20140826

ARTURO O EL SISTEMA


En el verano de 2020, me visitó. Apuramos el día en mi casa del campo  mi amigo Arturo y yo; sentados en el borde de la alberca. Terminaba de caer la tarde y la brisa de poniente acariciaba con su fresco, luego de estar toda la tarde con una enorme fiebre estival abrasando todo, los rastrojos, las encinas perdidas entre ellos y las huertas que se recogían con el follaje de las hortalizas que fueron regadas de madrugada. En el  soto, esperaban los pájaros para salir a sus últimas tareas antes de recogerse para la parada nocturna. Las chicharras empezaban a callar y no estaba lejos el momento en que los grillos cogieran el relevo. Mi amigo tenía a su lado un vaso frío con gin tonic y, no se si sería por eso o por la euforia que da el fresco de la brisa y el empezar a respirar el aire puro de la sierra, que terminaba por hacerme sus últimas confidencias.  Metimos los pies en el agua y eso fue el punto de partida para seguir con nuestra animada conversación. Cuando me hablaba, tenía la mirada perdida en el horizonte y, llegado un momento, paró y señalando al cielo dijo:- Mira, Arturo, la gran estrella con la que comparto el nombre. Efectivamente,  brillaba cada segundo con más fuerza, mientras el sol acababa de ocultarse por poniente, Aún había claridad. –Pienso que esta estrella me trae suerte cuando me van las cosas mal. Dijo, mirándome a los ojos. Luego siguió con la mirada perdida y contó una de sus confidencias:
- Hace algun tiempo, abría el buzón de  la casa de Chamberí en Madrid, un día del mes de Agosto de 2017; tenía una carta de la Seguridad Social. Decían que suspendían el pago de la pensión de jubilación por efecto de una comunicación del Ministerio de Administraciones Públicas en el que me acusaban de haber incurrido en fraude de ley y se me abría expediente de diligencias previas, por posible infracción penal. Como es natural, el mundo se me cayó encima, y no podía creer semejante disparate del que era victima, provocándome insolvencia, sino que tendría que preparar, posiblemente, defensa jurídica ante los tribunales. Esa semana estuve llamando por teléfono al Instituto de la Seguridad Social y al Ministerio de Administraciones Públicas. Dijeron que la resolución tomada tenía la base en los datos del sistema informático. Los datos los administraba en los dos casos dos empresas de servicios, a las que se les había encomendado después del proceso de privatización de años atrás. Tomé el primer AVE a Madrid, y estuve tres días averiguando de donde sacaban la conclusión de que no tenía el titulo de Licenciado en Derecho, que me sirvió para sacar la oposición del grupo A de la Administración y empezar mi carrera administrativa. Para consolarme, decían siempre que solo reclamarían los cuatro últimos años de sueldo, más el importe de las prestaciones de la Seguridad Social que hubiera tenido, pues los demás estaban prescritos, según ellos. Me quedé más tranquilo pensando que con el fondo de la Mutualidad de la Abogacía, podría aguantar el envite, pero tendría que llamarles y remitirles la solicitud de retirar una renta mensual mayor. Cuando hablé con ellos, dijeron que iban a mandar una carta comunicando que el fondo de la pensión de la Mutualidad estaba retenido por el Juzgado, como medida cautelar, para garantizar la reclamación que me hacían. En la empresa que gestionaba los fondos del archivo de la Universidad dijeron que en su sistema, puesto que habían sido digitalizados, solo figuraba mi expediente académico, y en él, constaba que me faltaba una asignatura para acabar la carrera: Derecho Internacional Privado. Llevaba yo mi título, firmado y la certificación de tener todas aprobadas, pero el empleado de la empresa  dijo que eso para él no servía, que solo tenía valor lo que había en el sistema digitalizado. De poco sirvió decirles lo que ordenaba la ley sobre el valor de los documentos públicos: solo servía para ellos el sistema. Así pues tendría que ir a juicio. Pero sin la pensión, ni las rentas de la Mutualidad no podría pagar las tasas judiciales, y sin abonar éstas, no accedería a ir a juicio. La justicia gratuita la denegaron por la información del sistema de Hacienda: figuraba el fondo de la pensión de la Mutualidad, y no había referencia a la retención judicial.  Fui a ver al juez y contestó que como posiblemente habría un juicio penal tendría que hacer valer mi reclamación y la documentación en ese momento, que posiblemente me atenderían. Pero no tenía abogado, por no poder pagarlo y los amigos abogados que tenía, todos estaban jubilados, impedidos o muertos. Mientras, me esperaban tres o cuatro años de espera sin ninguna renta con la que vivir, cuando estaba a punto de suicidarme, de esa pesadilla desperté. Si era una pesadilla. Pero pese a todo eso, ante el temor de que me pudiera ocurrir algo así intento guardar algo de dinero en casa todos los meses por si pudiera ocurrir esa locura. 
– Me hizo un impacto tremendo la historia de  Arturo, porque en ese mismo momento me di cuenta que todo lo que me iba diciendo tomaba carta de veracidad y su posibilidad no era remota sino que podría ocurrir;  y más concretamente a mí, ese disparate  kafkiano. – Arturo, esa pesadilla es posible, lo creo.
Las ondas del agua de la alberca, al mover las piernas dentro de ella, acompañaban con su imagen el momento más parecido a un mal sueño. Desde el corazón se fue extendiendo una sensación de angustia que no era capaz de desechar, pese que trataba de repetir dentro de mi cabeza: solo es una pesadilla, no puede ser real. Días después, pregunté por los archivos de la Universidad y al parecer estaban retirados y desordenados en un almacén, después de haber sido dañados por una inundación en las lluvias del 2016 que anegaron los archivos históricos de la Complutense. Así que solo había dos cosas para defender la realidad: el sistema informático y los documentos que tenía en casa. Podría tener el mismo tratamiento que vio Arturo en su sueño. Dejamos de hablar del tema y procuramos observar las estrellas con el telescopio. La aplicación de la red, nos facilitó el seguimiento de las constelaciones visibles. Cuando llegó la hora de dormir, tomé un tranquilizante: no podía pegar ojo.

Ayer llegué a la ciudad, desde el campo, y en mi buzón, entre las cartas había tres, una de la Seguridad Social, otra del Banco y la última del Ministerio de Administraciones Públicas.  Llevo cuatro horas mirándolas encima de la mesa del ordenador: no soy capaz de abrirlas. Finalmente, llamé a Arturo para que las abra él, tiene llave de casa. Yo me voy al campo. Me tranquiliza ver a la lagartija del parterre, yendo y viniendo sin problema alguno. No soy capaz de nada y todo el cuerpo lo tengo temblando… Igual no es nada…
(Publicado en el diario La Tribuna de Ciudad Real el 23 de agosto de 2014).

20140812

EL LOBO


Clareaba el día cuando Juan Nepumoceno se fue hasta el corral. Abrió el candado y dejó colgada la cadena, colgaba también la constelación de Orión cayendo por poniente, desapareciendo poco a poco, como se desvanecían las sombras por el alba que iba creciendo. Ovejas y cabras se amontonaban en la estrecha puerta del corral, con ganas de llegar primeras a campo abierto, hasta la sierra. Con el morral a los hombros Juan cerró el corral y, con su cayado, las siguió por la calle principal de la aldea, tranquilo, andando a su paso y mirando a Calmo, su perro de muchas razas y de ninguna, pero fuerte como un mastín. Un silbido se oyó en aquella mañana de agosto y seguidamente la voz de Juan: - ¡Calmo! Vamos a la sierra. Le dijo, como si el perro le estuviera entendiendo. - ¡Derecha! El animal corrió al lado izquierdo del rebaño y, con dos ladridos, todo él se giró a la derecha por la salida hacia la sierra.
Miraba Juan al cayado y recordaba cuando en octubre ató la pequeña rama de olivo para que, al crecer recta tuviera la curvatura en su parte superior. Un metro ochenta centímetros de madera dura y fuerte, con un rebaje curvado en la parte gruesa de abajo. Le habían dicho en la aldea el día anterior que Eleuterio había visto al lobo. Sabía que las cosas no eran así. De chico le contaron historias del lobo, que despertaron imaginación y miedo en sus pesadillas: como perro negro, de dientes marcados por encías rojas; aullando cerca del pueblo, en las noches de invierno y ojos tintos en sangre. Pero sabía ahora que las cosas no eran así, ni tenía la saliva venenosa del que tiene la muerte por oficio, ni era negro, y no fue un lobo el que se comió al abuelo de Desi, la tendera, en un mes de noviembre de posguerra: bajaba del monte con un haz de leña a la espalda, para la cocina y calentarse en los días fríos como cuchillos. Si, sabía ahora que las cosas no habían sido así. Al abuelo de Desi no le mató el lobo, sino un balazo que tenía en el cuello, ni se lo comió el lobo.  Sino ¡los lobos! Porque sabía Juan que los lobos nunca van a atacar solos. Sino agavillados, juntos, entendiéndose para distraer unos a la victima, mientras el que está más a mano ataca. Sabía que el lobo, solo, nunca ataca, sino que si ve a la presa, aúlla y llama a los otros que no están muy lejos.
Entretenido con estas cosas iba cavilando Juan cuando pasaban por la boca de la cortada, una hoz cerrada en la que todos los sonidos se hacen más cercanos y los responde el eco si son fuertes. Subieron por la trocha, pasando por los majuelos,  que doraban sus uvas blancas,  por el cauce del arroyo Piedras negras, seco por el estiaje, con los hinojos granando y el espliego seco por la calentura de un mes de agosto que no terminaba de refrescar y torraba toda esa ladera; fuera de la humedad de los barrancos y arroyos que daban, aun así, vida a la menta y a los juncales.
Llegaron a la cortada más amplia, luego de haberse parado todo el día en donde aún verdeaba algo,  y allí les esperaba el aprisco que el había hecho con palos de chaparros y cubriendo la cerca de alambre con un tupido muro de ramas entretejidas. Al mediodía vio a una bandada de buitres sobrevolando el cielo mas arriba, cerca de la fuente seca. Algún animal muerto habrían visto. Los chillidos de los halcones se oían penetrando por los rincones de la cortada, devolviéndolos el eco. Le dio por pensar en lo solo que estaba y en la escasa defensa de que disponía. No había traído la escopeta de dos pistones de su abuelo. No terminó de creer que hubiera lobos en la sierra. Sin conejos, por aquella enfermedad tan mala, no quedaba uno, los zorros ya se fueron y los lobos hacía años que no se tenía noticia de ataque alguno al ganado. Solo se quedan si tienen comida, si no la hay, se van a otro lado donde la haya.
Después de dar cuenta a un poco de tasajo, un tomate y queso, de los que se había provisto para dos días, llevó al rebaño hasta la charca de la Fuente Seca y una vez que habían bebido las bajó otra vez hacia el aprisco. En el camino de ida y vuelta vio algo que le empezó a preocupar y darle para pensar. Había visto pasar dos conejos y una liebre. Y se dijo: pues si ya hay comida, igual es verdad que hay lobos…

Habiendo recogido al ganado en el aprisco a la caída de la tarde, se sentó en la piedra que tenía cerca de la choza, cenó como comió y, cuando estaba pelando con la navaja un melocotón, le pareció oír animales rondando por la parte alta de la cortada. Nada más anochecer, se tumbó junto a la piedra, a la luz de la luna, oyendo la radio que le hacía compañía. A las once y cuarto de la noche, medio adormilado, los oyó la primera vez. Un profundo y prolongado aullido se propagó por todas las paredes de la cortada. Después le siguieron otros: eran lobos. Juan, aun con nervios y miedo, resolvió ir a la puerta del aprisco y poner varias ramas que estaban preparadas al lado para dejar todo bien oculto. Calmo se puso a su lado y estaba ladrando nervioso. No tardaron mucho en bajar. En cinco minutos escasos los vio venir por el cauce del arroyo seco. Eran cinco. Cogió a Calmo por el collar y le dijo: - ¡Tú a mi lado! ¿Me oyes? El perro le miró y como si le entendiera, dejo de tirar hacia donde venían y se quedaron juntos. Juan sacó la navaja grande, la abrió y la colocó en el rebaje del cayado. La ató fuerte y cogiendo el cayado por el otro extremo, se puso con èl adelante dispuesto a la defensa. Como él sabía, los lobos se dispusieron en abanico, sin poder abarcar a sus espaldas que las tenía del lado del aprisco. Enseñaban los dientes y amagaban constantemente para ver si se descuidaban, Juan y su perro. Un lobo atacó a Calmo y otro le siguió en el ataque, pero antes de que llegara donde se repartían dentelladas lobo y perro, Juan con la Navaja le asestó un golpe mortal al lobo que venía, rajándole la barriga. Gritó el lobo de dolor y los demás le miraron. Sin pensárselo dos veces se retiraron hacia el arroyo a unos treinta metros. Juan cogió al lobo agonizante de las patas y  se lo arrojó a los demás lobos. Se tiraron como fieras y se fueron llevando a dentelladas los despojos de su compañero. No volvieron en toda la noche. A la madrugada, Juan bajó con el ganado hasta la aldea. No dijo nada a nadie, era cosa suya. Solo que al día siguiente, subió con la escopeta de pistones.
(Publicado en el periódico La TRibuna de Ciudad Real el 9 de agosto de 2014).

20140807

EL ENIGMA DE PAKAL


Urbicain. 22 marzo 2008. Un día primaveral en el  2003, salía de un pequeño hotel del Paseo del Prado, en Madrid;  luego de dar cuenta de unos huevos fritos con bacon. Rompí la prohibición del médico y de mis hijos sobre las grasas. Olía a primavera, no había duda. El Parque Botánico vecino: lleno de aromas de polución natural. Compré el periódico y crucé la calle con una brisa fresquita en la cara, andando tranquilo, hasta la Cuesta de Moyano, a las tiendas de libros. Allí me detuve en los grupos de libros viejos sin clasificar. Serían las once de la mañana cuando di con un libro especial que me llamó la atención: Era un trabajo académico de un alumno de la Universidad de México. Trataba de las ruinas olmecas, toltecas y mayas. El libro tenía anotaciones a lápiz, algunas en negro y otras en azul o rojo. Fui al principio y vi una dedicatoria del autor de la tesis a un amigo, con una referencia en las que se daba las señas del profesor Alberto Ruz de L`huillier. Compré el libro por 15 pesetas y fui a dar un paseo por el próximo Retiro. Poco después, bajo un castaño, sentado en un banco, ojeaba el libro. Hablaba de las excavaciones de Ruz en las Tumba del príncipe Pakal en Palenque. Cuando llegué al hotel, después del almuerzo, estuve leyendo con detenimiento el libro. Llegué e la conclusión que era solo un libro académico en el que se veía claramente la influencia de Ruz. Cuando terminé de leerlo, noté que la contraportada era más gruesa que la de la portada. La estuve mirando con detenimiento y vi que en la parte de dentro estaba levantado el papel con dibujos al agua que completaba la encuadernación y que hacía practicable el interior a modo de bolsillo. Dentro había un papel. Lo saqué; era una carta del arqueólogo mexicano Alberto Ruz de L`luillier.  En ella decía que no muy lejos de la tumba del Príncipe de Pakal se había encontrado  veinte petroglifos, que estaban sueltos y escondidos detrás de un sillar.  Estuvieron descifrando los logogramas y signos silábicos y advertían de que contenían información sustancial para explicar la traslación por el Universo.
Confieso que todo esto, lejos de ser muy fiable, desde el punto de vista arqueológico y científico, ofrecía sin embargo un elemento esencial para impulsarme a iniciar una investigación inmediata. Aprovechando pues que tenía la posibilidad de tomar vacaciones, y como vivo solo, llamé a mi madre y le avisé que me iba a México a disfrutarlas. Cogí todo lo imprescindible para documentarme sobre la cultura Maya; pero sabía que, lo más preciso, seguro me lo facilitaría mi amigo, y compañero de trabajos, Miguel Sotillo, que trabajaba en la Universidad de México; al que llamé para advertirle de mi llegada.
Llegué al Aeropuerto Internacional Benito Juárez de la Ciudad de México el viernes siguiente, y noté al llegar que ya no estaba para trotar mucho como cuando tenía diez años menos, así que mientras esperaba a Miguel, que me iba a recoger, estuve leyendo en la cafetería tomando un café. Allí llegó poco después y charlamos, ampliándole la información sobre lo que me traía a su país. Me miró con cara de escepticismo pero confesó luego que la carta de Ruz, era de gran interés. Partimos al hotel que había reservado y quedamos para comer en el restaurante El Convento, en el barrio de la Conchita;  y allí, en la sobremesa, dijo que para obtener la confirmación del destino de las piedras tendríamos que ir al Museo Nacional de Antropología. Eso fue lo que hicimos, y allí, no solo las vimos sino que ya estaban ordenadas en las correspondientes columnas, lo que había resultado relativamente fácil, porque encajaban los trozos de paramento donde estaban originariamente, como las piezas de un puzzle. Se preguntaban en el Museo Nacional si todos esos logogramas eran una sola serie o habría más en algún lado que explicara de manera más completa su mensaje.
La intepretación con aquellos veinte logogramas vendría a ser: con el círculo de piedras magnéticas se inicia el movimiento del rayo que eleva a Pakal a los cielos. Si, estuve desde ese día haciendo especulaciones sobre el significado de los logogramas, y con la referencia de las conclusiones a las que habría llegado Ruz y su equipo. Mi buen amigo, Miguel Sotillo, estaba también intrigado por aquel enigma. Quedamos al día siguiente para seguir discutiendo las conclusiones a las que podríamos haber llegado, pero Miguel me llamó más tarde para cambiar  la cita y concertaba otra el domingo por la mañana en el mercado de libros de segunda mano más importante, La Lagunilla, que se celebra en el Paseo de la Reforma, entre Comonfort y Jaime Nunó; me recogería en el hotel. Le había avisado un buen amigo suyo al que había estado hablando de nuestro asunto, que, en el mercado, había visto algunos libros sobre las inscripciones mayas, incluso había visto uno muy antiguo guardado entre tela maya muy vieja, y por la trama de su tejido se sabía que habría pertenecido a una mujer que sirvió a un fraile. Es conocido que por esas tramas los mayas personalizaban sus tejidos.

Así pues el domingo por la mañana vino a recogerme Miguel y nos fuimos a La Lagunilla, impacientes y agitados por el giro que había tomado la investigación, con la esperanza de que pudiéramos completar la conclusión de nuestro enigma. Llegamos a la tienda donde el amigo de Miguel había visto el libro y cuando lo descubrimos, retirando la tela, resultó un incunable de siglo XVII. Nos miramos con asombro. No podíamos creer lo que teníamos en la mano: ¡era el libro que se daba por desaparecido de frai Jacinto Garrido!: Los meteoros de Aristóteles. Allí estaba la primera obra que descifraba lo que él llamaba escudos y que eran los logogramas mayas. Lo compramos y leímos. El significado de los que vimos en el Museo nacional era muy acertado. Su aproximación a las matemáticas y pensamiento de Aristóteles, llevaban a explicar, a su manera, la energía conseguida con la mitad de la velocidad la luz para hacer posible viajar a las estrellas. Todo esto lo recopilamos Miguel y yo en un amplio dossier que llevamos a la Universidad de México para su consideración y estudio. Vimos el paralelismo que había de lo descubierto con las tesis de Einstein: según la ecuación del campo gravitatorio, una partícula viajando a más de un 57,7% de la velocidad de la luz originará un cono de antigravedad que podría llegar a impulsar una masa hasta velocidades incluso comparables a la velocidad de la luz. La aceleración producida por esta fuerza sería además muy progresiva, permitiendo los viajes tripulados. Recibí un mes después una carta de Miguel comunicándome la desaparición de nuestro dossier y de una llamada de la embajada de EEUU preguntando por ello. Él y yo sabemos todo. Pero los trabajos para seguir la investigación de la traslación cósmica, no consta que se hayan hecho.
(Publicado en el periódico La Tribuna de Ciudad Real el 2 de agosto de 2014)

20140730

EL VASO CANÓPEO


Me mandó un telegrama, y daba el número de teléfono de su hotel en El Cairo, el profesor Herbert Rüdiger Ricke, un día de junio, a principio de los sesenta. Por aquel entonces estaba muy ocupado en las excavaciones del Templo de Userkaf. Arquitecto, y formado en la Bauhaus. No me sorprendió todo lo que me dijo cuando se puso al teléfono. - ¿Alberto? Me alegro de oír tu voz. Sabes que te aprecio y por eso quiero implicarte en los trabajos que tenemos aquí en Egipto. Sé que la Universidad ya te ha dejado libre de clases y me haces falta aquí. – Profesor, cuanto le agradezco sus palabras. Me alegro yo también de oírle, y más de lo último que me decía. Que me requiera, me suena a música, de verdad, me encantaría, pero, profesor, no tengo manera de que me financien. Lo podría intentar pero, ya le anticipo, sería  improbable. – No, no; no se preocupe, Alberto, tengo fondos suficientes para traerle hasta a aquí y para que su estancia sea lo más confortable posible, dígame a que cuenta le mando el dinero del viaje, y los billetes del barco se los envío por agencia, hasta su domicilio. Lo haré con toda la urgencia posible, usted vaya preparando todo. ¿Conforme, querido amigo? – Esta bien, conforme y contento. Estaré impaciente. Muchas gracias por su confianza Herbert,  no sabe lo feliz que me hace. Hasta pronto pues. – Hasta pronto, Alberto, gracias a usted, confío plenamente en su capacidad. Auf vieder sehen, amigo.
Los días siguientes fueron excitantes, tardé poco en hacer el equipaje, que permanecía hecho en el cuarto de invitados en  casa. Había metido mi minirasqueta, pinceles, piezas de dentista y cucharillas. Sabía que allí me darían todo lo preciso, pero me sentía cómodo con mis cosas. Llevaba libros del Metropolitan subrayados y con referencias, y, como no, el libro del profesor Ricke,  Observaciones sobre la arquitectura del Antiguo Egipto.
Salí del puerto de Alicante en barco que me iba a llevar hasta mi destino y, ensimismado en las olas que iban saliendo del empuje del barco, solté mi imaginación. Recordé rápidamente mis estudios sobre los depósitos y los ritos funerarios de la época en que decían pertenecer los monumentos encontrados por Ricke.
Me relajé y pensé en hacer un viaje placentero. Al día siguiente, tumbado en una hamaca en cubierta, se paró delante de mí un niño de unos cuatro años que dio conversación. Sin darme cuenta le  confesé en un minuto, cual era mi destino, mi profesión y lo que esperaba encontrar. Miraba el chico con algo de incredulidad, o quizás intriga. Salió corriendo hasta donde estaba su madre: una preciosa joven, de piel muy fina, ojos grandes, manos delicadas, que transparentaban sus venas y, mirándome, me espetó sin grandes preámbulos: - ¿Es cierto que va usted a Egipto a excavar? –Si, en efecto, voy a participar en un proyecto de excavación alemán. – Me encanta ese tipo de trabajos, los creo muy interesantes y misteriosos. ¿Le importaría contarme sus conclusiones cuando termine su trabajo? Perdone mi atrevimiento pero, desde que enviudé, he perdido ese tipo de respeto. – Vaya, lo siento. Pues no se preocupe, si me da sus señas, yo le escribo y le comento lo que resulte, es usted muy amable por interesarse. – Muchas gracias… ¿Como se llama? –Alberto Urbicain. – Bueno, luego le doy en un sobre mis señas. Y se alejó con una sonrisa que me dejó con ganas de seguirla hasta el final del Helesponto.
Los siguientes días, estuve empleado en leer intensamente, y en hacerme el encontradizo con Claire, la madre del niño. A la que le recordé, quizá con demasiada insistencia, en que me diera sus señas. Afirmaba siempre y sonreía con una dulzura poco común. Cuando me despedí de ella y del niño en Alejandría, me entregó un sobre con sus señas en el que había también un pendiente en forma piramidal con el ojo de Horus, hecho con una traza de oro muy fina, casi un hilo grueso. Dijo que era un regalo. Lo cogí sin rechistar como recuerdo de ella.
En el El Cairo, me esperaba en el Hotel un empleado del profesor. Mi cablegrama desde el barco, avisando de la llegada, hizo se efecto. Hablamos Herbert Ricke y yo en la terraza del hotel, a media tarde y  terminamos a la hora de cenar, con baba ghannoush, un puré de berengenas que estaba algo cargado de ajo, y las empanadas de verduras que llaman sambousek. Me puso al día de lo que estaban haciendo y de lo que quería de mí: un yacimiento cercano al del profesor, que trabajaba en el templo de Userkaf.
Al día siguiente, me recogió a las 6.30 en el comedor del hotel y, después de desayunar, salimos; nos esperaba un operario con un jeep algo viejo. En algo más de media hora llegamos a Saqqara, donde están localizados todas las construciones del último rey de la IV dinastía, Userkaf. Me acompañó más allá donde estaban abriendo una construcción pequeña; allí trabajaría yo. Al entrar, en la trinchera abierta donde estaba la entrada, me impresionó la construcción. Dos enormes piedras verticales dejaban un espacio de apenas un metro que habilitaba la entrada, compuesta por tres piedras, una arriba y otra abajo, fijas, y la de en medio, retirada sin grandes problemas con dos grandes ventosas. Era el enterramiento de un médico, probablemente vinculado a los faraones de la dinastía V.
Faltaba por hacer practicable la entrada final de la tumba. Me entregué a mi trabajo y en dos semanas pudimos entrar. Estaba completa. No parecía que la hubiera profanado nadie jamás. Como así se comprobó cuando fue estudiada con precisión.  Todo se fue analizado por los arqueólogos del Museo Nacional, salvo el interior de un vaso canópeo que se decidió dejarlo para más tarde.

Le escribí a Claire y le di cuenta de lo encontrado y las conclusiones a las que llegamos. Me contestó dándome las gracias y finalizaba su carta diciendo: Cuando abran el vaso, tendrás el otro. Me dejó muy intrigado con aquellas palabras, que no llegaba a entender su significado.  Pero años más tarde lo comprendí. En el año 1979 me invitaron los expertos del Museo, junto con otros de la Universidad de Hanover,  a la apertura del precinto del vaso canópeo que encontramos en la tumba de Saqqara. Fui y asistí al acto. Se analizó el precinto y era original de más de 4000 años. Sorprendentemente y fuera de lo usual, junto con los restos de las vísceras, había un pendiente, igual que el que me regaló Claire. Estaban hechos del mismo modo, en la misma época, y con el mismo troquel. Ni ellos ni yo supimos explicar, qué hacia el pendiente en el vaso, ni quien pudo tener y luego poner en circulación el otro. Y yo me pegunté para mí: ¿Cómo sabía Claire que estaba el otro allí?
(Publicado en el periódico La Tribuna de Ciudad Real el 26 de julio de 2014).

20140722

EIFERSUCHT (,celos)



Para María.C.Molina, agradecido.

El tío Bernard me dijo con mucho interés que fuera a su casa de Bad Reichenhall, cerca de Salzburgo, en julio de 1998. Tanteaba para ver si me sentía en casa allí, en su caserón del XVIII. El tío Bernard era mi segundo padre y no dudé ni un momento: cogí el Ford Anglia  su regalo que restauré, y a ventanilla abierta, hice tranquilo el viaje. Me encantaba ver los verdes campos en el mes de julio, cosa rara en Madrid. Mi vida por entonces, tuvo bastantes fracasos y más de una desgracia personal. En esa década murieron mis padres por lo que pasé a otra forma de vivir en la que hay que afrontar al mundo sin su protección. Estaba muy ilusionado por llegar. Sabía por el tío Bernard múltiples historias, vinculadas a aquella hermosa parte de Austria. De alguna manera era heredero de los fabuladores del Imperio Austro-húngaro. Llegué a Bad Reichenhall a las cinco de la tarde y subí por la estrecha carretera, oliendo a pino, que llegaba hasta su casa, disfrutando del momento y del Ford Anglia que  divertía conducirlo. Me recibieron, al pie de la escalera de piedra de la entrada, Kerstin y Luther, los encargados de llevar el mantenimiento de la casa y tenerla preparada para el tío Bernard. Me vieron subir con el coche desde la entrada del valle y bajaron a esperarme. Eran muy cariñosos conmigo.
Tomé un refrigerio preparado en la terraza y después quedé somnoliento en el viejo sofá de mimbre del tío, acariciado por la brisa de aquellas alturas. Cuando despabilé y quise leer, era tarde, y, sin cenar, me acosté en la enorme cama mullida del cuarto que prepararon para mí, en la última planta, desde donde se veía el gran valle.
A la mañana siguiente, como quería el tío, estuve viendo con detenimiento toda la casa. Siempre intrigaba, pero nunca había tenido la oportunidad de conocerla a fondo. Es una casa antigua llena de historia familiar, siempre con sorpresas; y tuve una en el desván. Había de todo, una cabra montesa disecada, sillones del siglo XIX desvencijados, esperando una restauración a fondo, una sillería auténtica y valiosa de Thonet, que estaba en muy buen estado;  y cuadros de gran calidad de la época romántica. Después de un rato metido entre todos aquellos trastos, muchos de ellos  valiosos, acabé abriendo un baúl iluminado por los rayos del sol que se manifestaba espectral por el polvillo en suspensión, y en el que no encontré ropa, sino cajas de cartón con estampados al agua. En ella, había de todo, contratos, facturas, compras, relación de venta de ganado, de grano, de fruta. No faltaba nada. Una de ellas, permenecía cerrada con cinta roja y sellada con lacre;  me intrigó. Llamé por teléfono al tío y le dije si la podía abrir. Se quedó en silencio un rato al otro lado de la línea. Al seguir insistiendo, luego, escuchando su respiración, dijo: -Ábrela. Se que harás buen uso de su contenido. Y colgó.
Me quedé pensativo un momento, cavilaba si podía ser algo delicado que pudiera herirle, pero recordando la decisión firme de su voz, cuando dijo, ábrela, rompí el sello de lacre y retiré la cinta. La abrí y allí había una carta, con el papel amarillo por la oxidación del tiempo, manchada de sangre, una condecoración: la Cruz de Hierro de la Gran Guerra del 14, un recorte de periódico, y un oficio del mariscal  Paul von Hindenburg. Cogí la carta, la desdoblé y leí:
Querida Maud Jenell:
Hoy es un día excelente, maravilloso. Me acaban de decir que el Mariscal francés  Foch, Erzberger, jefe de la delegación alemana, el de la marina británica, el Contralmirante Hope, Primer Lord del Mar y el almirante Wemyss, junto con otros delegados, han firmado el 11 de noviembre, en un vagón de tren, nº 2.419 D,  el Armisticio. La guerra sangrienta, ha terminado. No quiero pensar más en ello mi querida MJ, solo quiero pensar en ti. Que es empezar a vivir como antes, aunque se me haya olvidado casi todo lo que era esa vida feliz. Cuando llorabas, porque me venía, te persuadí de que estaría bien guardado con esta compañía. Imbécil de mí. Sabía que mentía, pero no sabía que me quedaría solo. Todos mis amigos se los llevó esta maldita guerra. Sabias que no podía evitar venir. ¡Cuánto te echo de menos MJ! Mi mundo, el que tengo conmigo, es para ti. Eres tú. Ahora no se si me seguirán gustando los fuegos artificiales de las fiestas de Salzburgo, que veíamos desde la terraza. Todas las explosiones me aterran. Pero no solo esta en mi cabeza toda esa mierda, también pienso en tus ojos, que asoman tu preciosa inteligencia, en tu voz, tus labios, MJ, y en tus piernas. Créeme, hace mucho que  no las veo; igual me da un patatús cuando las vea. Ya casi me daba cuando las veía asomar por la puerta del coche. Solo pensar en ti me recupero de esta debilidad tan grande que tengo. Comí agujas de pino para curar el escorbuto que me empezaba a roer las encías. Lo cierto es que me sujetó eso. Desde la terraza también veíamos las tormentas. ¡Cuánto me gustaban y que poco me gustan ahora! Supongo que recuperaré contigo todo aquello que nos apasionaba. El capitán me regaló, antes de morir por la gangrena, un libro de obras de Shakespeare, lo  escondía entre el forro de la casaca. Volveremos a ver teatro, que tanto te gustaba y que me contagiaste el entusiasmo por él. Pero sobre todo, pienso en abrazarte fuerte, en la encrucijada del camino a la montaña, donde me diste el primer abrazo y el primer beso. Maud te quiero con locura y solo pienso en el viaje hasta allí. Besos. Ray.
Me quedé pensando en aquella hermosa carta. El recorte de periódico tenía una foto del día del armisticio en las calles de Salzburgo. Una pareja de viandantes se besaban. El oficio del mariscal Hindenburg decía: Lamentamos comunicarles el heroico fallecimiento del Sargento Raymond Werner, caído en acción heroica por arma de fuego de un enloquecido combatiente búlgaro que, ignorando el armisticio, pretendía arrasar su batallón con una pieza de artillería. Le damos la Cruz de Hierro, máxima condecoración al valor, concedida, y sus pertenencias personales. Nuestras sentidas condolencias.
Ray murió el mismo día de la carta, luego de ver en la foto del periódico a Maud besándose con un joven en la Kapitelplatz. Luego, salvaba la vida de sus compañeros de pelotón y a su batallón, cuando estaban en retirada por la paz, acallando el cañón enemigo. Maud estuvo en la Kapitelplatz, con su primo alemán, recién llegado del frente occidental.

En el sobre, el tio Bernard anotó a lápiz: Eifersucht tötet liebt. Der Wert ist nur ein Akt der Verzweiflung. (Los celos matan al que ama. El valor es solo un acto de desesperación).
(Publicado en el periódico La Tribuna de Ciudad Real el 19 de julio de 2014)

20140716

LA CAJA DE LATA


Cuando salió Gregorio de la obra era ya las siete de la tarde. Momentos antes se oía en el tajo: – ¡Manolo! ¿Limpiaste la herramienta? Le dijo a su compañero –Si jodío, eres más pesao que las vacas lecheras. ¿No te dije hace un rato que me ponía con ello? Pues ya está. Mientras esto decía, Manolo se estaba lavando las manos en el bidón que tenían en la tercera planta, lleno de agua y Gregorio, se cambiaba en el rincón con los pantalones que llevaba para ir a la calle, con parches, pero limpios. Se miraba las manos, cuarteadas, con los dedos torcidos por la artrosis.  Luego bajaron juntos por la escalera, que aún no estaba terminada y saltaban de listón en listón para no escurrirse por donde luego debían poner los peldaños. – Manolo, ¿Cuándo nos dan esta semana la paga?, el sábado es fiesta. – Pues me dijo el jefe que nos la daría el viernes por la mañana, que iba al banco y traería los sobres. – Bueno está. Estamos a mitad del mes y ya estamos tiesos. Joder, esto es el cuento de nunca acabar, ¡Coño! – Anda y no te quejes, que otros no tiene ni esto. –Si, eso es verdad. Bueno hasta mañana Manolo. Así se despedía Gregorio momentos antes de coger la bicicleta vieja y con el hatillo donde llevaba vacía la tartera de la comida.
El trayecto de vuelta ya se lo conocía de memoria, cogió la Ronda, y al llegar hasta el parque, se metió por el camino de las viviendas anejas y así acortó para salir a la carretera de Puertollano. Terminado el trayecto del parque, se cambió hacia el lado derecho de la carretera y siguió su camino de vuelta a su casa.
No muy lejos de allí, en el garaje de la Comisaría, Isidro, el guardia de asalto, se estaba enfundando las botas altas de cuero que había lustrado su mujer, Antonia, y terminaba de vestirse para hacer el servicio de tarde. El turno le tocaba a él a las siete. Terminado el tramite, cogió las alforjas de cuero y se dirigió a la moto DKW, con la que hacia el servicio. - ¡Cabo! ¿Tiene alguna cosa para mí? Me voy al servicio. – No. No nada, ves con Dios. Le contestó Lorenzo el cabo. Dicho esto, arrancó la moto y salió con tranquilidad  para coger, un poco después, la Ronda de Calatrava y seguir por la de Granada, Cisneros y llegar hasta el Garaje Ford donde le echó gasolina a la moto, y le firmaron el vale. Miró hacia delante, respiró profundo y dijo: - ¡El mundo es tuyo Isidro! Se montó en la moto y llamado la atención en los pocos viandantes que había con las explosiones del tubo de escape, se fue hacia la carretera de Puertollano. Al llegar al acceso al Parque Gasset desde las Casas baratas, vio circular a un muchacho en bicicleta y al llegar junto a él, le echo el alto. Pararon los dos y aparcando la moto con la patilla, llegó hasta el chico y le espetó – A ver, ¡la chapa del Ayuntamiento! El muchacho, en puro nervio, contestó: - No la llevo. Mi padre la iba a comprar mañana. El guardia, sacó del bolsillo el talón de las multas y le puso una de 25 pesetas. Que como todo el mundo de alguna edad sabe, en aquel año, 1955, era una pasta. –Jodeee - Dijo el chico desesperado. - Mi padre me va a dar una somanta de palos. He cogido la bici sin su permiso. – Bueno, - dijo Isidro, estirando el cuello y tomando una postura de superioridad- No te sanciono por ello, ni te voy a hacer atestado por hurto de la bici. Por esta vez pase, pero la multa de 25 pesetas no te la quita... ni que viniera el mismo Molovny con el balón debajo del brazo. (Se refería, claro está, a Molowny el delantero goleador del Real Madrid). – Anda chico, tira para adelante y no se te ocurra circular sin la licencia.
Después de eso, el guardia siguió su camino por la carretera y, sin mucha prisa se adentro en La Poblachuela. Al llegar a la altura de la huerta de Chamorro, vio en la cuneta una caja de lata de carne de membrillo, de las de Puente Genil, con las ilustraciones muy borrosas por el oxido y las abolladuras; en un estado muy malo. Paró la moto se acerco con ella hasta el borde de la carretera y después de mirarla un rato, dijo- ¡Bah! Una mierda de la lata. ¡Que la limpien los de Obras Públicas! Siguió su camino.
Unos minutos después pasaba por allí Gregorio el oficial segunda albañil, al que me refería antes, pedaleando cansinamente, tanto por el enorme cansancio que llevaba a sus costillas después de haber trabajado como un burro de carga todo el día, como por la bicicleta, que tenía todo oxidado, los radios estaban desajustados e iba rozando la rueda trasera con la horquilla, lo que le frenaba constantemente; pero él, no estaba para arreglos, sino para llegar a su casa enseguida. Al pasar por el tramo de cuneta en el que estaba la caja de lata, se quedó mirando y dejando de pedalear, la bici se fue parando por a poco hasta quedar al lado del hallazgo. Dejó la bici, se acercó y la cogió. Vio que pesaba algo más que una lata vacía y la intentó abrir. Pero entre el oxido y las abolladuras, la jodía caja de lata no se dejaba mirar sus interiores, hasta que con una tirón fuerte del albañil, ¡se abrió de improviso! Unos papeles salieron volando. Cuando se fijó con detenimiento en ellos, se dio cuanta que aran billetes de mil pesetas. Los recogió todo alterado. Mirando para un lado y otro, por si había algún testigo del descubrimiento y, sin más, la metió en la bolsa del hatillo, junto a la tartera y, montando en la bici, salió como alma que lleva el diablo. Ya dije que iba cansino, pedaleando antes, pero ahora se le olvidó el cansancio y cualquier otra cosa que le limitara. Llegó a su casa en escasamente diez minutos. Dejó la bici en la cuadra, junto al borrico, se metió en la casa y cuando le preguntó Eloisa, su mujer, que le pasaba, lo más que dijo, antes de meterse a solas en su cuarto, fue: –Cosas mías.
Al contar el dinero, comprobó que había 500.000 pesetas. Las guardó, sin decirle nada a nadie y fue gastando el dinero de poco en poco e ingresando en la cartilla alguna cantidad todos los meses. Se compró un piso en la capital, una moto Guzzi, para ir a trabajar y les dio estudios a sus tres hijos, sin más problemas. Muchos años mas tarde, uno de sus hijos, que era ya funcionario municipal, le dijo un día: - papa, ¿de donde sacaste tú el dinero para darnos estudios y compra la casa?- Gregorio, se le quedó mirando, con su cara de jubilado, lleno de canas y lustroso por el descanso y le espetó: - Naa… una lata. No quieras saberlo… ya te digo… una lata… Y así quedó
(Publicado en el periódico "La Tribuna de Ciudad Real" el 12 de julio de 2014)

20140707

LA ORDALÍA

Sancie, (en castellano Sancha) mujer de Gastón, Vizconde de Bearn, solía salir las mañanas por Sauvaterre, acompañada por sus damas. Encontraban siempre tiempo, complicidad y espacios que ayudaban a escapar de la rigidez del palacio. La localidad de Sauveterre de Bearn, en Francia, en 1170, era un feudo mas, heredado de las clientelas romanas. Así, siempre había señor y sayones o sometidos. Estos eran protegidos de aquél y el señor, dueño de los tributos y levas o reclutamiento obligatorio para sus ejércitos.
Sancie no tenía especialmente interesante su vida. Gastón V, se iba a guerrear y la dejaba sola allí, consciente de que no era lo más principal para él. Por eso no fue extraño que desconfiaran de ella cuando quedó embarazada. No les ajustaban demasiado bien las cuentas de que hubiera sido el vizconde el causante de su gravidez. Nunca se supo si hubo otra causa, aunque todo quedó entre ella y Anter, mozo venido del valle del Roncal que la acompañó para su protección en el cortejo que la devolvió a Bearn por orden del rey Sancho de Navarra, su hermano. Digo esto porque un abate difundió una leyenda sobre la desdichada Sancie. En 1170 la señora de Bearn, recibió la noticia del fallecimiento de su marido cuando estaba encinta. La gente del pueblo llano vio en este embarazo la esperanza de la descendencia del vizconde. Así pues, día tras día, fue aumentando la confianza en el niño que había de venir para la estabilidad y tranquilidad de la población. No en balde, en aquella época, si faltaba el señor podía haber situaciones críticas, incluso conflicto militar, con los derechos de herencia y poder del señorío; y, como no, si había situaciones críticas, los que habían de pasarlo peor eran los del pueblo llano, no tanto los nobles.
Así pues, día tras día, seguían todos la marcha del embarazo y agasajaban a Sancie cuando la veían pasear por la ciudad. Hasta que llegó el día en que le vinieron los dolores de parto y corrió la voz por todos. Llegaron médicos disponibles en las ciudades próximas y siguieron de cerca la marcha del nacimiento. Cuando llegó el momento del alumbramiento, los médicos se dieron cuenta que algo no iba bien. Así fue, el niño no tuvo buen parto y parece ser, según decían, que incluso vino mal, deforme. Nada mas nacer murió. Cuando esto se supo, corrió el rumor, posiblemente difundido por alguien con torcido interés, y no precisamente en que asumiera el poder la vizcondesa, de que ella había matado al niño. No acertaron al enterrar al niño en lugar oculto, por vergüenza de su nacimiento anormal. Por todo esto el rumor fue creciendo y llegó hasta su hermano, Sancho VI de Navarra. Acudió a Sauveterre para conocer de primera mano los hechos y una vez allí,  compelido por las circunstancias y creyendo lo mejor para salvar la influencia en toda la Gascuña, recomendado por los obispos consejeros que se hicieron oír, no se le ocurrió mejor remedio que acudir a las costumbres antiguas, y así resolvió someterla a una Ordalía o Juicio de Dios.
Cuando se supo esto, llego al conocimiento de Anter, el joven navarro, desde su partida de Navarra, guardia personal de Sancie. Nada más saberlo, Anter demudó su color y le pareció que los cielos como su interior se sometían a un tempestuoso tormento. Angustiado, lleno de  gran temor, fundado, de que su señora, a la que tanto quería, estaba en  trance de morir con toda probabilidad. Porque la Ordalía consistía en que iba a ser arrojada desde lo alto del puente de Sauveterre, atada de pies y manos al lecho del río Oloron, que no solo era profundo sino que, en esos días, llevaba una corriente muy viva. Si moría, sería razón de que era culpable de la muerte del niño, si sobrevivía, era probada su inocencia. Así las cosas, se preparó el lugar para dar la solemnidad precisa, con un estrado donde se oficiaría misa antes del juicio de Dios.
Mientras Anter, enloquecido por las noticias salió del castillo y estuvo dando vueltas por la ciudad como si estuviera encerrado en un inmenso calabozo, y anduvo de calle en calle para pensar qué podría hacer por su señora. Liberarla era imposible, ya que estaba custodiada por los guardias del rey Sancho. Mientras esto hacía, en una de las calles más recónditas del burgo, vio como unos chicos jugaban a la pelota con una vejiga de cordero curtida e hinchada. Le pareció muy ingenioso el instrumento de juego y quedó pensativo.
Llegó el día del proceso y del sometimiento a la ordalía. Allí, en el puente, las piedras de su fábrica quedaron iluminadas por los colores de los vestidos de oficiar de los obispos, el rojo de los monaguillos y las blancas albas de curas y auxiliares. Los caballeros también iban con todas sus galas y estandartes, y a Sancie la vistieron con túnica blanca de algodón fino que, si bien aliviaba el peso, la hacia tiritar de frío y del pánico que no podía disimular. Llevaba las manos atadas y al llegar al estrado le ataron los tobillos mientras las lágrimas hicieron brillara su hermosa cara. Cuando todo estuvo preparado, dos guardias del rey la levantaron como si fuera una criatura, se acercaron al pretil del puente y, a la voz del obispo, la arrojaron al río Oloron. Tardó tiempo en llegar al agua, la altura era mucha y el golpe que dio en el agua auguró que la pobre mujer no tendría muchas posibilidades de sobrevivir con sus extremidades atadas. Algún grito se oyó entre el público que presenciaba aquel funesto espectáculo. Pero después se hizo un silencio profundo, como las aguas que la habían engullido y de la que solo se oía su fragor. Esperaron un tiempo y pasados cinco minutos, suficientes para que una persona quede ahogada, empezaron a cerrar el acto y levantar la sentencia. Hasta que se oyó un grito: -¡Allííí!, ¡en el recodooo!.. Efectivamente, en una distancia de tres tiros de flecha, estaba Sancie, nadando viva.
La alegría fue inmensa, Dios había declarado la inocencia de la señora y todos la aclamaron.

Tres días después, recibió Sancie en sus aposentos la visita de Anter al que había llamado. Cuando estuvieron solos le dijo: -Gracias Anter, te debo la vida. Al desatarme, darme el aire de la vejiga  de vaca y la caña con  la que pude respirar, me dio el aliento que solo un buen amigo puede dar. Yo no maté al niño. Tú eres un buen hombre y tu ingenio te honra. – No me las de señora, solo con haberla ayudado estoy feliz. Y así vivieron los dos, cerca, y haciendo buena su compañía.
(Publicado en el periódico "La Tribuna de Ciudad Real" el 5 de julio de 2014).

20140702

VIAJE NOCTURNO


A las cinco de la tarde llegaba el hijo del notario, Denis, a su casa en la Rue San-Martin. Entro por la gran portada verde y subió dando saltitos por el vestíbulo para ir a coger el ascensor. En el principal, el vecino Louis tenía la ventana del interior abierta y se oía la Quinta Sinfonía de Mahler a todo volumen. Imaginó Denis que vivía una película de misterio. Simuló esconderse en el quicio de la puerta de la señora Agnès. Cuando se abrió el ascensor, mirando para un lado y otro, como si temiera algún peligro, saltó rápido dentro. Le dio con prisa al botón y permaneció pegado al rincón junto a la puerta hasta que se cerró de nuevo y empezó a subir. Se relajó y descolgó la cartera sujetándola por los tirantes. Llevaba los libros de las clases de recuperación. Nada más abrir la puerta, siguió su representación hasta que le abrieron la puerta de su casa. Después de soltar: ¡hola! a Delphine, que comía una manzana por el pasillo a la vez que leía su libro de cálculo, esta le contestó sin mirarle con un: ¡hola gusano! La cartera quedó tirada en el sofá del salón, con los libros reventando el cierre, y la gorra del último mundial de fútbol calló encima del teléfono. Se derrumbó en uno de los sillones, sacando el móvil del bolsillo y se puso a jugar con una aplicación de aventuras.
Cuando terminó de estudiar Delphine, se fue al cuarto de Denis y allí lo encontró. Nada más entrar, sin esperar un solo momento, le espetó al chico: -Oye gusano me ha dicho papá que te enseñe donde están los libros que puedes leer. Creo que habló contigo y quedasteis en que empezarías uno hoy mismo. El chico puso cara de fastidio pero se levantó y la siguió hasta el despacho grande de su padre, donde estaba la gran estantería con todos los libros de la casa. Delphine se fue hasta el estante segundo del extremo izquierdo y, poniéndose las gafas, empezó a buscar algún título que debía tener en mente. Después de un breve rato dijo con resolución: - ¡”Lucky Starr 1” de Asimov! Mira gusano, papá me dijo que te diera la “Isla del Tesoro” de Stevenson, que va de piratas, pero creo que este te va a gustar más, es un viajero del espacio que va a Marte a investigar unos asesinatos. ¿Te vale? Es muy interesante y seguro que luego te gustará leer las otras obras en las  que continúan las aventuras interestelares. – Bueno… dijo como concediéndole la sugerencia, pero con los ojos llenos de curiosidad por lo que le acababan de descubrir.
Lo cierto es que Denis, cogió el libro y se fue al sillón del salón y hundiéndose en él, empezó a leer. Le trajeron la cena y aún estaba leyendo; no separaba la vista de las hojas del libro, estaba totalmente abstraído y empezaban a asomar en los carrillos unas chapetas bien marcadas. - ¡Gusanoo! – dijo Delphine. - Te dejo aquí la cena, no te dejes nada que luego me echan la bronca a mí ¿me oyes? –Siii, pesadaa, ya te he oído. Dicho esto se levanto y, como si no hubiera comido en dos semanas, así acabó con la cena. Acto seguido se fue hasta el sillón y siguió leyendo. No le duró demasiado porque a las 22 horas llegó su padre y después de escuchar las explicaciones de Delphine, llegó hasta Denis y dándole un beso en la frente le dijo. Te dejo media hora, después... ¡a la cama! ¿Vale hijo? Denis le miró y sonriéndole  dijo con una sonrisa: Vaaaleee…
El cuarto de Denis era una de las buhardillas del piso. Desde allí veía cerca el Palais Royal y a lo lejos la Torre Eiffel y el Parque del Campo de Marte. La ventana la dejaba abierta en las noches de verano como aquella. Su cama era una antigua pieza de casa de sus abuelos, muy alta que más parecía una carroza que un sitio para dormir. Pero era muy confortable. Se tumbó en ella y cuando pasó un cuarto de hora, empezó asentir un sueño que cerraba sus ojos. Se durmió. Pero no pasó mucho hasta que oyó un ruido en el tejado. Abrió los ojos, sorprendido, algo asustado, y con una curiosidad extrema. En el lado derecho de la ventana apareció la silueta de una persona. O eso parecía. – Sin cuidado, señor Denis, no tema nada. –Dijo. La cara se le iluminó a la silueta y vio a una persona muy extraña. Tenía la nariz muy aplastada, fina, como si fuera de tela de seda. Los ojos de un color amarillento. -Sé que quiere comprobar como es la galaxia. Me mandan los del Consejo para, satisfacerle. Soy Drulock, a su servicio. Denis no sabía que hacer pero confuso, solo se le ocurrió preguntar: - Pero... ¿como iría a ver todo eso? - No se preocupe, esta todo dispuesto. Yo le llevo a la Impulsora y una vez dentro partiremos. Dicho esto, se quitó del pecho una pequeña escarapela metálica de color azul cobalto, y accionó un resorte que tenía oculta; pasó y cogió a Denis como si fuera de papel y lo acopló en unas abrazaderas que tenía detrás en su traje de un metal muy suave y blando y, una vez amarrado, flotando en el aire se lo llevó subiendo. Veía Denis a Paris como se iba alejando; como la torre Eiffel se iba haciendo cada vez mas pequeña y cuando solo era la ciudad un montón de ascuas, se paró. Levantó Drulock la mano y donde solo había estrellas encima, se descubrió una enorme nave que quedaba oculta por un invisible velo que la ocultaba haciéndola transparente, como un vidrio lo que hacia ver el firmamento. Pasaron por una puerta de energía que parecía agua espesa, verde. Una vez dentro, lo acopló en un departamento desde el que se veía todo el exterior. Se le encogió el estómago cuando notó que estaban acelerando a una gran velocidad. En unos minutos, sobre una alfombra luminosa que serpenteba por el espacio, vio pasar las constelaciones que mejor conocía: Cisne, Libra, Escorpio, Orión… así estuvo durante mas de una hora y cuando seguía adentrándose en su aventura estelar, de improviso pareció que la Impulsora, como la había llamado el visitante, dio un golpe que fue acompañado por una explosión sorda y del cambio brisco de la velocidad, perdió la consciencia.
A las 7.45 de la mañana despertó en su cama. Estaba en la casa de su padre, en la Rue San-Martin de París. Pensó en su aventura estelar y concluyó que había soñado ese viaje, por la impresión que le hizo los viajes de Lucky Starr, el personaje de Asimov. Un sueño más.

Cuando se levantó de la cama y estaba cogiendo sus cosas para ir al baño se quedó petrificado, lleno de estupor y asombro: Encima de la descalzadora, junto a la ventana, estaba la escarapela que se quitó el visitante. 
(Publicado en el periódico "La Tribuna de Ciudad Real" el 28 de junio de 2014)

20140623

LA CENA CON CALIPSO



En una oficina muy grande, lujosa, de gran poder, en la parte baja de la Viale delle Brigate Partigiane, de Génova, sexta planta, tenía despacho Odisseus Werner, un joven muy inteligente y de astucia fuera de lo común, que llevaba la gestión de las cuentas más grandes de su empresa. Esto era así, no solo por tener una excelente formación académica, sino porque había adquirido gran experiencia en Hong Kong, en una empresa de la competencia. Giulia, su secretaria, entró en el despacho y sin esperar a que le dijera lo que le traía allí, Odisseus le espetó: - Giulia, dale a Marco este dossier, en él están las dos cuentas que llevo y que quiero que las gestione él hasta que vuelva. Me voy de viaje. No aguanto más, Giulia, creo que ya va siendo hora de que me tome unas vacaciones y resuelva si vuelvo o tomo otros rumbos más tranquilos. –Pero, pero…pero jefe ¿cómo te vas a ir ahora… con las dos cuentas en su momento más decisivo? ¡Que es muchísima pasta la que está en juego! Ya se que Marco lo puede hacer bien, pero sabes que el que deja a otro que haga el trabajo… ¡corre el riesgo de que, si lo hace bien, le quite el puesto! –Si, si si, Giulia ya lo sé pero me importa una mierda. En este momento solo me preocupa una cosa: ¡Yo! - ¿Pero te pasa algo jefe? – Bueno… me pasa algo, o no me pasa. Ya no voy a analizar eso, solo se que tengo que perderme y recuperarme, estoy hecho una mierda y no estoy satisfecho como va mi vida. Así que… ¡hasta luego guapa!
Mientras decía estas cosas, Odisseus estaba recogiendo sus cosas más íntimas y las iba metiendo en una caja de cartón. Terminado esto y habiéndose despedido de Giulia, con un beso, que la hizo ponerse colorada, (era el primero que le daba en seis años que llevaba con él), cogió el portante y bajó en ascensor hasta el aparcamiento donde cogió el coche y puso rumbo hasta el cercano puerto.  Allí le estaba esperando un pequeño velero de 1922, que había comprado de segunda mano y se había encargado de restaurar y darle lustre. Entro en el camarote y dejando encima de la mesa la caja con sus cosas, sacó de un pequeño armario, la documentación de navegación, (que repasó por ver si estaba toda), ropa mas cómoda, la que guardada para navegar, y después de enfundarse el pantalón, los zapatos náuticos y una camiseta de algodón espeso, a rallas verdes, Salió a la cubierta y soltando amarras partió de puerto.
Aquella mañana era preciosa. El mar estaba en calma y una templada calima teñía de rosácea luz la costa, al fondo, por el este, el cielo se iba llenado de agrupaciones de pequeñas nubes. Se quedó un rato mirando hacia allí abstraído, quien sabe si con lo que dejaba, o con lo que pensaba podía encontrar. Las olas batían contra el casco y era toda la sonoridad que se podía oír. Con cada golpe de mar su tranquilidad iba progresando, como lo hacía el velero con rapidez, Ceñía el viento con habilidad y el rumbo SSE (sur, sureste) prometía días de navegación y noches llenas de constelaciones, prestas a darle fiel a su rumbo. Sentado cerca del timón, fijo en el ruta marcada, y que controlaba de cerca, puso el cronómetro en hora y cogió un libro que llevaba en la bolsa, se reclinó y se puso a leer, la luz de la tarde iluminaba el título de la portada, que se podía leer: “Ulises” y el autor: James Joyce.
 Después de tres días de navegación, habiendo bordeado Creta, Rodas y  recalado en pequeños pueblos de la costa, dormido en el propio barco, partió de la costa turca, desde Kas hacia el sur. Hombre muy ordenado y minucioso en todo lo que hacía, tenía el pronostico meteorologico a la vista y no parecía inquietarle. Sin embargo en tres cuartos de hora, un cielo con pequeñas nubes de aspecto poco preocupante, se convirtió en uno de muy negras nubes y vientos racheados que golpeaban el las velas con violencia. Le tenía muy ocupado y dudando si volver a puerto en vista del temporal que se avecinaba. Mientras lo decidía o no, una racha fortísima de viento, golpeó en  la Vela mayor y puso en grave aprieto también al Foque. Mientras ponía remedio al desastre, que le había sorprendido recogiendo velas, otro golpe del viento enfurecido rompió el palo de la mayor y destrozó el del foque también. Amarrado al timón, y con la brújula en la mano, intento hacerse con el gobierno del barco y no llegó a enterarse de su destino al recibir un golpe de la botavara en la cabeza. Así pues quedó a la deriva toda la noche. Cuando despertó estaba en una pequeña isla, encallado en una cala cerrada de arenas blancas. Se curó las heridas con los remedios del botiquín y salto a tierra. Subió a la cumbre más alta del pico cercano, luego de pasar penalidades entre las breñas,  y no supo identificar que isleta podía ser aquella. La recorrió largo rato para reconocerla, con tranquilidad y anotando los datos que consideraba de interés de su camino. Cuando estaba comiendo unos fiambres, oyó como se quebraban unas ramas. Alguien se acercaba. Apartando las ramas de un verde quejigo, apareció una joven muy hermosa y de aspecto extraño. Vestía túnica blanca de algodón muy fina que hacía transparentar su cuerpo. Hablaba en griego. Le invitó a su casa. Una pequeña vivienda muy acogedora oculta en una cala muy cerrada, entre la vegetación, que, sin embargo dejaba ver desde sus ventanales el mar. Su aparición le hizo recordar a las aventuras de Ulises, en la obra de Homero.  No estaba muy equivocado pensó, cuando le dijo su nombre: Calipso. Era un nombre que le gustó a su padre, profesor de humanidades en la Universidad de Atenas. Vivía sola. Todos los sábados se acercaba una embarcación que le traía los víveres y la correspondencia. Cenaron en la terraza. Comprobó con placer la buena conversación que tenía Calipso. No le dijo nada de su pasado; demostraba mucha cultura y una bondad extrema; casi le hizo llorar su limpio ánimo, sin reserva alguna. Hacía muchos años que no encontraba una persona así. Al preguntarle si quería marcharse pronto, aclaró que, a ella, le gustaría que se quedara todo el tiempo que quisiera. La miró a los ojos y sin dudar un momento le contestó: - Todo el tiempo que quieras que esté a tu lado. Ella acercó su cara y abrió la boca, que no dejó lugar a la palabra, y le besó lentamente. Le ofreció una copa de vino oscuro muy afrutado y levantando la copa le dijo. - Estas en casa. Creo que te estaba esperando.

En la sexta planta del Viale delle Brigate  Partigiane de Genova, no volvieron a ver a Odisseus.
(Publicado en el periódico "La Tribuna de CIudad Real el 21 de junio de 2014)

20140620

EL ESPEJO


El Congreso de Sociología política, terminó en Cagliari el viernes. A la hora de la comida estaban todos los congresistas en el comedor del  T Hotel y, en el lado izquierdo del salón, Arturo charlaba animadamente con unos compañeros de Roma. Hablaban del vino que estaban bebiendo, una botella de Cannonau selvaggio, y del eterno debate si la garnacha, que no es otra cosa que la cannonau, es la que se llevó a Aragón o fue desde allí desde donde se trajo a Cerdeña.  Era una imagen y voces que recordaba Arturo insistentemente, porque luego todo los recordaba confuso, con algunas referencias a su infancia, a su adolescencia, y sobre todo a los días en que estuvo en su casa en la montaña, sentado en la hamaca en el porche, con la mirada puesta  y la vista perdida en las sierras de enfrente. En el aeropuerto Cagliari Elmas, se sentó en una cafetería para esperar la salida de su avión; pese a que llamaba al camarero, no le servían, y acercándose adentro, en la barra, llamaba para que le atendieran y ni siquiera le miraban. Harto de esperar se sentó para esperar al avión. Cuando abrieron el control, le sorprendió que a él no le cogieran el billete para quedarse con el talón de la compañía, pero pasó al avión. Miró cual era su asiento y se sentó en él. Llegó a Madrid a las ocho de la tarde, luego de un viaje algo accidentado por las rachas de viento. Cogió el metro, pese a que no pudo comprar el ticket; y luego de esperar la llegada del primer convoy, y tras los trasbordos, llegó a su casa. No le saludó Amalia, la portera, entretenida como estaba en limpiar el mueble de los buzones. Subió cansado, casi exhausto, hasta su piso y tras cerrar la puerta se dejó caer derrumbado en su sillón del salón. Tenía entornados los ojos y se acordó del equipaje. ¿Dónde estaba su equipaje? No quería pensar, si lo había perdido, no quería pensar en ello. Derrotado, esa era la palabra, estaba derrotado, con un cansancio descomunal. Se quedó dormido.

Le despertaron las voces de la familia, los chicos no estaban, era su mujer y sus hermanos y hablaban en voz baja. No sabía porqué. Pero no los vio por ningún lado. Ni en el salón, ni en el pasillo, ni en el vestíbulo. Tampoco en la cocina ni en los cuartos, y ni siquiera en el último lugar que miró: el cuarto de baño. ¿Por qué oía sus voces? No lo entendía. Debía estar teniendo alguna alucinación. ¿Estaría mal, enfermo quizá? Se volvió a sentar y las voces, atenuadas, las seguía oyendo. Después de un buen rato, y el cansancio, volvió a caer rendido y se durmió. Soñaba. Estuvo reviviendo su infancia. Los días felices en Cistierna, recorriendo los caminos de la sierra con su bicicleta, los días de lectura tumbado en el pasto, con e sol entrando y saliendo de las nubes que movía el viento. Recordaba a Juanita, la hija del tío Jonás con la que se pasaba las horas muertas de huerto en huerto y cogiendo setas en el bosque. Y, como no, del primer beso que le dio en julio, en una preciosa mañana de verano, a la sombra del nogal, del huerto del tío Rufo. No pudo olvidar las lágrimas que le vio en sus ojos preciosos, cuando a los diez y ocho cumplidos, se despedía de él, cuando se subió al autobús del pueblo, marchándose  no a la capital, León, sino antes de irse a Madrid. –Tu te vas, Arturo, pero yo me quedo aquí y ahora… ¿con quien voy a ir por los huertos?.. Le dijo en la despedida. No volvió a verla nunca más. Murió a los veinticinco. Volvió a despertase cuando en el reloj de pared marcaba las ocho y doce minutos. Por algún motivo sintió ganas de ir al vestíbulo. La luz del sol entraba por la ventanilla desde la que se veía a lo lejos la sierra de Madrid. Miró por ella y estuvo así un rato. Las nubes habían cobrado un color rosa y tornando azul violáceo. En el horizonte una intensa luz amarilla casi ocre se iba fundiendo con la neblina y los lejanos pastos segados. ¿Por qué no estaba la familia en casa? Se preguntó. Se dio la vuelta y se acercó al espejo. Veía el vestíbulo al otro lado salvo del revés. ¿O no? Miró para atrás y se dio cuenta que lo que parecía estar del revés era todo a su alrededor y lo que veía al otro lado estaba en su sitio habitual. Se quedó muy confundido, preocupado, casi angustiado. Pensativo y reflexionando en ese momento, oyó que metían la llave en la puerta. Se abrió, pero no en el vestíbulo donde estaba él, sino el reflejado en el espejo. Se quedó paralizado por lo que estaba viendo. Entraba Julia, su mujer, sus hermanos Javier y Paco y los niños, que corrieron por el pasillo reflejado y se fueron a su cuarto. Mientras dejaban sus cosas en el sinfonier y las llaves en la caja de madera, labrada en la India, encima de él,  comentó Julia muy despacio, como si le costara mucho respirar… -No,  no puedo Javier… es tal la tristeza que tengo metida dentro de mi,… y la desesperación… que no sé cuando podré hacer …mi vida normal del día. Te lo digo… de verdad. Tengo metido aquí (señalaba la cabeza con el dedo índice, con energía,) cuando lo vi allí, en la habitación de aquel hotel, en la cama, con las sábanas revueltas, la mirada perdida hacia el techo, y los ojos… vacíos. ¡Oh Dios mío! No puedo Javier, no puedo superar todo esto. ¡Pobre mío; mi Arturo, mi compañero, mi cielo...! Arturo se acercó, los llamó, pero no parecían oírle. Por un momento parecía que estaba encerrado en una jaula de cristal. Se estaban refiriendo a él. Hablaban de él como si estuviera muerto… Ahora cobraba sentido todo… las imágenes,  los recuerdos, la cafetería del aeropuerto, el personal del avión, el metro. Todo ocurrió como si nadie le viera… Si, estaba muerto. Vio  los niños pasar por delante de él. Se iban a la calle con Javier… Se despidió de ellos, y de Julia y Javier y Paco. Salieron a darles un beso a los niños.
(Publicado en el periódico "La Tribuna de Ciudad Real" el 14 de junio de 2014).

20140610

O TRASNO



A las cinco de la mañana del siete de junio, se levantaba Anxo para ordeñar a las vacas. Para no despertar a sus padres, ya mayores, no se aseaba en el lavabo que tenía en el cuarto y lo dejaba para más tarde, sino que se enjuagaba la cara en el cubo de cinc colgado en el pasillo de abajo, luego de sacar agua en el pozo. Mientras, en la cuadra se estaba removiendo el ganado haciendo mucho ruido. Al oírlo, se fue rápido para allá y levantando el pestillo que cerraba la media puerta de madera vio como en el pesebre había un hombrecillo, no más de medio metro de estatura, con barba y jubón rojo que iba corriendo y saltando de un lado para el otro, riendo a carcajadas y provocando a las vacas que se espantaban dando saltos para atrás. Con cada espantada más risas y carcajadas. Anxo, extrañado primero, y asustado después, con el pelo erizado por el susto, se armó de valor y gritó: - Eh! o teu! ¡qué fas aquí! deixa ás miñas vacas tranquilas malnacido, haras, que se lle corte o leite desvergonzado! El trasno, pues eso era, paró en seco, sorprendido primero y curioso después, estudiando a Anxo y le contestó también en gallego: Son Paio, e ¡mírate con coidado e non me insultes, ou canocerás o meu mal xenio, home! Dicho esto dio dos saltos subió a la parte alta, donde estaba el pajar y salió dando un salto por la piquera. Pasado el susto, Anxo se sentó en la banqueta de ordeñar e intentó tranquilizarse, como parecía que intentaban las vacas que le miraban con los ojos extraviados. Había oído muchas veces relatos y cuentos que le hablaban de trasnos, duendes enanos que solían hacer travesuras, trastadas y bromas, a veces con un humor difícil de entender, cuando había rotura de enseres o pérdida de documentos u objetos valiosos. Por eso temía que el hombrecillo que había visto y del que no dijo nada a nadie hasta muchos años después, pudiera cobrarse algún tipo de venganza por las duras palabras que le había dicho.
Anxo, después de ordeñar las vacas, darles agua y limpiar un poco el lecho de la cuadra, subió a tomarse el almuerzo mañanero que le había preparado su madre. Antes pasó a asearse y lo hizo como le gustaba a él, metiéndose entero en el barreño grande  de cinc y enjabonándose todo el cuerpo, para terminar enjuagándose después con unos buenos cubos de agua.  Estando en la mesa le dijo su madre: - Anxo, tes na cara unha estraña mirada ¿pasouche algo rapaz? (¡y vaya si le había pasado algo!). Anxo murmuró una contestación que no se pudo entender y Andrea, su madre, acostumbrada a los encierros en si mismo de su hijo sentenció: - Esta ben, non digas nada, xa mo contarás se te aperta moito... Y si, claro que le apretaba y le tenía preocupado, intrigado y, porqué no decirlo, un poco asustado, pero como fue pasando el tiempo desde aquel día, y no pasaba nada, se fue tranquilizando y lo aceptó como una anécdota extraña, extraordinaria y misteriosa que hasta le hacía parecer tener un privilegio que no quería contar a nadie, entre otras cosas porque le iban a decir que estaba mintiendo o que se habría vuelto loco. En este tiempo que trascurrió, él, que fue siempre muy trabajador y estudioso acabó el bachiller y luego de ingresar en la Universdad en Santiago, completó sus estudios de Derecho y, acabado éstos, ganó oposiciones a Notarías.
Un día que había salido del despacho de la notaría de Lalin, en la que estaba destinado, a su domicilio para comer, al entrar en su casa, oyó un gran revuelo en el piso de arriba y a Antoñina, la asistenta, que estaba dando gritos totalmente fuera de sí. Subió los escalones de la escalera de dos en dos asustado, con el corazón en la boca, y al entrar en el comedor estaba la chica subida en una silla, cogiéndose el delantal con una mano y la badila del brasero dorado en la otra mano, dando golpes al aires y diciendo: - ¡Fóra, fose, trasno, ninguén te dixo que vingas, e deixa as cousas no seu sitio, o señor vaime escaldar como vexa este desastre, ves, ves con Deus! En el rincón, al lado de la ventana, apoyado su codo en la mesita del teléfono, pese a que no sobresalía su cabeza por encima de ella, allí estaba Paio, el trasno que, años atrás, vio en la cuadra de casa de sus padres. Sin embargo, pese a lo que se podría esperar, esta vez se tranquilizó nada más verle, y en sosiego se dirigió a él y le dijo: - ¡Home Paio, me laegro de verte, tes bo aspecto! ¿Que é da túa vida? Como ves eu teño unha vida distinta, lonxe do campo, e das vacas, pero se é o teu gusto, podes quedar a comer na casa. Iso se,  nos tes que dicir que é o que tegusta comer, que eu non se moi ben que é o que comeis os trasnos. El trasno, Paio, se compuso y mirando sonriendo a Anxo le dijo: - Grazas Anxo, ao meu gústame comer o caldo galego, iso se, con bastantes talladas de lacón. Asi pues Paio se quedó a comer en casa de Anxo caldo gallego, bajo la asustada mirada de Antoniña, a la que se le advirtió que debía guardar secreto de la presencia del trasno, cosa que hizo, y cumplió, por el susto que le daba. Antes de terminar unas orellas de dulce que le dieron para la sobremesa, con una infusión de té verde que bebió sorbiendo con más ruido que el sumidero de un patio, salió por la azotea, que es al parecer por donde vino y volvió a desaparecer. Desde aquel día, en la notaría se oía ruido de legajos cayendo y de mesas corriendo, con la voy aguda de alguien que soltaba risotadas mientras esto ocurria. El notario, tranquilizaba a todos, mintiendo. Decía que era un vecinito que estaba algo escaso de magin y no era muy responsable, pero que era inofensivo.
Cada vez que el notario se encontraba en un apuro, si le faltaba algún papel extraviado, o si algún vecino con ganas de liarla al ir a firmar alguna compraventa, o liquidación de herencia conflictiva, terminaba el conflicto con solo ver a Paio entre las cortinas y dejar perplejo a más de uno, o perdiendo alguna documento privado en el que se había forzado a alguien a perder su propiedad.

En octubre, cuando las setas y hongos salían en los prados y bosques cercanos, Paio y Anxo reían juntos contándose las travesuras del uno y las torpezas del otro. Aun se oye en el archivo de la notaría, antes de abrir la oficina, la voz del trasno que dando voces dice: - Anxooo, tes os cartapacios soltos. Tes que xuntalos como facías coas vacaaaaas. Ha, ha , ha, ha.
(Publicado en el periódico La Tribuna de Ciudad Real el 7 de junio de 2014)

2044. LA NIÑA



Cuando vivíamos en la gran crisis, todos estaban mirando a la economía, la particular y la general, por eso, ahora que quedan lejos esos tiempos, cobra especial interés, para explicar sus facultades, lo que dijo en aquellos tiempos Susana, la hija de Bart en mayo de 2014. Pasaron ya más de veinte años y los seis que tenía entonces se han convertido en veintiséis. En aquellos días de la crisis, en primavera, cuando hablaba su padre en el banco con su amigo, que le aconsejaba en materia de inversiones financieras, la niña les interrumpió y dijo: - Papá compra renovables, todas las que puedas. Es difícil de entender como que una niña de seis años supiera lo que son las renovables y que importancia pueden tener para la sociedad. Pero estoy hablando de Susanita, una niña que cuando tenía 10 meses ya sabía tararear el Danubio Azul y reconocer en un corro a todas las personas por su nombre. Además, como me contó Bart más de una vez, esta niña tenía la misma cualidad de la tía de Bart, Lily. Tenía una facilidad excepcional y asombrosa para la premonición, heredada de ella, con seguridad. Había anticipado acontecimientos más de una vez, y con una precisión que dejaba descartado el azar. Lo cierto es que los cambios drásticos en el clima, unidos a la certeza del descenso de los recursos del petróleo, hizo que se volcaran hacia las renovables,  de manera decidida, total. Las acciones que compró Bart de renovables, en contra de la opinión de su amigo bancario y haciendo caso de su hija, le hizo multiplicar su inversión diez veces. Ahora, en estos días, me contó Bart la discusión que había tenido con su familia sobre la compra de su casa en la playa de Huelva. Se han jubilado los dos, su mujer y él, y querían irse a vivir allí casi todo el año. Hablaban de comprarla en Isla Canela y su hija Susana que estaba pensativa dijo muy alterada: - ¡Ni se os ocurra! ¡Vamos, que disparate! ¿Tú sabes papá como es ese sitio? Esta construido todo en una zona de marismas, protegidas todas las urbanizaciones por un talud de tierra, arena casi todo, que evita que las mareas entren e inunden todo. Si vais a comprar algo cerca de la playa, comprar en un sitio que este protegido, muy protegido. Puede estar cerca de la playa y sin embargo en un sitio elevado. Vamos que si yo tuviera que comprar lo haría en un cerro o montaña, cerca del mar, desde donde se ve un paisaje marítimo precioso y sin embargo esté a salvo de los fenómenos de las corrientes marítimas extremas, recuerda papá que llevamos quince años con el clima totalmente distinto, y la tierra se está adaptando a eso.  Bart, convenció a la madre (que debía estarlo antes de que lo hiciera él, al verla asentir a  lo que decía su hija).
Se compraron casa  en la urbanización del Pinar de la Bola a más de 50 metros sobre el nivel del mar, arriba de un cerro desde el que se divisaba la costa.
Un día del año siguiente, después de tomar café en la sobremesa, en la parte posterior de la casa, donde tenían el porche que miraba hacia el interior,  desde el  valle se empezó a oír un ruido bronco, fuera de lo común. Si no fuese por el inmenso vacío de la llanura que en ese momento extrañamente había: sin animales, sin aves, sin nadie, pareciera que se fuera acercando una inmensa estampida. Transcurridos unos momentos, algo empezó a brillar como oro viejo en la entrada de los pequeños valles que llagaban hasta este. Fue Bart dentro de la casa, con prisa nerviosa y gran inquietud, para coger los prismáticos y mirar en aquella dirección. Pero no venía de allí, sino desde la parte delantera de la casa, desde donde vio algo que no tenía nada de natural. Sin haber llovido nada durante meses, sin tener cerca embalse alguno al que poder atribuirle aquel hecho, una enorme masa de agua se iba acercando por la llanura de la costa y se iba introduciendo por los valles laterales orientados al sur.
Agua con parda espuma, que con los rayos del sol, daba un color metálico, brillando con destellos propios de sus reflejos, inundando toda la llanura. No paraba ni se atenuaba, su avance era constante y todo iba desapareciendo a su paso:  las urbanizaciones de la costa, arbustos, árboles, colinas, y alguna casa aislada de las de labor más arriba; todo cubierto por una voraz marea que iba engullendo todo, inundando la llanura, cambiando el paisaje por uno muy distinto e insólito.
En ese instante, un húmedo escalofrío de pavor fue invadiendo su cuerpo. Tenía un pensamiento que no dejaba de acudir constantemente, obsesivamente a la cabeza: ¿de donde venía el tanta agua? ¿del mar? Fue adentro de la casa y sus temores se confirmaron: Entre grandes dificultades por el constante silencio de las emisoras de radio, pudo oír una llamada de socorro general que reconocía la procedencia: era agua del mar. El mundo, la realidad, la tranquilidad y la estabilidad, se trocaron  en un gran derrumbe que se llevaba su ánimo y el de su familia hasta la desesperación. Veía como seguía avanzando el agua y subiendo la cota de su nivel. La campana de una Iglesia cercana comenzó a tocar a rebato dando la alarma. Su sonido le hirió el corazón como con un cuchillo. El agua, cada vez más cercana, y el rugido de su devastación, más fuerte y bronco. Pensó en la gravedad del momento. Se juntó la familia, dentro de la casa y subieron al piso superior. En los siguientes minutos interminables se empezaron a tranquilizar cuando todo parecía perdido: la inundación se paró a escasos metros de su casa, en el inicio de la urbanización. La tragedia era enorme. Varios pueblos se los había engullido el tsunami: ¡Un mar inmenso de aguas oscuras estaba ante ellos! Sin apenas aliento y rendido exclamó: - ¡Dios nos asista!
Después de quince minutos, oyeron por  la radio del móvil que un mega tsunami se había engullido la costa atlántica. Procedía al parecer de un derrumbe de ladera de la llamada Cumbre Vieja, en un volcán de la isla de La Palma, en Canarias. Miró Bart a su hija Susana, la abrazó y besándola con fuerza en la frente, dijo: Gracias hija mía, nos salvaste la vida. 
(Publicado el el periódico La Tribuna de Ciudad Real el 31 de mayo de 2014)