20140302

EVAN CUENTA



- No me digas Evan, pero cuando viniste de Nueva York, venías cambiado. Tú eras antes otro Evan al que tengo delante hoy. Perdona, no es que quiera decir que seas peor que el que conocí, no, sino distinto. Percibo en ti algo de enigmático, más sosiego o quizá mas reflexivo.
 Mientras decía esto Paco, las tazas de café humeaban aún y solo les faltaba el primer sorbo, que casi juntos, como un extraño brindis, habían tomado los dos amigos. Con eso, iniciaban el encuentro después de tres años de ausencia. La cafetería estaba llena y las voces de todos ayudaban a que la conversación fuera más privada. Dos chicas, con las últimas compras puestas como si estuvieran uniformadas de distintos colores, hacían la crónica de sus andanzas y las de sus amigas sin importarles nadie ni nada, daban cuenta de dos sugar plum kakes, con tanta avidez como con la  prisa que  hablaban.
- Paco, quizá tengas razón, pero tiene su explicación. Hay experiencias, sucesos, que nos pueden cambiar y a mi posiblemente me ha cambiado uno. Como sabes, yo nací en una casa  que esta a cincuenta metros de aquí en High Street. Brecon, como ves, es una ciudad pequeña, me quedé huérfano cuando tenía 12 años, cuando murió mi madre, y mi padre, marino de la Royal Navy, desapareció en la guerra de las Falkland. Al parecer, cayó del barco en un golpe de mar. No tenía muchas oportunidades aquí a si que, sin pensarlo mucho, me fui a Nueva York. Allí me alojé en una casa particular del barrio de Harlem, en la 126 Street. Una casa de, tres plantas, más el semisótano, de color rojo ladrillo, con la puerta de entrada flanqueada por dos bay windows, con patio ingles en los laterales, por el que se accedía a los semisótanos y diez escalones en la entrada, que solía subir recreándome en el momento, porque me parecía una forma de ascender a mi paraíso particular. Allí tenía dos habitaciones para mi solo y un respeto absoluto de mi intimidad por la señora Hawkins, la dueña. Por la mañana temprano, cuando aun no había amanecido tomaba el autobús dos manzanas más arriba y me iba a trabajar a un almacén de libros muy grande donde me ofrecieron un sueldo, suficiente para pagar a la patrona Hawkins, y aun me quedaban setecientos dólares para los demás gastos. Hacía inventario de los fondos antiguos y ordenaba todos los que iban entrando de las editoriales. Con esa manera de vivir, me sentía feliz, ya te lo dije en una de mis cartas; hacía todo los que había deseado. Escribir, ver cine, leer y, los viernes, salir a beber cerveza en un irlandés, que había no muy lejos de casa, con los amigos. Todo discurría placidamente y aunque seguía solo, no me sentía mal. Hasta que un día, todo cambió. Estaba en mi mesa en el almacén de libros ordenando fondos antiguos, de los que tenía varias cajas alrededor, cuando cogí uno que estaba editado años atrás, en 1985. Se titulaba, El marino que perdió la memoria. Me atrajo la atención el título. Mi padre como te he dicho fue marino de la Royal Navy y siempre tuve la sensación que su muerte era una historia incompleta. Me lo llevé a casa, con el permiso del jefe, y estuve leyéndolo  toda la tarde y hasta bien tarde por la noche. Contaba la historia de un naufrago que apareció en Uruguay, procedente de una barco de pesca, con la memoria perdida. No recordaba nada, ni su nombre, ni de donde venía y de qué barco era. Se lo encontraron en 1982. Hablaba un inglés británico, no americano. Y no hacía más que cantar una canción que llamaba Calon Lân. Cuando leí eso, el pecho me dio un vuelco. Esa es una canción galesa que cantaba mi padre frecuentemente.  No tardé mucho en localizar al autor del libro y me fui a Montevideo donde quedé con Miguel Suárez, uno de los directivos de la editorial, en un bar cerca del 24 de la calle Miguelete. Me saludó muy afectuoso y por lo que vi, nada mas iniciar la conversación, estaba tan intrigado como yo en desentrañar el enigma de si el marinero aparecido era mi padre o no. Llamó por teléfono al autor, Porfirio Wietzmann, que al punto se comprometió reunirse con nosotros, allí mismo, en el bar donde estábamos, pues no estaba muy lejos porque aunque él era paraguayo y vivía en su país, tenía un hermano en Montevideo y en esa fecha había llegado a la ciudad a visitarlo. Mientras, aproveché la espera para contarle a Suárez los pormenores de la vida de mi padre, del que había llevado unas fotografías en las que tenía bastante coincidencia con el aparecido en el mar. Suárez me estuvo contando que Wietzmann estuvo mucho tiempo con el marinero aparecido e intentó en vano, con médicos especialistas, que el hombre recobrara la memoria. Se trataba al parecer de una amnesia retrógrada. Todo parecía que se debía a una causa funcional, pero no se descartaba la posibilidad de que viniera asociada a un trastorno orgánico debido a algún trauma. No se pudo averiguar cuanto tiempo estuvo en el mar, y si antes de estar naufragando en el mar había estado perdido en alguna isla. El libro se escribió décadas atrás y había pasado el suficiente tiempo, veintisiete años, como para que un libro de esas características perdiera el interés que tuvo en su momento. Se tradujo al inglés por expresa solicitud de la editorial. Tenía mucha confianza en que en Estados unidos tuviera mercado. Ya habían tenido una experiencia anterior con un tema parecido y se vendieran muchos más libros de los que calcularon: fue un extraordinario negocio. En esas estábamos hablando cuando apareció Wietzmann, un hombre alto, con buena presencia y de una educación exquisita, urgí con ansiedad entrar a hablar del asunto y le enseñé las fotos y e hice una descripción de mi padre, tanto de lo que recordaba yo cuando era un crío como de lo que me hubo contado mi madre, que no paraba de hablar de él, hasta que murió. Wietzmann, cogió las fotos, estuvo mirándolas con detenimiento, incluso pude intuir que era un hombre muy observador, por las preguntas que me hizo después. Me miró a la cara con expresión seria y me dijo: -Mire Evan, el hombre que conocí yo y que apareció en el mar no era su padre. Por lo que he visto su padre tenía una cicatriz en la frente en forma de anzuelo, y el otro no la tenía. Si hubiera sido al revés, que el naufrago la tuviera y no su padre, cabria pensar que se la había hecho después. Por otra parte, aunque no pudimos saber que edad con precisión tenía él, le puedo asegurar que era más viejo que su padre. No, no era su padre, lo siento. Me sentí muy mal y extrañamente a lo que me pude imaginar, acepté la resolución convencido de que me estaba diciendo lo que era la pura realidad. Por eso Paco, desde ese día, soy otro, no tengo ya la esperanza de encontrar a mi padre, pero por otra parte estoy amargado porque algo en mi interior me dice que debería estar indagando si realmente murió en el mar o no. 
-Ya te entiendo Evan. Pero te digo una cosa, si esta muerto, ya no puedes recobrarle, y si estuviera vivo, y sin memoria, ya no estas tu en su vida, hasta que la recobre, y si sucede, acudirá a ti. – Gracias Paco, tienes razón, eres un buen amigo. Cuando quieras ven a New York, lo pasaremos bien. - Cuenta con ello.

Se levantaron, se dieron un abrazo y, meses mas tarde, cumplieron su cita.
(Publicado en el periódico "La Tribuna de Ciudad Real" el 1 de marzo de 2014)

20140225

LA LLAVE DEL DROGUERO



Eran las cinco de la mañana cuando el droguero bajo del tren. La estación, como si se viera por un cristal de ámbar, entristecía con la escasa luz de sus lámparas sucias. Los viajeros, que venían en su mayoría de Madrid, deambulaban con sus maletas como perdidos, medio dormidos, entumecidos por las largas horas de viaje, sentados en los vagones de aquel largo tren. Las manecillas del reloj de la estación se movieron a la vez para marcar un segundo y un minuto más: las cinco y cinco.  Enrique, el chico de Novoa, el que fue titular de la droguería mas popular de Lavapies,  salía con paso firme desde el vestíbulo de la estación, mirando para un lado y otro como si quisiera reconocer el terreno, como si quisiera volver a ver los días de su pasado en que de niño salió hacia Madrid. Parecía que era el único que en esa madrugada estuviera disfrutando con su andar. Una vez fuera, arrastrando su maleta con ruedas, pidió un taxi. Se fue al centro, a su hotel, donde se acomodó con tanta precisión y orden como si estuviera sin cansancio. Intentó dormir un poco, pero su fino oído le advirtió de los toques del reloj público, con toda la sonería, que marcaba las horas. Le dio por pensar en cómo sería su vida a partir de ahora. Se levantó de la cama y se puso a revisar las escrituras del las casas y las tierras. El sello del Registro, que quedó impreso cuando se terminaron los trámites de las transacciones, le dio la tranquilidad que estaba buscando. Ahora era el propietario de su pueblo. Pedras da Fraga, pequeña población, mas bien una aldea, dormida entre la naturaleza, desde que la abandonó el último vecino el 13 de agosto de 1973. Enrique y sus padres se fueron de la casa que fue de sus abuelos diez años antes. La había visto el pasado mes, cuando vino a reconocer cómo estaba su pueblo y vio que las sólidas piedras de granito de la casa familiar aun estaban en su sitio, no así el tejado de pizarra y el piso de la entreplanta cuyas vigas pudrieronse con la lluvia caída, desguarnecidas como estaban por el techo caído. Techo y entreplanta, casi enteros, yacían en el suelo, conviviendo con helechos y yedras que se habían apropiado de todo. En esa casa nació Enrique en aquel tiempo en el que solo  se oía por las calles, los cascos de caballerías y bueyes,  y los cantos del gallinero de donde salía la voz del gallo anunciando la madrugada. Recordó cuando salía de su casa para ir a jugar con Martina a la fraga. En el claro, en la revuelta del camino, había un roble viejo, retorcido por el tiempo y la mutilación que le hiciera un rayo en una de sus ramas, allí quedaban con Aurelio, el chico del herrero. Para ir a recoger fresas o a buscar plantas silvestres para cocinar, aunque volvieran de vacío al haber pasado el tiempo contando historias que vivían entre los árboles del bosque.
 Un golpe de suerte pensó cuando miró el boleto en Madrid. Ahora pensaba de otra manera.  Como si se hubiese cumplido una profecía con aquellas palabras del abuelo, cuando se fueron a Madrid: Volverás Enrique,  o teu volverás. Aquí están os teus raices desde que che encontrastes coa fraga. Pensando en las obras que habría que hacer, empezó a sentir sueño y con el cansancio se durmió. Siguió el reloj marcando las horas pero él, profundamente dormido ya no lo oyó. Dormido, hasta que la última campanada de las siete y media le hiciera despertar y, recuperó la consciencia y la excitación del día en que vio acertado el boleto.
No tardó mucho en recoger el coche comprado en su viaje anterior, y a David, el arquitecto con el que había hablado para planificar las restauraciones que habría que hacer en su pueblo. Con el arquitecto se incorporaron dos compañeros suyos del despacho de arquitectura y los cuatro emprendieron el viaje hasta Pedras. – Quiero que tomen nota de todo, (dijo Enrique) porque si bien, ustedes tendrán libertad de redacción y desarrollo de los proyectos, quiero que recojan cual es la idea que quiero de cómo hay que recuperar la esencia de las construcciones y el destino que luego les vamos a dar. – Desde luego, así debe ser (dijo el arquitecto) y creo que estamos de acuerdo, como quedamos el mes pasado, que lo mas importante es que se recuperen los elementos constructivos de la arquitectura popular que es lo que da sentido a la historia del pueblo. –Si, si eso es. Y al decir esto, el droguero, que se sentía feliz e ilusionado hablando de estas cosas, puso una sonrisa en su cara que mantuvo todo el viaje hasta que llegaron al pueblo. Un año mas tarde los proyectos de restauración estaban llegando a su fin y Enrique ya tenía previstos y preparados los planes de aplicación para cada una de las construcciones. La herrería estaba dotada con todas las herramientas y materias primas necesarias para que, si lo hubiera, pudiera trabajar un herrero. Lo mismo con las demás casas en las que había recuperado, cuadras, galiñeiros (gallineros) y zahúrdas. Pensó sin embargo que iba a ser muy difícil encontrar a gente que pudiera meterse en la aventura de volver a dedicarse a esos oficios y trabajos, que en este tiempo tienen poca salida, según pensada. Así pues, decidió que todas las casas, salvo los talleres y los locales no habitables, debían ser para alquilarlos para vacaciones. Así lo hizo y cuando se terminó la obra quedó contento de la restauración y especialmente satisfecho de la que hizo el carpintero de la puerta de su casa que dejó como nueva, aunque lamentó no tener la llave para abrir la cerradura. Oxidada de principio, un cerrajero dejó en uso, sin poder hacer una llave que sirviera para ponerla en uso. Así que entraba por la cocina.
Le trajeron los muebles, puso un anuncio en Internet y esperó desde su casa, recién restaurada, a que llegaran peticiones de clientes.

A la semana siguiente, una noche, cuando iban a cumplirse las doce, en el salón que antes fue cuadra, de su casa de Pedras da Fraga, al sonar la última campanada en el reloj de pared, aquel que su padre se llevó a Madrid y que él devolvió a su casa, se hizo un silencio profundo, cargado de un intenso frío, Enrique oyó una voz de mujer, que no reconoció al momento, que dijo: - Enrique, soy Martina, ves ao bosque e ao pé do carballo, deixe enterrada a caixa coa chave da túa casa. Al día siguiente, bien temprano, nervioso, se fue hasta el roble en el que quedaba con Martina y Aurelio y, bajo el árbol, abrió un hoyo donde, efectivamente encontró una caja de hojalata oxidada y dentro la llave de su casa con una carta de despedida en la que hablaba de la enfermedad que la consumía. Era la llave, pues abrió la cerradura de la puerta sin especiales problemas. Sin embargo, la voz de Martina, fallecida al parecer años antes, hizo que no volviera a estar solo en su casa. Se hizo con un galgo y no lo dejaba ni por la noche, dormía al pie de su cama siempre.  ¿Su abuelo, cuando decía raíces, se referiría al lugar de la llave?  

20140216

EN LA TAZA DEL CAFÉ



Cuando tenía los primeros cinco años de su vida, en Ourense, a Francisco Lope, le llevaba Antonia al colegio. Luego le recogía mientras  contaba todas las cosas que creía ella que comprendía, pero que él, en modo alguno, sabía de que hablaba, pero lejos de sacarla de sus reflexiones, la miraba y asentía o negaba según se terciaba. No tardaba en enterarse de sus duelos y quebrantos, que parecían muchos, que no eran tantos, como pudo comprobar más tarde. Él, estaba en ese momento de su vida descubriendo el mundo y se distraía con el vuelo de una mosca, al menos esa era la expresión de don Faustino, su profesor. Por eso se abstraía en clase, diríase que no estaba allí, más bien en cualquier parte a la que le llevara su portentosa imaginación. Para él, niño inteligente, en ese momento era normal ver cosas en todas las superficies brillantes en la que se pudiera reflejar. No era de extrañar verlo parado en el patio del recreo, junto a un charco en los días de calma y nublado, mirando atentamente al agua. Él sabia que en ese tipo de situaciones solía ver hechos extraordinarios. Una vez, estuvo viendo, en un charco de la calle de aguas quietas, a sus padres con una niña pequeña; la misma que vio, después de nacer, cuando tenía seis meses de edad. Es decir, se anticipo a ver a su hermana pequeña antes de que naciera. Lo dijo, pero le avergonzaron tanto con el asunto que ya nunca más contó a nadie sus visiones.  Meses más tarde vio en el agua quieta de la palangana que había en el cuarto de baño, a los diez años, en 1954, a un señor medio calvo, ya mayor, delante de un panel de un gran aparato con muchos círculos acristalados, medidores, registros, en el que había un volante doble y delante una mesa grande con un teclado.  Bajo esta imagen se veía  la leyenda “Home computer” Rand Corporation. Decía  que se vería en 2004. Luego vio, a la semana siguiente, la misma imagen, en una foto del ABC. Su padre comentó que se trataba de una calculadora compleja, como un cerebro electrónico. – Fantasías de los americanos. Dijo. Miraba a su padre y se sintió importante por enterarse antes que nadie de su familia. Por eso, cuando años mas tarde vio en el plato de la sopa que se estaba enfriando, y brillando con la luz que le daba los rayos del sol entrando por el balcón del comedor, tamizada por los visillos,  a un perro metido en una especie de bidón, atado con correas, entre unos cojines cuadrados, estuvo esperando a que le llegara noticia de todo aquello. Lo pudo comprobar días antes de que fuera su cumpleaños, en aquél triste mes de noviembre, llenos de lluvias y brumas de 1957. Sus padres le llevaron al cine a ver La Cenicienta y en el noticiario que pusieron antes de la película, salió la noticia de que los rusos habían mandado al espacio a una perrita, Laika, que viajó en una cápsula tal y como la vio Paquito en el plato de la sopa.
Estos hechos extraordinarios que fue viviendo el niño durante toda su infancia, también se fueron sucediendo después y, lejos de preocuparle, y al tenerlo como un secreto muy personal, hizo forjarse un carácter firme, no muy dado a rendirse ante las dificultades y, desde luego, para ver a los demás con una cierta distancia; que le sirvió para no entrar en conflicto con nadie y granjearse una fama de responsable y buen chico. Decían sus compañeros que no se le podía insultar, porque él no hacia caso y lo más que hacía era sonreír. Para disgusto  de los compañeros que les enrabietaba mucho más. No podían hacer nada, ni siquiera acudir a pegarle, porque le veían tan pacífico que confundían su actitud con la de un tonto.
Lo mejor que le ocurrió durante su época de estudiante en la Universidad es que un buen día de marzo, por la tarde, sentado en el estanque del Retiro, donde había ido con unos compañeros a pasear con las chicas de la pandilla, pudo ver reflejado, con detalle, en las aguas del canal de desagüe del estanque, un papel con el sello de la Facultad, Cátedra de Derecho Administrativo, en el que pudo leer, una serie de temas  ordenados de 1 al 15. Tenía toda la pinta de ser las preguntas de un examen. Ante la duda, cuando llegó a la casa de doña Florita,  donde estaba hospedado, una señora viuda de un coronel militar de Intendencia, se encerró en su cuarto, un interior que daba a un patio de luces en el que solo se veía una pared de cemento y dos ventanas del piso de enfrente, y, encendiendo el flexo, cogió el libro de Derecho administrativo y se puso con los temas que estaban señalados en el papel que había visto en su visión. No dejó de estudiar esos temas hasta tres días después, que los dio por aprendidos. Al día siguiente de terminar ese intensivo estudio, le comunicaron en clase que habría un examen parcial  a la semana siguiente, examen que el profesor consideraba muy importante para facilitar el aprobado final e incluso la nota alta para los que lo resolvieran sin problemas especiales. Como esperaba, los temas que salieron en el examen fueron los que había estudiado y que vio reflejados en las aguas del canal del estanque. Sacó la máxima nota posible y fue felicitado por el profesor por el  buen  examen sin fisuras que había hecho.

No le ocurrió ninguna cosa parecida acabada la carrera. Incluso hasta años después no le volvió a ocurrir otro incidente igual a los que, desde chico, estaba acostumbrado.  Por eso, cuando daba por terminada la facultad de premonición que tenía, asociada a la contemplación de superficies brillantes en las que se pudiera reflejar la luz, un día, siendo ya mayor, al término de su vida laboral, meses antes de tener la edad para jubilarse, estaba en una cafetería de la plaza de santa Eufemia, tomando café y disfrutando de un día de vacaciones, en los días soleados de mayo, con el periódico en la mano, que leía a ratos para no pederse la tranquilidad del ambiente y el ir y venir de la gente , se le ocurrió de repente mirar a la taza de café, doble cargado, que le habían puesto y que había dejado enfriarse, fijo en la contemplación del negro espejo que ofrecía la taza, vio como tomaba cuerpo una serie de números, seis numerales en total. Estuvo dando vueltas a la cabeza en esos días por ver en qué se podía concretar esos numerales. Descartó fechas, magnitudes, coordenadas o referencias topográficas y, así estaba cuando pasó el jueves siguiente por delante de una administración de lotería. Nunca había echado a la suerte ni un céntimo pero allí, en la concesión de lotería más cercana a su casa, la de la Rua do Paseo,  rellenó un boleto de lotería Primitiva con los números que había visto. Esa semana había un bote de 150 millones de euros.  Que fueron los culpables de que dejara de trabajar, se comprara una casa en Harlem, otra en París, en la ribera izquierda del Sena, y una casita con un huertecito en la costa, donde acabó sus días, mucho más tarde, feliz. Nadie supo como había acertado. El azar dijeron.
(Publicado en el periódico "La Tribuna de Ciudad Real" el 8 de febrero de 2014)

EL GUARNICIONERO



El cielo plomizo dejaba ver las nubes en movimiento el lunes 13 de febrero de 1826. La mañana fresca alivió de gente las calles y el humo del horno de la botica bajaba hasta la calzada revocando, con el olor a azufre del carbón quemado. Parecía que el mundo se había detenido... Pero no, todo seguía su inevitable curso...Oyó el boticario al caballo parar junto a la botica y cómo las botas daban un golpe en el suelo húmedo de la calle. Reconoció a Damián, el guarnicionero, su buen amigo. Mientras, él envolvía los dos cartuchos de papel, donde se podían leer en uno: Ajedrea y en el otro, Anís estrellado. Decía a Dominica cómo había de tomarlos. Miraba con incredulidad ella y con autoridad le espetó. - Mire señora Dominica, no se inquiete, con el anís estrellado le desaparecerán los gases que son los que le aprietan y provocan esos dolores que dice, y la ajedrea es para que no se le arruine el estómago. - Si usted lo dice don Mateo, así será. Es usted un hombre formal, cosa que va siendo escasa.
Sonó la campanilla de la puerta de cristal biselado con el emblema de la botica. Lejos, tocaban a vísperas en San Pedro, un repique con la campana gorda, las 11.30. Se abrió la puerta con los golpes de la campanilla y la voz de Damián: - Buenos días boticario, te traigo tu encargo: el horcate y la collera. Como veras, mejor no los va a tener ni el rey: con piel de vaca de primera. Espero que hoy no tengas mucha prisa y trabajo; quiero hablar contigo. - Vale Damián; para un buen amigo siempre hay conversación, aunque haya trabajo y prisas. - Me alegro que digas eso, pocos hay como tu, con buen genio. Necesito al amigo. - Sabes que lo tienes. Sube a la rebotica y espérame allí. Tengo que hacer algunas fórmulas y, mientras, hablamos. - Subo. Se despidió Mateo de la señora Dominica y detrás de su amigo subió las breves escaleras que accedían a la rebotica.
 Un crisol, encima de la mesa, pucias, matraces de cristal, redomas, y retortas brillando con el sol de la ventana. Un penetrante olor a alcoholes y aceites esenciales llenaba la estancia.  Pacientemente, en la oscuridad del rincón, una paila de cobre y un alambique callaban sin relucir.
 - A ver mi encargo… huy, huy, huy, has hecho un trabajo bueno, Damián, muy bueno. Tengo horcate y collera para toda la vida.Qué bien rematado todo. Coses como nadie. Gracias hombre, ya me dices lo que te debo…- Bueno Mateo, si hay que hacer cuentas tendremos que poner en la romana todo lo que me has ido dando este año y los remedios que me mandó el médico. Si hay que dar cuenta de mi salud, entre los dos, me la estáis sujetando, como dos mozos más fuertes que los del carro. – Bueno Damián, ya liquidaremos. Cuenta ¿que es lo que hay? ¿Qué te preocupa? - Mateo, recordarás que vine en agosto porque me dolía mucho el pecho y parecía que me habían clavado un cuchillo justo en el medio. El médico me dio aquél remedio de las tisanas y una dieta de fraile. Bueno está, no es que me quitara los dolores, no, pero algo de alivio si he tenido todo este tiempo, pero ahora me volvieron y me dejan parao todo el día. Me canso como un viejo. Quiero que me digas qué carajo es lo que tengo, si es que lo sabes y cómo me puedo aliviar. Tengo más fe en ti que en el matasanos.
Se quedó pensando, mirándole el farmacéutico, y pasado un momento contestó: - Mira Damián, por todo lo que me has venido contando, tu mal es que las venas las debes tener atascadas, Esto ya lo vio el gran Leonardo Da Vinci hace mucho tiempo en una autopsia, y cuando están así las venas, duele el corazón, que tiene problemas para dar suelta a la sangre y por eso estas cansado. Así que te voy a dar un saquito de sanguinaria para que te hagas una infusión, una por la mañana y otra cuando anochezca. Luego te digo donde la puedes coger del campo. Esta hierba tiene la propiedad de hacer la sangre mas suelta y facilita la circulación. Y por otra parte, te doy esta cajita en el que veras unos sobrecitos con ralladura de corteza de sauce que sirve para lo mismo, desatasca algo las venas, y además quita inflamaciones. Te haces una infusión, aparte de la otra, por la mañana al desayunar. Las medidas están apuntadas. Sigue con la dieta sin mantecas. Dentro de tres días me dices como te va. Si no tomas esto puedes verte mal cuando menos lo esperes, de repente. - De acuerdo Mateo así lo haré. Gracias – Espera… hay una cosa que no me has contado Damián, y que seguro está haciendo que estés peor de tu salud. ¿La has visto? Damián se le quedó mirando con los ojos vidriosos y tras unos segundos de silencio dijo: - No. La he escrito varias veces y no me ha contestado. Bueno, ya me voy haciendo a la idea. Estas cosas, sobre todo cuando no se entienden, necesitan su tiempo, pienso… ¿no? -Así puede ser. Pero cuídate. La vida da muchas vueltas. - Y tú ¿cómo andas Mateo? Me contaron que estuvo aquí el alguacil, mandado por el señor conde, para hacerte preguntas. No te voy a preguntar que es lo que querían, porque me lo puedo imaginar. Desde  la Real Cédula de 1824, todos están obsesionados con controlar y delatar. No se olvidan que tú nos ayudaste a los liberales. - No te preocupes Damián. Tarde o temprano se hará la luz. Mientras… yo… tranquilo, y tú cuídate mucho, que sabes que en este pueblo se te quiere, se te aprecia y valora. - Gracias Mateo. Tú si eres un buen amigo.
Salió Damián de la botica cuando los pucheros echaban sus aromas por las chimeneas, el aire racheado se encargaba de hacer sahumerios por las calles. El carro del panadero, pasó cargado de sacos de harina camino de la tahona. Las nubes oscurecían el mediodía pero no parecía inminente que fuera a llover. Damián llegó a su taller y  se pasó un momento por la cocina, donde en la alacena, dejó los remedios que le dio Mateo.
- ¿Que traes Damián? Dijo su madre, mientras le daba vuelta al puchero. - Son los remedios madre, que me ha mandado el boticario, don Mateo. No los cojas que me van a hacer falta. - No te los cojeré, no, que bastantes guarrerías ya tomo yo. ¿Pero tú, anímate que eso es lo que te trae  de mal vivir? La vida da muchas vueltas. – Si, eso dijo don Mateo.
Al mes siguiente, el segundo jueves, que se había levantado con un sol esplendoroso y ya olían las flores de los almendros, salió con prisas el boticario hacia la casa de Damián. Le abrió la puerta su madre con los ojos rojos, enramados, y le miró con angustia. Movió la cabeza negando y el boticario se puso a llorar. En el taller estaba Damián, sentado,  quieto, con los ojos fijos en el infinito. En su mano derecha, apretada la uñeta, y en la izquierda una trozo de cuero nuevo. Un grupo de leznas, yacían derramadas en el suelo. Le preguntó Mateo a la madre si se había tomado los remedios y ella… dijo que no sabía, que los guardaba en la alacena. Fue el boticario hasta la alacena y vio que los remedios estaban intactos. No se había tomado nada. La madre le dio una carta con leyenda: Para Mateo Velasco el boticario.

Le pedía perdón por no haber tomado sus remedios. Se entregó a la naturaleza.
(Publicado en el periódico "La Tribuna de Ciudad Real" el 15 de febrero de 2014)

20140126

LA FOTO DEL PASILLO



Abrió Johannes (Hans para los amigos y familia) la puerta y se quitó la cazadora que llevaba puesta, dejándola en el armario. En el pasillo se paró, como hacía siempre, delante de un cuadro pequeño en el que había una fotografía suya, a los treinta años, con su madre. Siempre se quedaba un rato pensando en ese momento, congelado en el tiempo, y en la vida que tuvo con ella. Fue en su casa de Baviera. Aquel enorme caserón del siglo XVIII, de sólidos muros, con ventanales amplios desde donde se veían los valles del entorno de Bad Wörishofen. Ahora, en su casa, tenía algunas cosas que trajo de allí: Unos apuntes de Johann von Aachen, que dieron lugar a algunos de sus cuadros de motivos mitológicos, “Júpiter y Calixto”; “Baco, Ceres y Cupido” y algunos otros. De la casa también trajo edredones de plumón que llenaban las camas  en invierno de una elevada altura como si estuvieran preñadas. Su afición a la pintura se veía en todas las paredes del enorme piso, que antes fueron tres, de la última planta de un bloque de ocho.  Recorriendo las paredes del apartamento se puede hacer un viaje por los garitos de jazz de Nueva York, de Dublín o por las cafeterías de la ciudad, donde hizo apuntes de todos y de todo, a lápiz. Allí estaban y en su estudio la mayoría. Tenía una terraza exterior  desde donde se veían, los cerros próximos, el amanecer y el anochecer. Observatorio de astros en las noches de verano, con el olor de los macizos de Dondiego de noche, en los grandes maceteros, y que volvían  a salir siempre en Primavera, junto con los múltiples geranios que cuidaba con gran esmero, salvándoles de los nematodos.  Era su refugio personal, lleno de alfombras iraníes, muebles antiguos de exquisita calidad y gusto, de maderas nobles, unos heredados y otros comprados en una pequeña tienda anticuario de Madrid, cercana a la Castellana. Destacaba en el salón una gran librería larga, cargada de libros y recuerdos de su infancia que le hacían la vida más agradable. Salía por la mañana a dar una vuelta por el centro de la ciudad, compraba el periódico, revisaba sus cuentas en los bancos y terminaba en una cafetería muy antigua, de final del siglo XIX que se había salvado de los desmanes de los gestores del siglo XX. Luego, recogía sus cosas y volvía a su apartamento, el enorme piso, oculto para todo el mundo que no fuera alguno de sus vecinos, en las afueras de la ciudad. Como ya contaba al principio, nada mas abrir la puerta y dejar sus cosas, se entretenía en el cuadro con la foto con su madre que tenía en el pasillo de entrada. Él tenía en la mano una carpeta de cartón en la que, con una lupa, se podía leer en alemán: Fonds.  Luego esperaba sentado leyendo en el salón, hasta que, llegando  Sonia, la chica que limpiaba el apartamento, se retiraba al estudio, y de allí al salón, cuando llegaba a limpiarlo en su ruta.
Pensaba Hans  en ese día de febrero, que se le antojaba haber detectado un cierto olor a primavera. Algo así, o una leve euforia que creía se le estaba despertando. Miró desde el ventanal hacia el horizonte, los cerros y el color que veía en el cielo pareciera realmente el despertar de la Primavera. Luz brillante, aromas que llegaban desde la terraza, propios de aceites esenciales y resinas que desprenden las aromáticas y los frutales al romper en yemas tiernas y pujantes.  Se quedó sentado en su sillón, entornó los párpados  y empezó a pensar en todas las primaveras que vivió en Bad Wörishofen. Recorrió con sus recuerdos, que parecían cobrar vida y color, los caminos de la montaña, plenos de de flores de los groselleros, de las de fresas en los taludes de las pendientes, junto al camino, de las tiernas plantas que cogería mas tarde de Caryllopheaceae, que tan buenas están en los revueltos, o a la crema. Parecidas a las que en estas tierras llaman collejas. Parecía oír los broncos rumores de los arroyos con el deshielo, precipitándose valle abajo, con truchas haciendo su vida en las aguas frías. Y  alguna nutria o visón, intentando salir a por  las truchas. Caminos sorteando las heces de las vacas, unas recientes, otras secas. Imaginó el cruce de alguna jineta, o quizá mangosta  en  rápido desplazamiento, posiblemente enfebrecida con tareas de caza.  Recordó los encuentros con los paisanos, de buena conversación, y con los que aprendía mucho. Profesores destacados de la naturaleza en aquellos parajes. Sonreía y se volvía a recrear los días en que saldría hacia su casa, después de dejar el ejército, aun con el uniforme puesto, cansado, con la bolsa de lona llena de sencillos recuerdos que traía del servicio, y fotos de algunos compañeros con los que habría quedado y que nunca volvería a ver. Siempre pensó que salir de una pesadilla es motivo bueno para sonreír y dejar que un momento de felicidad inunde el cuerpo. Su padre, que vivió la primera gran guerra, le recomendó que, antes de irse de casa a servir a la patria, guardara en la bodega, bajo los anchos muros, lo mas esencial para volver a vivir sin apuros, si es que algún día lo hacía. Así lo hizo. Bajo el suelo de la ultima pieza de la bodega, donde estaba una tinaja de vino, entre varios estantes llenos de botellas vacías, las llamadas Bookesbeutel, mandó hacer un depósito para un motor, -según dijo al albañil que lo hizo-, y para los fondos de reserva que le recomendó su padre, realmente. Metió varios lingotes de oro y plata y algunos fajos de las acciones de Bayer guardadas en una caja de hojalata, sellada con cera. Cerró el suelo con las mismas losas de piedra que tenían y allí quedó.  Volvió a sonreír y cerró los ojos, somnoliento.
Cuando empezó a coger el sueño, se oyó que abrían la puerta. Entraba su hija con los niños. Así les llamaba él. Uno de ellos, Franz, se quedó mirando el cuadro de la fotografía y pasado un momento dijo en voz alta: -Mamá, este de la foto es el abuelo ¿no? - Si. Dijo su madre. -Murió en 1943 no? - Si. En el frente. -¿Que era eso del fondo que nos contabas cuando éramos pequeños? -Bueno, una cosa que me dijo la abuela cuando yo era muy niña,  él había escondido un fondo para que le sirviera a la familia después de la guerra, si es que empezaba, como así fue. Nunca  dijo donde estaba y no se si realmente lo hizo. No nos hizo falta. Las tierras de lúpulo  nos han dado para vivir bien siempre. - Pues me parece que ya se donde puede estar ese fondo. Llegó su madre y él, señalando con el dedo a la carpeta, le acercó una lupa y, cuando lo vio su madre, se miraron con cara de enorme sorpresa y nerviosismo.- Franz, yo he visto esa carpeta en la casa de Bad Wörishofen…

Hans les miraba sonriendo desde el salón y pensó: ya quedo tranquilo. Dejó de reproducir su vida imaginada y no volvió más al apartamento. Parece ser que está en Bad Wörishofen.
(Publicado en el periódico "La Tribuna de Ciudad Real" el 25 de enero de 2014)

20140121

LA PLUMA FUENTE

Hubo una vez un checo, escritor, que tenía una preferencia permanente por estar detrás de una ventana, de una puerta acristalada,  o tras cualquier cristal, que lo tenía esto con afición como quien tiene una invisible protección; pues sentía en ello la tranquilidad que buscaba siempre. Esa manía, que era como cualquier otra, de las que tenemos los demás, vamos, era lo que los psiquiatras llaman neurosis. La frustración, el abandono, puede hacer estragos en cualquiera y para Thomas Novàk  era una realidad con la que había aprendido a convivir. Pasaba las horas muertas en el alfeizar interior de la ventana de su estudio, sentado, con un libro en la mano, un lápiz en la otra y la cabeza llena de todo un mundo de pensamientos, recuerdos, experiencias y algunas, por qué no decirlo, desgraciadas. De su casa salía, si, pero las más de las veces, y dejando aparte los ratos de las compras y compromisos varios, pasaba largo tiempo en la céntrica Kavàrna Slavia (Cafetería Slavia). Nada más entrar, llegaba el intenso olor de la bollería recién hecha. Olor que le envolvía en su permanencia en una mesa que ocupaba siempre, junto al amplio ventanal que daba al exterior. Veía a la gente pasar por la calle, algunos le miraban con una cierta curiosidad, Él veía pasar las estaciones, la nieve, la lluvia, los brotes de los árboles en primavera, y le parecía oír desde allí el rumor de la corriente del Moldava, cuando se abrían los ventanales al ambiente exterior. Desde aquella mesa escribía en un cuaderno todos sus escritos, a mano, con una pluma estilográfica sencilla, una Parker semejante a otra que le había regalado su amigo Franz y que le fue robada en la calle. Él, sabía de la extraña cualidad que había adquirido su segunda pluma: no se le acababa la tinta nunca, por más que escribiera y pasara el tiempo. Eso venía ocurriendo, precisamente, desde que se había quedado solo. Nunca le confesó la extraña cualidad de la pluma a nadie. No le iban a creer.  Con la pluma se adentraba en otras vidas, otros ambientes, otros mundos, sacados de su imaginación, de su interior que era lo más fértil que retenía y de todo ello múltiples historias, narraciones, relatos en resumen. Sus escritos salían en el periódico Právo, todos los jueves, y eran seguidos con interés por gran parte de los lectores habituales. Precisamente eran sus escritos los que le mantenían con el ánimo firme y le servían para pasar de un día a otro con gran dignidad.
Un día, cuando estaba en la mesa de la cafetería escribiendo, se acercó un niño de unos cinco años, con cara de listo. Se puso a su lado y preguntó: - ¿que es lo que estás escribiendo? Thomas contestó – Un relato. -¿Y eso que es?  – Es como un cuento. ¿Sabes? Todos los jueves hago un cuento para que lo lean los lectores del periódico Právo. Me gusta hacerlo. – ¿Pero siempre lo haces con esa pluma? – Si. Además, te voy a contar un secreto (y se le acercó al oído del niño hablándole en voz baja) - Esta pluma es mágica. Nunca se le acaba la tinta y parece que quiere que siga escribiendo. ¿Sabes? – Bueno… pues estarás contento ¿no? Sentenció el chico. – Claro, por eso sigo y sigo escribiendo. El chico se fue con sus padres,  desde donde le hizo una señal de despedida con la mano.
Así siguió con sus escritos Thomas todos los días, pero, dos meses después, cuando iba a  escribir en la mesa del Slavia, la pluma hizo un trazo apenas completo hasta que no sirvió para escribir. La tinta, parecía haberse terminado. La abrió y efectivamente, el depósito de tinta, que siempre aparecía lleno ahora estaba totalmente vacío.
Media hora más tarde estaba Thomas quieto. Con un brazo cruzado y el otro sujetándose la cara y barbilla en actitud pensativa. La mirada fija hacia abajo e inmóvil. Una hora después vino una ambulancia y se lo llevó. No había nada que hacer. Había fallecido y lo llevaron directamente a la sección forense del hospital más cercano. Nadie, salvo los compañeros del periódico, le hicieron compañía y su presencia acabó con una reseña en el Právo en el que se hacían eco del lamentable suceso y comunicaban el fin de los relatos del jueves.
Un mes después, los camareros de la cafetería se dieron cuenta de un hecho que los tuvo intrigados. A la hora en que Thomas solía ir al Slavia a escribir, ningún cliente de los que llegaban se quería sentar en la mesa. Hacían intención de hacerlo pero se iban a otra o se marchaban directamente. Alguien dijo que hacía mucho frió allí. Lo cierto es que, cuando terminaba el tiempo en que solía estar Thomas en aquella mesa, se pasaba ese extraño efecto y los clientes se sentaban sin problemas.
Así estaban las cosas en el Slavia hasta que una camarera observó una excepción al extraño fenómeno. Una mañana, a esa hora, una mujer joven se sentó en la mesa y, aunque hizo gestos de tener frío, permaneció en él, donde pidió un café con leche, que le sirvieron. La camarera contó que la estuvo observando, junto con una compañera de la barra a la que avisó del hecho, y vio como la mujer, asentía varias veces con la cabeza y también hacía el gesto de negar de igual manera, como si estuviera en una muda conversación con alguien. Cuando negó la primera vez, las lágrimas le llenaron los ojos que tuvo que secarse con un pañuelo. Cuando se cumplió el tiempo que normalmente permanecía Thomas en aquella mesa, la mujer se levantó y se fue.

Desde ese día los clientes ocuparon la mesa vacante con toda normalidad y los camareros dejaron de inquietarse. Aun cuentan el suceso, aunque pocos lo creen. 
(Publicado en La Tribuna de Ciudad Real el 18de enero de 2014)

20140112

Misterio en la nieve


Se levantó Patxi muy temprano, no habían dado las cinco y, como era normal, aún no había amanecido. Se levantó más alegre de lo normal porque su viaje era para estar tres días con su novia en Ustés. Ya había concertado por carta el día  y tenía asegurado el alojamiento. Encendió la lumbre y se hizo unos huevos fritos a los que dio cuenta con un buen trozo de chorizo y un vaso de leche caliente para terminar. Aun sus padres no se habían levantado, aunque su madre ya se removía preparándose para empezar la jornada con el ordeño. El mes de diciembre había venido irregular, no trajo apenas frío, en las últimas semanas había hecho muy buen tiempo y en las mañanas, una vez levantada la niebla, el sol calentaba lo suficiente para no sentir frío. Se despidió de su madre y dejó a su padre dormir. Se despidió la noche anterior y no le pareció bueno despertarle tan temprano, aunque no tardaría en hacerlo. En la cuadra le dio agua a la mula, le puso la silla con unas mantas y la funda de la carabina, donde metió esta una vez que comprobó que llevaba suficiente munición.
Salió de Elkoaz a las seis menos cuarto, y cogió el camino abajo por el valle de Urraúl. A las siete menos cuarto se desvió hacia el este adentrándose en la montaña cerrada. Cuando empezó a amanecer, estaba en la mitad del viaje hasta Gallués donde pasaría la noche. Un piquitureto cantaba al borde del camino y oía el rumor del arroyo, cargado de agua desde las lluvias de noviembre. Los verderones y los cascos de la mula se oían por todo el hayedo. Iba distraído viendo la vegetación y no se le hacía largo el camino. Cuando llegó a la cima de un pequeño puerto vio desde allí la casa del riojano. Un logroñés que llegó al pirineo navarro huyendo de sus hermanos y la ruina. Daba posada a los que se adentraban en las montañas, por pocos cuartos y buena comida, y había cogido buena fama. Comió un buen plato del puchero riojano que tenía preparado  y le contó, por atraer la atención de Patxi, que le había comentado la pareja de los Migueletes, que habían pasado la tarde anterior, que andaba por las sierras un individuo que ya había matado a dos pastores abriéndoles en canal y dejándolos tirados al borde de el camino a uno y de la linde del prado, donde estaba con sus ovejas, al otro. – Pero ¿que me dice usted? ¿Por estas sierras? Dijo Patxi con evidente alarma. –Ya lo creo, (dijo el logroñés) eso dijeron los guardias y, la verdad es que, cuando le he oído llegar, he puesto la escopeta detrás de la puerta hasta ver quien venía. Por supuesto que enseguida vi que era gente de bien, pero no las tenía todas conmigo. Desde ayer tengo el miedo metido en el cuerpo. Le miraba el de Elkuaz con los ojos bien abiertos y en ese momento se alegró de haber cogido la carabina, y lamentó el haber hecho el viaje por esas sierras. Hubiera preferido el muchacho bajar hasta Lumbier y luego tomar la carretera de Navascués hasta un poco más allá a su destino en Ustés. Bueno, era mucho más largo pero más seguro. Terminadas sus reflexiones y su rápida comida, se levantó, pagó al logroñés, que le cobró una peseta y un real y continuó su camino.
Eran las cuatro y media de la tarde cuando, al bajar una de las montañas del camino, se cerró el cielo, se puso plomizo y empezó al poco rato a hacer frío y un poco más tarde a nevar. Caían copos grandes, con una cierta dulzura y parecía que no iba a cuajar. Pero media hora más tarde,  subiendo hacia un puertecillo, llegando a un pueblecito de  cuatro casas, se levantó un aire frío y la nieve se convirtió en ventisca. Se bajo de la mula y le echó encima una lona engrasada que llevaba plegada detrás de la silla y el se puso una manta para salvar no solo la nieve sino el frío que empezó a ser muy fuerte. Como no faltaba mucho para Gallués siguió su camino acelerando el paso.  Al doblar una curva del camino, muy cerca de un pequeño arroyo, vio un animal muerto en el borde de la calzada. Cuando se acercó deshizo su confusión: no era un animal sino un hombre de cincuenta años que yacía retorcido, medio desnudo con el vientre rajado y muerto en un charco de sangre. Ni siquiera bajó de la mula. Era evidente que estaba muerto y no podía hacer nada por él ni siquiera enterrarle, porque las autoridades tendrían que ver el cadáver tal y como estaba. No tardó mucho en llegar a Gallués y allí le dijo al representante del Concejo de Valle de Salazar lo que había visto. Le dijeron que avisarían a las autoridades de ello e irían al día siguiente a ver el cadáver y enterrarle, una vez que lo identificaran. Luego tomó alojamiento en una casa, muerto de frío, tiritando, no se sabe si por el frío, por el miedo que le llenaba el cuerpo, o por las dos cosas. Le dieron para cenar una sopa de puerros que llevaba buen caldo de gallina, bien caliente, que le hizo volver a la tierra, de donde se había ido por el miedo y la ventisca. Se preguntaba si al día siguiente habría dejado de nevar. Necesitaba llegar hasta Ustés para que su chica no tuviera preocupación por su viaje. Ya sabría con seguridad lo acontecido con los asesinatos.  Le costó coger el sueño pero el cansancio acabó por ser más fuerte que las preocupaciones.

Al día siguiente, con una buena capa de nieve sobre la tierra, en el camino hacia Ustés se cruzó con la pareja de los Migueletes y se paró con ellos. Les contó los sucesos del día anterior, les dio su nombre y cuenta de su destino y partió más tranquilo. Pasado Uscarrés, doblando la siguiente curva, del camino, vio venir un hombre a caballo muy mal encarado. Llevaba una bolsa de loneta colgada a la bandolera en la espalda, que le asomaba por el costado con manchas rojas que parecía sangre. Se fue alejando hacia el otro lado de la calzada cuando se fueron a cruzar y el viajero contestó a su saludo con muy malos modos. Se paró y le preguntó si podía ayudarle con un asunto. Patxi se excusó y le dijo que le perdonara pero llevaba prisa y, azuzando a la mula, siguió su camino mientras le miraba el hombre con cara de lamento. Intentó seguirle pero como iba muy deprisa, le dijo adiós a voces y siguió su camino.  Al llegar a Ustés, le estaba esperando fuera del pueblo su novia, llena de alegría y haciéndole fiestas. Cuando le contó su encuentro reciente, se quedaron muy preocupados. Al día siguiente, pasó por el pueblo la pareja de los Migueletes. Llevaban detenido al hombre con el que se había cruzado. Le contaron que, en la bolsa, llevaba el corazón de todas sus victimas. Dijo que no le habían tratado bien y por eso, por tener mal corazón, se los había quitado. Quizás, el ver la carabina de Patxi le salvó la vida.
(Publicado en La Tribuna de Ciudad Real el 11 de enero de 2014)

Perdido al atardecer



Cuando se enteró que en una pequeña ciudad de la costa catalana podía encontrar las bombas de agua, de mano, que quería instalar en los pozos del bancal, no lo dudó ni un instante. Cogió a los dos días el coche y marchó para allá. Tenía reservada habitación en el hotel. Después de más de seis horas de viaje llegó a la autopista final en la que me debía derivar hacia la costa, paró en un Área de Servicio y, después de entretenerse mirando la oscuridad de la taza en un café solo, humeante, levantó la vista y miró al reloj para ver si estaba demorándose. Efectivamente ya eran las cinco y media y no iba a tardar la anochecida. Recogió sus cosas y fue al coche, donde, tranquilo, estuvo programando el navegador; quería ayudarse con el GPS. Miró por el cristal y unas nubes oscuras llegaban desde el norte. La hora anterior estuvo despejado. Debía partir enseguida.
Mientras iba por la autopista pensaba en  la vuelta. La casa del bancal ya estaba preparada. Una vez arreglada la fontanería, el suministro eléctrico y puesta la tarima en todas las habitaciones, salvo en el salón, cocina y cuarto de baño, había quedado totalmente confortable aquella que fue casa de labor y hoy iba a ser el lugar de residencia mas frecuente. Los bancales de naranjos estaban totalmente recuperados desde que tomó posesión de la herencia de la tía. Y el invernadero de la huerta estaba ya preparado para la siembra, que habría de hacer cuando volviera. Clara le estaba esperando. Solo pensar en eso le hizo sonreír.  En menos de media hora el GPS le indicó que debía coger la salida hacia Calafell y Vila Nova i la Geltrú; seguir por la carretera nacional y desviarse finalmente por la carretera de la costa. Así lo hizo y, en poco tiempo, ya circulaba por esta. Se le empezaban a juntar en su cabeza los recuerdos de todos los viajes que hizo con Clara, pero procuró no distraerse. Se desvió hacia Sitges y la carretera bordeaba la villa. Cuando ya estaba sobrepasándola el navegador le avisó que cogiera en la rotonda próxima la segunda a la derecha y cuando ya estaba en ella, inmediatamente se dio cuenta que le habían confundido. Había contado como vía la que llevaba hacia una urbanización y ahora continuaba por la carretera de la costa, otra vez. Se dio cuenta que no podía cambiar de sentido. La línea continua no terminaba nunca. El trazado por los taludes empinados de las montañas impedía cualquier giro, la carretera era muy estrecha y no hacia más que dar giros y giros que no hacían más que acelerar el pulso e incrementar en nerviosismo.  Era bastante peligroso circular por allí e iba a corta velocidad. Enseguida entendió que los que están acostumbrados a esa carretera formaban fila detrás de él. Eso le agobiaba. Siguió bastante tiempo y se iba alejando de su destino.  Cuando menos lo esperaba el navegador le indicó la proximidad de una rotonda donde podía cambiar de sentido. Ya era casi noche cerrada. Le indicó que cogiera en la rotonda la segunda salida a la derecha y…cometió el mismo error que la anterior vez. No sabía que solo contaba el navegador las vías públicas y despreciaba las privadas o que eran recientes. Cuando quiso aguardar estaba circulando por una carretera muy estrecha entre árboles y sin ninguna indicación.  Era la vía de acceso a una fábrica. Parecía abandonada. No había ninguna luz por allí. Siguió despacio y terminó en una explanada donde había una salida con una barrera. Fue hasta ella y llamó por el interfono. Momentos después le contestaban:-“Señor esta es una propiedad privada no puede estar aquí…”   - Perdone, es que me extraviado desde la rotonda, ¿me puede decir por donde salir?   - Oiga, de a vuelta y salga por la rotonda, pero aquí no puede estar… -Gracias (le dijo).
Unos instantes después estaba otra vez dando vueltas por los caminos interiores de aquella fábrica fantasmal y sin saber hacia donde dirigirse. Dio varias veces la vuelta en los mismos caminos, se dirigió hacia la derecha y luego hacia la izquierda y solo conseguía perderse aún más entre las vías interiores de aquella solitaria instalación que daba señales inequívocas de haber entrado hace tiempo en su colapso económico total. Escombros, materiales de desecho, vigas de hierro viejas, obsoletos silos llenos de cemento pasado y todo cubierto por una cenicienta capa de polvo de lo que fue el cemento. Se paró un momento y cogió el móvil. Se le ocurrió que podía pedir ayuda a alguien, pero lo dejo sobre el asiento del copiloto desesperado. No se encendía ¿Y que situación iba a dar, donde estaba? ¿Cerca de Garraf? ¿Cerca de la costa? Era noche cerrada y no se veía nada y hacía rato que se había desorientado con tantas vueltas. Oyó un ruido en el exterior y le pareció ver dos ojos brillantes que le observaban desde la parte más oscura del soto cercano. Le empezó a entrar un miedo pánico…
 Estaba en estas consideraciones cuando de improviso vio una luz azulada muy intensa que llegaba de lo alto de un grupo de árboles. El motor del coche se paró y un zumbido muy fuerte se fue haciendo mas intenso conforme la luz se acercaba. Se quedó paralizado. Las pulsaciones se le pusieron a tope y al momento de encontrarse con un fuerte dolor en el pecho, la luz, de manera instantánea, ascendió hacia el firmamento y en pocos segundos se alejó y desapareció. Intentó arrancar el coche y se puso en marcha. Reflexionó un momento y entonces lo empezó a ver claro. Dio la vuelta, pasó por el la zona donde estaban las enormes tolvas y, a cincuenta metros, vio un control de entrada y, al fondo, la rotonda por donde se había equivocado. La pesadilla había terminado.

Cuando iba  de vuelta por la carretera de la costa hacia su destino pensaba lo fácil que es perder la seguridad y cuán indefenso puede estar uno si se encuentra perdido en la noche en un lugar desconocido. Pero… ¿Qué fue de esa luz que le dio al momento la capacidad de volver a su camino? Nunca dijo nada. Odiaba que pensaran, que era pura imaginación…
(Publicado en "La Tribuna de Ciudad Real" el 4 de enero de 2014)

20131230

La luciérnaga de invierno



Una noche de invierno, fría, con llovizna helada que traía el viento, mojando todo, los árboles, la calzada de la gran avenida, la gabardina raída del viejo secretario de la Cooperativa… Leopoldo se llamaba, y estaba empapándole hasta los huesos, de manera que sin poder pensar en otra cosa, iba obsesionado por  el acta de la junta reciente que se la habían pedido con urgencia. Sabía que si fallaba en eso tenía el despido sobre la mesa. Estaba deseando el presidente adjunto verle un fallo, para echarle y colocar a su cuñado. –Debí hacer caso de  Sonia (pensaba); me dijo que tenía todas las notas de la reunión en taquigrafía y que, si quería, podría hacerla en un momento.
Las campanas del Ayuntamiento estaban dando las ocho y las de la parroquia tañían para la misa. Solo unas cuantas viejas y algún viejo, se acercaban por la calle de los Cuchilleros para cumplir con sus costumbres. Un perro, que debió tener pariente, no se si de pointer o de setter, pero que los tuvo de chucho, merodeaba buscando algo que comer para disimular  los huesos que ya  le empezaban a apuntar. Con la séptima campanada, aceleró el paso el secretario, empujado por el tiempo que le acuciaba y, entrando en el portal de la oficina, sacó la gran llave helada que tenía en el bolsillo que introdujo en la puerta. Al momento de dar la vuelta a la llave, sonó un chasquido que no identificó con el habitual de la cerradura al mover la corredera y abrirse. Fue como el chispazo de un choque de piedras, como un pequeño relámpago y, al momento, se apagó la luz de la casa. Una densa oscuridad  instantánea llenó todo. - ¡Ya han saltado los plomos otra vez, me cag...! dijo con evidente malhumor. Levantó instintivamente las manos y memorizando fue a buscar la pared derecha del vestíbulo de la oficina. Tanteando avanzó  por ella hasta el cajetin de los plomos y sacando la tapa de cerámica, comprobó que estaban intactos. Los volvió a colocar en su sitio. Tropezó con la silla que había cerca de la puerta de entrada del despacho de Dirección. Un golpe seco en la espinilla izquierda le hizo lanzar un quejido sofocado. – ¡La madre que le pa!.. Y con la respiración agitada, esperó a que se aliviara el dolor. Entró en Dirección y, siempre tanteando por la pared llegó hasta el de Secretaría; su despacho. - ¡Qué raro que haya tanta oscuridad…debería verse algo por las ventanas...! Pero por las ventanas no entraba la menor luz. Debía ser un apagón general. Y en noche sin Luna… Apenas llegaba el sonido de la lluvia cayendo sobre la ciudad. Descansó un momento y le dio por pensar que iba a hacer ahora sin luz. Los nervios se le desataron, lo que no fue difícil, él era bastante nervioso… y la sien parecía que le iba a estallar. – Vamos a ver (se dijo) tengo que buscar una vela o una palmatoria. Posiblemente en el pequeño almacén del rincón pueda haber alguna. Pero antes hay que coger las cerillas. Recuerdo que vi una caja en el cajón del despacho de la auxiliar de Dirección. Fue hasta allí a tientas y con el tacto intentó localizar las cerillas. No había. Debió dejar los cajones todos revueltos pero…ni rastro de ellas. Se sentó en el sillón de Sonia y pensó, pensó y pensó. Nada no se le ocurría nada que fuera una solución y se fue hundiendo poco a poco en la desesperación. -¡El teléfono! Dijo y de un salto se fue hasta él, en la pared. Al tantear se le cayó el auricular que tuvo que recuperar tirando del cordón. Se lo puso al oído y,  aunque le dio varias veces al interruptor de llamada, no daba el tono. No había línea. Volvió al sillón y se hundió en él haciendo escurrir sus posaderas por el asiento hasta quedar colgando de los brazos. Derrotado. -Debí hacer el acta ayer (pensaba…)… o mejor… debí dedicarme a otro trabajo… o mejor aún debí dedicarme al teatro, que era lo que siempre quise hacer… ¡Ojalá pudiera invertir el tiempo y volver a mi juventud!, eso si con algo mas de valor para enfrentarme a mi padre y a la vida con decisión…

Estaba en estas cavilaciones cuando le pareció ver una pequeña luz que venía del pasillo. Se iba haciendo mas intensa poco a poco, vio un pequeño destello que se movía detrás por el cristal esmerilado de la puerta que estaba a medio abrir y de pronto apareció ante él una pequeña luz brillante, muy brillante, de un verde claro metálico que se movía hacia él. Quedó sobrecogido. No podía ser. – ¡Una vagalume! Así la llamaba su abuela gallega, cuando le contaba cuentos. Era una luciérnaga mucho mayor de las que había visto en sus veranos en la sierra, junto a la acequia real. De su barriguilla salía una luz muy intensa que iluminaba un pequeño círculo de apenas un metro de radio. Se quedó parada, suspendida en el aire, con el pequeño zumbido de sus alas acompañando a su aparición portentosa. – Pero ¡cómo es posible que en pleno invierno haya una luciérnaga volando con el frío que hace!.. Pensó. El esperaba que el insecto tomara alguna iniciativa y, después de un momento, en el que parecía que se había detenido el tiempo, la luciérnaga empezó a moverse en dirección hacia la mesa de Sonia, la siguió y cuando se detuvo a la altura del primer cajón, Leopoldo muy despacio lo abrió y vio con sorpresa que encima de una carpeta estaba el acta de la reunión, terminada, perfectamente redactada y sin omitir ninguno de los acuerdos que se habían tomado. Con su tenor literal. La cogió y acto seguido la luciérnaga se puso en movimiento.  La siguió y, cogiendo el abrigo y su bufanda de lana saló a la calle. Los siguientes minutos fueron los más inolvidables que recordara el secretario. Él por la calle a oscuras y siguiendo a una extraña luciérnaga que le alumbraba hasta su casa. Leopoldo me contó que, desde entonces, la vida para él tiene otro sentido, en que lo prodigioso está presente. Parece ser que esa luciérnaga se le  apareció más veces a lo largo de su vida y siempre para ayudarle cuando estaba en un apuro. Siempre al final del mes de diciembre, cuando todos los demás piensan en la Navidad. Dejó el trabajo en la Cooperativa y puso un bufete de abogado que compatibilizó con su colaboración en una compañía de teatro aficionado que adquirió un cierto prestigio en ámbito nacional.
(Publicado en "La Tribuna de Ciudad Real" el 28 de diciembre de 2013)

INCOMUNICADA



Salía Virginia del taxi que le traía de su pueblo y, en el momento de levantarse hacia fuera, se oyó un golpe metálico y dijo agachándose a recoger lo que se le había caído: - ¡qué devoro de móvil! El móvil yacía por un lado, la tapa de la batería por otro y la propia batería a metro y medio de donde estaba ella. La miraba un muchacho de unos veinte años que pasaba por allí y se paró para ver si la podía ayudar, cogió la batería y se la dio. – gracias. Dijo. Preocupada, montó el teléfono y trató de encenderlo y…nada. No respondía. –Jodeee que mierda, ¡buena la he hecho! ¿Y ahora que hago? – ¿Necesitas llamar? Le dijo el chico. -Te puedo dejar el mío… Ella le miró y estuvo pensando qué hacía, mirando para un lado y para otro con la mano desocupada en la cadera y con cara de gran fastidio. Miró al muchacho a los ojos y  (sin confiar en el ofrecimiento, y consecuentemente en él), sin aguantar la mirada, se volvió y dijo de manera súbita: - no gracias, ya me las arreglaré como pueda…- Como quieras. Hasta luego. Dijo él. Y se fue.

No hacía más que dar vueltas entorno suyo intentando dar solución al problema y lo único que parecía era que se iba poniendo mas nerviosa. Cómo le iba a decir a Luis, su novio, que le dijera donde quedaban. Después de la pelea que habían tenido, se les olvidó decir dónde. Sabía que iba a venir a la capital pero no sabía en que sitio. Llevaban varios meses sin verse desde que se fue a trabajar a Lucerna. Pero lo que más nerviosa le ponía es que ella tenía unas ganas enormes de arreglar todo y le había prometido que no apagaría el móvil más veces. Ya lo había hecho con él en más de una ocasión y eso había estropeado cosas. Por otra parte también estaba lo de su oferta de trabajo. Llamaron el día anterior y había quedado la empresa que  llamarían para concretar el lugar y la hora de la entrevista. Estuvo buscando en el bolso y no encontraba la nota donde estaba el domicilio, para intentar contactar con ellos. En la empresa de trabajo temporal, le dijo el nombre de la empresa donde iba a trabajar si la seleccionaban, pero estaba en la aplicación de notas del móvil, y la llamarían. En fin cada vuelta que le daba a las cosas se ponía más nerviosa y era incapaz de mantener el suficiente sosiego para buscar una solución. Cogió la agenda de su bolso y encontró el teléfono de casa de su hermano. Quizá le podía ayudar; llamaría… Se fue a buscar una cabina telefónica y después de preguntar a dos personas le indicaron donde estaba la mas próxima. Llegó hasta la plaza más cercana y fue directamente hasta la cabina. Abrió la puerta corredera y vio algo que la desesperó aún  más: el cable del auricular colgaba cortado. Salió y se fue a buscar otra. Después de preguntar fue localizando hasta cuatro cabinas y… todas, con el mismo resultado: inutilizadas. Una la ranura de las monedas atascada, otra sin línea, averiada, la tercera escupía las monedas y no se podía hacer la llamada, y la cuarta estaba totalmente reventada y con trazas de haber desvalijado el cajón de las monedas. – ¡Mierdaaaaaas! Dijo con un grito, soltando su desesperación.  Se quedó un momento llena de lágrimas sentada en el borde del murete del jardín. ¿Qué haría? Le pediría a alguien que le dejara su móvil. Y con su vergüenza en las costillas se lo pidió a una señora que acababa de hablar por el suyo. –No niña – le dijo, -no se lo dejo a nadie. Ya me lo han robado tres veces. Ves a una cabina.  ¿Cómo le iba a explicar a esa señora la mala suerte que había tenido, con la cara de mala leche que le puso? Así que siguió andando y lo intentó con una chica. Se lo dejó, pero en casa de su hermano no cogían el teléfono. Llamó a su amiga Laura y estaba, como siempre hablando con otra persona. No recordaba más  números de teléfonos, los contactos los tenía todos en el suyo. La chica tenía prisa y le dijo con cara de lamentarlo: - , tía, lo siento, pero me tengo que ir. No pudo rechistar, le dio las gracias. No era su día. Le dejaron otras tres personas el suyo y con el mismo resultado. Se fue a una cafetería, pidió un café y trató de tranquilizarse y pensar en alguna solución. No se le ocurría nada y estaba desesperada. Se puso las manos en la cara y rompió a llorar. Le pasó por la imaginación todas las cosas que hacía cuando no tenía móvil, y se dio cuenta que tenía mas posibilidades que ahora. Entonces llevaba una agenda con todos los teléfonos de sus contactos, allí anotaba todas las citas, las reuniones, y quedaba con Luis antes de irse a la calle o de separarse, si estaban juntos. Pensó que antes habría anotado el nombre de la empresa y la hora de la entrevista, porque no lo habrían dejado para una llamada telefónica y si hubiera sido así, se habría quedado en su casa esperando junto al fijo, como hizo más de una vez. Seguía llorando, y los suspiros que daban cada vez eran mayores. De pronto, le tocaron en el hombro. Era un hombre que le preguntó: - chica ¿te pasa algo? ¿Puedo ayudarte? Le contó su desventura y las desgracias que le venían encima si no contactaba pronto. Estaba incomunicada. Él la escuchó con detenimiento, y cuando terminó le dijo: -mira yo no llevo mi móvil en este momento, le dejé cargando en casa, pero lo primero que vamos a hacer es que me vas a dejar el tuyo para que lo vea, a ver que le ha pasado. ¿Vale? Ella sonrió y, complacida, sacó el móvil del bolso y se lo entregó. –Dices que se te ha caído y que desde ese momento no funciona ¿no? Ella asintió con la cabeza. –Bueno pues vamos a ver si se ha roto algo… Abrió el teléfono, sacó la batería y se le quedó mirando sonriendo. Luego cogió la batería, le dio la vuelta y la colocó en su sitio. – Enciéntelo y dale al  numero PIN. Lo hizo y el teléfono se encendió y se puso a cantar la musiquilla de su puesta en funcionamiento. – Muuuuuuchas gracias. Dijo recreándose en sus palabras. ¿Qué es lo que pasaba? – Nada, que con las prisas y los nervios pusiste la batería al revés. Y es que las prisas, solo son buenas para los delincuentes y los malos toreros…
Publicado en "La Tribuna de Ciudad Real el 21 de diciembre de 2013)

20131218

UN EXTRAÑO INCIDENTE




Viví en Ourense un tiempo y sentía pasar los días como si estuviera en un sueño. Creo que eso les suele pasar a algunos de los que somos de la meseta sur cuando salimos de ella. Tenía que comprar el pan y fui, como todos los sábados que podía, a la panadería de San Francisco, a comprar pan recién hecho. Sospecho que comprar el pan caliente puede ser un augurio de hacer cosas sencillas y fundamentales. Miré a la estantería. Los más grandes a la derecha y los pequeños a la izquierda. Las empanadas habían llenado con su penetrante olor toda la panadería y apenas sabría distinguir dónde estaban las de carne y dónde las de marisco. La mujer del panadero atendía al personal y, en ese momento, lo hacía con una joven de aspecto delicado, muy pálida y con la tristeza metida en ella hasta los huesos. Apenas se le oyó cuando pidió lo que quería. Cuando le dio el pan le sonrió y le dio las vueltas diciéndole: -Grazas cariño. Ella se despidió con un: - De nada, ata logo.
La vi salir, cruzar la calle y bajar hacia la Catedral. Asomó el panadero por la puerta con la cara roja como de venir de las profundidades del infierno, y lleno de harina. Supongo que para observar a la parroquia o aliviarse del encierro y, en ese momento, me preguntó su mujer cual quería. Sin darme cuenta, aun sabiendo poco de gallego, posiblemente por estar oyendo hablar a la mujer en su idioma a las parroquianas, le solté inconscientemente: - un pequeno, señalando a los redondos. - Un euriño, me dijo, y pagando cerré la transacción saliendo despacio de la panadería, después de guardar en la memoria cada una de las sensaciones y olores que retuve. El sol llenó el barrio de San Francisco esa mañana  y bajando hacia el casco antiguo recibí el perfume de un árbol en flor cuando crucé el paso de cebra. Parecía un peral, pero ¿a quién se le ocurriría plantar un peral en el cruce de una calle?
 La catedral se dejaba querer aquella mañana y lucía con una luz inusual; apenas había trafico por las calles. Acabé en la cafetería de costumbre con una gran tranquilidad, no quería conflictos. Lo digo porque lo noté cuando me dieron un capuchino, habiendo pedido café con leche. Me lo bebí con tanta resignación como disgusto, pero… no dije nada. Simplemente me lo bebí. No me gusta el capuchino.
  Leía el periódico con atención y vi pasar la vida del mundo en un instante. Oía a la gente de las mesas hablar y decían lo mismo de siempre. La crisis no puede con la conversación común, ni con las ganas de vivir y de comunicarse. Pareciera que repiten lo mismo de siempre, pero, todos los días cuentan otras cosas. Lo necesitamos para sentirnos vivos.
La ciudad estaba tranquila, paseaban, iban y venían todos los vecinos que salían al ver el sol cálido de un sábado hermoso y yo, solo quería que se alargara lo más posible para descansar. Toda la semana acumulé cansancio para meses. Pero estaba seguro que cuando llegara el lunes me pondría en marcha, como si nada hubiera pasado, como si estuviera más fresco que una lechuga. Seguía por la Rúa do Paseo con el paso corto que suelo emplear cuando quiero recrearme en el día de descanso, cuando una bicicleta casi me arrolla. Cruzaba la calle y cerca de la estatua de bronce de la lechera, que ve pasar los días en medio de la calzada, haga frío o calor. Debía haber optado por atropellarme a mí antes de hacerlo con ella, y darse un golpe que seria mas duro, así, tuve que dar un salto para eludirle. Pasado el susto, me dirigí al banco,  que estaba cerca,a sacar algo de dinero. Me pareció ver a la chica pelirroja, pálida y triste que vi en la panadería, en ese momento entraba en la sucursal. Llegué hasta allí y nada mas entrar estaba una señora con una niña chica sacando dinero del cajero, arriba de la escalera del vestíbulo. Detrás había un hombre muy mal encarado que no hacía más que mirar para todos los lados. Cuando el cajero vomitó los billetes de la señora, el hombre cogió a la niña y con una navaja que puso al cuello, amenazó a la señora diciendo: - dame el dinero tía, o rajo a la niña… La mujer dando un grito desgarrador alargó la mano en la que tenía al dinero y suplicó al atracador que dejara a la niña. Todo era trágico y  muy violento; las pulsaciones me agobiaron la garganta. No sabía si debía intervenir para evitar que le pasara algún mal a la niña. Sin embargo, sin esperarlo nadie, la chica pelirroja, pálida, muy triste, se acercó lentamente al atracador, le cogió la mano donde sujetaba la navaja e inmediatamente ésta cayó al suelo. El atracador se quedó paralizado y, con una cara de un terror que le invadía, salió corriendo sin coger ni la navaja, ni el dinero que le ofrecía la señora. Así se resolvió todo. Se arremolinó la gente de la oficina bancaria y todo eran preguntas sobre el incidente. Nadie dijo nada de la intervención de la muchacha, como si ninguno la hubiera visto, antes bien decían que el atracador había dejado caer la navaja al suelo y algo debía haber visto que le asustó y salió corriendo. Nadie le dio las gracias a la muchacha, salvo las que le di yo cuando me miró. Apenas esbozó una sonrisa.
Al sábado siguiente le pregunté a la mujer del panadero si conocía a la muchacha que desapareció sin saber cómo. Me dijo que no la recordaba. Puso cara de extrañeza cuando se lo pregunté. Parecía que nadie la vio salvo el que os lo cuenta.
(Publicado en "La Tribuna de Ciudad Real" el 7 de diciembre de 2013)

20131209

La memoria de Max




Hace tiempo, cuando iba de madrugada a trabajar a Madrid en el tren, tuve de compañero a un viejecito animoso, Max dijo llamarse, que me dijo: - No puedo dormir en el tren, aunque lo intento, pero no puedo. ¿le importa que hablemos? Si le molesto, dígamelo, a veces no se sabe bien cuando uno debe terminar y callar.
- No se preocupe, no molesta.
- Gracias. Todos los trenes son más o menos iguales, aunque cada uno de ellos tiene su olor especial. Cuando fui, varias veces, por el Transiberiano, olía a humanidad. Pero a la media hora ya ni te acuerdas. La ciudad más cercana después de Moscú es Vladimir, a 210 kilómetros, tres horas después. Lo que parece poco una vez que llegas a la primera gran ciudad como es Perm, después de 19 horas de viaje, y es solo el principio de su recorrido, que termina en Valdivostok a los seis días, después de recorrer 9.298 kilómetros. No hace falta pues ambientadores. Así, si decides ir hasta el final, el dormir, comer y pasar el tiempo lo mejor que se puede es todo un desafío que hay que tomar con tranquilidad. Los compañeros de viaje terminan por ser alguien conocido, que te cuentan su vida. Las estufas de cada vagón son un punto de encuentro, varias horas al día, y son ellas las que dan un poco de confort al viaje, cuando se ve a través de los cristales el hielo. El olor del tren llega a ser aceptado como algo normal y las papilas olfativas, créame, terminan por saturarse del olor de humanidad no muy aseada que es harto desagradable, y que, tras unas cuantas horas, ni te acuerdas de él. Allí, la última vez que viajé, conocí a un teniente del Ejercito Rojo que había estado en la batalla de Leningrado. Me dijo que fue entonces cuando comprobó hasta donde puede llegar la resistencia humana, ante el hambre y la adversidad. Después de aquellos días ya no fue el mismo. Todo le parecía trivial y solo le importaban los sentimientos. Desde luego era así, porque un hombre mayor de gran experiencia, forjado en la disciplina militar, y tomando decisiones muy duras, se puso a llorar cuando vio a un niño, que  teníamos enfrente, cuando acariciaba la cara de su madre.
Cuando decía Max esto, recordé escenas como esa en los trenes de carbón de aquí y como olía a chorizo y escabeches el de tercera clase en el que solíamos hacer este trayecto a principio de los sesenta. Solía oler a vomitado, la gente se mareaba, y no había manera de quitar semejante olor. Ni siquiera por el penetrante olor a carbonilla que entraba por las ventanas y las rendijas del suelo de las plataformas.
- Una vez pasada la primera ciudad del Transiberiano, -decía Max- cada parada se siente más lejos. Mucho más lejos. Por lo que finalmente se acepta con paciencia el discurrir del tren, dejando el destino en manos de los dioses. Todo un viaje. Un uzbeco llamado Arkin me abordó al salir de Krasnoyarsk,  decía que, para él, solo el viajar era la prioridad mas alta, llegar para él no es sino otra cosa, que no tiene nada de relación con el viajar. Tenía una curiosa teoría sobre el tiempo y el espacio que no entendí. Marchaba a ver a un hermano que tenía en Ulan Ude, al que no veía desde que estuvo él en la primera guerra de Afganistán, con la URSS, y no se sentía mas lejos de su hermano que cuando estaban juntos y se iba él a trabajar mientras él asistía al Instituto. Sin embargo, cuando lo recordaba ahora, después de tantos años, se le llenaban los ojos de lágrimas. Por la privación nada mas, no por otra cosa. -Yo – decía Arkin- que no derramé ni una sola lágrima cuando murieron mis padres, mis seis hermanos y cuatro de mis siete hijos, y los quería mucho, ahora lloro por cualquier cosa. Creo que con el tiempo se ablanda el corazón, o simplemente olvidamos las malas experiencias y solo tratamos de recordar lo bueno. Debe ser eso, digo yo. Antes, sacar a la familia adelante con las dificultades, no daba para muchas lágrimas y si para mucho cavilar y buscar salidas. Ahora que no tengo a nadie del que cuidar, lloro como un niño por cualquier cosa. Como hice en el invierno en la batalla de Moscú. Parecía terminar el mundo. Tantos muertos , por el fuego enemigo y el amigo, por el frío y el hambre, sin embargo, ahora, de todo aquello, solo recuerdo con claridad, la imagen de un tilo helado en el que se posó, creo que un ruiseñor, y al cantar en el silencio de una de las pausas de la artillería y el miedo de la infantería a dar con el menor ruido la posición al contrario, se oyó su canto por todas las calles de aquel barrio de Staryi Arbat hasta donde abarcaba el oído. Que con la densidad del frío el aire llegaba lejos. Nada más que el canto del pájaro, con las casas arruinadas cubiertas por la nieve al fondo, en silencio, y un cielo gris refulgiendo a las doce de la mañana. En ese momento se borró todo, los muertos, la ruina, el hambre. Lloré como un niño. Ahora ese barrio es un precioso sitio donde tomar un buen café y oír a los músicos ambulantes.
Algo parecido – continuó Max- es lo que pasó en el 76 cuando llegábamos a la estación de Bristol Temple Meads, llena de gente, unos venían y otros iban, con mucho ruido y algarabía y, sin saber cómo, un joven dio un grito: I passed! Todo se paró. Nos quedamos mirando a aquel pelirrojo con el brazo en alto, y con las mejillas enrojecidas, que rompió en un grito toda su contenida alegría que dejó sin habla y movimiento a todos. Cada uno estaba en lo suyo. En ese momento supongo que más de uno pensó en lo que le motivó a decir aquello, y sin embargo, apuesto a que ninguno coincidía en concretar a qué se refería. ¿Algún examen de los estudios superado? ¿alguna prueba de trabajo o en el carné de conducir? o alguna prueba difícil que ellos mismos hubieran querido aprobar. La mayoría sonreían y una viejecita le dijo a viva voz Congratulations! Que provocó la risa de algunos y la sonrisa de los más, (alguna puso cara de pocas fiestas). En las estaciones, en los trenes la gente se entrega a una actividad fuera de lo común. Como si el viajar  fuera una prueba que hubiera de cambiar nuestra forma de vida, y no es más que un jodido tránsito, y nada más. ¿Te estoy dando la lata, no?
No, no se preocupe,- dije- me gusta escuchar a gente como usted, con experiencia. Siempre se aprende algo.  Me miró haciendo una pausa y, sonriendo, siguió sus narraciones.

Así fui llevando el viaje con el hombre aquél que no hacía más que hablar y contar cosas, aparentemente inconexas. Pero hace tiempo que supe que, en lo tocante a la comunicación humana,…nada hay inconexo. La memoria, era su vida, que quería compartir conmigo.
(Publicado en "La Tribuna de Ciudad Real el 30 de noviembre de 2013)

20131202

EL SUEÑO DE LA RAZÓN


En Ourense, se abre para mí el día por las ventanas que asoman al río Barbaña. Apenas hay luz, que crece lentamente, con prudencia desconocida, en un amanecer invernal. En un momento, apenas una ducha, un desayuno caliente, y la niebla sutil llena con un blanco velo toda la ciudad, la calzada, mojada, brillando con la brillante luz que transporta.

Las brumas, en la Praza de Concepción Arenal traen la épica de lo ignoto. Con ellas se me desborda la imaginación y apenas puedo evitar el empezar a fabular historias, de las que tratan del invierno, que acuden con la niebla. Al momento, me acuerdo de lo que me contó un viejecito de  Rioja que vivía en San Amaro, y llevaba los periódicos a la librería de la Rúa de Sáenz Díez, próxima a mi domicilio. Me dijo que su nieto, llamado Ciprián, era un chico algo miedoso. Posiblemente por la afición de su abuela a las historias tremebundas que le contó desde muy pequeño. Por eso, una noche  que se acababa de acostar, arriba, en el sobrao, que habían arreglado de manera confortable y donde le acomodaron, estaba con los ojos abiertos y desvelado  por los ruidos que ocasionaba un viento racheado que presagiaba temporal. Permanecía encendida la bombilla antigua de 25 watios, con filamento de wolframio, que apenas iluminaba como una candela. Abajo, encima de la mesita, estaba el trasformador de la luz de 220 a 125 watios. Desde la calle  se proyectaban las sombras sobre la pared de enfrente y, dependiendo de que luz lo hiciera cambiaban de posición. Por eso, cuando un golpe de viento apagó la luz de la bombilla de la calle que estaba mas próxima, se oscureció todo excepto la escasa luz que seguía entrando entre las hojas de madera del ventanuco y que hizo cambiar la proyección de lo que debía haber en la calle. Aterrorizado vio, en la pared próxima a su camastro, la silueta de lo que se podía identificar como el perfil de un hombre encapuchado con una prominente nariz aguileña y la boca entreabierta en una sonrisa sardónica, que, como se sabe, es un rictus parecido a la sonrisa, pero que obedece a sentimientos alejados de alegría o complacencia feliz, y demuestra, las mas de las veces, crueldad. Recordó al criminal escapado del que hablaban en el pueblo. No sabia que hacer, se metió más entre la ropa y con apenas asomando los ojos se quedó petrificado, sin capacidad alguna de poder gritar, que era lo que mas deseaba. Tiritaba castañeteando los dientes y no dejaba de observar los movimientos lentos del perfil que veía y que se avivaban conforme el silbar del viento y los golpes de la puerta del corral. Así estuvo durante más de dos horas hasta que el agotamiento, y el sueño le dejaron dormido hasta el día siguiente. Cuando despertó sobresaltado, sin haber soltado la tensión sufrida por la noche,  y al oír los cacharros de loza en la cocina que su madre trasteaba preparando el desayuno, las brumas de diciembre se habían apoderado de todo el entorno. La luz blanca de las ocho, entre la niebla, daba una apariencia sobrenatural a la amanecida y Ciprián se sintió feliz por haber superado el penoso trance nocturno. ¿Se lo contaría a su madre? Decidió que no. Le podía más su temor a que le tomaran por miedoso, por mentiroso o quien sabe si por loco, que decir una verdad que le había aterrorizado. Pasó el día muy animoso, después de ir a la escuela y comer, se prestó voluntario a cavar las tablas de grelos que había en el huerto y que estaban llenas de hierba y no le molestó, como otras veces, sacar el estiércol del establo, comprobando una vez mas cuánto sueltan las vacas cuando pasan varios días sin que las limpien. Cansado, y bien cenado, estuvo harto remiso para irse a acostar, posiblemente por la experiencia de la noche anterior;  y así estuvo casi una hora dando excusas para no cumplir con el mandato de su padre que le mandaba a la cama. Pero como todo no se puede demorar indefinidamente, con una voz que sonaba a ultimátum, despachó levantándose un –bueeeno..., y, despacio, subió pisando con parsimonia los escalones de la escalera de tarima. Hacía esa noche mucho frío, y el viento había vuelto como la noche anterior. Se desvistió y corriendo se metió en su camastro en el que su madre había puesto una manta más encima de las que ya tenía. Con el embozo hasta la nariz, asomado por él, no hacía más que mirar hacia la pared en la que vio reflejado el terrible perfil que había visto la noche anterior y no había nada. La luz del exterior de la casa, la que venía de la calle se proyectaba en la pared de enfrente y solo se veían las siluetas de las hojas del árbol próximo con mucha claridad. La bombilla de la calle estaba encendiéndose y apagándose con los golpes de viento, hasta que, pasando un cuarto de hora se apagó definitivamente y... entonces volvió a ocurrir: ¡allí estaba el perfil del hombre con nariz aguileña que le había aterrorizado la noche anterior! Parecía acechar. Seguía moviéndose abriendo y cerrando la boca como si estuviera susurrando alguna cosa, como si estuviera hablando consigo mismo, maquinando alguna maniobra siniestra. Parecía inclinarse sobre el ventanuco y, en ese momento, un golpe seco llenó el dormitorio de Ciprián, dio él un grito muy desgarrador y, tiritando de terror, se desmayó.

Cuando recobró el conocimiento, estaban sus padres y su abuelo junto a él y le interrogaban angustiados que era lo que había pasado. Les contó como pudo su tremenda experiencia y, cuando miraron hacia la pared donde él veía la silueta, ya no había nada. La bombilla más próxima de la calle se había encendido de nuevo y solo se proyectaban las hojas en la de enfrente. Intentaron convencerle que solo eran los árboles y, cuando estaban terminando de su explicación, se volvió a apagar la bombilla exterior, y apareció la silueta. Fue su padre decidido a asomarse al ventanuco y vio el origen de las sombras: Era una conjunción entre unas tablas y dos plásticos que habían sido parte de una plataforma improvisada de la protección de la chimenea para sujetar la tela metálica que impedían entrar a los pájaros, que el viento habría desplazado de su sitio.  Cuando me contó esta historia el abuelo de Ciprián, me acorde de la leyenda que puso Goya en uno de sus grabados: “El sueño de la razón, engendra monstruos”.
(Publicado en el diario La Tribuna de Ciudad Real el 23 de noviembre de 2013)