20131104

EL MISTERIO DEL MOLINO


Román, el abuelo de Asier, era hombre de pocas palabras. Conocí muchos hombres así, pues después de una vida dura les quedaban pocas ganas de hablar. Después de volver jubilado de  Bilbao, donde estuvo trabajando, y nacieron su hijo y su nieto, solía sentarse en la cocina vieja, la que ahora solía su madre llamar cocina campera, encendía la lumbre mediado el otoño, y se acurrucaba en un viejo sillón acolchado, de estilo indefinido y pretensiones de estilo francés. Entraba poca luz por el ventanuco pero los pimientos choriceros, puestos a secar recientemente le daban todo el colorido que era necesario para la austera cocina. Asier sabía que estaba siempre allí y como lo quería mucho, estando casa, se iba con él a ver chisporrotear la lumbre en silencio. Sin embargo, el abuelo con él hacia una excepción y hablaba. Un día de otoño, acercándose el día de los difuntos, le contó, en voz muy baja, una historia; la que cuenta el misterio del molino del Guadiana, en las cercanías de su pueblo. Decía el abuelo Román: “No ha dejado el molino de estar allí, pese a que lleva muchos años abandonado a su suerte. Debió parecer que era cosa natural que el río se fuera haciendo con sus tapiales. El río, y la maleza, fueron tomando tierra, invadiendo todo espacio. Pero antes no era así. El camino, el patio y la explanada vieron tantos carros y los primeros camiones, con olor fuerte a gasolina, como para aturdirse en los días de trabajo.
Ha muchos años, en vísperas de la festividad de Difuntos, una tarde que pasaban bandadas de aves migratorias camino de las Tablas, estaba el molinero junto a una de las dos aceñas, y oyó como se estaban abriendo los dos rodeznos del molino. Se alarmó pues estaba solo él y nadie esperaba.  Las garcillas salieron volando con el alboroto del agua que hacía sonar la maquinaria, que al ser de madera, crujía como las cuadernas de una barco de vela.  Acudió el hombre a ver que es lo que ocurría y no vio a nadie. Sin embargo, los dos rodeznos estaban funcionando porque alguien había abierto las compuertas del caz y el agua empujaba los rodeznos. Eran los mismos rodeznos que vimos en el molino cuando fuimos, ¿te acuerdas? El de Flor de Ribera. Claro que lo que vistes eran los hierros que sujetaban las maderas de los rodeznos, pero aun en esqueleto se podían ver como eran. El caso es que, el molinero dio cuarenta vueltas al molino, se subió a la cámara más alta y no pudo ver a nadie que pudiera haber abierto las compuertas del caz. Las cerró, pues no estaba la tarde para trabajar, ni había nada que moler, y cerró las puertas una vez anochecido, cuando volvió su familia de Carrión, donde fueron a ver a los parientes.
Por la noche, solo se oía el rumor del agua del río y algún crujido de las aceñas, pero todo era normal, hasta que a las tres de la madrugada, volvió a oírse el ruido de los rodeznos, que alarmó al molinero, que, asustado, cogiendo la escopeta y la pelliza para no coger frío, salió fuera y con un farol estuvo repasando todo el entorno del molino, con el mismo resultado: no había nadie.  Esto que te cuento pasó una semana entera. El pobre molinero, que no quiso decir nada a la familia para no asustarlos,  empezó a sentirse muy mal y para aliviarse, le dijo lo que pasaba a la pareja de la guardia civil caminera, que llegó hasta allí como todos los jueves. Tomaron cuenta de ello y solo eso parece que le dejó tranquilo. Los mirlos por la mañana parloteaban junto a la entrada del molino y pareció que las cosas volvían a estar otra vez normales, pues así era en sus mañanas. Pero al atardecer del día trece, desde que empezaron a  ocurrir los sucesos de los rodeznos,  se volvieron a abrir las compuertas del caz, estando otra vez solo el molinero. Fue a cerrarlas y cuando tenía en su mano la segunda, oyó que alguien le susurraba con voz muy baja: - Soy Antón, dueño del molino, deja el caz abierto y mueve los rodeznos, es menester haber mucha molienda, tengo que pagar  mil reales que debo a las haciendas del rey y me voy a ver preso si no los pago... salió corriendo e molinero y entró temblando en el molino, se metió en la cama y estuvo tiritando de miedo hasta que las luces del alba y los trinos de los verderones le metieron en la tranquila realidad.
Desde ese día, ya no volvieron a abrirse las compuertas del caz solas, como ocurría en esos días después de difuntos. Contó el molinero su miedosa aventura a todo el que pasaba por allí en estos días de difuntos, cuando cogía confianza, hasta que un día, pasó por allí un señor, dueño de una finca muy grande que lindaba con el castillo de Calatrava y, cuando le contó su historia, se quedó pensativo un rato y, moviendo la cabeza, asintiendo, le dijo. -Hipólito, - pues así se llamaba el molinero- ese Antón que te susurró esas cosas aquel día que fuiste a cerrar las compuertas, pudiera ser Antón de Castro, vecino de Almagro, que fue dueño del molino en el siglo XVI. Creo que tuvo algún pleito con el Tesoro Real, pero al parecer, se resolvió cuando acudieron los vecinos a hacer molienda, todos a una, para hacer suficientes rentas para el pago de la deuda. No consta si se llegó a pagar o no. De todas formas, si no han vuelto a ocurrir los hechos misteriosos, quizá se haya solucionado lo que requería ese buen hombre.
-¡Vaya por Dios!, dijo Hipólito. No se que decir... pero si vuelven las voces... yo vendo el molino y me dedico a otra cosa.

El abuelo de Asier, Román, le dijo al nieto para concluir la historia: -Creo que debieron seguir ocurriendo cosas raras en el molino, porque el molinero vendió el molino y se fue a Jaén donde se dedicó a la prensa de aceite, comprando una almazara. 

20131031

CON EL HUMO EN LA CHIMENEA


Un día tranquilo del mes de noviembre, en la madrugada, la brisa hizo bailar los  madroños en la sierra, mojó los cantuesos hasta hacerlos destilar su esencia y, con cuidado, en silencio, fue recogiendo todos los recados de la jara, el romero y los juncos del río a su paso por Peralbillo, subido como estaba en su loma. Muy quedo iban dejando su noticia a los sentidos todas las plantas con aceites esenciales. Sobre los transparentes cristales de las aguas del Bañuelos, cubría la niebla los juncales, para luego llenar de fresca naturaleza la ciudad, en las últimas horas de la noche. La esperada mañana no había llegado aún; la alborada se hacía esperar escondida entre las otras brumas que venían desde la vega del Jabalón. El silencio lo rompió el chillido del tren de las seis que llegaba de Badajoz, cargado con adormecidos viajeros ahumados por la combustión del carbón de la máquina. La chica, con la palmatoria en la mano, en la carbonera, recogía leña para la chimenea, con una gavilla de pensamientos revueltos, echándola, junto al cazo del carbón, en la espuerta de esparto una a una. Cuando empezó a encenderse la lumbre, chisporroteando con los brotes de jara, la aldaba de la puerta sonó con autoridad tres veces. La casa se estremeció en sus sombras; don Julián, el médico, subió la escalera pisando los bordes de madera de los escalones, buscando hacer menos ruido. El maletín negro, preñado lo traía de los útiles de su oficio. Sudando todos los minutos de las cinco, le esperaba ella con sus rizos rubios empapados de esperanza. En tres esfuerzos, con los que quiso quebrar el mundo, se abrió la grieta por la que el chiquitín llegó envuelto en las ternuras de su madre. Sonó el tren, y esta vez no chilló: dio una fuerte voz de recibimiento, pese a que  se marchaba para Madrid como todos los días. La lumbre en la chimenea adormeció toda la casa, y calentó el puchero del café. El médico sonreía viéndose en la negrura humeante, como se debía mirar Poseidón en el Helesponto. El niño ya estaba haciendo planes. Recogido,con sus puños cerrados, apresó los sonidos que guardaba en su pequeña caja nueva. Tejiendo, con los olores de la casa, una madeja sutil de referencias con las que tomar sus primeras pizcas de vida, iba sufriendo con cautela su primera digestión; en ese momento, empezó a conocer como sabe la soledad: su madre, ya no se lo daba todo.
El golpe de la puerta resonó en la calle como un cañonazo: hacía los honores a don Julián que volvía a su casa con el maletín algo más aliviado, el sueño asomándole por sus pupilas entornadas y una sonrisa apenas dibujada denunciando satisfacción.
Entre algodón, y envuelto por el cálido sonido de la respiración de su madre, el chico dibujó su primer sueño cargado de la música del viento, empapado en verdes praderas de sensibilidad y escribiendo arriba, en el techo imaginado, su primera afirmación: estoy vivo.
Años mas tarde, en el invierno, las mañanas se veían desde la gran puerta falsa, entreabierta, enseñando un brasero humeando bajo las escarchas de invierno. El empedrado del patio, cargado de pequeñas luces, brillaba por el rocío caído y las brasas hacían su fiesta con las pavesas del piconcillo ardiendo, dando cuenta con sus humos por la vecindad. Dos perros se desesperaban ladrando dentro, atados en una cuadra no muy lejana y, en la cántara de aluminio, la leche caliente recién ordeñada esperaba en la cocina para  salir a la ronda de la venta, su trasiego siempre agriaba un instante al despedirse. El camino del colegio estuvo endurecido por los hielos, las rodillas al aire se escocían en grietas que dolían su tierna niñez. En la cartera de cuero que le hizo Simón, el guarnicionero, se apretaban unos contra otros las pocas luces de la enciclopedia, el libro de lecturas y el Catón. Mucha leña para una cabeza dispuesta para ver con sencillez entero el mundo. La cornisa del Hospicio sujetaba un nido de golondrinas vacío, que se fueron a África a traer el calor del verano, resistía bajo el alero. Le hacía la espera para tiempos mejores. En el charco helado, de lechoso cuerpo, cinco piedras le avisaron que Joaquín ya había pasado. Mientras, en el calor de una alcoba, en la primera planta del principal, cuando pasaba él por la calle, dando saltos y puntapiés a los cantos, dos cuerpos se desperezaban luego de una noche de enloquecido juego. En el suelo, junto al orinal que se callaba descomponiendo sus amoniacos, una botella de coñac vacía, rendida y exhausta con apenas un culo de ámbar. Dos casas más allá, tras los cristales y apenas visible por los visillos, el piano del canónigo esperaba inmóvil tiempos propicios para la música en la sala tenebrosa, testigo de las clases de solfeo. Enfilados, con caras de resignación fueron entrando en el encierro escolar, que había de ser contado en días, semanas, y años. Desde dentro, mirando al exterior, se podía ver la higuera de la huerta, yerma y desnuda en invierno, entreviendo caminos infinitos hacia el firmamento, verde en primavera con las tiernas hojas tiñendo de claridad y armonía, enseñándole las primeras lecciones de luz, volumen y perspectiva, haciéndole llamar a voces a sus lapiceros, para recrear sus higos, cargados, antes de que el sol acabara con las clases o la tornara amarilla a la vuelta de ellas. Finalmente para ver como los quebrados le quebraban la cabeza  y el ocaso le perseguía en sus vueltas a casa, en solitario, angustiado por los castigos de un maestro amargado que respiraba un aliento umbroso y muerto. En la  noche, empezadas las tinieblas, luego de mirarse en una caliente sopa de letras; bajo la lámpara de porcelana dorando el comedorcillo de amarillenta luz tibia; asomando la extraña lejanía de la vida y del país, desde la vibrante tela del altavoz de la radio, solo se podía vadear la negrura con la voz de su madre midiendo la solidez de la casa. La misma voz que le avisaba del clarear del día. Un día tras otro, encadenando las semanas que parecían interminables, hasta que más tarde, con los años vencidos por la experiencia se convencería de lo fugaz del  tiempo.

Hoy, pasados muchos años y kilómetros rodados, mira para atrás y apenas ve una representación en blanco y negro, con alguna instantánea en color, que dan los niños que le hablan con interés.
(Publicado en el diario La Tribuna de Ciudad Real el 26 de octubre de 2013)

LA ESCAPADA



La persiana no estaba bajada del todo. Por eso, nada mas abrir los ojos, a las siete de la mañana, pudo ver el principio de la claridad del día que empezaba a alborear. Miró al techo y le dio por pensar en lo que estuvo cavilando la noche anterior. Recordó que había recogido sus cosas y tenía todo preparado para el viaje. Decidió irse a la costa a vivir. Nada le retenía en Badajoz. La familia hacia su propia vida, y ninguna relación tenía que pudiera hacer interesante seguir viviendo allí. Vio desde la ventana como pasaba el camión del matadero que llevaba las carnes al mercado. Le vino a la cabeza sus vistas allí para la compra de las materias primas para la cocina y como poco a poco, desde que volvió del País Vasco, se fue haciendo con los nombres de todos los que le atendían y ellos le trataban como un amigo. Estaba muy interesada la chica de las verduras en retenerle con conversaciones largas. Nada mas verle le sonreía y parecía pasarlo bien con él. Pero no era nada serio, Solo una manera de tontear para pasar el rato. Vio a la chica con el novio y no parecía que estuvieran mal.  Por otra parte, Toni el carnicero, siempre le guardaba alguna pieza de las buenas, comprándolas a un buen precio. También hablaba un rato con él pero solo de fútbol. No era del mismo equipo pero, cosa rara, mantenía un juicio muy razonable de la marcha de los partidos. Desde la ventana, a lo lejos, se veía la avenida de Sinforiano Madroñero y recordó las horas pasadas con Aurelio, llenando cuartillas digitales de todo lo que escribían, con los portátiles de por medio. Él era demasiado riguroso con el estilo. Tenía deformación profesional, su Licenciatura en Hispánicas le llevaban continuamente a estar pendiente de las tildes, de las preposiciones y comas mal puestas. Eso decía.  Bueno está que se escribiera correctamente, pero el estilo, lo que es el estilo, pensó él, y así se lo dijo mas de una vez, es una cosa muy personal que cada escritor debe hacerlo a su gusto y carácter, porque al fin y al cabo es lo que le da su propio sello personal. Desde la ventana, dio su último vistazo al jardín de la avenida. Esa misma imagen era la portada de todos sus días en las madrugadas de la ciudad. Cogió las maletas y bajó al garaje. Miró una y otra vez a ver si llevaba las llaves, las del piso que cerraba, y quien sabe cuanto tiempo iba a estar así, y las del piso de Gandia, donde iba a vivir desde ese momento. Cargó las maletas, puso la antena en el coche y salió del silencioso sótano por la enorme puerta del garaje a la calle. Fue fácil salir de la ciudad, a esas horas el tráfico era más que fluido, algunas calles aun estaban casi desiertas. La luz ámbar del dial de la radio del coche le iba iluminando y las conversaciones de los informativos le acompañaban. No prestaba mucha atención, pero se sentía bien oyendo sus voces. Los olivares enseguida aparecieron pasando a toda velocidad, -están cargados de aceitunas –pensó – este año habrá una buena cosecha si no se echan a perder con los vientos del comienzo del invierno. Cuando iba a dejar la provincia se acordó de los días en que fue por la carretera hacia Gstaad, atravesando el valle de Ormont y cruzando el puerto del Pillon con sus 1.546 metros. Por allí, en el teleférico, conoció a Inga, que fue muy gentil para llevarle personalmente hasta el hotel, que no localizaba, el primer día que llegó a los Alpes. Lo mejor es que luego se la encontró en el periódico, mira por donde. Era la que llevaba las informaciones locales. Por el teleférico subieron los dos el primer día que libraron hasta  ascender al glaciar de Les Diablerets, punto más alto de los Alpes de Vaud. En el restaurante, comieron y se quedaron hasta que iban a cerrar el viaje del teleférico. Debió ser por la panorámica que se ve desde allí por lo que intimaron tan pronto. Desde las alturas, y con una vista así, se muestra uno generoso y abierto. Era precioso ver hasta las orillas del lago Leman. Volvieron más de una vez. Pareció que se llevaban bien. Se comunicaban mejor, hasta que llegaron a iniciar una relación. El destino de Inga a Frankfurt les había separado y ahora, cuando perdió él el trabajo, apenas tenían contacto. Siempre que viajaba en coche a un destino lejano, acababa acordándose de todo esto. La libertad que da vivir de lo que se escribe, con unas novelas que le estaban dando lo suficiente para vivir bien, le estaba moviendo para esta escapada. Lo estaba deseando. Tanto por alejarse de su ciudad, que le estaba agobiando, como por intentar nuevas cosas. Por otra parte, estaba la llamada telefónica desde Estados Unidos advirtiéndole, de manera tan educada como amenazadora, que no siguiera escribiendo  sobre el informe que, años atrás, había sido descubierto por descuido por la revista Nature. Había interés serio del Departamento de Defensa. No es que tuviera mucho miedo, era más bien el hastío que le producía todo. Estaba harto de pelear.  Vio pasar los enormes campos de vid de la llanura y paró en la cafetería de una desierta estación de servicio. En las vueltas que daba la crema en la taza del café, cuando lo revolvió con el azúcar, empezó a ver que no iba a llegar a término. En ese mismo momento, sonó su móvil. Era Inga, que preguntaba donde estaba porque quería venir a verle. Se había despedido del Franfurter A.Z. y estaba en Barajas, donde había parado para pasar dos días en Madrid. Se cortó la llamada. Intentó llamarla, pero ni por Watsapp pudo comunicar. Montó en el coche. Puso el Bluetooth, con el manos libres y siguió  el viaje, y una excitación que le iba aumentando conforme se le agolpaban los pensamientos. Al rato, paró la radio, e inmediatamente sonó el teléfono. Le dio al botón de contestar en el volante y era Inga. –Holaaa, Teo soy Inga, ¿donde estas? –Hola chica, ¿que tal estas rubia? Voy conduciendo camino de Gandía- -¿Que dices Teo? – Que voy conduciendo el coche camino de la ciudad de Gandía, en Valencia. En ese momento un golpe seco y fuerte hizo que todo se quedara en tinieblas.
Despertó a las ocho de la mañana. Estaba en su cama del piso de Badajoz. Todo había sido una pesadilla.

 Sin embargo, a las cinco de la tarde, llamó Inga, estaba en Barajas y preguntaba por él.
(Publicado en el diario La Tribuna de Ciudad Real el 19 de octubre de 2013)

20131014

A LAS DOS, DE UNA NOCHE CERRADA


No ha mucho tiempo, en la ciudad donde nació Agustín, hijo de abogado y nieto de boticario, en la torre del Ayuntamiento había un carillón que tocaba las horas con la misma melodía que el Big Ben de Londres, la llamada Westminster. Cuando digo las horas me refiero a todas, las del día y las de la noche, y a los vecinos de plaza y calles colindantes no les importaba la musiquilla. Se habían acostumbrado a ella por su dulzura  y parecido a una pequeña conversación intimista, con  firme conclusión con las campanadas; así pues las tomaban como un elemento más de la vida de sus casas. Él no vivía cerca de la plaza, pero su tía Evelia si, y muchos sábados, cuando era un muchacho, se iba a comer con ella y pasaba la noche y el domingo para acompañarla. Le gustaba sus comidas, su conversación llena de relatos de su infancia y de sus aventuras de la Guerra Civil, pero sobre todo, que le dejaba entrar en su biblioteca, una enorme habitación llena de estanterías hasta los altos techos, cargadas de libros, revistas antiguas y una muy nutrida colección de litografías del siglo XIX, que eran una crónica y reportaje de la vida de las ciudades europeas en esa época. Nunca se aburría allí y más de uno de esos días, de los que fue, se quedó dormido después de comer en el suelo, sobre la gran alfombra persa de vivos colores, con un libro que estaba leyendo en la mano.   Su tía pasaba la sobremesa sentada en un butacón, junto a un mueble con radio y tocadiscos de muy buena calidad y sonoridad. Oía los conciertos de Radio Nacional hasta que la modorra le hacía dar una brusca cabezada que la hacía despertar. En la biblioteca fue descubriendo, unas veces los mares del Caribe o del Índico, con Salgari, otras los viajes que  Julio Verne le fue contando en sus libros. Luego, mas tarde, cuando ya había cumplido sus catorce años, le cogió afición a las novelas policíacas de la serie negra americana y las intimistas de los británicos de Conan Doyle o las de Edgard Wallace. No paraba de leer novelas una detrás de otra con avidez casi obsesiva, y, a veces confesaba a sus amigos, que era una forma fácil para huir de la realidad que no le gustaba demasiado. Tanto leía, que su tía le llegó a llamar la atención para que sin, dejar de leer, cumpliera con sus obligaciones de estudiante. Uno de esos sábados que durmió en casa de su tía, y pese que él ya estaba acostumbrado al carillon y no le interrumpía el sueño, que cogía con facilidad después de su intensa actividad en la tarde y de terminar con una novela en la cama, cuando estaba profundamente dormido, en noche muy cerrada de invierno, a las dos sonó el carillón para dar la hora y se despertó. Tenía mucho frío. Cosa rara porque encima de él había un gran edredón de plumón de pato, totalmente hinchado, que se había traído su tía Evelia del Tirol, en un viaje que hizo con sus compañeros, profesores del Conservatorio, y con el que se pasaba la noche muy calentito. Pero por algo que él no llegaba a comprender tuvo frío. Lo primero que pensó es que había cogido un catarro y debía tener fiebre, pero no, no tenía la sensación de congestión, ni le dolía la garganta y mucho menos le moqueaba la nariz. Así que pensó ¿que esta pasando? Y trató de dormirse de nuevo. Pero nada, no podía. La casa estaba en silencio, la calle también. Algún mueble chasqueó sus maderas,  y un gato que debía estar en la azotea, dio un maullido espeluznante y lo oyó salir corriendo por los tejados. Volvió a llenarse toda la habitación, la casa y la calle de un silencio profundo que le daba por pensar en todo lo que le daba miedo y servía para que Agustín no pegara ojo. Así estaba, y a la media hora aproximadamente empezó a oír unas voces que susurraban en voz muy baja. Prestó oído y  le pareció oír: - Ten cuidado, que el chico esta despierto. Hay que darle un buen susto a ese que esta intentando entrar en la casa, no es buena gente, es peligroso. Mira, lleva un cuchillo y una pistola en la bolsa. Algo hay que hacer. Podíamos darle una advertencia al oído a ver si se asusta y sale corriendo. – Vale yo lo hago que a mi me resulta fácil.
Estaba oyendo estas voces susurrantes cuando oyó un grito aterrador en la escalera de la casa y una persona bajando corriendo los escalones y dar un portazo en la puerta de la calle.  Después oyó también como su tía se había despertado y le estaba llamando: - Agustín, ¿estas bien? ¿Que pasa?, En unos segundos abrió la puerta de su cuarto y le dijo: ¿has oído eso? Ha sido en la escalera. Voy a llamar a la policía. Creo que había alguien que ha entrado en la casa y  estaba en la escalera. Después de esos momentos de susto, los dos se fueron a la biblioteca y se sentaron a tomarse una infusión que hizo la tía. Allí esperaron a la policía. Cuando llegó, comprobaron los agentes que, efectivamente, habían forzado la puerta de la calle y que en el hueco de la escalera había un bolso con herramientas para quebrantar puertas, un cuchillo y una vieja pistola. Se sorprendieron los policías que huyera el intruso dando un grito y corriendo despavorido sin que ni tía ni sobrino se hubieran enfrentado con él. ¿Que le había provocado tanto temor? Agustín estuvo tentado en contar lo que había oído a esas voces susurrantes, pero lo pensó mejor y calló. Después de todo ¿que iban a pensar de eso?, ¿que se lo estaba inventando? ¿Que había otros intrusos que les defendían? Pasaron los años y Agustín siguió yendo a casa de su tía, leyendo los libros de su biblioteca y durmiendo sin atender al carillón, salvo cuando oía las voces, que previamente era despertado por su melodía. Nunca más tuvo miedo de los susurros y estaba convencido de que se trataba de gente de la familia, ausente ya desde hacía años, que velaban por ellos.

Cuando fue mayor, pensando en estas cosas que le ocurrieron le dio por pensar más de una vez ¿y si todo fue producto de mi fértil imaginación, y las lecturas me provocaban alucinaciones? Pero esta explicación nunca le terminó de convencer.
(Publicado en el diario La Tribuna de Ciudad Real el 12 de octubre de 2013)

20131006

LA CAJA DE MADERA DE BALSA



Una tarde de otoño, la luz entró en su despacho triste y apagada. Con la ansiedad, quizá angustia, Juan intentó sosegarse después del disgusto que acababa de recibir. Las últimas llamadas de teléfono de Aurelio, el procurador, seguía resonando en su cerebro: “Juan, yo creo que te los di a ti hace días...”; y después: ” ...no sé Juan, yo creo que quizá los tenga yo, si tu no los tienes...” mas tarde: ” Juan, no te preocupes creo que todavía tenemos plazo para poder pedirlos de nuevo...” y finalmente retumbaba en su cerebro: ”Juan yo creo... yo creo...” Era el cuarto asunto que se venía abajo, cuando estaba bien amarrado. Precisamente este, del que podía conseguir la mejor asesoría que jamás podía haber soñado. La que acabaría con el alto estrés y preocupación que había acumulado durante veinticinco años. ¿Era despiste de Aurelio o suyo? Las copias de las facturas, cotejadas; la prueba de la reclamación por daños, no aparecían. Claro que si no se hubiera distraído con el viaje que hicieron al pueblo, para desalojar la casa del abuelo que iba a ser vendida, no los habría perdido de vista. Desde ese mismo día todo empezó a descabalarse. Con la cabeza como una olla a presión no podía ni pensar, y el tiempo se desbocaba a galope. No podía acudir a su padre, siempre distante. Desde que se murió el abuelo, cuando él tenía ocho años, se volvió retraído y no se aventuraba a dar el más mínimo consejo o pronóstico. Mejor era no consultarle nada. Tampoco le dijo gran cosa cuando se jubiló y le entregó la llave del despacho, como entrega simbólica del bufete; ni el mas mínimo consejo; ni advertencia; nada. Su madre le dijo que la pelea con su padre, días  antes de morir y en la que se retiraron la palabra, le había marcado para siempre. Se lo repetía de vez en cuando: “Juan,  tu padre te quiere mucho, pero desde que le ocurrió aquello con tu abuelo, no se compromete con nadie por miedo a meter la pata”. Laura, con la que siempre pudo contar, su mejor amiga, no quería hablarle. Temía una relación. Pensó que tendría que recurrir al abuelo. Estaba muerto pero sabía que podía recurrir a él. Alguna vez lo había hecho. Por alguna razón en ese momento se acordó de eso y de los recuerdos que guardaba. Se dirigió a la librería y del tercer cajón de la izquierda sacó una caja de madera de balsa, con un pequeño cierre de latón. Era una vieja caja de puros canarios, de una casa fundada en 1885, con un grabado a fuego en la tapa, por fuera y por dentro, con un escudo rodeado de hojas de tabaco, y la marca en el centro. En ella había unas viejas gafas de concha, redondas; un reloj parado a las cinco y tres minutos y una medalla de bronce, que le había dado Alfonso XIII. Lo que tenía del abuelo. El fondo estaba forrado con un trozo de una hoja de una revista antigua. Se quedó mirando aquellos recuerdos, y un instante después, en el silencio de su despacho, con la tibia luz que salía de la lámpara de la mesa, tamizada por la pantalla de papel encerado, notó una brisa fría. De nuevo, sintió como le cogían, con suavidad, por debajo de la barbilla y como, con un dedo, posiblemente el pulgar, le acariciaban la mejilla derecha. Era el abuelo. El siempre le acarició así. Lo sintió  igual a los pocos días de su muerte.
Efectivamente, el 14 de noviembre de 1954, domingo, a las nueve de la noche un frío intenso le ocupaba toda la espalda hasta hacerle tiritar y sus ojos dilataban sus pupilas, escudriñaban las tinieblas que se abrían mas allá de las dos puertas que tenía la habitación. Parecía que algo o alguien le acechaba presto a sustraerle toda la tranquilidad y la seguridad que necesitaba y que veía perdidas. Ese día, cuando más asustado estaba, pensaba en el espíritu de su abuelo y en la posibilidad de que pudiera aparecer; su reciente muerte, dos días antes, lo hacía presente. Sus pulsaciones subieron hasta sentirlas en las sienes y en sus muñecas, apretadas por la camisa. De improviso, una mano fresca, como la brisa del alba, le cogió la cabeza por debajo de la barbilla, acariciándole la mejilla derecha con un dedo, el pulgar. El miedo que le agobiaba  desapareció sin saber cómo. Era el abuelo. Solía acariciarle así desde que era muy pequeño. Una gran tranquilidad le invadió el cuerpo, que relajó. En ese momento se acordó de la caja de madera de balsa, en la que el abuelo guardaba sus recuerdos junto a las gafas y el reloj. Hombre de pocas cosas, que disfrutaba como si fueran sus talismanes, y con grandes sentimientos. Un día, en vida, le dijo a él, su nieto, que la caja con todo su contenido sería para él. Así lo dejó escrito, cuando previó su fin, en la tapa de la caja, por dentro, con una nota pegada con adhesivo: “Para el chico”.

Ahora, cuando ya era mayor, tenía otra dimensión la caja de los recuerdos de su abuelo. La guardaba en el lugar donde pasaba la mayor parte del tiempo, en el despacho de su bufete. Le servía para dar algo de humanidad a la ingente cantidad de papeles, expedientes de pleitos, y libros de leyes, que lo abarrotaban. En la caja: el reloj, la medalla, y las gafas del abuelo. Lo cogió todo para verlo y tocarlo con detenimiento, bajo lámpara de la mesa; solo hacerlo le tranquilizaba. Estaba en ello cuando una creciente curiosidad le hizo reparar en el trozo de revista, posiblemente el “Blanco y Negro”, que forraba el fondo de la caja. Lo sacó y descubrió que, debajo de él, había un sobre cerrado. En el sobre una nota: “Para mi hijo Juan Manuel”. Llamó a su padre, le explicó lo sucedido y le faltó tiempo al hombre para llegar a por la carta. Nada mas llegar la cogió con ansiedad, no disimulada, y la leyó en silencio. Lloró amargamente, sonriendo entre sollozo y sollozo. Le decía que aunque estuviera disgustado seguía queriéndole más que a su vida, y que sentía un gran orgullo por él, incluso cuando sacaba su fuerte carácter y les enfrentaba. Solo con ver la cara de su padre, Juan comprobó que la carta del abuelo le devolvía la confianza perdida. Volvía a recobrar las fuerzas que perdió hacía más de cuarenta años. Tanto fue así que se permitió la licencia inusual en él, en recomendarle cómo debía llevar algunos asuntos en los que a su juicio, no estaba muy fino. Se despidieron con un abrazo. El, guardó la caja en la librería, donde habían dejado los libros que habían traído de la casa de su abuelo y, en ese momento, descubrió que allí, en una carpeta, estaban las facturas perdidas. 
(Publicado en el diario "La Tribuna de Ciudad Real" el 28 de septiembre de 2013).

EL TÍO QUE VINO A DAR LAS GRACIAS



El autobús sigue dando empellones a la gente mientras el Paseo del Prado pasa deprisa. Lo pienso mejor y me bajo en la parada cercana a la plaza de la Platería. Resopla el bus antes de abrir las puertas, como siempre, y bajo deprisa. No se porqué pienso que si no lo hago así me voy a quedar dentro. Los plátanos orientales del paseo, cansinos, ennegrecidos por el humo grasiento de los coches, me observan con indiferencia. A estos árboles no los conmueve ya ni una ventisca que llegue de improviso. Miro al hombre cerúleo que me precede y no acabo de decidir si está así, con el ánimo encogido por una vida mala, o porque la enfermedad le ha cogido y no le suelta. Triste gente de esta condición, que salen de portales húmedos con olor a viejos cocimientos, hay muchos en Madrid. Las privaciones de aire puro y sol, el olvido de de las verdes profundidades de los valles cortados por algún cristalino río, agotan el mas fuerte cuerpo. En la urbe el hombre se remete hacia si, recoge toda su persona y solo muestra una curtida piel blanca que resiste los fríos del invierno, que suelen helar las fuentes públicas, o bien,  aguantan el fétido calor de los estíos embutido en un espeso aire caliente preñado de gases y polvo.
La plaza esta medio vacía. El sol de la tarde sigue quemando el suelo y su luz cegadora llega desde la calle de San Pedro como un caliente cuchillo. Remonto la calle y me paro en un viejo escaparate de lo que fue tienda y ahora es un bar. No han tenido mejor acuerdo que llenarlo de viejas botellas de todos los tipos y objetos fuera de uso. Podía ser una buena idea la decoración, si no lo hubieran dejado así desde le día que lo pusieron que, por el polvo que tiene, debió ser cuando vino Eisenhover a Madrid en 1959.

La calle de San Pedro es como una de tantas que hay en centro de Madrid. Por ella lo mismo ha bajado el pueblo alzándose contra los franceses, que el coche de bomberos a sofocar una chimenea ardiendo por el hollín. Posiblemente desde esos balcones se tiraron las macetas contra los invasores como dicen las crónicas de esos días. He pensado más de una vez hacerme con un viejo piso en una de estas calles, donde amanecer con el ruido de los vecinos yendo y viniendo. En esta calles nunca arraiga el tránsito de vehículos, no mas que lo que hicieron los coches de caballos en el XIX. Desayunar un cafelito y leer el periódico en la tranquilidad de uno de los pequeños bares del barrio es un buen principio para desgranar las horas del nuevo día. Ahora solo me conformo con pasear por las calles reteniendo en mi memoria cuanto veo como el que guarda apuntes en una carpeta. Siempre pasear me ha colocado los ánimos revueltos o trastocados a su mejor sitio. Fue en esa calle donde me acordé de lo que me contó mi amigo Pedro. Porque fue allí donde le ocurrió. Me dijo: -Seguía andando un buen rato por la calle de San Pedro y  en una bocacalle me llaman por mi nombre. Reconozco la cara pero no el nombre. Llevaba un traje muy arrugado como la camisa y parecía como antiguo. Peinado para atrás y demasiado joven como para que me llamara como lo hizo.- Mira sobrino.- dijo- pese a que no te veo a menudo y no quiero importunarte, quiero decirte que  la amá  estaría muy contenta con que te hagas con su casa en el pueblo, me he enterado que la venden así que si no es mucho quebranto para ti, puesto que vas a tener dinero, cómprala. Se que te gusta la naturaleza. Te hará feliz y a la amá también. Diciendo esto, sonrió y desapareció tan deprisa y súbitamente como apareció. Estuve un buen rato pensando cómo se llamaba y qué relación de parentesco tenía conmigo. Pero no lo localizaba y pensando estuve todo el viaje en el autobús y... nada que no me acordaba. Al llegar a casa, le di cuarenta vueltas a todo lo que me había dicho. Me llamó sobrino y, la verdad, no recordaba a ninguno de mis tíos con esa cara. Ni tan joven. Y luego no entendía que me hablara de la amá. Mi madre no era vasca ni ninguno de la familia, y amá es como se nombra en vasco a la madre.  Bueno una de mis bisabuelas era navarra, y allí se habla el vasco y el castellano en los pueblos del pirineo de donde era ella, pero ni mi abuela, ni mi madre nacieron allí. Por otra parte lo más sorprendente es que me dijera que iba a tener dinero para comprar una casa. No tengo ni un duro y, por lo tanto, ni puedo comprar casa alguna ni se donde está esa casa que me pide que compre. Así que pensé que se había confundido conmigo, creería que era otra persona. Pero... no, no se equivocó. En modo alguno. Un día, bastantes semanas después, al mirar un boleto de euromillones me enteré que me habían tocado 15 millones de euros y, pasado el momento de la alegría y euforia, me acordé de lo que me dijo aquel hombre que decía era mi tío. Claro que para comprar la casa de la amá, debía saber quien era ella y donde vivía, y para saber eso debería identificar al que me lo dijo. Así que recurrí a las fotos familiares que tenía mi tío Andrés. Fui a su casa y estuve viendo todas las fotos que tenía. Cuando estaba terminando de verlas me llevé una sorpresa. Entre las mas antiguas estaba la de un tío abuelo, Isidro, que se había ido a América y que nunca mas se supo de él. Era él, el que me abordó en la bocacalle  de la calle de San Pedro, con su traje de principio del siglo XX y peinado para atrás. No podía ser... ¿era una aparición? ¿Un espíritu que me daba un mensaje? Bueno, el caso es que no podía seguir con la inquietud y no saber quien era la amá  y, desde luego, no era mi madre ni mi abuela, así que llegué a la conclusión de que era la bisabuela que era la amá del tío abuelo Isidro y, sin esperar mas, me fui al pueblecito donde estuvo viviendo ella. Efectivamente estaba en venta su casa, y como estaba en bastante buen estado y era muy hermosa, me gustó y la compré.

Cuando le pregunté a Pedro si así acabó todo, el sonriendo me dijo: - No, ¡que va! Nada mas comprar la casa, una mañana que había ido al Museo del Prado, al salir, me fui a dar una vuelta por la calle de San Pedro, que tanto me había marcado en mi vida, así que subí por la calle de Huertas, paralela a la de San Pedro  y a la altura de la bocacalle común, y en la que apareció el tío abuelo, lo volví a ver un instante, solo el tiempo que duró lo que me dijo: -gracias sobrino.
(Publicado en el diario La Tribuna de Ciudad Real el 5 de octubre de 2013)

20130923

LA SIERRA EN ARMAS



Cuentan los mas viejos de los que van quedando en la sierra que, llegando al día de San Miguel  de 1579, fue reunido el Concejo de Malagón por orden de la autoridad y como era costumbre en el castillo. Ese era el día que por costumbre se habían de nombrar a los alcaldes y darles sus varas de mando. Después de algunas demoras  se dio repaso a las causas pendientes así como de las mejoras que habían de acometer para mejor gobierno, y el alcaide, titular de su autoridad por orden del rey, esperó desde arriba de una de sus cuatro torrecillas, la que daba a poniente, a que acudieran los que debían asistir de las caserías que habitaban en las sierras. Por la madrugada, habían salido el alguacil y alcaldes menores de la comarca a citarlos para que se acercaran y dieran testimonio. Había al parecer muchos miedos y temores, luego que llegaran desde la misma ermita del Santiespíritu noticia de la presencia inesperada de un hombre montado a caballo, con lanza y espada corta, que en latín, reconocida la lengua por el señor cura,  iba exigiendo todo lo recaudado por los que allí viven para las contribuciones pendientes, con la advertencia de que todo lo que se había tomado como tributo era de su propiedad, pues él era el señor de aquellas tierras y era menester disponer de ello para sus necesidades. Con estas nuevas al alcaide, junto con los Corregidores, tomaron la decisión de resolver el conflicto de la manera más pacífica posible y si no entrara en razón el hombre que lo había provocado habría que tomar otras medidas con la fuerza.
Bien temprano, al alba, el alguacil, Lorenzo de Aguilar, que llevó la orden escrita por la que debían ser citados, dio el paso ligero a su montura, a la que seguían las de los otros que le acompañaban y, en la primera legua, por encima de la laguna Nava grande, paró para hacer descanso del viaje y, bajo un roble grande que crecía al borde del camino, se sentaron para dar cuenta de las viandas que habían llevado consigo en un almuerzo rápido. En la reunión y, entre bocado y bocado, comentaron los hechos que les contaron y se extrañaron que hubiera aparecido un raro hombre a caballo hablando en latín. Uno de los alcaldes, Teodoro Freire, creía firmemente que se debía tratar de un bachiller, medico o  letrado que habría perdido el juicio, pues era sabido que en la Universidad de Alcalá, donde se hacían estudios de leyes y otras enseñanzas, todas se hacían en latín, así que debían leer y hablar en esa lengua, que ya esta en desuso en el lenguaje popular. Los alumnos de esa Universidad sabían latín con suficiente soltura como para poder hablarlo y entenderlo y no es el primer caso que alguien, después de apurar mucho el estudio, haya perdido el seso. Los que le acompañaban perecieron entender el argumento pero uno de ellos Juan Contreras, maestro de escuela y hombre de reconocido prestigio en la villa, añadió que para ser mas prudentes habría que incluir el supuesto de que el extraño jinete pudiera ser un clérigo, pues son los clérigos los que en aquellas fechas mas practicaban el latín, a diario en la misa, y lo habría estudiado profundamente y, desde luego, el que se le hubiera ido la razón no podía excluirse a un clérigo, pues hombres son y la cabeza la tienen como los demás mortales.
Terminado el descanso partieron hacia las caserías y mediada la mañana  llegaron hasta La Fuencaliente, primera que de todas ellas. Allí, puntualmente se informaron y al parecer el caballero  armado debía estar el Las Peralosas, pues hacia allí lo vieron partir. Entregaron la citación a varios de los vecinos de las caserías, incluida la de Santiespiritu y, cogiendo cuanto les hacia falta para el viaje, marcharon con los que les entregaron la citación hacia la villa de Malagón. No lo hicieron así con la de Las Paralosas porque tenían orden de no enfrentarse con el extraño caballero armado hasta que el alcaide del castillo ordenara lo que mejor habría de convenir.
Cuando empezaba a caer la tarde el alcaide del castillo fue avisado que llegaban los que él había citado y fueron preparando la sala donde habrían de prestar testimonio, para lo fue avisado el escribano Blas de Espinosa que al punto llegó hasta allí pocos minutos, ya que  se le había dado aviso de que estuviera en su casa.
Cuando estuvieron todos los que fueron interesados el alcaide preguntó a Domingo, elegido por los demás como portavoz,  que había llegado desde Santiespíritu, que es lo que había ocurrido. Dijo que dos días atrás se presentó un hombre, que hablando en latín, según se averiguó después, una vez que le contestó el señor cura que estaba presente, y que dijo llamarse Publio Cornelio, demandó con las armas que portaba en la mano, todas las alcabalas y tributos que se habían apartado para las contribuciones de las caserías. Lo que se le dio por temor a que hubiera alguna desgracia, pero con la advertencia del aviso que habría de darse a la autoridad de la villa de Malagón. Cuando se le dijo esto, él, de manera muy airada, dijo que la única autoridad que había en todas las tierras que hay, desde que sale el sol hasta que se pone, era él y nadie más que él, como general de los ejércitos del pueblo.
Cuando le pidieron que dijera como era el tal jinete armado y cómo iba vestido, todos los convocados coincidieron que iba vestido como un soldado antiguo, con sandalias, peto de cuero,  manoplas y  casco con penacho.
Cuando oyeron todo esto, al alcaide vino a recordar unas losas que habían sido desenterradas no hacía mucho tiempo y que decía en una de ellas Publius Cornelio princeps a carcuii, y en la otra lo escrito estaba borrado, no se si por el tiempo o por la acción del hombre. 
Ante el temor de alguna requisitoria desde Toledo, el alcaide mandó gente armada para intentar localizar y traer al que había sustraído por la fuerza los tributos e impedir que hiciera lo propio con otras caserías y dio cuenta de lo que aconteció puesto que en piedra se reconocía a uno llamado igual como príncipe y no quería conflictos con personas principales.

Se sabe que por el centro de la península llegaron las huestes de Publio Cornelio Escipión, llamado El Africano, el más prestigioso general del Imperio Romano. Pero no se pudo nunca explicar como pudiera aparecer un hombre con el mismo nombre  y el mismo aspecto, bastantes siglos después en las sierras de Malagón.

20130908

A Orión.Job 38:31


En la mañana del cuarto día, del noveno mes de hace cuatro años, se levantó temprano Ray Mac Gilles. No había más que empezado a amanecer y el sol pasó por la ventana de su estudio, atravesó el pasillo y en el salón, que estaba a poniente, marcó la silueta de la ventana por donde había entrado. No sabía porqué pero se quedó mirando fijamente en el cuadrado luminoso algo amarillento y tostado pero de una fulgurante luz; y así se quedó unos minutos esperando quien sabe qué. Así estaba cuando, en ese cuadrado de luz, no se sabe si lo alucinó o fue realidad apareció una leyenda en caracteres antiguos que decía:  Job  38:31 Orión. ¿lanzarás de las ligaduras de Orión? 
Después de estar así unos minutos, la luz se fue desvaneciendo y se irradió por la pared del pasillo hasta desaparecer. Sesenta días con sus sesenta noches, que en vela le tuvo el asunto casi todas las horas del día, estuvo esperando encontrar el significado de aquello, que no sabía si había sido un suceso o una alucinación. Miró en la Biblia que era lo que decía ese versículo aparecido en la pared, y para su sorpresa decía: ¿Podrás tú atar los lazos de las Pléyades, o desatarás las ligaduras de Orión? Al día sesenta y uno estaba dentro de una enorme confusión. Consultó traductores, libros y en internet y  confirmó que en hebreo el verbo desatar también tiene la acepción como lanzar desde una atadura. Así que quedó algo confuso y totalmente perturbado por el enigma del mensaje.  En consecuencia siguió indagando sobre la constelación de Orión y, después de varias horas de búsqueda, encontró la coincidencia de las tres pirámides de Egipto del conjunto de Guiza, (Keops, Kefren y Micerinos) y las de Teotihuacan en México, y su similitud con las estrellas del Cinturón de Orión. También se enteró que en las profecías mayas se menciona este dato de su coincidencia con la constelación de Orión. Las Pirámides de Egipto tienen una correlación en cuanto a posición y orientación, a las Pirámides de Teotihuacan, en México. Es muy probable que las civilizaciones antiguas incluyendo Egipto, Teotihuacan, los Mayas, etc, hayan tenido contacto extraterrestre, los que dejaron un legado y sabiduría que fue plasmada en diseños arquitectónicos muy avanzados, solo explicables con conocimientos de matemáticas y astronomía muy complejos. En los textos de las Pirámides, grabados durante el imperio antiguo, decían que el rey (el faraón) resucita y es lanzado ascendiendo para estar con los dioses. Tratándose de los cuerpos celestes, las ataduras son las fuerzas de atracción entre los cuerpos del Universo y las de gravedad de los planetas y satélites. Esto le dio materia suficiente para seguir buscando y encontró las mismas coincidencias con las recién descubiertas pirámides de Bosnia, las de la población de Visoko.  Tienen todas las mismas correlaciones de posición y orientación que las estrellas del cinturón de Orión, Mintaka, Alnilam y Alnitak. Se hablaba en una documental científica que especulaba sobre la función funeraria que se les atribuía y la ponía en cuestión no descartando la posibilidad de que ese tipo de construcción sirviera para establecer contactos extraterrestres. Habían medido la acumulación de energía en el vértice cenital de ellas y era muy grande.  El caso es que el amigo Ray se fue obsesionando con este tipo de investigaciones y fue mermando su obsesión toda otra actividad que le sirviera para vivir dignamente. Con los ahorros que pudo reunir, aquellos que no se los había comido del todo el banco, cogió el petate y el tren y se presento en Bosnia, luego de hacer la correspondiente visita a Guizá en Egipto. Llevaba dos macutos consigo, uno era de la ropa y lo necesario para el aseo y otro cargado de los apuntes y libros que consideraba útiles para su expedición personal. En la Pirámide de Keops,  del 2.570 antes de Jesucristo, y la mas grande del conjunto de Guizá, encontró que la llamada cámara de la reina estaba justo en el centro del vértice de la pirámide y no estaba destinada a reina alguna sino a una parte del espíritu humano llamada Ka o “fuerza vital”. Con estas informaciones partió para Bosnia donde se ubican las pirámides descubiertas en Visoko, siendo la mayor  la llamada “Gran pirámide del Sol”.  Con mas altura que la de Keops, considerada la mayor hasta ahora con 450 pies de altura, y la bosnia con 722 pies. Allí se alojó en una pensión familiar en la que el dueño, Admir;  se había convertido en un experto en los detalles de cuanto habrían descubierto los arqueólogos, y aun siendo poco científico todo lo que le contaba, le oía horas enteras deteniéndose en los avances de las excavaciones. En unos días, se le agotó al bosnio los elementos de información y Ray, después de contarle a Admir sus teorías de los rituales que al parecer hacía el faraón para entrar en trance, se fue por tercera vez a subir a la gran pirámide del Sol. Mientras subía, siguiendo el ritual previo que había leído, fue haciendo repaso a todos los acontecimientos de su vida que consideró importantes de forma que cuando llegó sin aliento arriba ya había  considerado su vida entera. Estuvo dando vueltas por la cumbre de la pirámide y con ayuda de la brújula que llevaba y el GPS del móvil consiguió ponerse justo en el punto más alto de ella. Como si estuviera intuyendo un ritual ancestral, se desnudó, extendió los brazos, primero pegados al cuerpo y luego en cruz. Alzó la cabeza y procuró dejar la mente libre de pensamientos. Así parece ser que fue cómo se le vio la última vez. Fue Adnan, un experto en setas silvestres, que andaba por uno de los lados de la Gran Pirámide del Sol el que contó a la policía cómo estaba viéndolo en la cima de la pirámide cuando, en un instante desapareció. Arriba encontró la policía las cosas de Ray que llevaba encima, entre ellas la documentación y una carta, en la que explicaba que iba a intentar  ser lanzado a Orión.


20130905

COMO LAS CHIMENEAS



Las chimeneas de las casas humeaban con el olor a azufre que daba el carbón, en uno de los días brumosos del mes de noviembre. Solo el olor valía para distinguir entre el humo y la niebla, que resultaba teñida no sé muy bien si por el humear o por el color parduzco de las fachadas. El silencio general era el natural previo a una nevada y solo lo rompía el silbido del tren que avisaba de las entradas y salidas de la estación. En la ciudad, apenas había gente ocupada, acarreando leña, preparando el sacrificio de las reses y las verduras en el mercado, abriendo alguna sacristía, cerrando algún calabozo tras la expulsión del último borracho sin hogar, y los carros del transporte subían la cuesta de la última calle para recoger sus mercancías del muelle ferroviario. Las bestias iban dejando sus boñigas humeando sobre el firme de los adoquines. Aún era pronto para el trabajo en los servicios públicos y en la panadería se derramaba el olor del pan que ya estaba listo para la venta. El alguacil roncaba en su cuarto, aturdido por los vapores del amoniaco de un bacín lleno. Y los colegiales aún dormitaban sepultados entre un cerro de mantas y los colchones encajados en las altas camas de frío hierro negro, aguardando, sin ser conscientes, la hora de acudir a la escuela.
         En el bar de la plaza, aun con luz eléctrica, pese a que estaba completo el amanecer, se despachó un café para Alvar el abogado. El reloj redondo de pared, con la marca francesa en el centro, sonó dando las siete y media. Llegó desde su casa, luego de estar toda la noche peleando con los escritos del pleito. Mirando a la taza, medio dormido, pensativo y con un punto de tristeza, repasaba todo dando vueltas con el índice por el borde. Pensaba en lo fácil que es resolver un conflicto si hay buena disposición y lo difícil si no la hay. ¡Cuanta mala leche había en las letras de la demanda! Pensaba. La misma que habría en la contestación. Así se habían producido los hechos desde el principio y así seguiría mas adelante. Por una cuarta de linde o un palmo de medición mal hecha se tenía la necesaria materia para destrozarse las partes toda una vida. Al fin y al cabo solo era el instrumento de su cliente y nada cambiaba con su opinión. Pero ese trabajo, fundado sobre pura mierda, no le hacía feliz precisamente. Le miró el chico de los periódicos cuando pasaba camino de la papelería y, por un momento, el jurista envidió su cara despejada de preocupaciones. Por un momento también, el chico pensó en cuanto tendría que trabajar para estar sentado en el bar tomando tranquilamente un café. Cogió el periódico que acababan de traer a la Cafetería y se fue directo a la última página. Ya había pensado, mas de una vez, que esa rara costumbre suya de irse a leer desde la última página hacia atrás, terminando con la primera, con la portada, pudiera ser memoria genética de antepasados árabes, que como es sabido sus textos se ordenan al revés a como los manejamos aquí. O quizá era por su decisión acostumbrada de leer primero las cosas intrascendentes y finalizar por las noticias más importantes y a veces dramáticas. Si, pero como siempre, un momento antes de irse, cerro el periódico, se quedó mirándole y con mucho cuidado lo dobló y lo dejo en su sitio.
         Llegó  el abogado a su casa cuando Julia, la chica que le ayudaba por encargo de la madre de ella, con las mejillas prendidas de rojo por el frío, estaba ya en el patio encendiendo con un soplillo de esparto los dos braseros de picón. Se miraron por un instante y como era costumbre ya en él, un golpe de emoción contenida le hizo olvidar todo, la noche en vela por el duro trabajo, las amarguras de los apremios que habría que afrontar para intentar aliviar a sus clientes, (con los que no conseguía ese trato frío que algún día le habían aconsejado), y la amarga y dura soledad,  que si bien le daba libertad para hacer de su vida lo que quisiera, le llenaba las horas de silencios y una enorme sequía de caricias y conversaciones de intimidad y complicidad, que no había alcanzado pero que ambicionaba. Ella se ruborizó con la tranquilidad que le daba la oscuridad que aún guardaba el rincón del patio, suficiente para que él no lo advirtiera. Siempre pensó Alvar que ella no podía fijarse en él. Solo verse rechazado le dejaba mudo, inmóvil e incapaz de nada útil para salir de dudas. Al fin y al cabo, con todos sus estudios no era más expresivo para  las relaciones amorosas que una chimenea, que de lo único que se sabe es que hay fuego, pero solo eso…

Subió el abogado por la escalera y fue directamente a su cuarto volviendo a hacer crujir las tarimas del salón donde aún calentaban en la chimenea las brasas del fuego que hizo confortable su trabajo nocturno. Se echó en la cama vestido y calzado, con los pies fuera por un lateral; después de poner el sonoro despertador para una hora mas tarde. Se quedó mirando el techo, enmarcando con los cercos de la escayola todas las ideas buenas que pudo acumular. Se quedó recreándose con el recuerdo de sus mañanas bajo el castaño de la huerta, junto al río, leyendo a Pérez Galdos y oyendo a las oropéndolas llegar curiosas hasta la higuera próxima. Cuando empezó a ver en color las hojas del castaño, se quedó plácidamente dormido. 

20130826

LA ESCAPADA DEL ESLAVO

Decía Jorge que había vuelto a tomar el Metro y en la línea 3. Todas las mañanas iba al trabajo metido en el socavón como iba antaño a clase. Los coches son más modernos, rápidos, y tienen unos monitores sordomudos que van dando información sobre múltiples cosas, mientras arriba en la calle siguen los martillos hidráulicos torturando los oídos como entonces, en los calores del verano. Los vecinos de Madrid se están forjando para cuando sea viable la vida en Marte, una vez que se complete la terraformación del planeta. Los índices de acidez, contaminación, y luminosidad de la atmósfera madrileña, son un buen comienzo para preparase para el viaje.
Pese a todo las viejas casas del casco antiguo permanecen todavía firmes y con la misma apariencia que cuando todavía creía yo que no iba a envejecer nunca. Siguen oliendo a cocido, a humedad crónica y solo el sonido se ha visto cambiado por las nuevas voces que los pueblan.
-  ¡Mira mi amol no me hagas salil otra vez que ya vine de trael los mandaos! Oía por el hueco del patio. Seguía leyendo con más interés recuperando su antigua costumbre de escapar al mundo de las páginas. Solo le puede rescatar a Jorge con la promesa de volver a tomar unas cervecitas bien tiradas en la primera tabernilla que sepan hacerlo en condiciones.
La luz del mes de agosto seguía inclemente en las calles calentando el asfalto hasta el punto de licuación. Calor desde el suelo, desde los motores de los coches que pasan a oleadas soltando un abrasador aliento, y desde las rejillas del aire acondicionado que hacen mayor el infierno madrileño. Un día decidió ir de vacaciones con la esperanza de refrescarse con la brisa del mar. Lo dejo para después. Los vencejos que vinieron de África hace tiempo que planean por las calles al atardecer, junto con las golondrinas. No se oyen las campanas avisando de las novenas, pero aún hay gente que se sienta en las terrazas de las aceras creyendo que el fresco es una situación y no un producto directo de los cambios de aires. Por eso, como si fuera un tic o hábito irracional, se sientan y ponen cara de alivio fingido mientras hablan con gran lentitud de la última crisis que como todas las que han pasado parece no acabar nunca.
Un perro estaba echado en el umbral de un portal, aprovechando el fresco del las baldosas. Algo así es lo que decía que iba  hacer para descargar el cansancio y el estrés que había acumulado en todos estos meses de ajetreo. Se asomó como siempre al periódico, y lo cerró, no mas tarde, con el convencimiento de que todo es mejorable. Como siempre. Pero lo cierto es que cuando volvía a su casa, en la calle del Olivar, se cruzó de nuevo con el vecino. Un hombre con acento del este de Europa que siempre le saludaba con mucha amabilidad. Sabía su nombre, pero no me lo dijo por lo que mas adelante voy a contar. Tenía este hombre casi las mismas costumbres que Jorge, pero sus destinos de todos los días no lo eran iguales. Mientras Jorge iba al trabajo, su vecino cogía el metro en Lavapies y se iba al centro.  Un día que libró Jorge, se lo encontró en el barrio de los Austrias. Allí estaba, con sus vaqueros rotos y con dos amigos, una chica y un señor mayor. No parecían turistas y el vecino, al que voy a llamar Cyril, puesto que su verdadero nombre no lo digo, llevaba unos libros que al parecer habría comprado en el puesto del Pasaje de San Ginés. En ese momento fue cuando preguntó qué hacía Raimundo de Borgoña en Madrid en el siglo XI, en la conquista de Madrid, momento en el que al parecer se empezó a construir el templo. Se quedó conforme cuando se le dijo que Raimundo era el yerno de Alfonso VI.  Otro día estaba Cyril en Una tabernilla de la calle de san Pedro y disfrutaba de lo que le contaba un camarero asturiano que trabó conversación con el cuando peguntó por las fabes. El caso es que mi buen amigo Jorge, estaba intrigado con su vecino, pues  siempre cerca de él había alguien circulando como si le siguiera. Debía tener bastante dinero, no parecía pasar apuros,  aunque la casa de la calle del Olivar donde vivía de vecino con Jorge, era muy antigua y algo cochambrosa. Me preguntó Jorge lo conveniente que podía ser advertirle sobre esas personas que parecían seguirle, pero llegamos al acuerdo de que, mientras no viera algo más inquietante, mejor era no meterse en camisa de once varas. En el supuesto de estar ante unos mafiosos de los países del este, la cosa pintaba mal.
El verano empezaba a  mostrar sus días mas duros en un mes de agosto que iba acabando sus días, cuando en la Verbena de la Paloma, donde fui con Jorge, que no fue para cumplir con la Virgen sino para agotar la noche bailando y bebiendo cervecitas bien tiradas, es donde volvió a ver a Cyril haciendo lo propio con un grupo de estudiantes de Derecho que estaban preparando los exámenes de septiembre. Me lo presentó y Cyril, que debía tener unos cuarenta y poco años, hacía que sus risotadas se oyeran hasta en el Campo del Moro  y, como solía hacer, se pasaba la noche preguntando cosas sobre la vida de Madrid. Tan animado estaba que empezó a cantar una canción en su idioma, muy sentimental como suelen ser las canciones de amor de esas latitudes.
El caso es que, después de la verbena, y salvo un día que le saludó terminando el mes, el 28 ó 29, que ya no se acordaba bien, no volvió a verle más ni por la calle del Olivar, ni por ningún sitio.

A los cuatro meses me llamó al móvil Jorge para avisarme que viera los periódicos de ese día, en los que salía Cyril. Efectivamente, allí estaba. Resultó que el que le he dado por llamar Cyril, y que no digo su nombre por cuestiones obvias, resultó que era el primer ministro de su país, que también me callo. Los que le seguían debían ser los escoltas.
Me decía Jorge, cuando me lamentaba de los calores, los ruidos y el aire fétido de Madrid, que él lo veía ahora de otra manera. La vida de Madrid, aun tenía su valor especial. A lo mejor tiene razón.
(Publicado en el diario "La TRibuna de Ciudad Real" el 24 de agosto de 2013).

20130818

Bajo una cepa

Bajo una cepa de garnacha encontró Ignacio lo que parecía un hacha del paleolítico. En forma de cuña dejaba ver los tres cortes para su despunte hechos con otra piedra. La sombra de la cepa era un pequeño refugio que cubre del sol abrasador de la Mancha. En donde estaba la parra, la altura superaba con mucho los setecientos metros, los mismos que tiene más de una población de alta montaña. Desde allí se domina todo el valle del Becea y debió ser un lugar estratégico para vivir en la antigüedad. De eso dan testimonio los diversos asentamientos descubiertos en el entorno. La vid garnacha es una de las cepas cultivadas más antiguas de la península, se dice que los aragoneses la llevaron a Cerdeña y allí se cultiva con la denominación de Cannonau. Como era de esperar, los sardos dicen que fue el proceso inverso, que fue traída de allí por los de Aragón. Sea una cosa o la otra lo cierto es que la garnacha tiene unos aromas que entroncan con los vinos clásicos del imperio romano. Habrá que ver si se pudiera analizar los restos de un ánfora romana que tuvo vino de aquí, si lo que contuvo era vino de garnacha.
En la falda de la montaña a solano prospera la cepa con el cálido amorcillo de la insolación en invierno. Los suelos ácidos y pedregosos le hacen más recia y austera. Una sola uva de esta cepa abre las referencias de toda su vida entre nosotros con los intensos aromas recogidos en su pequeño contenido y llevados al extracto por la sequía del verano. Cepa antigua, casi diría yo que se remite a muchos siglos pasados. No se si el que hizo el hacha tendría a su mano una cepa para tomar los pequeños racimos y densos de estas ancestrales uvas. Tampoco se si los antepasados del cernícalo primilla, que miraba desde la copa de una acacia cercana, podrían contar cuando llegaron allí los primeros plantones para hacer el primer majuelo. Pero lo que si es evidente es que en un pequeño espacio de la ladera, dando una referencia de verde intenso a la pedriza, la cepa sigue dando uvas todos los meses de agosto, haga el tiempo que haga, en invierno o en verano. Por eso acuden los tordos hasta allí para acabar con los racimos en cuanto les dejen. Y el cernícalo las guarda para poder sentir como dicen que se sintió Noé cuando tomaba las suyas. Aun no ha podido Ignacio esperar a fermentarlas para coger una cogorza bíblica.  Mirando estaba a la piedra labrada cuando pensaba en todo esto que antes dije. Miró con detenimiento al hacha paleolítica y, con lentitud, acercó la mano y la cogió. En ese momento se vio vulnerable. Tenía el brazo desnudo y lleno de un vello oscuro que cubría toda su sucia mano.  Se levantó súbitamente asustado y se vio de cuerpo entero. Estaba cubierto con una piel de cabra y a guisa de calzado llevaba unas calzas de cuero atadas con tiras de piel que subían por las piernas. Miró en derredor  y estaba en tierra abierta, llena de matojos y la parra que tenía debajo se veía claramente que era salvaje, en la falda del monte. Un chillido de un cernícalo le sacó de ese ensimismamiento que le tenía sobrecogido. A lo lejos pudo ver un oso pardo que bajaba por la ladera hacia él, le habría olfateado y  traía un medio galope que le metió un gran pánico en el cuerpo. Soltó asustado el hacha de piedra y… al momento… todo lo anterior desapareció. Estaba al pie de la cepa de garnacha, que formaba hilera con otras en el majuelo de su casa. Estaba otra vez, vestido con sus vaqueros, las deportivas y el sombrero de paja roto que había cogido del perchero.
Aquella tarde estuvo pensado en el raro incidente que le había pasado al pie de la cepa. Se trajo el hacha de piedra a la casa y no parecía que ocurriera nada parecido. ¿Habría sido un sueño? ¿Tomó algo que le hubiera inducido a alucinar? Desde luego algo habría ocurrido para tener la experiencia tan extraordinaria que le pasó. Terminó la tarde, las nubes de tormenta se fueron acercando y pudo ver los rayos cayendo detrás de los cerros, hacia Picón. Se recogió pronto en la casa y apenas tuvo tiempo para ver las noticias en la televisión después de una cena corta, ya que, cansado, se retiró pronto a dormir. Pensaba en ello cuando se ponía el corto pijama  con el que intentaba estar a salvo del calor durante la noche. Se echó en su cama y mirando hacia el techo, entretenido como siempre con brillar de las estrellas fluorescentes que había pegado en el techo intentaba dormir. Cogió el hacha de piedra que había dejado encima de la cómoda y no pasó nada. Intentó dormir. Más tarde, cuando empezaba a conciliar el sueño, en la fase de presueño alfa, que según dicen es cuando se tienen las revelaciones, le vino un pensamiento reiterativo: debía coger el hacha como la otra vez, al pie de la cepa y en el mismo sitio, a unos treinta centímetros del tronco, junto al tallo de un espárrago que había parado su crecimiento por el estiaje. Cerrado estos pensamientos le vino el sueño profundo y se durmió.
 Al día siguiente, cuando acababa de amanecer y apenas el sol habría levantado su círculo por encima de los rastrojos de las faldas serranas, se lavó deprisa, tomo un café de un sorbo con una tostada con aceite y se fue hacia el majuelo. Al llegar junto a la cepa, miró al hacha de piedra que había traído atada con tiras de cuero a un astil de madera de olivo, repasó sus filos con el dedo índice, como para asegurarse de que cortaban todavía y, con detenimiento, se agachó hasta estar a treinta centímetros del tronco y junto al tallo del espárrago. Al momento, y con un golpe de luz como la anterior vez, se vio con ropajes de piel y lleno de vello oscuro por todo el cuerpo, miró hacia afuera y vio cómo el oso que habría visto por la mañana del día anterior se le estaba echando encima con un rugido terrible. A dos metros de él. Le entro un miedo pánico terrible y, cuando el oso dio un salto hacia él con las garras en alto, se aferró al hacha y de un golpe brutal le dio en el cráneo al oso que calló a sus pies con un enorme ruido sordo y bufando su respiración que se le agotaba. Se le cayó el hacha, y, al momento todo volvió a a tiempo actual.

Se fue a su casa sudando con el terrible recuerdo del incidente. Nadie supo de él, no se lo dijo a nadie, salvo a mi, cuando estuvo con fiebres en invierno; y ya se encargó de hacerle promesa que no diría nada a nadie que pudiera identificarle. Así lo hice y lo hago y, por eso, su nombre es otro…
(Publicado el 17 de agosto de 2013 en el diario "La Tribuna de Ciudad Real")

20130811

Chardin

Mis manos ya no pueden pelar una manzana con facilidad, las veo y no reconozco aquellas manos que tuve hace años ya, cuando bajaba a la plaza a jugar con mis vecinos, corriendo, saltando y agarrándolos fuerte para no soltarlos, cuando el juego lo requería. Las mismas manos que agarraban las ramas del peral cuando subía en el huerto del  cura. Si, esas son las manos que tengo ahora, que aún siguen reteniendo la destreza para sujetar el pincel o el grafito, habiendo perdido firmeza y teniendo ganado con hartura certeza en el trazo, cada vez mas delicado, cada cuadro con luz plena.  Tengo que salir al campo. Si quieres Raoúl les puedo preguntar si puedes venir conmigo. Le diré a los de las caballerizas que cuando tengan que ir a por las provisiones que nos lleven, como la última vez. Una mañana entera es suficiente para los apuntes que preciso. Toda mi vida he dibujado y pintado con  detenimiento, viendo el resultado de cada trazo, de cada pincelada. Sabes Raoúl, mi padre fue un buen ebanista. Me admiraba cómo sacaba las formas de portentosos muebles de unas piezas de que antes eran troncos de árboles. Recuerdo a mi padre pasando la escofina por los bordes de la madera, viendo en cada pasada el relieve resultante, “es importante que no se pierda el sentido de la obra que haces por la premura o la prisa”- decía- y tenía razón.
Un cuadro debe captar el tiempo de una centésima de segundo; pararlo, y hacer que permanezca para toda la vida del cuadro, quizás siglos. Para eso es necesaria la calma y la tranquilidad, para atrapar la luz que es la que hace aparecer el color, las dimensiones  y la naturaleza propia del cuadro y, si sale bien, el que lo mire y se detenga a contemplarlo, se olvidará que es un cuadro y verá ese corto espacio de tiempo de un poco de la vida que ha quedado atrapada y ¡volverá a vivir la experiencia de ver lo que yo vi!
Raoul, tráete el carboncillo y papel, encontrarás muchos motivos para dibujar. Pero no esperes que yo te siga todo el rato, a los ochenta años poco se puede hacer con el cuerpo vencido y los músculos sin mas tensión que la precisa para moverse. Hubo un tiempo, Raoul, que llevaba yo mismo un pequeño coche  y uncía al caballo si ninguna ayuda, En L’Ouvre  tengo casi todo a mano. Buen favor hizo monsieur le Marquis  de Marigny, hermano como sabes de madame Pompadour, en conseguir de su majestad la cesión de la vivienda. La que es mi casa desde 1757. Tengo todo a mano, aunque me han de traer pinturas, aceite de lino y tierras desde el taller de un buen amigo. Es de agradecer la pensión de 500 libras que se me concedió. Sin embargo aun puedo vender alguno de mis cuadros. No es demasiado copiar alguno de los ya hechos; disfruto igual ejecutándolos; como mi padre disfrutaba haciendo el mismo mueble una y otra vez. Puedo hacerte un retrato dibujando, ya hice uno en 1737. ¿Te parecería bien Raoul? ¿Si? Acércame las gafas muchacho. Ponte en ese escritorio y coge el carboncillo y esa carpeta de allí.
-Maestro Chardin, lo haría con gusto pero no creo que sea una buena idea; recuerde que el médico le ha dicho que tiene que guardar reposo.
- Si, es cierto. Tiendo a olvidar los años y la salud. Pero sigo con las manos diestras y no hay que dejarlas ociosas… en fin, otro día.
-Jean Simeón, ¿te tomaste el jarabe?
- Si mujer, tomé el agua sucia…
Otro día maestro Chardin, Otro día.
Jean Baptiste Simeón Chardin, pareció no oírle… cogió la silla y se sentó frente a la ventana, La palilleria de plomo no impedía que entrara esa mañana un buen haz de luz que iluminaba la habitación. Los contornos de Raoul estaban bien definidos y, mientras oía cantar desde el jardín a un lúgano, cogió el grafito y fue lentamente haciendo el dibujo del retrato del muchacho. Él, al ver que el maestro se fijaba en su persona, se quedó quieto, pero no tanto como para parecer estático. Ya le había dicho el pintor que no debía moverse mucho pero moverse advirtiendo que esteba vivo. Con mano diestra, suavemente, fue deslizando el grafito por el lienzo y en momentos decisivos, hacía algo más de presión para marcar las sobras de la figura. Recordó las palabras que decía un día Voltaire: -Hay alguien tan inteligente que aprende de la experiencia de los demás. Y era verdad. Vio al maestro Boucher cómo encajaba un dibujo previo en un lienzo con trazo tan tenue que apenas se veía, eso ayudó para la limpieza de las pinceladas de óleo que vendían después. Y sin saber por qué le vino a la cabeza la revuelta del último invierno cuando se encareció el pan. Y se entristeció. Fue apareciendo poco a poco la figura de Raoul  y cuando ya lo tenía a punto para empezar a dar las primeras pinceladas de óleo dijo entre dientes: cuando termine este podría muy bien dar por concluida mi existencia. Soy mayor y lo que puedo conseguir ya es de escasa entidad y con sufrimiento, luego no me vería sorprendido si viniera la última hora. En ese momento, Raoul, se levantó de su asiento y se acercó a ver cómo iba su retrato y luego de detenerse un buen rato mirando como seguía repasando sus últimas pinceladas con las que remataba la manga del traje, volviendo la cara sobre el pintor dijo: - Maestro, ¿no es acaso esta creación que vos hacéis una forma de divinidad? ¿Acaso no hacéis aparecer de la nada algo que antes no existía y es hermoso? Jean Baptiste le miró y le dijo: - Eso es lo que me tiene unido aún a la vida, mi facultad de crear una obra que luego llena de felicidad al que la disfruta. Todo lo demás esta ya cumplido, Mis obras aún no.

¡Jean Simeón tu jarabe!  Ya lo tomé Margarita, ya lo tomé…

(Publicado el 10 de agosto de 2013 en el diario "La Tribuna de Ciudad Real")

20130804

La diferencia


Miró Sara por la ventana y vio como pasaba la gente por la calle. Llovía débilmente y los adoquines brillaban con el agua caída. La tarde se estaba poniendo rara. Tocaron las campanas y ni se detuvo a pensar para qué las tañían. No tenía ganas de salir y sin embargó lo iba a hacer. Como siempre, se  amargaba pensando en que todo el mundo la manipulaba, y concluía siempre en que era ella la culpable, por no tener valor para decir no.
Contaba su madre, y era la que mejor se pronunciaba sobre su hija, con entera sinceridad, que la niña nació buena, extraordinariamente buena, fuera de lo común. Así, desde muy chica, no le gustaban las peleas, las discusiones airadas ni los enfrentamientos. Cuando se vio alguna vez en el trance de decidir si hacía o no lo que le proponían, siempre decía: -lo que vosotros queráis, me da lo mismo. Y no era así. Como a todo el mundo, siempre se le ponía en el compromiso, como a todos, en hacer o no hacer alguna cosa que podía estar de acuerdo con sus intereses o no y pese a ello, para evitar conflictos, se avenía a transigir. Por eso, en los juegos infantiles, en las decisiones familiares, prácticamente salía siempre perdiendo. Bueno, le dolía, pero se guardaba su fastidio y se allanaba a lo que fuera. Era una chica buena, pero a los efectos prácticos algo tonta. Pero nos equivoquéis, la chica era muy inteligente, pero lo suyo era un exceso de sensibilidad, harto exceso. Aquella tarde bastó que le dijera su madre -¿me acompañas a comprar? y, sin mas, pese a su disgusto, dijo: -si mamá.
No mucho después, cuando tenía cumplido l6 años, se ofreció el hermano de su amiga, Charly, con los que estaba pasando unos días en su casa del campo, cuando ya vivía en Madrid, para llevarla en la bici, sentada en el cuadro, delante de él, rodeada por sus brazos y con sus caras rozándose. No le pareció bien, no porque no le gustara, sino porque temía que les llamaran la atención, pero le dijo que si. Y, la verdad, cuando iban en marcha, le pareció corto el camino…fue una buena sensación que no olvidaría nunca. Como no olvidó cuando sus amigas de la pandilla, en la Facultad, le invitaron a un guateque. Le daba pánico la idea, y no sabía cómo decir que no quería ir, pero cuando le preguntaron, solo tuvo valor para decir: -buenoo.
Por la tarde, cogió el metro y cada uno de los chicos que veía le parecía que le estaban mirando. Y las chicas que se encontró en el camino, parecían decirle: -tú chica, ¿para que vas a esa fiesta, si eres un cazo?
La verdad es que no era un cazo, ni tonta, ni aburrida. Tenía mucha cultura, adquirida por su costumbre desde niña por leer todo lo que caía en sus manos, y era tambien guapa, con muy buen tipo y en confianza, muy simpática. Y ocurrente. Eso si, cuando perdía el miedo y cobraba algo de valor, podía salir de sus apuros, pero… siempre cediendo.
Compró en una tienda de ultramarinos una botella de ginebra, otra de granadina y dos de zumo de limón. Quería colaborar porque harían Cup.
Al llegar al piso de su amiga, donde se iba a hacer el guateque, le abrió Pilar, y le hizo muchas alegrías. No creían que fuera a venir, y… allí estaba, con su cara inocente, su sonrisa de buena persona y una bolsa cargada de bebidas. Pasó y empezó en poco tiempo la fiesta. Todos bailaban y cuando se acercó Luis, y le pidió bailar, pese a que sabía poco y le daba un apuro tremendo, con terror a hacer el ridículo, solo supo decir: -buenoo. Luis que era el mas lanzado de la pandilla, cargadillo de tres destornilladores (que como todo el mundo sabe es vodka con naranja o limón) empezó a deslizar la mano algo mas debajo de la cintura. A Sara le subió el riego sanguíneo hasta la punta de los pelos de la cabeza y roja como un tomate, no supo decir…no. Solo se salvó con el cese de la canción de los Righteous Brothers, Unchained Melody (Melodía desencadenada). Luego a Luis no hubo que pararle, estaba fuera de juego, sentado en una silla, poniendo los discos en el tocadiscos y con los ojos entornados con una buena cogorza.
Lo peor es que Luis debió comentar con alguno de la pandilla que le había tocado el culo a Sara y que no pasó nada. Alguno después quiso probar como resultaba el invento y Sara se salvó por la decisiva intervención de Pilar. Esto de no saber decir que no o de no enfrentarse a los demás, cuando no coinciden los intereses, es una cosa complicada que puede traer situaciones muy adversas.
Así fue viviendo Sara, cargando con los peores puestos de su trabajo, por no contrariar a nadie, perdiendo en todos los enfrentamientos que se le iban poniendo y, conforme pasaba el tiempo se le iba acumulando una especie de rebeldía contenida que no terminaba de salir. Hasta que un día, en una terraza en la plaza, junto con todas sus amigas, y sus respectivos novios o maridos, llegó el momento de pedirlas consumiciones al camarero. Por una extraña coincidencia, muy rara en el país, todo pidieron lo mismo: un café con leche. Le llegó el turno por último a Sara y después de quedarse bloqueada y pensativa levantando la voz soltó con decidida y clara voluntad: -¡un capuchinoo! Y vio que no pasaba nada.

Desde ese momento, se rompió el invisible velo que la atenazaba y ya nadie más le puso contrariar. Supo decir que no, o decidir lo que más le convenía. ¡Cousas da vida! (que dicen en Galicia).
(Publicado en el diario "La Tribuna de Ciudad Real el 3 de agosto de 2013).