20140610

2044. LA NIÑA



Cuando vivíamos en la gran crisis, todos estaban mirando a la economía, la particular y la general, por eso, ahora que quedan lejos esos tiempos, cobra especial interés, para explicar sus facultades, lo que dijo en aquellos tiempos Susana, la hija de Bart en mayo de 2014. Pasaron ya más de veinte años y los seis que tenía entonces se han convertido en veintiséis. En aquellos días de la crisis, en primavera, cuando hablaba su padre en el banco con su amigo, que le aconsejaba en materia de inversiones financieras, la niña les interrumpió y dijo: - Papá compra renovables, todas las que puedas. Es difícil de entender como que una niña de seis años supiera lo que son las renovables y que importancia pueden tener para la sociedad. Pero estoy hablando de Susanita, una niña que cuando tenía 10 meses ya sabía tararear el Danubio Azul y reconocer en un corro a todas las personas por su nombre. Además, como me contó Bart más de una vez, esta niña tenía la misma cualidad de la tía de Bart, Lily. Tenía una facilidad excepcional y asombrosa para la premonición, heredada de ella, con seguridad. Había anticipado acontecimientos más de una vez, y con una precisión que dejaba descartado el azar. Lo cierto es que los cambios drásticos en el clima, unidos a la certeza del descenso de los recursos del petróleo, hizo que se volcaran hacia las renovables,  de manera decidida, total. Las acciones que compró Bart de renovables, en contra de la opinión de su amigo bancario y haciendo caso de su hija, le hizo multiplicar su inversión diez veces. Ahora, en estos días, me contó Bart la discusión que había tenido con su familia sobre la compra de su casa en la playa de Huelva. Se han jubilado los dos, su mujer y él, y querían irse a vivir allí casi todo el año. Hablaban de comprarla en Isla Canela y su hija Susana que estaba pensativa dijo muy alterada: - ¡Ni se os ocurra! ¡Vamos, que disparate! ¿Tú sabes papá como es ese sitio? Esta construido todo en una zona de marismas, protegidas todas las urbanizaciones por un talud de tierra, arena casi todo, que evita que las mareas entren e inunden todo. Si vais a comprar algo cerca de la playa, comprar en un sitio que este protegido, muy protegido. Puede estar cerca de la playa y sin embargo en un sitio elevado. Vamos que si yo tuviera que comprar lo haría en un cerro o montaña, cerca del mar, desde donde se ve un paisaje marítimo precioso y sin embargo esté a salvo de los fenómenos de las corrientes marítimas extremas, recuerda papá que llevamos quince años con el clima totalmente distinto, y la tierra se está adaptando a eso.  Bart, convenció a la madre (que debía estarlo antes de que lo hiciera él, al verla asentir a  lo que decía su hija).
Se compraron casa  en la urbanización del Pinar de la Bola a más de 50 metros sobre el nivel del mar, arriba de un cerro desde el que se divisaba la costa.
Un día del año siguiente, después de tomar café en la sobremesa, en la parte posterior de la casa, donde tenían el porche que miraba hacia el interior,  desde el  valle se empezó a oír un ruido bronco, fuera de lo común. Si no fuese por el inmenso vacío de la llanura que en ese momento extrañamente había: sin animales, sin aves, sin nadie, pareciera que se fuera acercando una inmensa estampida. Transcurridos unos momentos, algo empezó a brillar como oro viejo en la entrada de los pequeños valles que llagaban hasta este. Fue Bart dentro de la casa, con prisa nerviosa y gran inquietud, para coger los prismáticos y mirar en aquella dirección. Pero no venía de allí, sino desde la parte delantera de la casa, desde donde vio algo que no tenía nada de natural. Sin haber llovido nada durante meses, sin tener cerca embalse alguno al que poder atribuirle aquel hecho, una enorme masa de agua se iba acercando por la llanura de la costa y se iba introduciendo por los valles laterales orientados al sur.
Agua con parda espuma, que con los rayos del sol, daba un color metálico, brillando con destellos propios de sus reflejos, inundando toda la llanura. No paraba ni se atenuaba, su avance era constante y todo iba desapareciendo a su paso:  las urbanizaciones de la costa, arbustos, árboles, colinas, y alguna casa aislada de las de labor más arriba; todo cubierto por una voraz marea que iba engullendo todo, inundando la llanura, cambiando el paisaje por uno muy distinto e insólito.
En ese instante, un húmedo escalofrío de pavor fue invadiendo su cuerpo. Tenía un pensamiento que no dejaba de acudir constantemente, obsesivamente a la cabeza: ¿de donde venía el tanta agua? ¿del mar? Fue adentro de la casa y sus temores se confirmaron: Entre grandes dificultades por el constante silencio de las emisoras de radio, pudo oír una llamada de socorro general que reconocía la procedencia: era agua del mar. El mundo, la realidad, la tranquilidad y la estabilidad, se trocaron  en un gran derrumbe que se llevaba su ánimo y el de su familia hasta la desesperación. Veía como seguía avanzando el agua y subiendo la cota de su nivel. La campana de una Iglesia cercana comenzó a tocar a rebato dando la alarma. Su sonido le hirió el corazón como con un cuchillo. El agua, cada vez más cercana, y el rugido de su devastación, más fuerte y bronco. Pensó en la gravedad del momento. Se juntó la familia, dentro de la casa y subieron al piso superior. En los siguientes minutos interminables se empezaron a tranquilizar cuando todo parecía perdido: la inundación se paró a escasos metros de su casa, en el inicio de la urbanización. La tragedia era enorme. Varios pueblos se los había engullido el tsunami: ¡Un mar inmenso de aguas oscuras estaba ante ellos! Sin apenas aliento y rendido exclamó: - ¡Dios nos asista!
Después de quince minutos, oyeron por  la radio del móvil que un mega tsunami se había engullido la costa atlántica. Procedía al parecer de un derrumbe de ladera de la llamada Cumbre Vieja, en un volcán de la isla de La Palma, en Canarias. Miró Bart a su hija Susana, la abrazó y besándola con fuerza en la frente, dijo: Gracias hija mía, nos salvaste la vida. 
(Publicado el el periódico La Tribuna de Ciudad Real el 31 de mayo de 2014)

20140527

MALDITA CARRUCHA

La carrucha del pozo le despertó, el viento fuerte la movía y chirriaba con cada envite. Ya había amanecido y la luz se veía por las fraileras de la ventana. Sintió a Manuela que, con el sueño más somero, también se debió despertar; la oía  andar por el patio y canturrear. Se le había adelantado ese día. Cogió el jarro del agua y se lavó en la palangana que esperaba en el rincón. 
- Pedro, hoy tienes que sacar las nuevas telas. Es el último pedido y ya está vendido con todas las existencias; se sacó buenos dineros con ellas. - Dijo para si-. - Con los cuartos podré irme a Lisboa, y antes por Hervás.  Manuela preparaba empanadas para  tomarlas antes de la comida. Cuando estaba terminando de desmigar el pescado salado y poniéndolo en agua, sonaron las campanas fuera de hora. Miró hacia arriba como haciendo oído. Era extraño, porque no tocaban a rebato.  Pedro entró en la cocina y preguntó: - ¿Qué día es hoy? Están tocando las campanas a deshora. – Hoy es día 23 de abril. Parece mentira que no se acuerde. Antes de ayer le trajeron el carro con las telas y era 21. ¿No se acuerda? – Si, si, me acuerdo. Pero me refería si hoy se festejaba alguna cosa o santo, porque es raro que se toquen las campanas a estas horas. Bueno ya nos enteraremos. Y así fue.
A mediodía sonaron por toda la ciudad los tambores.  No tardó en llegar María Juana, la vecina, con las noticias. - ¡Hay dios mío don Pedro, qué miedo! – Tranquilízate chiquilla, no te alteres y dime que es lo que te da tanto miedo, anda tranquila... – Don Pedro, ha venido aquí un canónigo de Burgos con otros curas y vienen nombrados por los reyes para un Tribunal y están dando un pregón (¡Dios mío! ¡Madre del amor hermoso!) para que todo aquel que haya hecho cosas de judíos, se le da un plazo de diez días para que deje de hacerlo y se arrepienta, y si no, le meterán preso y pueden quemarle en la hoguera. ¡Hay dios mío! Yo no entiendo nada. ¿Pues no dijo el cura en marzo, cuando era Semana Santa que Jesucristo era judío? ¿Y que obedecía la ley de Moisés? ¿Pues quien son estos que tanto mal quieren traer al que hace lo mismo? – No lo entiendes tú ni lo entiende nadie que tenga un poco de sentido común, María, pero mejor no digas nada de todo esto a nadie, no vaya a ser que te tome la Justicia a ti también.
Mientras esto ocurría, los mirlos seguían haciendo su vida tranquila en las moreras de la calle, un labrador que venía de su finca en Peralbillo, arreaba desde el pescante del carro a las bestias chasqueando la lengua; con una rama en la boca y mirando hacia adelante con gesto cansino, ausente de cuanto acontecía, entró en el nocedal. Pedro, salió un momento a la calle, quizá con la intención de ver si, desde allí, se veía algún movimiento de gente. Había oído que los inquisidores se habían instalado no muy lejos, en la casa del Convento de santo Domingo. Al comprobar que no se veía nada extraordinario, volvió sobre sus pasos hacia la casa. Miró a los sillares de piedra del arco de de la puerta y la anterior sensación de seguridad que siempre le dio  la fortaleza de la fachada y puerta, había desaparecido. Nada le parecía ya seguro. Su casa se le antojó un bien perdido. Hacía tiempo que tenía noticias de todo lo que venía y, con su edad, cansado de una vida de trabajo duro, con las dificultades que sus creencias le habían procurado, recordando las revueltas que le contó su difunto padre de 1376, y las recientes de Toledo de 1449 no hacían más que confirmar que allí, en Ciudad Real, no iba a estar seguro mucho más tiempo. Tenía todo preparado, incluso los dos pagarés: uno, el que le había dado Gregorio Suarez en pago por sus enseres y la casa, y otro por las cinco fanegas que tenía en el camino de Alarcos, su vecino, el escribano Mateo Martin González. Ya  no esperaba más gracia hacia los conversos como él. En otras tierras que tenían probada su tolerancia podría vivir el resto de su vida.  Llegó el aprendiz Rui que traía noticias. Al muchacho, le movía más qué iba a ser de él, si al patrono lo encausaban, que la suerte de quien le había acogido tanto tiempo, desde que su difunta madre se lo encomendó para su amparo. Pensó Pedro que el muchacho, pese a que le sabía agradecido y con aprecio, podría ser objeto de testimonio, normalmente forzado  por lo que la mejor era, por el bien de todos, no hablar con nadie de su partida. Ni de la liquidación que había hecho en febrero de todos sus bienes. Sonaron los tambores que se acercaban. Dieron la vuelta por la bocacalle y pararon tres manzanas más adelante, hasta allí se fue Pedro y, con angustia inevitable, pudo escuchar que se había aprobado el inicio del Auto de Fe y se daba orden de preparar el tablado en la Plaza Mayor, para lo que habían dado encargo al carpintero Andrésillo que hizo la mejor oferta. Entre el gentío que escuchaba se topó Pedro con el sangrador Mejías, que, al oído, dijo que preparaban cerca del cementerio judío el quemadero. Oído esto, se dio la vuelta y entró en su casa con la palidez de un muerto, como le dijo Manuela, nada más verle. Sin comer, se retiró a su alcoba, no sin antes decirle a la muchacha que al día siguiente había de darle cuenta del regalo para su casamiento. Nada mas saberlo, con la cara llena de felicidad, se olvidó de la cara de su patrón y de todo lo que ocurría en la ciudad. Desde ese momento, solo pensaba en su nueva vida con su Cirilo.
A la mañana siguiente, bien temprano, Manuela recibía 1.200 maravedíes con los que podía hacerse con la casa que habría de comprar. Abrazó a su Don Pedro llorando de alegría, que, llorando también, comunicó su partida rogando no dijera nada a nadie, y, si le insistían, debía decir que iba a vivir con un primo en Valencia. – Manuela- dijo- ya soy muy mayor y el trabajo me ha dejado tanto cansancio como recuerdos que me agobian, por los que perdí y por la que no pude tener. Por eso me voy a Valencia. Ella le miraba asintiendo, comprendiendo lo que le decía. Se volvieron a abrazar y después de enjaezar su caballo y la mula, en la que cargó su pequeño baúl, partió bajo las nubes negras cargadas de agua que apenas dejaban ver un cielo azul brillante y luminoso; lo que pareciera profecía: entre la oscuridad de los días, podía entrever una nueva vida ajena a las penalidades que se avecinaban. – ¡Maldita carrucha! –Se dijo- mejor hubiera sido no despertar jamás.
A la semana siguiente llegaron hasta la casa, en la que permanecía aún Manuela, los alguaciles en busca de Pedro. Dos días después, tras el sumario juicio público, el Tribunal ordenó quemar una estatua que le representaba al estar en rebeldía. En Lisboa acabó feliz sus días.
(Publicado el el peridico La Tribuna de Ciudad Real el 24 de mayo de 2014).


20140521

NIEBLA EN EL TOMILLAR



-¿A donde vas chico? -Poray. Abrió la puerta del zaguán y el aire frío de la mañana se coló sin pedir permiso. - Hace frío y el relente de la mañana no se ha ido. Abrígate. ¿Vas con alguien?-No padre. Déjalo. -Como quieres que lo deje. Te veo todos los días apagao. Y no me quiero meter en lo que no me llaman, pero no quiero que veas solo las puertas que se cierran. Eres muy joven y son más las que se abren que las que se cierran. Te pregunto porque luego tu madre me pregunta a mí yo no sé que decirle. Como si yo supiera algo; por eso me lo pregunta. Ya sabes como es, que cuando no te ve contento se empieza a preocupar y empieza a barrenar hasta que saca lo que quiere; por eso barrena tanto con su cabeza. Así es tu madre. Y yo no quiero saber nada que no sea asunto mío, pero tanto te quiere tu madre como tu padre, ¿sabes? Pero, no me hagas caso que cuando te pregunto: ¿a dónde vas? No quiero que  me digas lo que vayas a hacer sino donde vas a estar; para saberlo. Si yo lo sé, pues te puedo buscar, si hay una necesidad; pero nada más. Por eso te preguntaba. -Bueno padre, pues que quieres que te diga, pues me voy poray, a dar un paseo a la viña vieja o poray. Luego vengo.

La bruma que en el mes de noviembre suele hacerse más espesa conforme se aleja del pueblo, hacía que el camino fuera perdiendo poco a poco sus contornos; sus orillas sin cielo; sin nada más que una brillante y grisácea luz, llena de humedad. La desaparición, casi sin notarlo, de casi todo, tranquilizaba su ansiedad; poco a poco se sintió mejor. El ruido de sus pisadas en la grava del camino marcaba el tiempo acompasado de su alejamiento. Un pájaro, quizá zorzal, conversaba a lo lejos cuando su aleteo brusco, violento, le asustó.  Unas pisadas, rápidas, que no eran las suyas le empezaron a acelerar las pulsaciones. Alguien venía con prisa.  No venía paseando. Entre la niebla apareció un hombre mayor, más bien bajo; de apariencia extraña. Sandalias gruesas, de cuero; trapos reliados en las piernas cubriendo en su parte superior calzones oscuros abrochados en la derecha del vientre, y cubiertos en la cintura por faja de paño oscurecida por el tiempo y la suciedad, lamparones de grasa, propio del que se suele limpiar la navaja en ella. Se abrigaba con una extraña capa de paño, algo raída que ocultaba sus manos. Cabeza con barba descuidada, coronada por una vieja montera de piel de cabra, encasquetada con  fuerza. Podía ser  tanto un mendigo como uno que venía de podar. Parecía tanto estar vencido por un duro trabajo y metido en extremada pobreza. Con ser extraña su aparición, mas extraño y sorprendente fue lo que le habló:

 -A la paz de Dios, señor, ¿me podía decir por donde cae la aldea? - A lo que  el muchacho, con la mejor disposición le contestó: - Mire usted, no hay por aquí ninguna aldea. Allí más adelante está Tomelloso, que no es aldea sino  un pueblo bien grande.  El hombre, algo enfadado y algo de queja, sin perder el respeto, le replicó:  - El Señor, es mozo y no tendré a cuenta lo que dice, pero ha de saber que Tomelloso es la aldea donde nací hace mas de cincuenta años, y así es verdad como me llamo Martín del Campillo, que  me llaman “el Viejo”, es donde vivo y es aldea, de no mas de ochenta vecinos, todos del Rey, nuestro señor; y encomienda de Don Luis Hernández Manrique, marqués de Aguilar; está a un legua de Argamasilla, cuatro de Sucuéllamos  y seis del Toboso. Si no es por que fui a por leña a tres leguas al término de Alhambra, perdiendo el borrico en esta maldita marea que me impide ver los tomillares, estaría ya en mi casa calentándome con un buen caldo, que en este momento  es lo que busco con más interés. Llevo perdidas tantas horas que ni la patrona, me ha podido ayudar, a no ser que haya dispuesto que  sea vuesa merced y que me diga el camino cierto; así es que, si hace merced y tiene a bien dejar las chanzas para otro momento, dígame llegar, o me tendrán que recoger el Hospital de pobres que Don Diego Galindo dispuso para nuestro pueblo.-  Eran tales las palabras del hombre y, aparentemente, tan cargadas de convicción, que creyéndole loco, le indicó el camino sin más discusión. El hombre, después de darle las gracias, desapareció entre la bruma lo mismo que había aparecido, sin dejar rastro ni ruido.

Cuando llegó a su casa el joven, contó lo sucedido. Por lo extraño del relato, el brillo de sus ojos, sus enrojecidas orejas y la tiritona que finalmente cogió, le metieron en cama con una buena calentura delirando. Avisado el médico, y ver alta fiebre y respiración muy agitada, lo envió al Hospital de Alcázar, al que le llevó en coche su padre sin mas tardanza. Repitió tantas veces la conversación con su aparecido hombre en los momentos de delirio febril, que todos pensaron que tuvo alucinación.  Días después se recuperó de la bronconeumonía, con los cuidados del Hospital y los caldos de gallina que le hizo su madre.

Sin embargo, su experiencia del día cinco de noviembre, entre la niebla, le mantuvo inquieto de tal forma que acabó recurriendo a uno de sus profesores del Instituto.

-¿Estás seguro que eran esas palabras las que mencionó el hombre que se te apareció? – dijo su profesor de Historia. Porque según cuentas esa manera de hablar es cervantina. Propia del siglo XVI. Los datos que das del pueblo que describe es el de aquellos tiempos. Es curioso... –dijo pensativo, no sé si por la duda o la reflexión. –Déjame que haga alguna averiguación y ya te digo lo que pienso de todo esto. ¿Vale? Vicente, asintió con la cabeza y se despidió de él sin mucha esperanza de aclarar algo. Pero se equivocaba. A la semana siguiente recibió una llamada de teléfono del profesor.  -Vicente, soy Javier, oye... ¿tu sabes lo que son las Relaciones de Felipe II?, -No. -¿Ni siquiera te lo han explicado alguna vez? -No, no tengo ni puta idea. ¿Que es? Pues una especie de encuesta de población que encargó el Rey  y que se refería a la situación de los pueblos, del siglo XVI. - No, no lo sabía. Ni nadie me contó de qué iba eso.  
- Mira,  es que es curioso; pero quiero que me lo vuelvas a repetir tal y como lo contaste.  Vicente lo hizo, de nuevo. - Joder Vicente, todo los detalles que me citas concuerdan fielmente con la descripción que hacen de Tomelloso, unos tíos, que daban su testimonio, en el siglo XVI en el libro de las Relaciones de Felipe II  y en cuanto a la fecha,  dice: …“a cinco días del mes de noviembre de 1578”. Y ahí no queda todo ¿Sabes como se llamaba uno de ellos? -¿Cómo?
 -Martín del Campillo, llamado “el Viejo”.

Esto le ocurrió a un muchacho que un día se perdió en la niebla, en Tomelloso.

20140512

UN EXTRAÑO SUCESO


Salió Damien a las cinco en punto del metro en la Place de Clichy. Giró hacia la izquierda y continuó por el Boulevard. En el número 10, poco antes del Kentucky Fried Chicken, llamó al timbre. Esperó unos minutos y volvió a llamar. No le abrían. Cogió el móvil y llamó. – ¿Antoine?.. ¿Estoy en la puerta, me dijiste que en el numero diez, no? Si, si, ah bueno... pues te espero aquí.
Recordó que, un año antes, en ese mismo mes, vivía en la Place de Clichy y, nada mas empezar la jornada, salía de su casa y se acercaba andando por el Boulevard hasta el Metro. Antes, pasaba al Café León de Bruxelles y se sentaba junto a la cristalera a tomar café con croissant. Venía Marie con su delantal limpio y su sonrisa preciosa. Después de dejarle el desayuno, charlaba un rato con él. - ¿Vio lo que sale en Le Monde? Nos mandarán a todos a casa. Me tiene que explicar Damien, cuando pueda, ¿cómo es eso de que tenemos cada francés una deuda de 1.300 euros? Me ocupé hace años de no tener deuda alguna. La hipoteca pagada, y en la cuenta corriente con lo imprescindible. No tengo pues deuda alguna y, sin embargo, Moscovici, el Ministro de Finazas, dice que debo 1.300 euros. ¡1.300 Euros! Me entra un sudor frío que no lo soporto pensando en ello. – Bueno Marie, tranquila, no se le va a pedir directamente esa deuda. Es una figuración para hacerse a la idea de cuanto debe el Estado, que, al fin y al cabo, somos todos. - ¡Menos mal! Pero sin embargo no termino de quedarme tranquila... ¿usted me entiende, no? –Claro Marie, ¡cómo no la voy a entender! A mi me pasa lo mismo.
Marie dió por terminada la charla y con una sonrisa que iluminaba el Café, se volvió a su sitio detrás del mostrador. Pensaba Damien que la preocupación de la chica, por su trabajo y su patrimonio, la tenían todos. En la Consultora preparaban reducción de plantilla y no le perecería extraño que fuera precisamente él uno de los afectados. Un abogado y sociólogo podía estar sobrando. Recordó esto mientras esperaba en la calle la llegada de Antoine.  Lo vio llegar. Se dieron un abrazo, mientras se decían las tonterías de rigor, como buenos amigos. Subieron al despacho de Antoine, que se fue directo a la mesa, abrió un cajón y sacó una carpeta. Se sentaron. – Mira Damien, lo que te voy a decir, queda entre nosotros. Es un asunto reservado y si algún día me preguntan, yo no te dicho nada, ¿entiendes? – Joder Antoine, te estas poniendo dramático, ¿tan grave es eso?- Bueno grave, quizá no, pero hay riesgo. Mira: aquí tienes los billetes de avión, directo a Sierra Leona, a Freetown; allí te estará esperando Louis, ya  lo conoces es el ingeniero que contrataron un poco antes de que dejaras tu puesto en la empresa. Te llevará al interior, a la zona donde esta la tribu de los temné, y lo que vas a hacer te lo dirá Louis al llegar. Solo te puedo asegurar que no es nada delictivo ni, en principio, peligroso; pero si muy reservado. Así que toma el expediente y, ¡suerte! – Gracias Antoine, iré. Me vendrá bien. Llegó a la boca de metro de Saint-Lazare, cruzó la calle y leía el periódico. En las páginas de Internacional no venía información alguna sobre África. Se cruzó con Blanche, y le informó de su viaje. Blanche le dijo que se cuidara. - Ya lo creo,-dijo. Se despidieron con un beso. Damien levantó su ánimo. En su calle, la Rue de Saint-Lazare, caminó hasta su casa, el 99, tercer piso. Desde la ventana, sentado en el sillón de mimbre frente a la mesa del ordenador, abrió el expediente, lo leyó y se quedó mirando hacia el techo, pensativo. Recordó el último año: fatal.  Perdió su anterior cargo en el trabajo, le había dejado Blanche, por estúpido, y por si fuera poco, no hacía más que recordar el día en que su madre se le quedó mirando, con una sonrisa convertida en mueca, pálida, en la que vio como se le iba la vida. No lo olvidaba.Unas lágrimas fueron cayendo por su cara. Se las secó, respiró profundo y se dijo: ¡hay que seguir adelante! Y eso hizo.
En el avión, al despertar de un sueño reparador, un viajero que aparentaba cuarenta años, le estaba mirando desde el pasillo. Sonrió y se fue hasta su asiento. Aparentemente era uno más de los que suelen viajar por trabajo en los aviones, pero sus ojos verde oscuro, intensamente brillantes le intrigaron. No había visto a nadie con ojos así. Nunca. Se le hizo corto el viaje. Posiblemente porque esperaba mucha más demora. Bajó con una cierta euforia en el Aeropuerto de Freetown. Esperaba un coche de la empresa y Louis, que conducía: no era muy comunicativo. Le miraba con un cierto asombro al verle allí. Como si fuera su llegada un asunto inesperado y sorprendente. En la recepción del Hotel, en el mostrador se inscribía el hombre de los ojos verdes que le miró en el avión, le saludó en portugués y le ofreció la mano. Dura, y fría. Pareciera que estaba estrechando una prótesis de metal, con partes acolchadas en el exterior. La piel, muy suave. – Am Nove. Boa tarde senhor Damien. Acho que veremos mais tarde, no centro do trabalho do interior. Bem-vindo. Te vejo lá. Damien se quedó estupefacto. ¿Quien era ese extraño hombre de ojos brillantes que decía llamarse Nueve y que le conocía a él y se citaba para la reunión? No entendía nada.

Cuando llegó al centro de trabajo de Falaba, en el interior de Sierra Leona, Le llevaron hasta una nave que estaba acondicionada para la investigación: Sistemas informáticos, radio, televisión de HD y sistemas de grabación especiales y grandes estanterías cargadas de libros y documentación, mucha de ellas en papel, pergamino y papiro. Le hablaron de la información que habían sacado de Europa sobre la cultura Dogon, procedente de la cercana Mali, de la estrella Sirio y su sistema completo.  era invisible para los Dogón (se descubrió con telescopios mil años después, en el siglo XIX); sin embargo, insistían los Dogón en que era la estrella más importante, confeccionaron diagramas de su órbita elíptica y sus rituales demuestran que sabían que la duración de la órbita en torno a Sirio A era de cincuenta años. Toda la información que estaban obteniendo llegaba ahora de Nueve. Allí estaba. Cuando le saludó y le empezó Damien a interrogar, sus ojos cambiaron, seguían muy brillantes, pero ahora mutaron a rojos. Hablaba un idioma extraño. Las grabadoras del sistema informático fueron traduciendo.  Procedía del sistema de Sirio. Querían de Damien, su experiencia en organización de comunidades sociales. Por lo visto, estaban preparando organizar toda África. Nueve, estaba allí para eso y a él, lo querían para ayudarles. El mundo se puso del revés. Cuando  volvió a Paris Damien, tenía el pelo blanco y se había vuelto muy reservado. Pocas veces hablaba.
(Publicado en el periódico La Tribuna de Ciudad Real el 10 de mayo de 2014).

20140510

EL BAJO PUNTUAL


En aquella tarde de abril,  en el coro olían las maderas del órgano como ramas de cipreses agitadas por la tempestad; permanecía mudo toda la semana esperando que alguien le moviera sus claves para dar viento a sus tubos y con el oficio suficiente para no deshonrar a Vivaldi, a Corelli o a J.S. Bach. Los jueves había ensayo y, hasta el coro, subían los niños las empinadas escaleras de madera donde esperaban el organista y el bajo, Don Genaro, puntual siempre. Los demás, venían antes o después pero a las seis en punto allí estaban todos. Antón,  que daba la voz del tenor; se movía por el mundo con elegancia fingida. Hombre educado, reservado, pausado en sus maneras, debía esconder alguna causa perdida, por cómo tenia que fingir su coraje. Seguramente lo tenía, pero él no parecía tener interés por hacerlo ver. Respetuoso con el barítono, cura de la Parroquia de San Dimas, don Saul, al que daba conversación, sentados en las sólidas sillas de madera sacadas de la herencia de una condesa viuda. Hablaban de literatura, especialmente poesía, para no entrar en discusiones que pudieran terminar en conflicto, así, ni política ni religión solían salir de sus bocas. Lamentablemente don Saúl tenía una terrible tendencia a terminar siempre hablando de Campoamor, o de Gabriel y Galán; poeta de su tierra extremeña. No parecía querer aprender más horizontes. Antón, flaco tenor, escapaba hablando finalmente con el bajo, Don Genaro, intentando sacarle información de su extensa cultura musical de la que nunca hablaba, pero que siempre era alabada por el organista; pero no, no le contestaba a eso, solo sonreía; si comentaba la marcha de los equipos de fútbol, y el cura, canónigo vetusto, al que el portero del Purgatorio se le debió pasar  de lista para dejar este mundo, pasaba una y otra vez las páginas del Marca como buscando algo que no hubiera leído o que no se acordara, y le miraba Victoriano desde la banqueta de los teclados del órgano, con pena contenida, con rabia no disimulada, cuando intentaban sacarle algún comentario sobre los compositores, sin resultado alguno. Abanicaba el aire pasando las páginas del periódico, como si fuese el aleteo de un extraño pájaro queriendo salir de aquel encierro. Los cuadros de santos y cuatro beatas, que siseaban entre los bancos estaban como ausentes.  Desde arriba, en el coro, con sus voces reverberando entre las nervaduras de piedra de la bóveda y las enormes paredes de la catedral, repasaban los cánticos en voz baja. La Misa en si menor BWV 232 de Bach  - Kirie eleisoooon... Aquel día se quedarían en el “qui tollis”. Los niños observaban. El órgano iba a comenzar y el organista, antes del ensayo, tocaba alguna pieza del Barroco. Siempre, a las seis y cuarto. Tocaba y observaba al bajo, como esperando aprobación.

Los chicos comentaban curiosos cómo funcionaba el mecanismo del órgano y el más pequeño, con los ojos muy abiertos, oía asombrado del ingenio. El aire de la catedral, al pasar por los tubos y mutarse en mágicos sonidos iba a transformar el momento. El músico sabía de este efecto entre los miembros del coro y él mismo parecía entrar en trance. En el  atril se podía leer: Concerto III opus 6 en do menor de Arcangelo Corelli.

  Sentado en la banqueta del órgano, Victoriano, repasaba la carpeta de cartón donde había traído las partituras. Todos sabían que con los latigazos de las gomas de la carpeta todo estaba listo para empezar. Sonaron las gomas y echándose para atrás, con parsimonia y cuidado, puso manos y pies en los tres teclados y la pedalera del órgano. El templo se llenó de armónicos sonidos que inundaron todo y hasta las beatas pararon sus siseos, mirando para atrás quedando mudas y emocionadas con las notas de Corelli.  La catedral parecía más grande que nunca, la soledad del todo el día que la preñaba, se diluyó entre los timbres de los tubos hasta que, finalmente, llegaron las escalas finales, acariciadas por la tibia luz de las lámparas, antes inertes, ahora recobrando la vida que el maestro vidriero les dio. Quedó la composición expuesta y la resolución final con las súbitas escalas de vertiginosa majestuosidad. Las manos de don Genaro, apretaban el periódico y sus hombros se movían queriendo llevar los tiempos de la composición. En un momento, se sujetó el pecho con las manos y pereció tener un súbito sudor frío.
Cantaron las partes del día de la Misa de Bach con menos repeticiones que las acostumbradas. Y se fueron.
El jueves siguiente llegaban desde la avenida los chicos para el ensayo de la semana. Ese día lo hacían juntos por que venían de jugar al fútbol. Les habían dicho que podían ir media hora más tarde al ensayo. Empezarían los mayores primero. Animados, embromándose unos con otros, iban unas veces andando hacia adelante, otras, dándose la vuelta, marchando de espaldas. A cincuenta metros de la catedral, oyeron música.- ¡Don Victoriano esta tocando! ¡Son las seis y cuarto! Aceleraron el paso y entraron en el templo. Llegaron hasta la escalera y subieron. El más pequeño y ágil iba el primero. Al llegar arriba se detuvo en el último escalón y quedó extrañamente serio. Estaban allí, Victoriano el organista y don Genaro. Este último tenía un aspecto extraño. No parecía real. Los chicos se miraron y sin decir nada bajaron la escalera y deprisa salieron de la catedral. Sonaba el Concerto III opus 6 en do menor de Arcangelo Corelli. Pero para ellos, no sabían porqué, no debían estar allí. Se encontraron con Antón que venía a hablar con el organista y les dijo: - ¡Eh, eh, eh! ¿A donde vais tan deprisa chicos?  Todos a la vez querían explicar lo que habían visto pero apenas tartamudeaban alguna palabra. – Vamos a ver chicos... tu Ángel, que eres el mayor, ¿qué pasa?


El muchacho, despacio y temblando contó lo que vieron. Está don Victoriano tocando... (Casi susurró – Si ya lo oigo y... ¿que os extraña? –Esta con don Genaro y le sonríe...- No, no chicos, no digáis eso... ¿es que no sabéis que Don Genaro murió ayer por la tarde? A las seis y cuarto. Cuando rezaba en el coro con el breviario. Así que no puede ser él.  Ángel miró a los demás y dijo: - ¡Madre del amor hermoso!.. ¡Yo me largo! Los otros chicos no dijeron nada: salieron corriendo con él, espantados, llenos de terror. – ¡Pero chicos!.. Subió al coro y al asomarse, vio a Victoriano y a su lado al difunto, sonriéndole. Puntual como siempre.
(Publicado en el peridico "La Tribuna de Ciudad Real" el 3 de mayo de 2014)

20140427

FALTABA PEREJIL


Cansado de oír y hablar de los problemas del mundo, y por los suyos más cercanos, pegados a su piel; habiendo liquidado todas las cuestiones pendientes: facturas, pagos, y la visita al médico, dejó Pamplona y marchó hacia la montaña; fue cambiando de emisora de radio hasta que se detuvo en aquella en la que cantaba Leonardo Cohen, “So long, Marianne”. Agotó el repertorio. Cuando llegó al valle, las montañas ensombrecían con nubes oscuras que no impedían la brillante luz que llegaba en un espacio abierto entre ellas que daba ocasión al sol. Pasado Lumbier, tuvo la impresión que la angustia se iba y una sensación de libertad integral le comunicaba la naturaleza. Feliz y tranquilo, al llegar a Domeño, se apartó a un restaurante, a la izquierda; dejó el coche en el aparcamiento; se quedó un momento quieto en la explanada, escuchando el silencio del lugar, solo interrumpido por el canto de dos lúganos que se llamaban desde los árboles cercanos. Pasó al  interior del restaurante y se sentó en el comedor, sin  prisa alguna, lo que no hacía desde hacía meses. Pensó en cómo iba a organizar su vida a partir de ese momento, mientras, colocaba los cubiertos en perfecta formación y las copas delante de los platos. Recordaba su vida personal, mientras repasaba el pespunte del mantel con las yemas de los dedos, suavemente, con detenimiento, con delicadeza. Por un momento, sonrió al darse cuenta de lo que hacía y no le dio gran importancia: al fin y al cabo no tenía ocasión, desde tiempo atrás,  de acariciar a nadie. La última vez ya casi ni la recordaba. O quizá no quería hacerlo, le dolía aun ese recuerdo. Se quedó mirando una fotocomposición en la pared con la Foz de Arbaiun.  Y en eso estaba, cuando desvió la mirada y la vio observándole. Era muy normal; belleza serena, atractiva. Si en vez de jeans, camisa estampada, calzado deportivo y pelo corto,  hubiera tenido vestido renacentista, pelo largo, recogido con pañuelo: habría pasado por una dama italiana del cinquecento. Le trajeron la comida y la chica le miraba a hurtadillas reteniendo la mirada de vez en cuando. Se interesó mucho cuando comprobó que le miraba cada vez con más frecuencia, lo que empezó a molestar a su acompañante. Por su conversación, que hacían con tranquilidad pero en voz alta, debía tratarse de amigos que tenían algo de sintonía, algo más que mera amistad, aunque ella parecía tomarlo con naturalidad y él con una cierta presión, casi imperceptible; para un observador desconocido como era él, no pasaba desapercibido. – Ander, tómatelo con tranquilidad.- (se dijo), - ¿ya has olvidado los disgustos que tuviste no hace mucho? Pero no le dio importancia, siguió mirando a la chica y ella a él, cada vez con más interés, incluso, en un instante que estaba sola, al ausentarse su acompañante un momento, sonrió dulcemente cuando se estaban mirando. Entonces, sus pulsaciones se aceleraron. Tanto, que se empezó a preocupar por si se notaba su reacción; no era de extrañar, pues era muy suyo ruborizarse en casos así. Terminó de comer y alargó su café hasta que vio como sus vecinos comensales se levantaban y se iban. Pasó un rato, pagó,  y, al salir, estaban aún en la caja de la entrada abonando unas cosas que habían comprado. Ella le volvió a mirar  y, pasando a  su lado, sin que se diera cuenta su amigo, le hizo un saludo con la mano, moviendo los dedos y sonriendo. 
El tiempo que tardó hasta llegar a su casa de  Ezcároz  se le hizo corto. No hacía más que pensar en  la chica, y se decía de vez en cuando: - ¡es una tontería...! 
Abrió su casa, desconectó la alarma, metió el coche en el garaje y se fue a la tienda a comprar las provisiones que le faltaban.  Allí se encontró de nuevo con los dos que conoció en el restaurante, se saludaron, y después de conversar un momento,  se enteró que ella se llamaba Ana y su amigo, era solo su amigo, Fran, venían de Francia donde trabajaban y vivían allí desde algún tiempo.  Vinieron para pasar unos días en una casa  que habían alquilado. Al coincidir en su afición a la marcha de montaña, quedaron para subir al día siguiente. Hicieron  buen recorrido, comieron bocadillos bajo un enorme roble y se relajaron después. El día era bueno, disfrutaban, y su relación con la chica fue siendo cada vez más intensa; Ander empezó a ilusionarse con la aventura. No pareció importarle a Fran que Ana  le abrazara, en un momento de euforia, y le diera un beso. Buscó su boca y Ander no rehuyó el intento, antes bien lo alargó cuanto pudo. Bajaron juntos de la montaña y Fran se adelantó porque parecía tener prisa por un asunto que había de atender. Se fueron besando todo el descenso y no tuvieron prisa por llegar  de vuelta. No sospechaban  lo que les esperaba al llegar a Ezcároz. Fran se empeñó en que cenaran juntos temprano en casa de Ander. Así lo hicieron. Cuando llegó la hora de la cena, aún  no había anochecido y, con el buen tiempo que hacía, prepararon la mesa en el porche interior de la casa. Ana le hizo una confidencia: -Ten cuidado con Fran, es un hombre extraño que reacciona  violentamente cuando no salen las cosas a su gusto.  Ander preparaba la cena, con fiambres y ensalada, pero para aperitivo  les preguntó si les gustaban las gambas al ajillo. A ella no le gustaban nada; Fran dijo que le encantaba, y mucho, y  confirmó con gesto amargo la advertencia de Ana. Dijo: -¡Estoy harto de los dos, a mi no me ningunea nadie, y menos dos mierdas como vosotros! Sacó de su bolso una pistola y dijo: - Mañana, temprano,  os voy a rajar a los dos. Bajareis al sótano, os dejaré allí  toda la noche y  la ejecución será a las seis, con cuchillo, y si os resistís tendréis un tiro. Pero antes me vas a terminar las gambitas que me las voy a tomar yo solito. Lo demás, si queréis y tenéis ganas, os lo tomáis vosotros. 
Terminando de cocinar las gambas, Ander, dijo a Fran: - Espera que coja perejil  para las gambas y las terrmino. Se fue a buscarlo en el jardín del patio. Volvió con un ramillete que cuando lo lavó y picó se lo echó a las gambas que se cocinaban con los ajillos y un trozo de guindilla.
Al día siguiente, a las 9,30,  el encargado del gas, Iñigo, que venía a llenar el depósito, acudió a la llamada de los dos encerrados en el sótano. Fran yacía en el salón, retorcido, junto a una caja de antidiarreico, muerto. Ander echó a las gambas cicuta, que había en el patio, en vez de perejil. Todo, las amenazas de muerte, el guiso con el que se envenenó Fran,  quedó grabado  con las cámaras de la alarma.
(Publicado en el periódico "La Tribuna de Ciudad Real el 26 de abril de 2014)

20140413

DESDE LA VENTANA


No importa, se dijo, - mientras miraba por la ventana de la habitación, sentado en la cama, con las sábanas envolviéndole, casi aprisionándole, -la semana próxima vendrá Claire.
 Los enchufes, el teléfono colgado en la pared, la lámpara de barra sobre la cama, y los emblemas del ISP en el borde de las sábanas lo situaban en el Hospital, desde hacía ya tres meses.
- Preparemos la salida de aquí y ella, que siempre lo hace muy bien, lo tendrá todo listo en media hora. Pensaba en la conversación de aquella mañana, viendo su sonrisa en la pantalla de la CC, bien temprano, saludando con su encanto habitual: -Hola ... soy Claire , te llamo porque dijeron ayer por e-mail los señores médicos del hospital que estarás dispuesto el lunes de la siguiente semana. Eso cumple tus deseos Ramiro. Me alegro mucho y, desde que tuve la noticia buena, estoy preparando la casa, para que esté preciosa cuando vengas. Estaba en el huerto, preparando la tierra para la siembra de todas las simientes que me dijiste querías cultivar. Compré esta mañana todas ellas y, no te preocupes, que no fueron caras, llevé el permiso del AGD. Están conformes con el presupuesto que me dio tío Suso. Tienes  también el último barco de madera que te compré para su montaje, el H.M.S. Bounty, que, según me comentaste, te gustaba. Me han asegurado que es muy asequible para montar, no siendo fácil pero tampoco muy difícil. Justo lo que dijiste que te parecía bien. Bueno, sigue cuidando tu salud; es muy importante para mí, lo sabes. Sin ella estamos separados y con ella juntos. Hasta luego Ramiro. Un beso largo y lento, como te gusta cielo.
Desde la ventana, viendo enfrente, no más allá de tres metros, otra pared, como un muro infranqueable, toda ella, hasta cuanto alcanzaba su vista, con un ventanal muy grande, en cuadrículas, con sus cristales sucios, apenas dejando ver su interior. Una pared más que decía mucho de la política de mantenimiento del patrimonio dispuesta por la norma p- 687. Desde el inicio de la gran crisis solo la habían pintado una vez y de eso ya 30 años. Recordó las palabras del abuelo cuando hablaba de la extraña belleza de la ciudad de Roma, con las casas sin pintar durante muchas décadas, desconchadas, quien sabe si con la primera pintura que le dieron al construirlas. Por eso la casa que heredó del abuelo, mantenía el color inicial elegido por él, rojo Siena; ya solo admitía un lavado al año. Ramiro miraba al frente, por la ventana hacia aquel ventanal, parecía intentar ver alguna vida detrás, pero no veía todo el conjunto de las cuadrículas, solo reparaba en la luz, y su mente estaba en otro lado; veía en su mente la calle de su casa, los árboles, sin querer recordar el sitio donde calló desvanecido cuando su enfermedad hizo crisis.  Siempre le gustaba ver en su mente la frondosa, enorme haya que había enfrente de su casa, en el jardín abierto, donde se sienta en las tardes de verano para ver como declinan sus horas y apagarse lánguidamente las luces de esos momentos de brisa cálida, en las que los vecinos pasan, los jilgueros y verderones empiezan a recogerse con gran alboroto. No quería pensar en el trabajo, pero lo hacía. Los equipos habían cambiado. Habían sustituido a los becarios diez veces en los seis meses, anteriores a su baja por enfermedad. En cuanto aprendían lo suficiente los retiraban y ponían a otros, a los COP. Bueno, la verdad es que entre los “otros” trajeron un día a Claire. No lo dudó un momento cuando le propusieron la configuración de su perfil. Consideraron su situación emocional. Era la compañía ideal que estuvo esperando tanto tiempo. Es verdad que costó mucho convencer al Departamento Estatal de Cambios de Personal (el DECP), para que  hicieran el propio que le convenía, además de trabajar en el proyecto, quedaría adscrita a él con esa frase odiosa que empleaba el DECOP: Adscripción y Domiciliación Permanente Personal. Con lo fácil que era decir: juntos para trabajo y convivencia. Se echó un momento en la cama y mirando hacia el techo de la habitación, pensó en los proyectos de futuro con Claire. Iba a cumplir los treinta y, a final de año, ya podía pasar a la jubilación y tutelaje. Su patrimonio de material  y COPs, estaba dentro de los estándares que ordenan para la jubilación la norma j-340. Los COPs tenían toda la configuración de su trabajo. Ya no tendría que ir a las instalaciones de la empresa, la enorme nave circular 890 de las del Grupo Bank-Domus; y sería el personal físico que le sustituyera los que contactaría con él, un año, en su casa, para hacerse el control del trabajo. Él, como tutor, habría de dar el visto bueno para los avances de los proyectos. Desde que le quitaron el implante se sentía más libre. Tener que comunicarse con todos  a través de la pantalla de la CC, le hizo recordar la vieja tablet que tenía cuando era niño. De eso ya habían pasado veintitrés años y el mundo había cambiado todo. Pensó en qué podía haber sido, en su vida, lo más decisivo, lo que mas valoraba y sentía como importante y no lo dudó un momento: ¡Claire! Desde que estaba con ella, el equilibrio que perdió al morir sus padres y quedarse solo, sus estudios, su trabajo en alta tecnología, todo, le mantuvo durante años en un permanente desequilibrio, desasosiego, insatisfacción. Ahora ya no, con Claire todo estaba en su sitio y los márgenes de miedo o preocupación estaban en los mínimos. Tres meses en esa habitación, tres meses encerrado entre sábanas, deambulando dentro de su cabeza y hablando solo con los intercomunicadores y el personal COC del equipo médico. Pero todo había cambiado ya y sonrió. Se iba a casa. El lunes, Claire. La casa, el taller de madera, la sala de cine. La biblioteca real, con su enorme colección de libros de bolsillo en papel. Se estiró en la cama, se puso el casco integral y se fue a la virtual de Praga. Solo le interrumpió, una hora después el COC-Catering llevándole lo que pidió cuando le liberaron de la dieta: canelones de carne, con queso Caciocavallo siciliano.
El lunes se vistió rápido. Anduvo algo torpe de tanta inmovilización, durante  esos meses. Cogió su electriccar del depósito del hospital, metió el chip de itinerarios, tecleó “home” y llegó en tres cuartos de hora a su casa. En La puerta estaba esperando Claire. Cuando le vio, empezó a dar saltos de alegría. Se abrazaron, se besaron lentamente y entraron abrazados al salón de la casa. Cerrada la puerta, levantó la blusa a Claire, empujó el resorte de c-piel, y vio de nuevo su identificación: COP-509. Los testigos estaban encendidos y ninguno parpadeaba. Cerró él la tapa de c-piel y miró a Claire. -Veo que estas sin problemas. Eres la Cyborg Organic Person mejor que pueda tener, te he echado mucho de menos. Ella sonrió y le acarició la cara, le cogió con las dos manos y le besó dulcemente; dijo: -Y tu la persona física que mejor pueda tener, cuidar, y (empezó a parpadear; a temblar trémula) querer.
(Publicado en el diario "La Tribuna de Ciudad Real" el 12 de abril de 2014)




20140408

LA SEÑAL DEL ESPECTRO



Marta, una amiga que llamaré así, para guardar la palabra que le di, me contó que su marido desde hacía años había cambiado por un incidente que tuvo. No es el mismo. Viajaba todos los días en coche a su trabajo, fuera de Ciudad Real; así, se levantaba muy temprano con el fin de salir antes de que amaneciera para viajar tranquilo sin prisas y llegar puntual al trabajo. Un día, como otro cualquiera, se levantó a las cinco y media. Después de la ducha, desayunar y recoger sus cosas, paso por las habitaciones a dar un beso a su mujer y los chicos. Le dijo el marido que acostumbraba a repasar mentalmente todo lo que tenia previsto hacer para el día mientras bajaba al sótano a recoger el coche del garaje, de manera que, cuando puso el coche en marcha aquel día, ya estaba con su agenda mental preparada. Tomó con el coche la salida de la ciudad por la Ronda a la carretera Nacional N-420, en dirección a  Carrión de Calatrava. Llevaba la radio puesta y escuchando un programa magazín en el que conversaban con la gente, que le entretenía y ayudaba, tanto para estar despierto como para no sentirse solo. El viaje comenzaba bien; tranquilo; relajado; despierto y con el ánimo dispuesto para una nueva jornada. El tiempo, el propio de el verano, era bueno en esa semana; algo de brisa  y el comienzo del día con temperatura ideal, suave y agradable. Además llegaba hasta él, a través de la ventanilla  que tenia medio abierta, el perfume de las plantas aromáticas silvestres cercanas, de las encinas de una pequeña dehesa  a su izquierda y  de las viñas que se extendían más adelante  a  un lado y otro. Así pues, con el ánimo totalmente positivo, se sentía muy bien. Pero todo iba a cambiar. Eran las seis menos diez minutos cuando, al llegar al cambio de rasante de los cerros de Huertezuelas, vio como a la derecha, en el arcén, a la altura de la salida de un camino, había un hombre que parecía agricultor, con sombrero de paja, que le estaba haciendo una extrañas señas. Conforme se acercaba  comprendió que quería que le prestara atención con sus señales. Levantó el pie del acelerador y fue frenado el coche poco a poco. Cuando estaba a unos treinta metros empezó a arrepentirse de haber disminuido la marcha del coche. Porque no era un hombre normal. Se le veía bien todo el cuerpo, incluso la ropa de trabajo que llevaba puesta, pero todo él parecía refulgir con una luz azulada especial que irradiaba una luminosidad  extraordinaria. Al pasar junto a él, lo miró y trató de entender lo que le podía decir ese extraño hombre, pero, tanto la mirada triste, angustiada y suplicante que tenía, como el hecho de que, a través de él, podía ver un chaparro que había detrás, hizo que supiera en ese mismo instante, que era un extraño fenómeno sobrenatural. Era un espectro o fantasma; es decir, la imagen de una persona muerta. El corazón le dio un vuelco, el pelo se le erizó y unos escalofríos le recorrieron por todo el cuerpo. Pisó el acelerador y no quiso mirar para atrás. En un instante se presentó en Carrión y sin dudar ni un solo minuto, dio la vuelta por la carretera comarcal CR- 211 hasta Fernán Caballero y desde allí volvió hasta Ciudad Real. Este viaje, lo hizo tiritando del terror que le consumía y con las palpitaciones aceleradas haciéndole creer que el corazón iría a entrar en crisis. Llegó hasta su casa, subió deprisa y cuando abrió la puerta del piso, nervioso y atropellado le contó todo a Marta. Luego llamó a su empresa para advertir que estaba enfermo. Se metió en la cama y así estuvo hasta que, a la caía da la tarde, más tranquilo, se levantó. No le dijeron nada a nadie, porque parecía un suceso difícil de creer.  Así siguieron su vida intentando olvidar el asunto.
Un día me encontré con Marta que sabiendo que yo investigaba algunos sucesos parecidos, por haber tenido noticia de ello, me rogó que indagara que es lo que pudiera haber de real en todo esto que acabo de contar, con el ruego que no lo hiciera público para que no se pudiera identificarles.
Aunque he pasado por la cuesta de Las Huertezuelas en innumerables ocasiones desde que era chico, y la conocía de memoria, aún así, me fui a la mañana siguiente hasta allí para ver el lugar justo en el que, al parecer, habrían ocurrido los hechos. Tomé nota del punto kilométrico y el hectómetro en el que estaba. Pensé que si realmente se hubiera aparecido un espectro, en ese lugar, debería corresponder a alguien que habría muerto allí recientemente, y puestos en ello, lo normal es que hubiera sido por un accidente de tráfico.  Días más tarde fui a la Jefatura de Tráfico y pregunté si, en ese mismo lugar, sucedió algún accidente recientemente, para lo que puse como horquilla temporal, para ello, desde el año anterior, por la misma fecha, hasta la del suceso. Acordó el funcionario que me atendió, y que conocía, que, en cuanto lo averiguara, llamaría para decírmelo. En ningún momento le conté el suceso que me tenía intrigado, y, mucho menos, le hubiera descrito el aspecto y descripción del espectro que se le apareció al marido de Marta.
Pasaron tres días y al tercero, a las once de la mañana recibí la llamada del funcionario de Tráfico. La descripción que me contó hizo que me recorriera un escalofrió por la espalda hasta ponerme los pelos de punta: Había ocurrido dos meses antes un accidente de tráfico en ese mismo lugar, a las seis menos diez de la mañana, la víctima había sido un hombre; debía ser agricultor; había salido del camino con su tractor, que fue arrollado por otro vehículo. Cuando llegaron la Guardia Civil y el juez a levantar el cadáver, encontraron en la cuneta el sombrero de paja ensangrentado. Debió entrar en la carretera sin hacer un stop y no debió ver al vehículo que le arrolló.

Lo he pensando muchas veces si debía decirle esto a Marta, pero siempre terminé por resolver que no debería decírselo. Quizá un suceso angustioso que les hizo pasar mal, no debería volver a sus vidas. Pero lo cierto es que, estas cosas de los espectros tiene una parte positiva: siempre cabe la duda si realmente fue verdad o... simple alucinación. A lo mejor lee esto y es la mejor manera de verlo: como un relato.

20140402

Ojos en la noche



Las siete y media, -pensó Mariana-. Se hace tarde y este muchacho no llega. No podía esperar más: cogió las llaves y dos bolsas con la compra, las metió en el coche y, después de poner la antena, arrancó el motor y salió. Más rápido de lo que era habitual en ella. Conducía muy bien; prudente; no solía dar acelerones; pero, era tal el enfado que se le iba acumulando que, salió disparada de su calle,  cogiendo la cuesta de salida de la carretera a Monforte, a más velocidad de la que solía. La tranquilidad pudo venir en cinco minutos y… le vino; pensó que no merecía la pena empezar así los días de vacaciones. Sonó el teléfono y se conectó el manos libres. Le dio al botón del volante y se oyó la voz de Ciprian -¿Si?- Oye Marian… perdona que no haya llegado pero… el coche ¡me ha dejado tirado!.. Me dicen en el taller que ha sido no se qué del carburador… ¿te has ido tu ya? – si tío, claro que si, estaba ya harta de esperar… pero ¿Cuándo, cuando vienes entonces? –En cuanto terminen con él, salgo para allá, estoy en A Cañiza, así que, en una hora o así… y si no lo terminan… me tendré que quedar a dormir en un hotel cerca de aquí… joder, vaya mierda Marian, qué mala suerte. – Bueno no te preocupes, ya estoy a diez minutos de la casa de Cebreiros, allí te espero. Ten cuidado con la vuelta. – Vale. ¿No te va a dar miedo estar sola allí?- No. No creo que haya motivo como para que le tenga. No te preocupes. Ven cuando puedas. Un beso.- Vale Marian. Un beso. Hasta luego-
La tarde estaba languideciendo más pronto de lo habitual. Unas nubes cargadas de agua estaban quitando la poca luz que le iba quedando y, la naturaleza, había tomado colores intensos, propios de una pintura del Renacimiento. La emisora que llevaba puesta, emitía una canción de los ochenta, algo tristona, y cambió a la emisora de rock. ACDC, con toda la potencia de su ritmo, llenó el coche y le contagió su energía. Se puso a gritar cantando el estribillo y así hizo el viaje que le quedaba hasta que tomó el camino de la salida de Cebreiros, hacia las afueras, por el norte. En ocho minutos de marcha lenta llegó hasta la cancela de la finca, bajó, se le cruzó un tejón y le dio un buen susto. Sacó las llaves y abrió la cancela. Volvió al coche y, una vez que había pasado, bajo de nuevo. Se puso a pensar: ¿cierro con llave? ¿O lo dejo abierto? Recordó lo que dijo Ciprián sobre si le daba miedo, y era verdad que no había pensado en ello, pero, cuando le hizo ese comentario se le debió meter en la cabeza alguna mala duda. Cerró con llave. Bajó las cosas del coche y respiró profundo cuando estuvo dentro de la casa. Olía a guardado, como decía su marido. Le gustaba ese olor. Abrió algunas ventanas para ventilar y se puso ha preparar la casa para estar confortable esos días: calefacción, termo, antena de la televisión y recogió bastante leña para la chimenea, mientras pensaba en el tejón. ¡Puto bicho! ¡Vaya susto que me ha dado. Al terminar las  tareas rutinarias, que las hacía sin pensar, se fue hasta el ventanal grande del salón y se puso a mirar la tarde que estaba a punto de caer. La primavera había llegado, pero aun no se notaba demasiado las últimas lluvias. Las hierbas quemadas por el frio de la vaguada le estaban diciendo que aun no había brotado nueva. Repasó toda la línea del horizonte y, entonces, le vio. En la cerca, a menos de sesenta metros había un hombre de unos cincuenta años que estaba mirando hacia allí. Él no le podía ver, por el estado de la casa en penumbra: no había encendido las luces, y aún quedaba algo de luz solar. El desconocido debía estar deslumbrado por la luz exterior y seguro que a ella no la veía. Permaneció allí un buen rato, como si estuviera estudiando la casa. Los nervios acudieron sin llamarlos. Pero el extraño se marchó. Andaba cojeando y apoyándose en un palo que le hacía de bastón. Tenía una extraña forma de mirar, su constante manera de escudriñar todo lo que se le ofrecía a la vista no era solo una curiosidad extrema, era una atención como si quisiera memorizar todo lo que veía. Recapacitó y pensó que se estaba imaginando demasiadas cosas. Recordaba aquellas veces que se quedó sola en la casa y nunca sintió miedo, nunca, pero, en ese momento, empezó a inquietarse y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. ¿Seria por la advertencia que le hizo Ciprián, sobre si le iba a dar miedo? Intentó pensar en otra cosa. Se sentó en el sofá y encendió la televisión. Oir a alguien hablar le hacía mucha compañía y se recostó sobre uno de los brazos, arrebujada con el cojin; llamó a Ciprián con el móvil. El tono seguía llamando pero no lo cogía, al cabo de un minuto, después de volver a llamar, contestó: -¿Marian? Dime. – Ciprián ¿te han arreglado el coche? – No. Les falta no se que pieza y hasta mañana a primera hora no la tienen. ¿No? Entonces ¿te quedas a dormir? – Si claro, ya te dije. Si te da miedo estar sola vuelve a Ourense. Mañana podemos retomar el viaje desde allí. – No déjalo. Mejor te espero aquí. Bueno, ten cuidado; hasta luego; un beso. – Hasta luego, pero hazme caso si te sientes mal, vuelve. ¿Vale?- Vaaale-
“Mejor te espero aquí” es la frase que le dije, pensó Mariana. Espero no arrepentirme de ser tan cabezona.
Estuvo viendo las noticias en le televisión y por si fuera poco, en el reportaje final estuvieron hablando del chupacabras. Ya saben, ese monstruo que deja sin sangre al ganado y que dicen que también lo hace con algunas personas que se vieron sorprendidas en campo abierto. La verdad es que ya había oído  hablar de ello y nunca le había dado la mayor credibilidad, pero pensó en ese momento ¿y si fuera verdad? Dicen que en realidad pudiera ser un extraño extraterrestre de color verde oscuro. En estas estaba cuando oyó un ruido en el exterior como si un animal hubiera tirado algún cacharro. Encendió la luz exterior y se asomó a la terraza con una linterna en la mano, miró en las sombras y cuando la giró hacia la izquierda dio un grito desgarrador. Al fondo, en el macizo de los rosales se veían brillar unos ojos que miraban fijamente. Se dio la vuelta corriendo, se metió en la casa, cerró la puerta con cerrojo,  y bajó las persianas de toda la planta baja. El corazón le explotaba en el pecho, de las palpitaciones que tenía. Se movía por el salón como un animal encerrado y desesperado. Cenó un sándwich de salmón con lechuga y tomate, con un zumo. Permaneció cuatro horas en el sofá, tapada con una manta, con los ojos como platos, viendo la televisión y mirando constantemente de un lado a otro aterrorizada. Pero, poco a poco, el cansancio fue haciendo que se fuera escurriendo en el sofá hasta que totalmente tumbada, quedo dormida.
A la mañana siguiente, se abrió la puerta súbitamente y ella se despertó sobresaltada. Era Ciprián que había llegado. Le contó lo que había pasado y dijo él sobre los ojos que vio: -debía ser un gato, su órgano de la visión está provisto de una lente y una especie de espejo curvo situado detrás de la retina, que es capaz de reflejar un cono de luz hacia la fuente que lo ilumina. – Jopé con el puto gato. –dijo ella.

Pero ya no volvió a quedarse sola allí. (Ni su marido tampoco).

20140323

BUENO, YA VEREMOS


Me acababan de servir el café, que humeaba en la mesa, y no había terminado de abrir el periódico cuando una voz familiar me sorprendió: - ¡Pero bueno! ¿Quién está aquí? ¡Luis, chico!  Quien hacia estas exclamaciones era Ramiro Galeano, mi compañero de la Facultad que hacía años que no veía. - ¿Qué haces aquí en Sitges? – Bueno,  vine a pasar unos días con mi sobrina, que vive aquí. Pero cuéntame: ¿como te ha ido?
Esta conversación de dos amigos que se vuelven a ver, se desarrolló como se esperaba, Ramiro, abierto y más expresivo que yo, estuvo un buen rato contándome un resumen de su vida en los veinticinco años desde que no nos veíamos. Hubo un tiempo en el que hicimos planes de futuro, y no faltaba de nada. Él hizo lo que se propuso, hacerse diplomático y viajar por todo el mundo. Me contó muchas cosas de las que vivió con su trabajo, entre ellas cómo era su versión del asalto a la embajada en Guatemala, el 31 de enero de 1980 y el terror que se vivió en ella. Describió con todo lujo de detalles, que me hizo vivirlo, cuando una ventisca súbita le sorprendió en Canadá, volviendo en coche a Québec. Lo que parecía una nevada normal, acabó con su coche parado en la carretera por lo más profundo de un bosque cerrado. Estuvo horas esperando que le sacaran de allí, hasta que una mujer, que pasaba por allí con raquetas, lo llevó a su casa, le invitó a quedarse mientras estuvieran las carreteras cerradas, lo que hizo: se quedó con ella dos semanas hasta que abrieron las carreteras. Vivieron las horas intensamente. Ahora son muy buenos amigos. Decía, mientras se entretenía con un humeante té de Ceilán que había pedido, que después de tantos kilómetros andados, habiendo vivido una vida de trabajo apasionante, tenía una sensación de vacío, y recordaba: - Mira Luis, yo era feliz en la casa que tenían mis padres en Pedraza. Posiblemente cuando he sido más feliz. Recorría las calles del pueblo y todos los alrededores con mi bicicleta Orbea, no era demasiado buen estudiante y tuve que recuperar más de una vez algunas asignaturas, pero sin dejar pasar un buen rato con los amigos y mis primos. Allí empecé a coger afición por la botánica y tuve la santa paciencia de llevar un cuaderno con el inventario que hacía con las plantas que iba conociendo. Aun sigo con ello. Bajo los nogales del nocedal, sentados en el suelo, las bicicletas apoyadas en un árbol y a la sombra fresca de las mañanas de agosto, oíamos las canciones del momento, de folk y rock, sin dejar de gustarnos las de los cantantes de baladas de aquella época. Bajo las sombras del soto, aprendí con los amigos a indagar e interesarme por todo lo que pasaba en el mundo, con la radio Zenith que llevaba Braulio, mi compadre del instituto. Aún me ocurre que, cuando quiero relajarme y olvidarme de los problemas, que nunca faltan, cierro los ojos y me parece oír la los Everly Brothers cantando "All I Have To Do Is Dream/Cathy's Clown”. Todavía la escucho si voy de vacaciones y me siento debajo de un árbol a leer alguna novela. En aquellos días se marcó la trayectoria de toda mi vida. Recuerdo que en el verano del 1963,  estábamos de vacaciones en nuestra casa de Pedraza, vino con mi hermana una amiga suya de  curso, Loli, que sabía cuánto gustaba a los chicos y qué gestos y posturas debía hacer para seducir, era una chica con un encanto especial. Conmigo lo consiguió. Un día que habíamos ido con los amigos a bañarnos a una casa de campo, bajo la sombra de una frondosa higuera, y un agua helada de pozo, la mañana se nos hizo corta. Loli paso toda ella hablando conmigo. Daba la impresión que se divertía con mis cosas, especialmente cuando le contaba mis andanzas por la sierra. Al momento de volver a casa a comer, pese a que lo normal es que volviéramos todos andando, - estaba muy cerca el pueblo-,  se empeñó en que la llevara en la bici. Yo que, aunque flaco, era puro músculo, le dije que si. La bici no tenía portaequipajes y cuando llevaba a alguien lo llevaba encima del cuadro. Loli lo sabía y así la llevé. Se tardaba poco en llegar, más o menos ocho minutos, pero se hizo muy corto. Tenía su cabeza junto a la mía; con colonia infantil en el cuello, y su mejilla rozando la mía, me perturbó del todo. Tuve unos enormes deseos de besarla en el cuello y sin pensarlo más, lo hice. Se rió divertida. Luego supe que, para ella, solo fue, eso, un momento divertido. En esa mañana creo que me enamoré. No sé cómo, pero así fue. Aun recuerdo eso como si hubiera sido hace un rato.  Sigue siendo esa chica mi asignatura pendiente. Me he pasado la vida comportándome de forma parecida y con el mismo resultado, pero el tiempo hace que todo se vea de distinta forma. Hoy me tomo todo con más tranquilidad y, a veces, como si viera el mundo desde el palco del teatro. Bueno, creo que ya está bien, cuéntame como te ha ido a ti.- Dijo-
La verdad es que lo que yo le podía contar no tenía, en mi opinión, el interés de las cosas que contaba Ramiro, mi vida ha sido más sedentaria y, desde luego, las aventuras que yo podía contar eran pocas. Llegó el momento del aperitivo y habiendo pasado casi un par de horas de buena charla, pedimos un vermú para dar tiempo que llegara su compañera; había venido con él  a Sitges. Habían quedado precisamente allí, en el Roy. Seguimos hablando hasta que, de manera súbita se levantó y fue sin decir nada hasta una mesa que había al fondo de la cafetería. Hablaban tres mujeres en ella, muy animadas. Llegó hasta allí, se inclinó hacia una de ellas, y con el asombro de las otras dos, la cogió de los hombros y suavemente la besó en el cuello. Ella se dio la vuelta y tras un momento de duda, se echó a reír y empezaron a hablar.

Ramiro, cuando termino su charla, me explicó que después de tantos años era la primera vez que veía a Loli, la chica  a la que se refería poco antes en su conversación. Le pregunté qué sentía al verla de nuevo. Me dijo: – No ha sido igual, no olía a Nenuco…  Me gusta, pero no se… Tengo la impresión de que ya no hay asignatura pendiente. ¿O si? - No lo se Ramiro, tu sabrás…- le dije - Bueno, ya veremos.- Contestó con la mirada perdida.
(Publicado ene el periódico "La Tribuna de Ciudad Real" el 22 de marzo de 2014).

20140316

EL MISTERIO DEL SIN TECHO




Una mañana de invierno,  muy dura, en la que el viento del norte azotaba con crueldad sobre la ciudad, iba el bueno de Leopoldo hacia la Plaza Mayor a tomar un café, como venía haciendo desde hacía años. Acababa de comprar el periódico en el kiosco, preguntando al dueño por la salud y después lo guardó en su bolso. Se puso los guantes mientras algunos gorriones le miraban con curiosidad más que con temor. Se subió el cuello del chaquetón guateado cumpliendo la recomendación que le hizo su madre tantos años; apretó la bufanda y se ajustó la boina. Siguió su camino por las calles vacías en las que solo alguien como él pasaba de vez en cuando; con prisa o lentamente; llevando lo propio de esas horas: churros, paquete de pastelería… atreviéndose a desafiar al intenso frío. Un domingo más, de los que suelen rematar los días de enero, con la sonería de la Iglesia que fue de los jesuitas, con tres taxistas que esperaban sentados sobre el motor uno, dentro de los coches los otros; como estibadores de un puerto en decadencia. Los papeles se arremolinaban entorno al edificio mas alto y una ventana de alguna casa del entorno dio un golpe por el viento. Debían estar aireando la casa, haciendo las camas. Leopoldo pensaba, metido en el calorcillo de su cubierto cuerpo, en su deseo recurrente de aquellas semanas: escapar de la ciudad, un saloncito lleno de libros y un equipo de radio y música al que acceder desde el sillón, donde estaría a salvo de las sandeces de la gente: con la edad se le iba haciendo insoportable. Tanto tiempo trabajando y nada de lo que había deseado tener había conseguido. Bien es verdad que no solo él tenía culpa de ello,  sino  el entorno que tenía gran parte de causa. Los libros eran para él una manera de trasladarse por el mundo con su imaginación. Por otra parte, siempre había pensado que lo único productivo es trabajar, así, nunca le habían seducido las loterías. Ensimismado en sus cosas iba andando oyendo sus pasos como oyen los músicos el diapasón: marcando el ritmo; cuando vio junto a la fachada de uno de los edificios tumbado boca abajo, en un escorzo forzado, en el suelo, a un hombre. Parecía un sin techo. Pasó junto a él una mujer y dos hombres mayores en dirección contraria y lo más que hicieron fue mirarlo y seguir su camino. Él se paró junto al desconocido y se agachó para decirle con ansiedad – Señor, ¿esta usted bien? No contestaba. Le tomó el pulso en su muñeca helada de la mano derecha  y pudo sentir un débil pulso. Se quitó el chaquetón, y arropó al desconocido. Llamó con el móvil a emergencias.
Debía tener el hombre unos cuarenta años, piel quemada por el sol, y sus ropas parecidas a las que se pueden comprar en un mercadillo. No olía alcohol. Procuró darle friegas en las manos pero el desconocido no despertaba. A los diez minutos llegó una ambulancia y la policía municipal. Se lo llevaron al hospital. Cuando llegó allí Leopoldo, preguntó por él; le dijeron que después de una inyección habría despertado. No le dejaron verle. En el mismo hospital, a Leopoldo le interrogó la policía sobre el incidente. Al conocer que ya estaba bien atendido el desconocido, se volvió al centro de la ciudad a tomarse su café.
Tres meses más tarde, cuando los almendros, ciruelos y mimosas ya habían florecido, llamaron por teléfono a su casa. – ¿Don Leopoldo García Iriarte? Dijo una voz con acento extranjero. – Si. ¿Quien llama? Contestó. – Buenos días Don Leopoldo. Le habla Werner Schlimann, abogado, le hablo desde la ciudad de Rothenburg, en Baviera, de la Republica Federal de Alemania. Soy encargado de nuestro cliente, Herr Mathias Von Rothenburg und Weber, pues Herr Mathias quiere que tenga una entrevista con usted Señor Leopoldo. Esta muy agradecido y quiere mostrarle sus ultimas voluntades; rogarle que acepte cuanto ha decidido. Herr Mathias esta preocupado por el inmediato futuro. ¿Tiene la amabilidad de decidme cuando nos podíamos ver para precisar mi encargo?  - Perdone usted, pero yo no recuerdo conocer a ese señor del que usted habla, pero si tiene interés en hablar conmigo, podemos hacerlo en mi ciudad, el día que usted concierte. Una vez que haya llegado a la ciudad, me llama al teléfono móvil que le voy a dar y acordamos donde hablar. – Muy amable don Leopoldo; bueno… hoy es martes, mañana viajo a Madrid donde llega mi avión a las 9 horas, ahora mismo mi secretaria compra el billete del tren y consultados los horarios a las 12 horas estaré allí. Ya le llamo al llegar. Gracias muchas.

Puntualmente a las 12 horas del día siguiente le llamó el abogado de Rothenburg desde la estación y quedaron a tomar un café en el centro de la ciudad. Allí le comentó Werner que el hijo de su cliente, Jonas, estaba de vacaciones en España y cuando paseaba un domingo por esta ciudad cayó al suelo en un estado de semi inconsciencia, sin poder hablar ni mover un músculo, en una calle céntrica. Al parecer era el desconocido que atendió Leopoldo. Después de que pasaran a su lado más de diez personas sin que le ayudaran. Una señora le dijo a su marido, que iba a atenderle, que no lo hiciera, que era un borracho y solo podía traerle problemas. Herr Jonas no se ha recuperado de sus dolencias y esta muy grave. Ante la posibilidad de que falleciera le ruega, encarecidamente, que, por favor, como no tiene familiares, acepte todos sus bienes en herencia, libre de impuestos, en agradecimiento de haberle, auxiliado, de cubrirle con su ropa y de solicitar ayuda inmediata para salvar su vida que, en otro caso, habría perdido. Leopoldo se quedó muy sorprendido y después de reflexionar, sin saber muy bien porqué y pese a la gran confusión que todo eso le ocasionaba, acepto el ofrecimiento, con la condición de hablar personalmente con su benefactor si podía ser. Shliemann, le dio los billetes de tren y avión para ir hasta Rothenburg, pues los tenía preparados, en previsión de que se lo pidiera. Allí fue y tuvo la oportunidad de hablar con Mathias y su hijo antes de morir, lo que ocurrió a los pocos días. No sabia en que podían consistir los bienes heredados, hasta que Shliemann le dijo que ascendían a veinte millones de euros entre bienes inmuebles y capital. Entre los inmuebles, una casa en la plaza  Plönlein, cerca de la Puerta Siebers. Era un caserón del siglo XVI, muy bien amueblado y con un salón lleno de estanterías con una soberbia biblioteca recién comprados, la mayoría en castellano, equipo de música incluido. Allí pasó sus mejores años Leopoldo. Jamás se sintió tan libre, desde que arraigó en su casa de Rothenburg. 
(Publicado en el periódico "La Tribuna de Ciudad Real" el 15 de marzo de 2014)

20140311

ESCONDIDOS EN EL GALLINERO



Las siete de la mañana. Las ramas del bosque se movieron. –Armand! Armand! Louis? ¿Estas ahí? ¿Estáis chicos ahí? Armand no contestaba, Louis, tampoco. Bastien, el cabo, siguió avanzando media hora más sin encontrar a nadie. El alba estaba cerca, ya se veía clarear por el este, pero aun había que hacer un esfuerzo por ver el camino a seguir. Todo el menaje de campaña, la cantimplora y la linterna hacían sonar su andar con su metálico tintineo, pese a estar bien amarrado y cubiertos con funda de tela casi en su totalidad. Su fusil Lebel, con el desnudo cañón, iba abriendo camino entre la floresta. De vez en cuando se oía algún ave levantando el vuelo y brillar el metal del fusil. De improviso, se abrió un claro entre las hayas y con las tibias luces del alba vio a una compañía de soldados alemanes preparándose para la marcha, con armamento dispuesto. No lo pensó mucho, se dio la vuelta y, dando un rodeo, se alejó del claro con paso firme, procurando no hacer ruido, con prisa, para no ser alcanzado. Así, un cuarto de hora después, entre la fronda del bosque, la espesura, arbustos y zarzas, de improviso, se despejó ante él la vegetación y encontró campo abierto, en un pequeño valle, los cultivos, unos abandonados, otros descuidados, y en el alto de una loma, cercada por lindes y caminos con verdes bordes, una casa de sólidos muros de piedra. A su lado, construcciones propias de una granja: cercas, porches y pozo cubierto de techo de madera. El cielo, en el este se mostraba rosa amanecer, detrás de la casa, a la izquierda, aun estaba oscurecido. No vio a ninguno de su pelotón, las fuerzas de su compañía habrían ido para otro lado o habrían pasado horas antes. Se dirigió hasta la casa. Abrió la cancela de madera y llamó  a la puerta principal. No contestó nadie. Parecía abandonada. Dio la vuelta y se introdujo en los corrales, junto al abrevadero había una horca de hierro apoyada, como acabada de dejar. Dio una voz con su acento parisino: - ¿hay alguien aquí? Nadie le contestó. Su nerviosismo fue en aumento. En campo abierto no podría esconderse. Le entraban ganas de abandonar y rendirse a los alemanes si le alcanzaban. Pero un instinto de supervivencia le impulsaba a intentar esconderse y ¿dónde? Se introdujo en las cuadras y en el gallinero adosado caía la paja del heno desde el pajar contiguo. Las gallinas  sueltas, por toda la cuadra y gallinero, no había muchas, pero allí estaban cacareando su presencia. El gallo intentaba hacerle frente. Le preocupó el alboroto que hacían, así que se paró y se mantuvo quieto un momento por ver si se callaban. No lo hicieron; se acercó hasta los pesebres que colgaban de la pared  y oyó un lamento sofocado.  Debajo del pesebre central. Al agacharse vio a una joven que al verle dio un grito. -¡Por favor, no  grite!, ¡los alemanes están cerca! le dijo. Ella, como toda respuesta, se puso la mano en la boca como si quisiera sofocar el grito que se le escapaba o quizás un llanto desesperado.  – Tenemos que escondernos, soy Bastien, cabo de la 34 Compañía del batallón francés que está desplegado por aquí. Los alemanes han entrado en Francia y he perdido a mi pelotón en el bosque de abajo ¿los ha visto? Ella negó con la cabeza sin dejar de mostrarse aterrada. – Bueno, vamos a ver…Y miró alrededor para intentar pensar en cómo esconderse. –Quizá esto valga. Se fue hasta un panel de tablas que estaba apoyado en la pared, de un metro y medio por dos, y se puso a rellenar las rendijas entre tablas con las hierbas secas del heno hasta que estuvo uno de los lados del panel todo lleno de paja sin que se vieran las tablas. Se fue hasta el rincón del gallinero donde caía el heno desde el pajar y apartó la paja hasta que quedo hueco suficiente para dos personas y con la mano, la llamó para que se acercara. Ella salió de su escondite y se metió en el hueco. Él puso mucha paja sobre el panel y lo dejó a un lado. Se asomó por el ventanuco. Vio cómo se acercaban las tropas alemanas por la cuesta desde el sotobosque; se metió en el hueco, levantando a pulso el panel cargado de paja que puso con cuidado tapando el hueco. Desde fuera solo se veía la continuación del montón de heno del pajar contiguo. Esperaron callados, alguna luz se filtraba entre la paja y fue suficiente para ver que era muy hermosa. Debía tener cerca de treinta años, desde luego sin alcanzarlos. Le miraba con atención, con miedo, con admiración contenida, con cara de pedir su auxilio y sin disimular su estado extremo de indefensión. Él la miró con detenimiento, esbozó una sonrisa y le acarició la cara. - No te preocupes, no nos pasará nada, y en todo caso aquí tengo el fusil y las granadas para defendernos. ¿Cómo te llamas? – Marie. Dijo sin apenas voz. Ella, apenas sonrió y parecía tranquilizarse cuando… de improviso,  oyeron una voces: - Sie: Schauen Sie sich das Haus, Hans, Dieter, Andreas Komm mit mir auf Stifte, sich umsehen, wenn Vieh oder Tier einige essen! La chica se tapó la boca asustada y sin pensarlo se abrazó a Bastien, temblando. No tardaron muchos los alemanes en entrar en las cuadras. Las gallinas se alborotaron y Dieter y Andreas corrieron como locos detrás de ellas cogiendo algunas. Después de un rato, entre todos los que entraron se hicieron con los huevos y sin pensar en más, salieron al exterior. Los del pelotón alemán que había llegado, reunido, se alejaron por la ladera contentos de tener comida fresca suficiente para unos días, estaban hartos de conservas.
Bastien, cuando ya no se oía a nadie en el exterior, muy despacio abrió el escondite y lo cubrió de nuevo por si volvían, le dijo a Marie con un ademán, con la mano, que esperara. Al menos si le sorprendían que no la vieran a ella. Se asomó al ventanuco: no había nadie y, despacio, y con cautela, salió al exterior: ya no había peligro. Volvió al escondite y la sacó de allí. La tranquilizó y ella, sonriendo le dio un beso en la boca con toda la pasión que pudo encontrar. Se puso colorado, pero para él, en ese instante, por un momento, se acabó la guerra que acababa de empezar.
Estuvieron juntos dos días. Hasta que, al segundo por la tarde, llegaron los componentes de su compañía,  dio parte de los movimientos de los alemanes y se fue con ellos. Marie, que estuvo sola, pues su padre había sido reclutado, volvió a estar sola hasta que llegaron unos familiares de Nancy a vivir con ella. Los dos sabían que algo había cambiado en sus vidas, que nada ni nadie lo iba quitar.

Acabó la guerra, y Bastien fue desde París hasta allí para intentar verla. La casa estaba destruida, quemada. Los sembrados arrasados. Sin embargo, al volver a París, un mes después, en una terraza de un restaurante de la Place de Clichy, se encontraron. Nunca más dejaron de estar juntos.
(Publicado en el periódico "La Tribuna de Ciudad Real" el 8 de marzo de 2014).