real del 9 de mayo de 2015)

20150510

HAZ DE LUZ DORADA


 L os días de Neftalí fueron encogiendo con su trajín febril en el taller de su casa. Las horas menguaban y no daba pausa para su trabajo en el que su referencia permanente era la carta de Newton. El mes de abril había acabado y el de mayo venía bronco con una gran tormenta con enorme y ensordecedor aparato eléctrico. Los membrillos del corral ya  tenían toda la hoja y salieron los primeros espárragos su Huerto do Frade, en las afueras, que cultivaban con el mismo rigor que su padre y su abuelo lo llevaron. El día que recibió la liquidación final de la herencia de su tío Abdón, con el dinero fresco en su cuenta, hizo dos encargos que, previo presupuesto, los emprendió con prontitud: la obra del taller, abriendo una gran ventanal a mediodía con una cristalera que se la hicieron de encargo y tres  grandes crisoles de piedra que agrupó juntos cerca del ventanal que le iban a instalar. Hizo un viaje hasta Almadén y volvió con tres frascas de mercurio bien cerradas que guardó junto a unas cajas con silicio y aluminio en un armario, que fue alacena en tiempos de su abuela, de fuertes y sólidas tablas de madera de pino.  En cuatro semanas ya le habían instalado el ventanal, en el que destacaban doce grandes lentes convergentes encastradas en cada uno de los doce lucernarios, como si fuera una extraña vidriera; estas lentes se las podía hacer girar para hacer converger sus haces de luz del sol hacia el suelo, donde instaló los tres crisoles. Las lentes, mediante un dispositivo manual, se las podía obturar con una persiana metálica. Para los crisoles, tres alambiques transparentes de manera que se ajustaran a los crisoles a modo de tapa pero haciendo coincidir sus pipetas en otro alambique, éste de aleación metálica que, entero había instalado cerca. Al verlo todo descansó durante unos días yendo con su hermana Sara hasta la casa del huerto en el que se entretuvieron en adecentar y limpiar y en su ratos de descanso,  él consultaba en Internet todo lo que pudo encontrar tanto de Isaac Newton como de otros científicos en lo que se había puesto el título de alquimista. Su hermana aprovechaba para volver a la carga con sus temas habituales, eso sí, como si fueran nuevos, como si se le acabaran de ocurrir: - Oye Neftali,  ¿hace mucho que no sabes nada de tu amiga? – No Sara, no se nada y si me lo vas a preguntar todas las semanas, mejor lo organizamos y ponemos el día y la hora en que me lo vas a decir y así me da tiempo para preparar alguna respuesta o para indagar. Ya sabes que ella esta muy ocupada, tanto con su trabajo como con todo en lo que se ocupa fuera de él. – Bueno, bueno, don Neftalí, perdone usted si le he molestado al preguntar… Solo quería saber algo de ella, sabes que me caía muy bien y que no te vendría mal llegar a un acuerdo con la chica para emparejaros. Si, si, si, no me mires así. No me gusta hacer de  metomentodo, pero me preocupa que no te las arregles y ella tampoco. –Bueno Sara: dejémoslo estar ¿vale? -Vale hermano.
Cuando regresaron a su casa de Ourense, pasó Neftalí  días y noches volviendo al estudio enfrascado en el ordenador y en una buena pila de libros desparramados por el taller, eso si, no muy lejos de la mesa de estudio, bajo la luz del día y a la luz del flexo y de la pantalla del ordenador durante la noche. Tan concentrado estaba así en su estudio y lectura que se le oía hablar con don Isaac o con don Leonardo,  a formular preguntas en alto a Platón y Aristóteles y a la discusión incluso airada a veces con los árabes  al-Razi y Jabir ibn Hayyan,  los que aportaron descubrimientos químicos clave propios, como la técnica de la destilación ), los ácidos muriático (clorhídrico), sulfúrico y nítrico, la sosa, la potasa y más. Un lunes oyó su hermana como discutía con dos: un tal Anselmo y otro, Abelardo. Por lo que se le oía decir,  parecía estar más metido en la pura filosofía que en la física y la química y tentada tenía a su hermana de avisar a su amigo Ciprián Novoa que como psiquiatra debía poner algo en claro las oscuridades que envolvían a Neftalí. Lo cierto es que finalmente acudió Ciprián y Sara los dejó solos hablando, primero de las miserias de la política, que de eso siempre da juego para hablar y bien largo, y más tarde, cuando acudió con la bandeja con una jarra de humeante y aromático café, al que acompañaban algunas pastas, los encontró hablando del primer alquimista auténtico en la Europa medieval: Roger Bacon. Decían que su obra supuso tanto para la alquimia, como la de Robert Boyle para la química, un auténtico avance. Así pues, una hora más tarde, cuando pasó Sara a recoger el servicio del café, seguían en amable y entusiasmada charla discutían sobre las tesis de Bacon, y de las especulaciones que había que formular con ellas. Después de enseñarle el taller y todos los artilugios que allí había, así como de cómo pensaba usarlos en sus ensayos y pruebas, la hermana, que no perdía ocasión de escuchar lo que estaban diciendo, se echó las manos a la cabeza al oír la contestación de Ciprián. Estaba dispuesto a venir a ayudarle los fines de semana y habían quedado en estar conectados por Internet, vía Skipe, para ir discutiendo los pasos que se podían dar. Sara se recogió el mandil en el que se frotaba las manos, como si se las acabara de lavar y se fue directa a la cocina a sentarse ante la mesa y a desenvainar unas habas que había comprado la mañana anterior. Con los nervios, cogía las vainas y las apretaba tanto que algunas salieron disparadas hacia el otro extremo, bajo el trinchero que heredaron de sus padres.
Tres días después, el 27 de mayo, lunes, un olor penetrante a metales llegaba hasta la casa desde el taller. Sara fue hasta él y desde el pasillo, a través del cristal de la puerta podía ver doce haces de luz solar muy intensos que convergían en grupos de cuatro hacia los tres crisoles tapados por el alambique transparente. Se fue hacia su cuarto y allí se vistió de calle y se fue a dar un paseo al centro, donde estuvo casi dos horas dando vueltas con claro nerviosismo hasta que se animó a llamar a su amigo Ciprián. Fueron juntos hasta la casa, y allí, en el taller, yacía en el suelo Neftalí, inmóvil. La sangre le había abandonado y una gran palidez le invadía. Le tomó el pulso Ciprián y no había duda: había muerto.
En agosto, el primer martes, después de una esplendorosa amanecida, con el cielo acariciando de rosas y claros azules las montañas, con el Miño fluyendo con nervio por su lecho, llegaron con un camión para llevarse todo los trastos del taller. Ciprián se había ofrecido a ayudar a Sara para el trabajo de desmantelarlo y cargarlo todo en el transporte. Cuando cogieron el alambique final del circuito, se les calló al suelo y las dos mitades, que debían estar unidas en rosca se abrieron, dejando ver su interior. Todo él se veía dorado, cubierto de oro que se había depositado allí al enfriarse la cocción.  
(Publicado en el periódico La Tribuna de Ciudad Real el 2 de mayo de 2015)

LA CARTA DEL ALQUIMISTA



Decía Sara, la hermana de Neftalí, farmacéutico retirado de Ourense,  que le estaba abandonando la razón cuando compró de manera compulsiva artilugios antiguos de farmacia: crisoles, cazuelas, pucias, matraces de cristal, redomas, retortas, una paila de cobre, unas lentes grandes y unos alambiques. El dinero de la herencia de su tío menguaba por las compras que venía haciendo, no solo de los mencionados utensilios, sino de libros, así como viajes que hacía para hacerse con otros antiguos; tenía por ello a su hermana en un sinvivir del que no era capaz de salir sin herir a su hermano al que tanto quería. Todos esos utensilios los fue dejando en lo que había sido cocina vieja, junto a la que fue cuadra y no como le recomendaba su hermana: en otra mitad de la cámara, reducida de su antiguo uso que era la de almacenar grano, y productos de la huerta que no eran para el hórreo: patatas, y más tarde los embutidos de la matanza y los jamones. Ella no sabía realmente el uso que le iba a dar, y él, que si lo sabía, convencido de que tener tan cerca las materias primas de la alimentación de la casa podían haber humos y vapores que los malograran.
No hacía mucho que vinieron los dos de viaje de cerrar para la venta y recoger los muebles y enseres de la casa de su tío Abdón, abogado y profesor de filosofía en Palencia, recientemente fallecido y del que recibieron su herencia. Aun no habían terminado de abrir y clasificar los cuatro cajones de libros de la biblioteca que trajeron cuando Neftalí se había detenido con un pequeño libro titulado “Socorros que se han de dar a los envenenados o asfixiados” de Mateu Orfila, médico de Luis XVIII de Francia  y editado en 1818. Pero pese al gran interés del libro, lo que le tenía estudiando con gran atención y buscando documentación en Internet todos los ratos libres de los que disponía, era un papel que encontró entre las hojas del libro, no sé si llamarlo folio o cuartilla, por el extraño tamaño que tenía y del que le faltaban alguna esquina, amarillento por la oxidación de la celulosa y por el tiempo, con dos pliegues,  y una grafía antigua por sus dos lados por lo que se presuponía que podía haber sido carta. Cada vez que encontraba alguna conclusión de su contenido se lo contaba con gran excitación a su hermana, con todas las reservas que podría hacer ya que parecía estar escrito en ingles antiguo y él no manejaba bien el idioma y solo algo el actual. Para eso, solía hacer consultas por correo electrónico a don Isaías, un profesor de Madrid, al que le había mandado escaneado el documento y como experto en documentación antigua ya le había servido más de una vez de gran ayuda. Fue precisamente Isaías el que le dio la gran noticia de que el documento era casi con toda seguridad una carta de Isaac Newton (1642-1679) inglés, autor de los Philosophiæ naturalis principia mathematica, más conocidos como los Principia, donde describe la ley de la gravitación universal y estableció las bases de la mecánica clásica. Desde ese mismo día Neftalí aumentó sus horas de investigación sobre la carta y de sus avances, aumentando la organización del laboratorio que había instalado con los utensilios de farmacia antiguos. Al uso de los investigadores,  en un cuaderno fue anotando sus conclusiones. Abriendo éste se podía leer la introducción y descripción del camino que habría de emprender en sus ensayos, especialmente calentando elementos naturales en los crisoles o sometiendo al proceso de aleación otros. Todo venía porque en la carta llegaba a un punto la descripción de los ensayos de Newton que, sin conocer aun la composición atómica de los elementos, estaba muy interesado por su densidad, así estaba anotada una tabla  con la densidad (g/ml) del oro :19,3; del mercurio: 16,6; del el silicio 2,33, y del aluminio 2,7. Cabía suponer que la cuestión ara planteada en la carta, según se fundaba en este fragmento: … by the properties of these elements and frequently observing silicon in the goldfields, the density of aluminum and mercury to dissolve gold in amalgam, must be processes evaporation in containers separated and united by stills, silicon, aluminum and mercury, or mercury, to see the result;  que traducido sería: …por las propiedades de estos elementos y observando el silicio con frecuencia en los yacimientos de oro, la densidad del aluminio y que el mercurio disuelve el oro en amalgama, debe hacerse procesos evaporación en recipientes separados y unidos por alambiques, entre el silicio y el mercurio, o éste con el aluminio, para ver el resultado.  Esto le hizo especular a Neftalí con que el proceso de obtención de oro podía ser el resultado de la amalgama del silicio y el mercurio o de éste con el aluminio en estado gaseoso, para quizá obtener con la suma de los dos un elemento con densidad de 19,3 que coincide con la del oro. Para eso se preguntaba: ¿el silicio en determinadas condiciones haría cambiar esta amalgama? ¿o cambiaría la densidad de él?
A las siete de la mañana, del día veinte de abril, lunes de 2019, Neftalí llevaba ya más de hora y media metido en su laboratorio analizando en la mesa de estudio el documento, que cogía con gran cuidado con guantes de látex y ayudado por una gran lupa con iluminación que había instalado allí. Al llegar a este punto en el que llegó a la determinación de calcinar los elementos seleccionados y otros, pues era la forma de cambiar o descomponer a cambio de estado en su constitución física o química. Se llenó de excitación y, al oír que su hermana hacía ruido con los cacharros en la cocina, señal inequívoca que se había levantado y estaba preparando el desayuno, salió disparado hacia allí y entro súbitamente diciendo:- ¡Sara! ¡Sara!, ¡creo que estoy descubriendo algo grande! Su hermana, dando un respingo para atrás le replicó: - ¡Jodaaa, Neftalí, qué susto me has dado! Pero ¿te estas viendo? ¿Cómo es que te pones así con esas maquinaciones que te entretienen tanto? Neftalí, tienes que tranquilizarte un poco. Me parece bien que te ocupes en lo que te guste, pero no dejes que se te vaya la olla. Y, créeme, parece que se te está yendo. ¡Anda!, siéntate y vamos a desayunar.

Se sentaron los dos y con el café con picatostes que se tomaron empezaron a ver la vida de otra manera. Más tranquilos, Neftalí dijo que estaba muy interesado en los estudios que estaba haciendo y para rematar, a título de broma y sonriendo sentenció: -¡Anda que si después encuentro la forma de obtener oro!.. – Anda, anda, anda, -decía su hermana- déjate de tontunas; ganas tienes de meterte a hacer experimentos en ese laboratorio que te has puesto y no salgas volando un día de éstos. Como te pase algo, lo más que te voy a decir cuando vaya a tu tumba es: ¡gilipollas! y lo peor para tí es que te vas a quedar con las ganas de contestarme. - Mira, Sara, lo que hago es una pura especulación científica, que lo normal es que no me lleve a obtener oro, pero seguro que voy aprender. Analizar la carta de Newton es una satisfacción infinita, y eso, es todo lo que busco. – Bueno chico, está bien. ¡Pero no salgas volando! ¿eh?

(Publicado en el diario La Tribuna de Ciudad Real el 25 de abril de 2015)