20150425

LA SEÑORA DEL METRO


Don Teófilo, el vecino, empezó a toser. Si, eran las seis y media. La hora en que  se levantaba, ya no fuma pero da lo mismo, tantos años fumando  Ideales y Peninsulares le han dejado una bronquitis crónica que le hace toser todos los días del año. Abrió Vincent  la ventana dejando que las luces de la calle entraran en su cuarto. Se duchó, desayunó, preparó la cartera con los papeles que debía llevar a la reunión y puso en ella dos barritas energéticas para mitad de la jornada. Después de comprobar que llevaba el móvil, las gafas y la billetera, salió de su pequeño piso y de la casa, camino del metro. Madrid era un rumor permanente, le sorprendía cómo desde tan temprano había por todo los barrios tráfico rodado; aún así, su calle permanecía desértica, el fresco de la mañana era más de invierno que de abril, pese a eso, no se había abrigado demasiado. Desde los tejados y azoteas, algunos mirlos conversaban dándose voces comentando el paso de aquel solitario paseante que marcaba su paso con energía. Un estruendo sonó en el solar abandonado: una chapa había caido y cuatro gatos salieron corriendo sorprendidos por su propio estropicio. En unos minutos llegó hasta la puerta del metro y se dejo sumergir en las enormes profundidades por la escalera automática. Tranquilo, sin saber de la experiencia que iba a cambiar su vida durante las próximas semanas. En dos minutos llegó el tren y subió al vagón. Cuando se puso en marcha de nuevo, se sentó en una plaza vacía y al momento iba pensando en los valles del Pirineo francés, donde solía ir a casa de su tío Jonás, en Olorón: Las mañanas sentado en la orilla de río Aspe, leyendo…Una señora en el asiento de enfrente, de unos sesenta años, muy limpia, vestida con colores vivos, el pelo de melena corta que antes debió ser muy rubio y ahora blanco, le miraba con insistencia; al percibirse él, hizo una señal con la palma de la mano, para que se acercara más y entre el ruido del tren, sonriendo, le dijo con un castellano con acento extraño: - Me llamo Fiona. Tienes razón, se está mejor sentado en la orilla del río, de cualquier río, leyendo, que en este tren ruidoso. ¿Cómo te llamas? Él, sorprendido por las palabras de la señora, saliendo de la sorpresa contestó: -Vincent. – Ese no es un nombre español, es más bien francófono ¿no? Soy de Dinamarca, de Aharus, nací y viví en el barrio viejo de la ciudad y cuando me casé me fui a vivir a Copenhague a la Frederiksberggade, allí pasé prácticamente los últimos cuarenta años, en un piso amplio encima de una tienda que aquí llaman ferretería, pero con mas cosas a la venta dedicadas al hogar;  y… esto de lo que te sorprendes, ya sabes, lo de oír lo que dices cuando estas callado, es una facultad que me viene de familia, de mi abuela Annelise; ella creo que lo heredó de su madre. No, no es lo que piensas, lo veo por tu cara, es solo lo que hablas sin pronunciar palabra, tus pensamientos personales, íntimos, no los oígo, al menos que los dirijas a quien te oye como yo o sean palabras que pudieras decir en confianza a cualquiera, por no ser reservados. Bueno, me tengo que bajar, la próxima estación es la mía, encantada de conocerte Vincent. No te reserves tus buenos sentimientos, sácalos, aunque sea, como antes, hablándolos sin palabras. – Se levantó, se fue hacia la puerta y al momento se abrió ésta. Volvió la cara y sonriendo se despidió en danés: -Vi ses senere. 
Vincent se quedó abstraído pensando en lo que le había ocurrido con Fiona, la extraña mujer que podía oírle sus pensamientos. Era muy extraño, no desconfiaba, pese a que era una total desconocida para él, y le había infundido un afecto más propio de un familiar muy próximo, de alguien al que se le quiere. Un poco extraño, sí. Pensando en estas cosas casi se le pasa la estación en la que se tenía que bajar y en poco tiempo estaba en su mesa del trabajo, frente al ordenador y mirando a un folio, encima de la mesa, sin poder dejar de pensar en Fiona. Una voz de su compañero le sacó de su ensimismamiento: - ¡Vincent!, ¡despierta!, estás en otro sitio, joder tío, espabila que tenemos que acabar la cuenta del Seguro, ¡anda tío, venga! Volvió a su realidad y no paró hasta terminar la jornada. A la vuelta, cuando tomó el metro, al momento se acordó de Fiona y empezó a mirar en Internet, en el móvil, fenómenos parecidos de lectura del pensamiento: Nada convincente, en la posibilidad de la telepatía, al parecer, la comunidad científica no ha podido probar nada, y solo se remiten a los casos testimoniales en los que se ha podido establecer alguna comunicación.
A la mañana siguiente, cogió, como todos los días, el metro para ir al trabajo. Tuvo que esperar más de diez minutos hasta que llegó. El vagón, totalmente lleno, iba tan apretado que apenas podían moverse del sitio. Como otras veces, para evadirse de aquella situación, recordó el camino de la sierra por el que subía hasta el Pico de las Águilas. Parecía ver la hierba de los bordes del camino, donde él tantas veces había encontrado las plantas silvestres más raras, tanto las aromáticas, medicinales, como las comestibles y las venenosas. Recordaba que la última vez que había subido estuvo un buen rato cogiendo los brotes de un rodal de collejas que habían salido al lado de la finca del herrero. El cielo plomizo, cargado de nubes grises, tan oscuras, que oscurecían la mañana de aquel domingo de abril; la brisa fría hacía algo desapacible el paseo, pero la escasa luz que dejaban las nubes, daban un color intenso a la vegetación y a las piedras que brillaban por  la lluvia de la noche anterior. Dos águilas sobrevolaron la ladera: buscaban algún conejo o liebre de los muchos que habían desde que desaparecieron los zorros de la sierra.  De pronto oyó, entre el ruido del tren una voz conocida: -¡Vincent! Miró hacia donde se oía que le llamaban y, entre las cabezas de un chino y dos chicas que más que hablar chillaban, descubrió a Fiona, que sonreía. En la siguiente estación, se vació el vagón lo bastante para que se pudiera acercar hasta ella. – ¡Hola Vincent! A mi también me gusta coger hierbas silvestres del campo. Aquí en Madrid no lo puedo hacer, en Dinamarca lo hacía con frecuencia. Un día estuve en la sierra de Madrid y en Rascafría me di un paseo grande yo sola, y llené un cesto de plantas para la cocina. Pero no lo puedo hacer con frecuencia como antes.  Él se volvió a sorprender que ella hubiera escuchado, oído o percibido lo que estaba pensando momentos antes. – No te sorprendas Vincent, la mejor cualidad de la persona sabia es la de esperar y no sorprenderse de las cosas, por muy extraordinarias que sean. Tú eres inteligente y creo que lo tomarás bien.

Fiona y Vincent, hicieron una buena amistad y terminó él, oyendo lo que le decía ella, sin pronunciar palabra.
(Publicado en el diario "La Tribuna de Ciudad Real" el 18 de abril de 2015)

LA RANA DORADA


Al parecer, cuenta la auténtica narración de la fábula.

Hace mucho tiempo, un día de agosto que la temperatura había subido por encima de lo normal en las frondas de los Alpes, cerca de los baños de Bad Gastein, una muchacha, joven, hermosa, delicada, paseaba con unas amigas por el bosque. Llevaba un libro en el bolsillo de su falda y se detenía de vez en cuando a ver las plantas del borde del camino y los minerales que iba encontrando. Las lecciones de profesor Kellen Schrader la tenían muy interesada en la naturaleza. Algo sofocada por el esfuerzo que había hecho subiendo la pendiente, decidió sentarse en una roca en el borde del camino que serpenteaba por la montaña bajo la sombra de una enorme haya. Los haces de luz del sol llegaban desde las copas de los árboles dándo color a la naturaleza. Desde lejos la llamaban sus amigas que habían decidido bajar antes que ella. - ¡Emmanuelaaaa! ¡Ven con nosotras! Vamos a ir a comprar al pueblecito más cercano. –Ella les contestó con firmeza: – ¡Marchad vosotras! Yo bajaré dando un paseo, quiero buscar algunas plantas que me interesan. – Bueno, allá tu, pero no te demores o nos regañarán a todas, por favor, no lo hagas. No os preocupéis, enseguida bajaré a la Residencia. – Dicho esto, Emmanuela siguió sentada en la roca  abanicándose con lentitud y mirando con detenimiento a todo lo que veía alrededor. Un arroyo bajaba pleno con la corriente precipitándose por la pendiente por un lecho de piedras y rocas entre las que habían prosperado plantas acuáticas que servían para amortiguar algo el gran rumor que llenaba todo el contorno. La resina de las coníferas perfumaba el aire y atenuaba el olor de la umbrosa humedad de hongos y de podredumbre de la madera muerta. Desde lo alto de los árboles, un cascanueces y el gallo lira se escondían de una águila real que sobrevolaba en las alturas; aun así, se oía cantar a los pájaros que no parecían temer su presencia ni la de la chica. Se sentía tranquila, no parecía temer la soledad que le iba envolviendo y aun era temprano para inquietarse por la vuelta para la hora de la comida. Quizá la reprendieran por quedarse, pero ella no temía estar sola.  Tan bien estaba, que se recostó en el tronco del haya junto a la roca y sacó el libro; lo abrió y leyó el título: Historia del caballero Des Grieux y de Manon Lescaut. Del Abate Prévost.   Pasando por encima de la advertencia del autor, comenzó  a leer: Me veo obligado a hacer remontarse a mi lector a la época de mi vida en que me encontré por primera vez con el caballero Des Grieux. Ocurrió unos seis meses antes de mi viaje a España. Aunque rara vez saliese de mi soledad, la complacencia que sentía por mi hija me obligaba en ocasiones a diversos viajes cortos…  El bosque la envolvía mientras leía y en unos momentos parecía que nada ni nadie la iba a importunar,  sin embargo, de manera súbita, no muy lejos, oyó la voz de un hombre,  como encerrada en vasija, que la llamaba: - ¡Joven, por favor, acércate! – Ella, algo asustada, miró hacia donde parecía que estaba el origen de la voz  cerca del arroyo, sobre una pequeña roca. Pero no veía nada. Miraba para un lado y otro pero no veía a nadie. – No joven, no, por favor, no me vas a ver como imaginas, estoy aquí encima de la roca pequeña la que está rodeada de helechos. Emmanuela miró a donde le decía y allí no había ningún hombre o joven, nadie; pero sí había una pequeña rana de color dorado que parecía mirarle. – Si, si, soy yo, la ranita ésta pequeña que estas viendo. -La rana se movía y parecía mover la boca cuando se oía la voz. Sorprendida por el prodigio que estaba viendo, una vez recuperada de la sorpresa preguntó. -¿Cómo es que hablas? ¿Quién te ha enseñado? ¡No sabía que los batracios pudierais hablar! – Bueno (dijo la rana) en realidad no me ha enseñado nadie, y las ranas no suelen hablar. Soy Francisco del Este, heredero de los Ducados de Módena y Reggio y estoy llamado para regir después de mi padre. Un brujo, que vivía en el castillo al servicio de mi padre y que solía vivir a su costa, enojado por haber seducido a su hija, le dio por pedir más de lo razonable y mi padre se enfureció con él, así que lo despidió. Él se ha vengado echándome un conjuro convirtiéndome en esta rana exótica que ves. Solo hay una manera de romper el hechizo: una joven de sangre real debe besarme en la boca y al momento recuperaré mi forma humana. ¿Usted joven es de sangre real? – Mire, eso creo, soy Emmanuela de Parma, hija natural de Fernando de Parma, y sí, tengo sangre real que corre por las venas de las monarquías de Francia, España, y Parma. – Entonces quizá pudierais ayudarme y hacerlo también con los Ducados del Módena y Reggio, si falto yo lo mas probable es que haya un  grave problema con la sucesión y con esos conflictos, suele correr la sangre. Eres muy hermosa y gentil, veo que te gusta leer, con lo que deduzco que eres inteligente y culta, escuché que les decías a tus amigas que buscabas plantas, solo una persona que le interesa la naturaleza puede ser buena con la gente y tratarla con dignidad. Yo he conocido muchas jóvenes hermosas y de buena cuna, y creo que a lo mejor podía hacer que te interesaras por mí, soy apasionado y culto y pienso hacer feliz a la mujer que quiera casarse conmigo. No, no digas nada todavía, se que las relaciones entre dos jóvenes deben ser lo suficientemente respetuosas para que pueda haber algo mas que atracción y que puedan quererse. No podrás saber cómo soy si no se rompe el conjuro, ahora solo ves una pequeña rana. – La verdad es que estoy muy confusa y no se que pudiera hacer, tal y como lo dices ranita, parece razonable, y el esfuerzo que debo hacer no es muy difícil; siempre me han gustado los animales y una pequeña ranita no me da ni miedo ni asco. Esto parece locura pero… ¡Acepto este desafío que me propones! Haré lo que me dices y necesitas. - ¡Bieeen, muchísimas gracias! Eres muy gentil y te lo agradezco mucho, creo que me gustas.

Diciendo esto, Emmanuela se acercó a la roca con las palmas de la mano en forma de cuenco, que con sus guantes de seda pareciera un hermoso lecho, y saltando sobre ellas la ranita, la cercó hasta su boca y la besó en la suya. Un gran destello iluminó esa parte del bosque deslumbrando a Emmanuela. Luego de disiparse una bruma apareció un joven de hermosas facciones vestido de amarillo dorado que sonreía. La joven Emmanuela empezó a sentirse muy mal, el corazón se le empezó a acelerar y una gran parálisis le empezó a invadir por todo el cuerpo. Viéndola mal, él sin dejar de sonreír le dijo: - Debo disculparme contigo, y lo siento mucho. No te dije que el brujo me convirtió en una rana dardo venenosa o con su nombre científico: Phyllobates terribilis. Lo siento chica, morirás en breve, pero, como dijo Maquiavelo, es una Razón de Estado.

(Publicado en el diario "La Tribuna de Ciudad Real el 11 de abril de 2015)

RUE DE TRONCHET, 32


Manuel, amigo de mi padre, dijo que comunicaría algo de interés; mandó un archivo por correo electrónico; en él, incluye su aventura en París que cuento si omitir nada: 1. En París.-La mañana de tres de abril llegué a París en avión. Tenía todo arreglado y solo había que firmar los papeles. Iba pensando en el tren, camino de la Estación del Norte, sobre cómo podía ser mi vida a partir de ese día. Algo intranquilo por las gestiones que había encargado a la inmobiliaria que me recomendó mi amigo y compañero Jaime: esperar a que llegaran las compras en el piso y cerrar la compra del pequeño local comercial para el taller. Los cambios hay que tratarlos con valentía, dije para animarme. Eso es lo que estoy haciendo. Desde Estación del Norte hasta la casa cojo el taxi, no estaría mi destino muy lejos, pero las dos maletas pesan lo suyo. Llego a la casa en el 32 de la Rue de Tronchet y, cuando despido al taxi, echo una mirada hacia arriba: no me había equivocado, la casa es de las clásicas del urbanismo parisino, incluidas buhardillas. Entré en el portal y me aborda un hombre de mediana edad. -¿Quería algo? – Bueno…sí, voy al tercero, creo que me están esperando; verá, he comprado piso aquí y me van a dar las llaves. Debe ser el portero; se queda mirando y esboza una sonrisa; cambia su seriedad y me llama por mi nombre: - ¿Monsieur Manuel Sánchez? Le esperan arriba. – Merci. Dije sonriendo. Cogí el ascensor. Llamé al timbre en el tercero y abrió la puerta una amable muchacha que sonrió. -¿Monsieur Manuel Sánchez? Repitió.- Soy Claudine, de la inmobiliaria. Entre. Bueno este es el piso, espero que le guste, esta todo limpio, se ha pintado de nuevo, es amplio, orientado al mediodía, y como ha visto muy céntrico. (Fue muy sincera la inmobiliaria al confesarme que el precio era muy barato por el asesinato que hubo en él meses atrás). – Si, me va gustando lo que veo. Estuve un rato mirando al detalle. Había llegado lo que había comprado por Internet: el  menaje de cocina; vajilla y cubertería; la cama de madera y ropa de cama; dos sillones y una mesa: finalmente di mi conformidad y firmé los papeles. La inmobiliaria se haría cargo de administrar los impuestos y del mantenimiento en mi  ausencia. Me dio las llaves y me despedí de ella.
 2. La mañana es triste, sucia. El cielo plomizo permite que desde las ventanas entre una luz que llena las estancias con claridad. El salón  tiene suficiente luz para sentirse confortable. Después de descansar un rato salgo y tomo algunas cosas en una creperie cercana. Cojo el metro y llego al 14 de la Rue de Vintimille,  donde he comprado el pequeño local. En el momento de dar la vuelta a la llave, comprendo que en ese momento comienza una nueva vida para mí. En ese local, esta puesta mi esperanza de realizar un trabajo creativo, sin prisas, sin temer a  depender de ello para vivir, vaya bien o mal; donde dejaré atrás todos los pensamientos que me atenazan y no me dejan encontrar la tranquilidad. Mi nueva y gran fortuna me da una oportunidad. Sí. Allí esperaban al fondo la mesa de carpintero, las estanterías con las herramientas, los tintes, las selladoras, las ceras, la pasta de madera y aerosoles. Sierras antiguas y modernas de todo tipo, lijadoras, taladros, barrenas, en fin todo lo necesario para empezar con pequeños trabajos. Lo mejor, las tablas para preparar. En la derecha, las maderas; su olor ya perfumaba el local. Descorrí el tablero que cubría el ventanal grande del patio y la luz del sol llegó hasta el taller, tamizada por las paredes del patio. Encima de la mesa había un paquete. Lo abrí y sí, habían hecho bien el encargo: las cortinas traslucidas blancas de los ventanales de la entrada. Fui al armario cerrado, que tenía las llaves en sus cerraduras. Todo los permisos, Seguridad Social, del Ayuntamiento de Paris y de los Impuestos. Al lado de la mesa, un escritorio de persiana abierto tenía todo lo necesario para empezar; solo faltaba el portátil, la conexión a Internet estaba operativa según me habían dicho.
Salí a respirar profundamente en la calle y miré a la parte superior. Tendría que poner el rótulo: SÁNCHEZ. CHARPENTIER. ÉBÉNISTE. RESTAURATEUR. Llamé y me confirmaron, mañana por la mañana lo pintaban. 2.- Comienzo de mi vida en París. A la semana siguiente ya había empezado a hacer mis trabajos en el taller. Compré varios muebles antiguos y estaba con ellos. A media semana, el martes, salí a tomar un café y me abordó una muchacha muy gentil y de una belleza especial, delicada, con una tristeza que no le parecía agobiar. – ¿Señor Sánchez?  Soy… Claire… Levallois. Me interesa que me repare un sillón Luis XV, ¿podría? – Por supuesto, tráigalo al taller y  lo vemos. Si no está muy deteriorado seguro que algo se podrá hacer. Solo le pongo una condición: no le doy tiempo de reparación; yo, me tomo mi tiempo; ¡y no me gustan las prisas!. – Ah, de acuerdo, no hay prisa, solo me interesa que quede bien, le tengo mucho cariño a ese viejo sillón. – Bueno, pues le espero. – Mire, yo no lo llevaré ni lo recogeré, se lo llevaran, a nombre de Levallois. – De acuerdo, lo anoto: Levallois. – ¿Le importa que venga aquí algún día a hablar con usted y me dice como va? Perdone, no me interprete que le quiero dar prisa: solo es que me interesa seguir el proceso. – Como quiera. De acuerdo.
3. Después de su conversación al día siguiente me llevaron el sillón y cada tres días acudía ella a hablar conmigo, bien en la creperie donde tomaba café o en el taller. Parecía que Claire se sentía conmigo con una cierta empatía, que le gustaba mi compañía y me preguntaba sobre mi vida particular y sobre todo lo que se le ocurría; yo, aunque no se molestaba, no le contestaba a las personales, solo evasivas. Creo se quedó algo desilusionada cuando dijo: - Perdone que pregunte: ¿Tiene pareja? ¿Alguna relación?  Con una sonrisa más que forzada contesté algo seco: -No; no lo pienso siquiera. Su cara se quedó no se si triste o decepcionada. Pero ya no quiso seguir hablando y pasados unos minutos, se despidió y se fue. Le avisé cuando estuvo arreglado el sillón. Vinieron a por él.
4. Después de que retiraran el sillón, esa noche oí en el apartamento pisadas de alguna mujer con tacones, me levanté varias veces y nunca vi nada. Se oían a cualquier hora de la noche, pasos cortos, largos, pequeñas carreras…Se repitieron otras noches… Estuve investigando en Internet cual habría sido el crimen que allí se había cometido. Después de varios días de búsqueda, encontré una noticia en los periódicos. En Le Monde y Le Figaró informaban de la muerte de una señora que mataron con la pata de un sillón Luis XV. Se llamaba Mariana Levallois, dejaba una hija, Daniele. Fue culpado y arrestado un hermano suyo. Venia una foto de la victima. Era la misma cara de Claire, la muchacha que me había estado visitando y cuyo sillón arreglé. 
Esa noche se volvieron a oír los pasos de una mujer, taconeando en el apartamento. Pasados unos segundos, espontáneamente grité: -¿Claire?
Se pararon en seco. No volvieron a oírse.

5. Algunos días, en el taller, cuando más estoy concentrado en la reparación de algún mueble, oigo los pasos cerca. Digo: - Hola Claire, siéntate si quieres. Se oyen algunos pasos, se mueve algo el sillón del escritorio y  pienso que ella está conmigo. Ya no estoy tan solo. Pienso que ella, tampoco. 
(Publicado en el diario "La Tribuna de Ciudad Real" el 28 de marzo de 2015)

CUANDO SE FUÉ DOMINGO TOUCIÑO


Brixida de Moas y Touciño, la hija del tallista y ebanista Francisco de Moas, natural de Santiago y de  Andrea Touciño, la cual nació y se crió en Ourense, era chica sensible e inteligente. En aquel año en el que se publicó en París el primer tomo de la Enciclopedia de Diderot y d`Alambert y  en los que reinaba en España  Fernando VI, no había muchas posibilidades de que una chica lista y espabilada pudiera tener algunas letras. Los cuatro reales de vellón que tenía de jornal el padre no daban para mucho, aunque con gran esfuerzo y con la ayuda de  su pariente Ignacio Vázquez de Quintela, próspero mercader de paños, que  procuró más de un libro, y la paga de Marta de Aguiar, maestra de niñas, pudo hacer que la chica tuviera ilustración. Así pues Brixida, día a día fue adquiriendo buena cultura y con su sensibilidad y bondad, consecuentemente, teniendo mejor juicio que la mayoría de las muchachas de su edad.
La casa de su padre, Francisco, en la planta baja, por la que se accedía por un portalón, era suficiente para entrar el carro y la mula hasta al fondo del patio, junto a la cuadra. Fue con la aldaba de ese portón con la que llamó su tío Domingo, el cantero, aquel día de Difuntos, antes de partir hacia Sevilla en el barco que zarpaba de Bayona. Fue el último día que su madre lo vio y el último que ella habló con él. A la derecha de la portada, tenía el taller, A la izquierda, una cocina con  hogar y chimenea que cubría todo el ancho de la habitación, mesa grande y dos arcones, que servían de diván bajo las ventanas exteriores; desde las que se veía un prado de mijo menudo con algunos frutales diseminados que alegraban la vista en su tiempo de floración y  cosechas. Fue allí donde la niña Brixida leyó su primer libro, sentada en el hueco de la ventana durante el día y junto a la lámpara de aceite durante la noche; allí también leyó más tarde, cumplidos los diez y seis, el libro en el que se trataba de venturas y desventuras de Gil Blas de Santillana, de Alain-René Lesage, traducida del francés por un profesor de la Universidad de Santiago, y Robinsón Crusoe de Daniel Defoe, traducida al portugués en Oporto, por Bieito, tenedor de libros. Digo esto porque no era estas cosas muy frecuentes en aquel tiempo, más bien extrañamente raro; pues las rapazas, y más de su condición, estaban obligadas a forjarse bien para el trabajo de casa y al cuidado de los hijos, cuando los tuvieran. Así pues hablo de una persona excepcional, como lo fueron también sus padres, y su pariente Vázquez de Quintela, el mercader de paños que citaba, conociendo su inteligencia, que le fue ayudando y protegiendo para que se hiciera una mujer culta y preparada. Por eso, el párroco estaba empeñado en hacer con ella una buena monja y Brixida le despachaba siempre con la misma contestación, en gallego: - Xa o irei pensando señor cura; non creo que Deus teña présa... Con el temple que tenía no le daba más importancia a estas cosas, pero su madre, Andrea, si se la daba; miraba más a lo que pudiera pensar la gente de ellos, que en hacer las cosas conforme a lo que pudiera parecer conveniente, así era frecuente terminar discutiendo con su hija que no se ceñía a la manera de vivir que su madre le quería ir poniendo, más por conseguir apariencias que por ser un ejemplo. El 22 de marzo, lunes, con el cielo totalmente cubierto por nubes grises, que se iban oscureciendo conforme avanzaba la mañana, Brixida había terminado de recoger la cocina y estaba cambiándose porque iba a salir, cuando su madre entró en su alcoba y le dijo: - Niña, me dijiste que salías a ver a la señora Marta, tu maestra ¿se puede saber para qué? Brixida, que cuando se ponía ha contestar en serio lo hablaba en gallego dijo. – Nai, falei con ela e teño interese en ver como podería dar clases como mestra, aquí en Ourense ou noutro sitio. Interésame moito. – Eso sí, ¡mejor eso que aplicarte en tu casa y buscarte un buen mozo que te de buenos hijos y algo de comer! ¡Pero bueno! ¿Cuándo se te van a ir de la cabeza todos los pájaros que tienes dando vueltas? ¿Te estas volviendo tonta, o loca? Todo eso viene por los libracos esos que has estado leyendo y que te metieron fantasías en ella. Conmigo no cuentes ¿sabes? No cuentes; ni que te ayude para que te estrelles de tanta tontuna. – Nai vostede non ve mais que o que ten diante dos narices e co seu xeito (manera) tan estreito de pensar esta faciéndose moito dano e nolo fai á familia; o tío Domingo fartouse (se hartó) de vostede, e doíalle (le dolía) moito que se rise (riera) vostede das marcas que poñía nas pedras; por falar demasiado vostede,  perdeu a obra da casa do notario, perdeu a do Concello e, se non se chega a ir, aínda (aún) estaría a traballar para outros de mal xeito (mala manera).– No, si tendré yo la culpa de todo, buenos está. ¡Se acabo la charla!
Brixida termino su preparación para ser maestra y como su madre siguió con sus temas de siempre y no la dejaba vivir tranquila, acudió a la llamada de su tío Domingo, cantero en Sevilla, y allí pudo poner escuela en las habitaciones que le cedió él en la casa que compró en la judería. No tardó en acomodarse en su nueva residencia y en acceder a hacer trabajos de archivo en la Casa Lonja de Mercaderes, donde sus conocimientos de las lenguas clásicas y del francés la hicieron tener el respeto y el prestigio entre las gentes de ilustración.
Un día, cuando ya estaba casada, y con dos hijos, habiendo requerido a su madre muchas veces a que viniera a visitarla, finalmente, no se sabe muy bien si por que le pudo más la sangre que compartía con su hija o la edad en la que ya se veía quebrantada y cada vez más sola, accedió a coger el primer barco que pudo en Bayona y se fue a verla a Sevilla. La recibieron Brixida y su hermano Domingo en el puerto y se fundieron en abrazos, pero en pocos momentos comprobaron hija y hermano que la que tuvo, retuvo, y seguía Andrea con sus prejuicios de siempre.

Dos días después salieron a dar un paseo por la ciudad madre e hija, al que no quiso ir Domingo por no aguantar sus impertinencias. Estuvieron viendo los monumentos y edificios más hermosos de la ciudad y, en la mayoría de los que se habían edificado más recientemente, con el asombro de su madre, Brixida le fue enseñando en las piedras la señal de su tío, que había participado en la construcción en muchas de ellas: una “D” atravesada horizontalmente por una “T”; cerca de los arcos,  en los escudos y las piedras maestras. Tambien le enseñó el edificio de la Lonja donde trabajaba ella. Cuando llegaron a la casa, se fue Andrea a ver a su hermano y le dijo – Tenías razón, me he dado cuenta lo importante que es tu trabajo y lo justo que es que tus señales estén en ellos. Estoy muy orgullosa de vosotros. Ya sabes que soy muy tonta. Brixida le dijo: - Non es parva, só que non liches nada.  (No eres tonta, solo que no leíste nada). 
(Publicado en el diario "La Tribuna de Ciudad Real" el 21 de marzo de 2015)

VISITA OCULTA


Las 7 y cuatro minutos. Día 14 de abril del 2010. El sol hace ver los ladrillos del bloque de enfrente en llamas. Desde la ventana de la escalera Claudio Iribarren ve más allá las montañas azuleando como si quisieran desvanecerse. Todo eso desaparece cuando oye el ascensor abrir las puertas. Él se gira hacia él, entra en la cabina y repasa mentalmente la agenda del día, un pensamiento recurrente venía a su cabeza una y otra vez: la noche extraña que había tenido. Recordaba: Cerró con llave la puerta a las doce y tres minutos, apagando después la luz del salón; estaba seguro, como todas las noches, que el sueño y el cansancio embargaba todo su cuerpo. Se metió en la cama y apagó la luz. Empezó a relajarse  procurando no pensar en nada, acomodándose en su postura habitual. Doce minutos después creyó que le decían: ángelos llegará para darte el mensaje. Poco tiempo después se repitió dos veces lo que le decían y, según entendió después, se durmió profundamente.
A las siete y quince minutos se despertó con los pasos de la vecina que andaba con los tacones yendo y viniendo por el pasillo. Poco después,  sintió cómo cerraba la puerta y de nuevo se hizo el silencio. Minutos después, apenas dormido, entre el sueño y la consciencia, volvió a oír la frase de la noche anterior: ángelos llegará para darte el mensaje. Dos veces, con el intervalo de unos minutos; cuando llegó la tercera se despertó incorporándose agitado en la cama. –Solo un sueño. –Se dijo.
La luz del sol, que brilla con fuerza durante la mañana va debilitándose a lo largo de las horas, a Claudio le parece que, o bien sus oídos han perdido audición o, lo que es más improbable, algo impide que le lleguen los sonidos con la fuerza de los demás días, oye como si estuviera algo más alejado de todo y sin embargo lo oye, o mejor dicho, no importaba si el origen de los sonidos está cerca o lejos, todos los oye igual y de manera tenue, siente sus pisadas y las hojas de los árboles de la avenida, que están a unos sesenta metros, de la misma manera, con la misma intensidad. Pero, ¿Cómo explicar esto? Calla todo, no dice nada, a nadie; coge el móvil, tentado en llamar, y decírselo a alguien, pero no, solo piensa que debe ir al otorrino.
En el trabajo le advierten  que tiene mala cara y eso le preocupa. ¿Estará enfermando? ¿Está volviéndose loco? ¿Está desarrollando aptitudes extrasensoriales que no había tenido antes? Sigue Claudio su vida habitual y advierte que conforme se acerca el final de la tarde se intranquiliza más. Cuando vuelve en el autobús  del trabajo, amodorrado en el asiento, por un momento le empieza a abandonar las fuerzas y coger el sueño; mas, cuando está en ese tránsito, vuelve a ocurrir: parece  que le dicen: ángelos llegará pronto para darte el mensaje. Levanta bruscamente la cabeza y se espabila como si le hubieran echado un jarro de agua. Una vez en su casa después de mirar el correo electrónico y repasar las cuentas de las redes sociales, busca en la red: oír voces. Al punto lee las páginas que se ofrecen: “Oír voces en la cabeza. ¿Afecta a mucha gente?” y otras. Puede ser esquizofrenia; pero un hombre decía que en la cultura maorí es normal que las personas oigan voces, según ellos son ancestros que advierten de algo para ayudar. Luego busca la palabra ángelos, por si se trata de un nombre especial: Averigua que ángelos es palabra griega y era el nombre que le daban en la antigüedad a los ángeles o mensajeros que vienen en la literatura religiosa del Cristianismo, del Judaísmo y del Islam. La definición de todas ellas sobre ellos es común: seres creados de la luz. Nada de esto le tranquiliza y consecuentemente, al llegar la noche, después de cenar, y puesto que hace muy buena temperatura, decide salir a la terraza y sentarse en la butaca de ratán, oyendo música, con algún libro para leer. Teme ir a la cama y que se vuelvan a repetir las voces. Pasan las horas y el sueño no venía, un cierto estado de nerviosismo lo tiene encogido. Aun así, lee sin parar el libro que había cogido: “Los habitantes del bosque” de Thomas Hardy. Quiere distraer su pensamiento obsesivo.
A las tres y veintidós ve una luz intensa que súbitamente viene hacia la terraza. Se llena de luz azulada con una enorme intensidad que no hace daño a la vista y que se va disipando en unos segundos. Al instante se  materializa una figura humanoide, muy alto, con una transparencia similar a la de las medusas, se mueve con gestos lentos y de una extraña elegancia. Claudio siente que le hablan pero no se oye sonido alguno. Debe ser comunicación telepática. Dice el visitante: Soy el ángelos que comunica que tu tiempo esta contado,  aprovéchalo para hacer cuanto tengas pendiente y te pueda inquietar, tu viaje esta próximo y es conveniente que lo tomes con tranquilidad. Luego de comunicar esto, hace un gesto de despedida y se desvanece con un haz de luz similar al que le hizo aparecer.

Estuvo  Claudio Iribarren  dándole vueltas en su cabeza sobre todas las cosas que le habían pasado en aquellos días. Entendió que no podía estar angustiado por eso y acordó contárselo a su amigo Manuel, el hijo del médico de su familia, don Zacarías Bermúdez. Estuvo Manuel un buen rato pensando lo que le decía Claudio, y estaba preocupado por ello. Días después llamó Manuel a Claudio a su trabajo: - ¿Claudio? He estado dándole vueltas a todo lo que me has dicho y después de mucho pensar y de investigar lo que te comunicó el extraño ente que viste, encontré una noticia en Internet: El Gobierno de Estados Unidos ha desclasificado múltiples documentos confidenciales que han tenido en secreto y hay uno que habla de una experiencia como la tuya. Es un informe del FBI, fechado en San Diego, California, el 8 de julio de 1947, en el que habla de unas entidades, humanoides de mucha estatura y transparentes que vienen, no de otro planeta sino de otra dimensión y que están entre nosotros, luego te lo mando por mail. - Uff, gracias Manolo. Me tranquiliza eso. Pero no mucho el contenido de lo me decía sobre mi “próximo viaje”. – Bueno Claudio, tu haz lo que creas conveniente que sé que lo harás bien. –Eso espero. –Dijo Claudio Iribarren. A los pocos días, no volvió a saberse más de él.  
(Publicado en el diario "La Tribuna de Ciudad Real" el 14 de marzo de 2015) 

20150314

EL DUENDE DEL OLMO


Román el hijo del Secretario, hace poco hizo limpieza en su despacho. Buena excusa para ordenar libros, legajos y documentos que fue depositando en cuarenta años. No es nuevo si digo que, en esos casos, siempre hay alguna sorpresa. Ya creo que la hubo. En una vieja caja de puros Montecristo, que aún olía a tabaco, bien apretados había dos fajos, atados con cinta roja, de fotografías; aquellas que  el tiempo hacía curvarse el papel y con riesgo de quebrarse. Desató los fajos y estuvo viendo las fotos, que eran recuerdos escondidos en su memoria; le hacían revivir aquellos días. Cuatro de ellas eran fotos de septiembre de 1957, en Cameros, Rioja. Como un destello, aquellos días los volvió a tener presente como recuerdo bien guardado: su encuentro con un duende. Pero, prefiero echar la vista atrás y contarlo, tal como me lo dijo él:
Una mañana, recién empezado el mes, oyó la voz de su prima que entraba en el cuarto para despertarle. Un sueño profundo, después de un día anterior fatigoso y de grandes emociones: era su primer viaje largo fuera de su provincia. Lo primero que sintió fue vergüenza por no haber controlado su enuresis. La cama estaba empapada y él con la sensación de ser el niño más tonto del país. Sus primas y su tía pasaron de largo en el tema y le ayudaron  a intentar controlarla. Buen desayuno, e inmediatamente a la calle para conocer el pueblo, El Rasillo de Cameros, donde estaba la casa. Subió por las calles de tierra, apenas empedradas en algún tramo, como los escalones para superar la pendiente; el tránsito de los vecinos aclaraban las calles, salvo en los bordes no pisados, donde prosperaban plantas silvestres con gran lozanía; algo tenía que ver que en las calle principal fluía por su cauce, encajonado entre piedras, el arroyo de San Mamés haciendo sonar su musical discurrir animado por la pendiente y tomando más caudal con los vertidos de las casas. Esa tarde, adquirió el oficio de monaguillo, del que algo sabía pues ya lo ejerció con sus latines en su ciudad, con alguna resistencia pero claudicando finalmente.
A los tres días le presentaron al que iba a ser su amigo Joaquín, del que no se separó mucho en los días que le siguieron. Joaquín, chico reservado y estudioso, le ayudó a ir conociendo el bosque, y enseguida supo distinguir los árboles, por el olor y por el color, por sus hojas, especialmente pinos y hayas que amparaban a la rica cubierta vegetal donde prosperaban con la humedad, fresas, hongos y setas y toda suerte de bayas comestibles. Cuando estaban sentados una mañana cerca del arroyo, en el bosque, su amigo que permanecía callado como era su costumbre, dijo: -Oye Román, ¿tú crees en los duendes? – Bueno –Dijo él- si te digo la verdad me lo creería si alguna vez hubiera visto a alguno, pero, como no ha sido así, no creo mucho en eso. – Es que…mira, lo que te voy a contar no se lo digas nunca a nadie, se van a reír de nosotros o, a lo peor, no es que no nos vayan a creer sino que pueden acusarnos de mentir. Prométeme que no se lo vas a decir a nadie ¿Si? – Vale. Te lo prometo. – De acuerdo. Mira, el verano pasado, un día, que no me acuerdo qué día fue y si era martes o jueves, vine hasta aquí y mientras iba paseando buscando setas, al pasar por un haya muy grande que tenía un hueco en el tronco, oí con claridad esto que no se me olvida y que  escribí cuando llegué a mi casa: - Fuertemientre plorando estoy, válame moço, menguado me tiene un fuerte dolor e sin remedio por no le coger. Dadnos remedio. Del sauce preciso fazer cocimiento. Válame moço, o he de fallezer. -Salía la voz del hueco y no me atrevía a asomarme, no lo entendía muy bien al principio, porque hablaba raro, pero lo repitió varias veces y parece que quería que le trajera un poco de sauce cocido; fui a casa, más asustado que otra cosa, y después de pensarlo mucho y sin decirle nada a nadie, busqué en la enciclopedia lo que decía sobre el sauce. Parece ser que de su corteza se han sacado, de siempre, infusiones para quitar las fiebres y las inflamaciones, Así que cogí un trozo de corteza del sauce del huerto del tío Jonás, y lo cocí en un cacillo, metí la infusión en un frasco y lo traje hasta el haya de donde salió la voz. Estuve esperando un momento y a los cinco minutos vi asomar unas manecitas muy pequeñas que cogieron el frasco, y volví a oír la voz que me decía: - Muy obligado quedo por su merced. Muy obligado moço.
Unos días más tarde, después de volver de Logroño donde tuvimos que ir por el trabajo de mi padre, me acerqué al bosque donde había oído la voz y visto las manecitas; pero nada, no ocurrió otra vez. Sin embargo, cuando menos lo esperaba, otro día que vine a coger moras para que mi madre hiciera mermelada, pasé por allí y oí como me llamaba. Volví la cabeza y le vi de cuerpo entero; no alcanzaba su altura más allá de veinte centímetros, iba vestido con unas calzas verdes que con los picos que colgaban de sus hombros manos y cintura, parecía más una planta que un hombrecillo. Me acerqué, con un poco de miedo, te lo confieso, y sin pedírselo se presentó. Se llamaba Godesteo y decía tener muchos años; vivía en el bosque donde tenía varias casas, aunque él la llamaba moradas; decía que su familia estaban allí desde el tiempo del rey Don Sancho III y su mujer doña Blanca. Estos donaron la ermita de San Mamés al obispado de Calahorra, dejando de cuidar de ella y pasando su cuidado al obispo,  que lo descuidó al ser pequeña, retirada y no tener renta alguna. La ermita la hicieron alarifes, albañiles de aquella época, con gran oficio de construcción románica que atendieron el encargo real. Su familia, cuidaba del bosque, tomó como suyo el cuidar de la ermita, lo que había hecho hasta esa fecha y  lo sigue haciendo él. Le pregunté cómo la cuidaba y dijo al momento: -¡Faciendo gran temor! Cuando veía a alguien que quería hacer daño a la ermita o robar, le daba voces y le tiraba de la ropa sin que le viera, y se iban corriendo asustados creyéndolo espíritu o demonio.
Esta historia de Joaquín, - decía Román-, no hace mucho la tuve presente cuando fui al Rasillo en un viaje de vacaciones al norte, y donde me paré para verlo. Iba a ir al bosque, pero se hizo tarde. Cuando me acerqué a la Iglesia del pueblo, delante, hay un viejo olmo que tiene una gran oquedad en su tronco y a la que le han puesto una cerca  para que no pase nadie a dañarlo, ni animal ni persona alguna. Me senté a su lado cuando caía la tarde mirando hacia el valle y, después de unos minutos, oí una voz que me decía: -Pronto se tornará el día en noche. Apriessa cantan los gallos y quieren quebrar albores.

La verdad, no me quedé a indagar de donde salía la voz y quién era. Me puse muy nervioso, cogí el coche en cuanto pude y me largué. ¡Que se le va a hacer! En algunos momentos tengo arranques en los que me acobardo. Debia ser Godesteo, haciendo de las suyas.
(Publicado en el diario "La Tribuna de ciudad Real" el 28 de febrero de 2015).

RÚA COLÓN 28



Hace algunos años, una mañana de invierno paseaba por Ourense. Por aquel entonces trabajaba yo en esa ciudad. El sábado 21 de febrero paseaba, bajando por la rúa do Progreso hacia el centro,  desde el Parque de Posío di la vuelta. A las once de la mañana el sol ya había calentado la piedra de las losas de granito  de la rúa Colón y las de la Plaza de la Imprenta las veía luminosas desde lejos. Las suelas de cuero son imprudentes, anuncian las pisadas en la piedra. Camino de la plaza Mayor, con la calle sin gente, me acercaba somnoliento por el calorcillo de febrero y el trasnochar por razón del Entroido. No soy amigo de máscaras pero sí del alboroto, por eso, y por mi curiosidad permanente por el género humano anduve entre la gente y el jolgorio. Decidí tomar un buen café y unos churros, leyendo el periódico, en el café Latino. Cuando pasaba por el número 28 de Colón, me fijé en la casa; juraría que el día anterior la había visto deteriorada y con signos evidentes de abandono. Lo cierto es que ahora la veía con la piedra limpia y la carpintería, ventanas y puertas, nueva; pintadas en verde carruajes oscuro, propio de las casas de Irlanda. ¿La habían arreglado en una noche, como si hubiera intervenido conjuro o magia? Bueno, en verdad inmediatamente pensé en que yo me habría confundido con otra casa, en otra calle. Al fin y al cabo, yo no conocía bien la ciudad y, aunque tengo buena memoria, podría haber alguna confusión.
Esa tarde hablaba con Carmiña Novoa, la hija de Ciprián, el dueño de la ferretería del barrio, y muy aficionado a los cuentos de magia y parapsicología. Mientras el padre me buscaba un cestillo metálico telescópico, para la cocción de verduras al vapor en toda suerte de ollas, que había pedido, decía Carmiña que, precisamente en el barrio viejo donde estuve paseando, se han contado historias de gente extraña y desconocida que nadie puede identificar, ni hablar. Ella misma le había contado a su padre la historia de un niño que rodaba el aro por la rúa de Hernán Cortés, con ropa muy antigua, posiblemente del siglo XIX. Al llegar Cibrao y escuchar nuestra conversación me dijo: - Mira, se ha dado muchas veces el extraño suceso de que se vea por la mañana una calle y por la tarde otra. Entiéndeme, no que sea otra realmente sino que, siendo la misma, tiene otro aspecto.  ¿Salto en el tiempo? Posiblemente, pero comprenderás que el estudio de estas cosas no es fácil, ni a la sociedad le es especialmente cómodo el plantearse que las leyes físicas no son tan inmutables como las hemos estudiado.
Estuve pensado en estas cosas, y no por mucho rato, mas tengo que confesar,  que todo lo que se sale de la lógica de las cosas terminamos siempre por desecharlas, aunque no olvidarlas.
 A la mañana siguiente hice el mismo recorrido que la otra vez y, en esta ocasión, al revés, bajé por la rúa de Santo Domingo, Praza de Santa Eufemia y Praza Maior y desde el Ayuntamiento tomé la rúa Colón hacia el parque de Posío. Por un momento pareció que la calle era otra según andaba por ella, pero pensándolo bien no descarté que estuviera viendo, no lo que realmente veía, sino la que quería ver. La historia de Cibrao era realmente interesante.  Pero todas estas cosas quedaron en nada cuando llegué hasta el numero 28. Efectivamente, ya no aparecía como la había visto el día anterior sino como la vi días atrás, sucia, con la carpintería sin pintar hacía muchos años y abandonada. Me quedé estupefacto mirando la casa durante un buen rato y le hice una foto con la cámara del móvil. Luego, me di la vuelta hacia el centro para bañar en vino mis dudas, con un mencía, en el bar O Frade de rúa Fornos. Mientras esperaba a un buen amigo, no fue una, sino dos, las copas necesarias para tomarme las noticias del suceso con algo más de tranquilidad.

Cuando tocaban las campanas de la Iglesia de Santa Eufemia para la misa de 11, al día siguiente, acudí a tomar café al Latino con el fin de acercarme luego hasta el nº 28 de la rúa Colón. Así lo hice y los tres primeros días vi lo mismo que había visto el domingo: una casa   abandonada y en franca decadencia. Como no tenía suficiente tiempo en la semana esperé hasta el sábado siguiente para hacer el recorrido contrario, el mismo que había hecho el sábado anterior, esta vez a la caída de la tarde, y la sorpresa volvió a surgir: ¡De nuevo volvía a ver la casa nueva! Recién pintada y con la carpintería nueva y las piedras totalmente limpias. Esta vez me di cuenta, mirando la foto que tomé, que no había cables tendidos por la fachada que se veía totalmente limpia. Un farol de aceite, antiguo había cerca de las bajantes del fin de la finca. Me quedé mirándola de nuevo  un buen rato y después de varios minutos, se encendió una luz en las ventanas de arriba. Vi pasar una silueta por ellas, previsiblemente un hombre, dibujada con la sombra en los visillos que había dentro. Aun habiendo poca luz, intenté hacer una foto. Salió. Toda la casa preciosa, y la luz amarillenta en los ventanales de arriba. Me fui todo nervioso hasta mi casa y con el firme propósito de volver a hacer el recorrido a la inversa al día siguiente. Esa noche estuve dando vueltas en la cama mirando a un firmamento imaginario en lo debía ser el techo, que no veía por la oscuridad, y sin darme cuenta estaba reviviendo los momentos de las semanas anteriores en mis visitas a la rúa Colón y la casa del nº 28. Llegué a pensar si no sería que aquella casa era para mí un inmueble como los que siempre había soñado como casa para vivir, para cuidar, como si de una obra de arte de la arquitectura popular fuera, de propiedad particular. Por el cansancio, supongo, me dormí más tarde y amaneció un nuevo día, domingo y el fin y principio de una nueva semana. Finalmente, cuando terminé mi jornada y andaba disfrutando de mi diario paseo, hice el recorrido contrario.  Volví a verla abandonada, pero esta vez con la puerta abierta. Me atreví a pasar y cuando estaba dentro, la casa no parecía en estado de abandono, sino esplendorosa. Parecía vacía, pero al momento oí que alguien bajaba por la escalera, me armé de valor y apareció un caballero bien vestido al modo del siglo XIX que me dijo: -Hola Martín, ¿que tal esta tu padre? – Bien -Le dije sin pensar lo que decía, paralizado como estaba. -Tenemos que ir pronto  a coger cogumelos (setas). Tú eres el experto y yo, como sabes, el cocinero. Tengo prisa, nos vemos. Me quedé perplejo. Martín era el nombre de mi abuelo, y recogía cogumelos como nadie. Yo me parezco a él. La foto de la casa nueva, cuando fui a volverla a ver se había borrado de la memoria del móvil.
(Publicado en el diario "La Tribuna de Ciudad Real" el 21 de febrero de 2015).

DETONACIÓN DE MADRUGADA



¿Has oído eso? La luz de la mesilla de noche se encendió y Mauricio se había incorporado apoyándose en el codo con los ojos tan espantados como hinchados por el sueño.- ¡Joer Mauricio, es mu tarde! Anda apaga la luz. -¿Pero lo has oído niña? -Sí, claro que lo he oído, debe haber sio el reventón de la rueda de un coche. – ¡No puede ser, Matilde! ¡La carretera está casi a un kilómetro! Además, eso ha sido una detonación, que yo sé muy bien como es un tiro. Todavía me acuerdo de cuando los oí en la mili. Sí, ha sido una detonación. Miró en su reloj: las tres y media. – Bueno… -Dijo su mujer- ¿Y si lo es?, que vamos a hacer nosotros… será el sobrino del Pellicas, que anda otra vez cazando de furtivo…- ¿Tu crees? No sé que decirte… bueno…veremos que pasa. Apagó la luz y al rato estaban  dormidos otra vez.
A las ocho y cuarto, Matachinches,  en su moto Guzzi Zigolo, sucia de varios meses, echando humo por el tubo de escape, como si le persiguiera alguien, corría, por el camino del Arzollar en dirección hacia la carretera de Puertollano. Matachinches, con la chaquetilla de trabajo abierta,  que parecía más bandera al viento que prenda, llevaba la cara roja por la tensión que le embargaba. Exageraba inclinando el cuerpo como si quisiera coger más velocidad de la que podía la moto, daba la imagen exacta de la alarma que llevaba. Diez minutos después estaba en la Comandancia, entrando atropellado, parando sólo cuando el cabo de guardia le dio el alto. Habló con él y después de unos instantes, volvió a salir, más calmado, cogiendo la moto y volviendo a su punto de partida.
Minutos más tarde, salía el Land Rover de la Benemérita hacia la Poblachuela; el cabo Marcial, callaba, y si callaba él, callaba  Suso, el guardia que conducía; detrás, el guardia Blas les contemplaba y se le veía tenso: era el primer atestado al que iba a asistir y lamentaba que fuera tan grave. Llegaron enseguida delante de la nube de polvo que iba haciendo el Land Rover. La mula de Victorio, que pastaba cerca, empezó a dar saltos asustada. Entraron en la casa donde esperaban Matachinches y Perolo. La cocina donde entraban olía a los embutidos que aún colgaban de la viga del fondo  y a la ceniza del hogar, que habría sido encendido la noche anterior. El cuerpo de Julio, el Serio, yacía en el suelo entre un charco de sangre en gran parte coagulado, ennegredecido. - ¿A que hora lo han encontrao? Preguntó el cabo. –Mirusté cabo, Vicente, este de aquí, que es el que ha ido a avisarles con la moto, y yo, habíamos quedao a las siete con Julio, ya sabe usté, ese, el del suelo, para ir a cazar unos conejos  a una finca de Poblete, llevábamos dos galgos, pero no acudía, le esperábamos y le esperábamos y no acudía, hasta que vinimos a por él a ver que le había pasao y ya nos dio mala espina el ver la puerta de la verja abierta, y la de la casa también, la yunta, huncía en el arao; entramos, y le vimos; y ya ven ustés, nos lo han matao. Paró su exposición respirando agitadamente por haber recordado de nuevo el incidente, se vió en ese momento que estaba llorando. – Cálmese, Pedro, hay que mantener la calma, haremos las averiguaciones que hay que hacer y veremos  como resultan. Por lo pronto, una vez que les tomen la declaración, esperen sentados fuera, que ya les diremos lo que precisamos.
Hicieron fotografías, a indicación del juez que llegó a levantar el cadáver a las once y diez. El cura echó sus rezos. Comprobados los poseedores de escopetas del entorno, solo había dos, Victorio y Román el padre de Matachinches. Ninguna de las dos correspondía al calibre de la que mató a Julio, y ni siquiera las habían disparado recientemente.
Preguntaron los guardias en las casas de alrededor sobre el suceso. Al llegar a casa de Mauricio, ya estaba Matilde esperando en la puerta de la casa con el delantal recogido con las manos en la cintura con claros síntomas de nerviosismo. Se había corrido la voz por toda la vecindad de que habían matado a Julio, también llamado el Serio; ahora nadie se atrevía llamarle por su mote. Una cuestión de respeto. Entraron en la casa y a la pregunta del cabo, si oyeron algo, Matilde se adelantó al marido y contestó: - Si, si, lo oímos a las tres, Mauricio, aquí mi marido, y yo nos despertamos a las tres por un estampido que oímos, y yo, ¡qué tonta...! creí que había sio una rueda de un coche, pero el Mauricio, dijo que era un tiro, y ¡vaya si era un tiro! ¡Pobrecico el Julio! Amos, amos, amos, haberlo matao con lo bueno que era…
Esa tarde después de comer, Mauricio con los ojos entornados por el sueño y la digestión, descansaba en la banca del comedor. Su padre, el Tobías, hombre con la cara quemada y arrugada por el sol de toda una vida en el campo, hacía como que hablaba y movía los brazos agitando las manos, retorcidas por la artrosis. Solo se escucho una extraña palabra que repitió tres veces: ¡Torrecto!
Al los tres días siguientes llegó hasta la casa de Mauricio el abogado don Ezequiel. Venía a enseñarle el testamento de Julio. Le había dejado todos sus bienes a Mauricio. Le sorprendió. Eran amigos pero desde que hicieron la mili en la Acorazada Brunete, no se veían apenas. Don Ezequiel tiró de las gomas de una carpeta azul de cartón y le dió las dos escrituras, el testamento y la de propiedad de las tierras y la huerta donde vivía Julio. Cuando se fue el abogado, Tobías le tiró de la manga a su hijo y le dijo: -Vamos encá el Julio. – Pero padre, que no nos van a dejar pasar… - ¿Ande, en el camino? ¡Estás tonto! Tanto el viejo insistió que se fueron los dos hasta el camino delante de casa de Julio. Tobías fue con su cansino y torpe andar y se puso delante de la linde entre las dos huertas, la de Julio y la de Victorio, levanto hacia el frente los brazos  y dijo: - ¿Ves? No es torrecto. – Y qué, padre, que me quieres decir, ¿que debe ser todo recto? Bueno, ya me entero. Luego lo vemos. Vamos para casa, va a coger usted frío. – Sí, y les dices que si han visto la carabina del Nepomuceno, el padre.
Mauricio pensaba al día siguiente de lo que le había dicho su padre sentado en la alberca. Las sombras de los tilos se deshacían en el agua. Un ganso nadaba despacio mirando como corría lenta la mañana. Preguntó a los vecinos cuando estuvo arando Victorio. Repasó luego las escrituras y al día siguiente se fue hasta la Comandancia. Les contó lo que le había dicho su padre, y lo que leyó en las escrituras.
Tres días después se llevaban a Victorio detenido y acusado de homicidio.

Luego se enteraron todos lo que había ocurrido aquel día trágico. Leyeron en el ABC, que Julio, la víctima, se había quejado de que se había metido en su propiedad Victorio mudando la linde: Una línea de seis metros por el camino ganaba, en perjuicio de la finca de Julio, 80 metros cuadrados con un triángulo que había incorporado a la suya. Cuando Julio se preparaba para volver a arar, corrigiendo la invasión, fue a por él y le disparó. Encontraron la carabina del padre de Victorio en el pozo. Mauricio le vendió la casa heredada a un pariente de Julio, policía.  Y su padre, Tobías, cada vez que pasaban por allí, le decía: - Ya te lo  icía yo, Moricio, no macías caso…  
(Publicado en el diario "La Tribuna de Ciudad Real" el 14 de febrero de 2015)

20150309

MISTERIO EN VILLA MÉDICI


La historia que conocemos solo es una pequeña parte, la que hay en manos de particulares en documentos, obras de arte y archivos es inmensa. Un ejemplo de ello es el que voy a contar.
Un día como otro cualquiera, empecé con mis rutinas y decidí pintar las ventanas del piso de la Vía San Francesco a Ripa. Así, cuando salí por la mañana para mi paseo habitual por el centro de Roma, fui a la acera de enfrente y miré a las ventanas para tomar mi decisión final. Bien pensado me dije que no. O lo hacían todos los vecinos o quedaría mal. Las casas en Italia parecen pintadas una sola vez en la vida. Dejé mis dudas y fui hacia el centro donde, fiel a mis hábitos como digo, acabé dando vueltas por los puestos de libros de la Piazza della Rotonda, frente al Pantheon. Estuve un buen rato mirando las publicaciones, sin prisa pero con detenimiento, y eso me dio la satisfacción del día: entre varios paquetes de cartas antiguas atados con bramante vi uno que tenía bastante antigüedad. Lo compré por diez euros, el contenido parecía ser de interés. Leía en el pequeño salón de mi casa de la Vía San Francesco, junto a la ventana y, después de ocho cartas, llegué a una muy antigua que me dejó asombrado. Era un cuadernillo que habría sido sellado en su día con lacre; aun tenía el resto del que se fracturó. Comenzaba diciendo: En el día del Señor, 18 de septiembre de 1631, hago cuenta de los sucesos de los que fui testigo en los jardines de la Villa Médici. Abajo una firma legible con rúbrica decía: Diego Velázquez. Empezaba el texto haciendo referencia de su presencia en la Residencia del Cardenal y Gran Duque de Médicis, por favor pedido por el rey Felipe IV, amigo suyo. Tuvo que hospedarse allí por las fiebres que cogió en los días que estuvo en el insalubre casco antiguo de Roma, donde se pudo infectar cuando residía en las estancias vaticanas. Allí el reposo, la buena ventilación y los cuidados que le daban dieron paso a su mejoría, y ésta la causante de que saliera una tarde de verano a pintar al jardín frente al pabellón que cubría el acceso a una gruta. Recogía en la carta su relación y la conversación con los dos empleados del cardenal que estuvieron ese día con él. Uno era Emerico Agosti, copero, que acompañaba en el paseo a Luis de Pimentel, ayudante de la Secretaría y pariente del Cardenal y Gran Duque. Se alejaron unos momentos para hablar con la que llamaban Cianna, joven hermosa que estaba subida en la balaustrada superior del pabellón tendiendo un lienzo recién lavado. Oyó Diego la conversación: - Buenas tardes Cianna, soy Emerico, mala hora es para tender ese lienzo, pues está cayendo la tarde y no ha de secarse; no creo que sea bueno dejarlo en este hermoso jardín toda la noche hasta que el sol lo seque mañana; ¿recuerdas Cianna que nos vimos el primer viernes del mes?; ¿te acuerdas que te pedí que fueras conmigo a las fiestas del sábado?- Sí, lo recuerdo, Emerico- Dijo ella.- y si bien te dije que haría lo posible para estar contigo,  no me es posible ahora por no estar dispuesta, a pesar mío. Lamento decirte esto pues eres buen hombre y me complace tu interés; pero no puedo ya hacer nada. – Pero dime Cianna, soy Luis de Pimentel; te veo triste; ¿qué es lo que te tiene tan angustiada?; ya sabes que yo, podría procurarte la ayuda que precises, y sería grato complacerte y hacerlo también con el buen amigo Emerico. – No señor don Luis; es su merced muy gentil con su ofrecimiento pero de la tristeza, que es lo me tiene así, no puedo librarme, perdida estoy y solo tendré descanso si encuentro a mis padres que son con los que me he de reunir.
  Diego cuenta en la carta que estuvo en esos momentos pintando allí  el encuentro de los tres en el cuadro que terminaba y oyendo sus diálogos que continuaron buen rato, pero ella siempre hablaba de lo mismo: de su imposibilidad de poder seguir con su vida como se había propuesto. Coincidía la decisión de Diego aquel día pintando al aire libre, -cosa muy rara entre los pintores de aquel tiempo- en los jardines de Villa Médici y precisamente en el paseo desde el que se veían los cipreses que rodeaban al pabellón, en el que estaba la entrada de una gruta. Recordé la referencia que había leído: aquel solar era parte de los jardines de Lúculo, que pasó a manos de la familia imperial de Roma en tiempos de Nerón y en cuya villa murió asesinada Mesalina, la esposa del emperador. Así parecía que la maldición pudiera estar sembrada en aquel solar, pues al día siguiente de terminar el cuadro “Vista del jardín de la Villa Médici” y encontrándose Diego Velázquez hablando con el embajador del rey de España, el Conde de Monterrey, se le acercó don Luis de Pimentel y le rogó encarecidamente al oído, pidiendo excusas al embajador, que le buscara después porque quería hablar con él por un asunto de mucha reserva.
Anduvo Diego intranquilo por el comunicado que el empleado del Cardenal don Fernando le había transmitido, y al terminar de hablar con el Conde de Monterrey buscó a don Luis Pimentel para salir de las dudas y temores que le atenazaban. Lo encontró  en la biblioteca y, al verle, hizo una seña para que le acompañara a una pequeña habitación próxima; al cerrar la puerta dijo: - Don Diego, ¿se acuerda cuando estuvimos en los jardines aquella tarde de la semana pasada? ¿Recuerda que hablamos con la joven Cianna, a la que requería mi buen amigo Emerico, pues tenía mucho interés en ella y a la que había tomado mucha afición? – Si claro- Dijo Diego Velázquez- Me acuerdo y me interesó mucho que por fortuna tuviera a vuestras mercedes en el jardín; los pinté en el cuadro que estaba haciendo. Era buena composición y se ofrecía bien para la obra.- Pues bien, don Diego, debo decirle con gran preocupación que la joven Cianna no debía estar allí. Había sido encontrada muerta dos semanas antes en la gruta del pabellón o logia  donde apareció arriba en la balaustrada en los días posteriores; allí donde la vimos y hablamos con ella. Le ruego pues que no haga mención de esta noticia ni del encuentro que tuvimos pues como debe saber, nos puede traer graves consecuencias con la justicia y con los inquisidores, de los que no se si el Cardenal, pese a ser mi pariente, sería capaz de salir valedor de nuestras personas. Vi su hermoso cuadro y bien está que no se vea bien quienes estábamos allí. ¡Dios bendito, don Diego!, ¡estaba muerta, y la encontraron envuelta con un lienzo blanco, manchado con su sangre! Igual que el que parecía haber lavado y queriendo tender a secar días después.

He guardado la carta, con la firma de Velázquez y lo que relata en ella. Pero me queda una gran duda: ¿eran ciertos los hechos o solo un relato puramente literario correspondiente a la seducción de misterio que provoca la Villa Médici?
(Publicado en el diario "La Tribuna de Ciudad Real" el 7 de marzo de 2015)  

20150208

IMSKET



Circulaba el coche por la carretera de Marrakech a Imi Oughlad. Calentaba el sol de primavera, con las ventanillas abiertas llegaba el aire de la mañana. Pasaban los árboles con sus brotes y hojas nuevos presumiendo de verde y hermosa lozanía. Conducía el automóvil Chafik, un hombre gentil. Me recomendó su taxi el recepcionista del Hotel Naoura Barriére, donde estuve alojado; el coche muy antiguo, aun así, nada más arrancar el motor Chafik, me tranquilicé; sonaba a música. Marchábamos y le miraba mientras hablaba un buen castellano con marcado acento árabe. – ¿Donde aprendiste el español Chafik? Pregunté. – Ah, si, hace mucho tiempo, si, viví en Madrid desde 1998 hasta 2005. Trabajé en un taller de automóviles en Vallecas. Aprendí mucho. Terminé en el concesionario de Mercedes. Me cansó aquella vida. Madrid es una ciudad con ruido y muchos humos. Nací en Marraquech, pero mi familia era de Imsket, donde va usted. Es un paraíso. Soy hombre muy sencillo y con aficiones sencillas, en la juventud fui aventurero y terminé en Madrid, pero me di cuenta cuando era mayor que para ser feliz no hay que complicarse la vida. Ahora, vivo en Marraquech, gano suficiente para dar cuanto necesita mi familia y cuando me canso de ciudad, vuelvo a casa de mis padres en Imsket. Mi hijo y mis dos hijas, estudian, serán lo que quieran ser, pero creo que son también gente sencilla como yo. Así procuramos ser felices. - ¿Qué estudian tus hijos? - El hijo, veterinario y las hijas maestras. -Espero que lo consigan.
Mientras Chafik seguía contándome su vida de taxista, y las diferencias entre la vida de Madrid y la de Marraquech; yo le atendía sin dejar de mirar a las montañas que nos rodeaban. Nos acercábamos  a Imi Oughlad y en la parte baja del talud profundo unas higueras esplendorosas llenaban de intenso verde las vaguadas que serpenteaban junto a la carretera, Una cerceta pardilla sobrevolaba cerca del puente de la curva que se acercaba, y junto al arroyo, una garcilla cangrejera buscaba alimento en las aguas remansadas en un recodo. En mi mano tenía el móvil dispuesto para hacer fotografías pero me dio apuro que Chafik se entretuviera demasiado. Él tenía que volver luego a Marraquech, y tendría jornada que hacer. Miré el salpicadero del coche y me sorprendí lo bien cuidado y limpio que lo tenía. El coche me recordaba a los de mi infancia, era de esa época. –Chafik, (le dije) ¿este Mercedes, cual es, el 220? – Noo, que va, el 220 era después. Este es el modelo 170 S de 1954. Lo compré en una subasta del Ministerio del Interior. Lo tenían abandonado en las cocheras, con mucho polvo y las piezas del motor oxidadas. Me lo llevé al patio de casa y allí fui restaurándolo y poniéndolo para marchar.  Me ayudaron mucho los mecánicos de la concesionaria de Mercedes de la Avenida Hassan II. La verdad es que es un coche precioso. Pequeño, con las líneas curvas de aquella época y negro. La suspensión responde como si acabara de salir de la fábrica.
 Siguió Chafik contándome las excelencias de su coche de seis válvulas y no sé cuantas cosas más, en el momento que doblábamos la carretera en Imi Oughlad para salir a Imsket, paró su discurso para empezar a describirme cuanto íbamos viendo, su tierra.
Aquella noche dormí en Imsket en la casa de un buen hombre: Abdellah, pariente de Chafik, que me recibió como si fuese un pariente suyo. La cena que sirvieron, chukchuka, una especie de pisto de pimientos, tomates y cebolla con un huevo frito, muy bueno, sació el hambre que se despertó nada más llegar. Desde mi cuarto podía ver esa noche un cielo lleno de millones de estrellas brillando con una intensidad que nunca había visto;  y un silencio grande, solo interrumpido por algún ave nocturna. Nos entendíamos bien Abdellah y yo, estando en las mismas condiciones, pobre mi francés y pobre el suyo.
A las seis de la mañana oí al gallo del corral cantar la llegada del día y cómo Abdellah salía de la casa con el ganado. Su mujer, Fatiha trabajaba ya en el corral. Esperé una hora disfrutando del lecho en el que dormía y recordaba las palabras de Homero cuando hablaba de la cama de Ulises, hecha por él y lugar de su mejor  reposo. Todo era tranquilidad y la montaña llenaba mis pulmones de la brisa  limpia, aliento de aire puro. Me levanté, lavándome en la palangana que habían dejado en el cuarto. Apoyado en el alfeizar de la ventana, veía la hermosa luz de aquel día de primavera entrando entre las hojas de una Argania espinosa muy grande. Un mosquitero llamaba la atención desde su copa: tiui, tiui, tiui. Bajé hasta la entrada y me despedí de Fatiha. Tomé el lindero de la montaña que seguía junto a la acequia, pasando higueras, cedros, y sabinas albar, sobre la senda rosa que serpenteaba entre las piedras de aluvión del mismo color. En un recodo, me senté y, mientras oía el rumor del agua que pasaba fresca, me entretuve en contemplar la rara Ismelia, con sus flores abiertas como  margarita saliendo entre hojas dentadas de verde oscuro. Pensaba en los últimos años en Madrid, en mi desigual suerte en el trabajo, mi vida solitaria, peleando día a día por abrirme un lugar digno entre la gente, opresiva, que no dejaba ningún reposo para poder hacer cuanto ansiaba. Creí oír los cascos de algún caballo y, al momento, vi aparecer a un paisano subido en una mula con serones cargados de verduras y fruta que habría recogido, perfumando de hierbabuena su paso; de  alguna huerta del valle. Saludó en árabe y contesté también en árabe. De las pocas frases que aprendí. Seguí mi camino llegando hasta una parte de la ladera desde la que se divisaba el río. Tenía corriente después de las intensas lluvias de semanas atrás. Al llegar hasta un enorme árbol, me senté junto a la acequia. Me quede allí un buen rato ensimismado en el valle y cavilando sobre que iba a hacer más adelante, no sabía que rumbo debía tomar mi vida. Dando vueltas a mis pensamientos no me di cuenta que llegaba por la senda un burro en el que iba subida una joven. Al llegar junto a mí, se paró y me saludó. Salí de mi abstracción levantando los ojos y la vi. Era muy hermosa; de piel muy morena, limpia, de gran ternura que no habría perdido desde la niñez. Ojos muy grandes y oscuros brillando como dos gemas de zafiro. Me sonrió con dulzura y no se atrevía a hablar, entendía que no sabría más que árabe marroquí; me equivoqué.

- Bonjour Monsieur, (dijo) je suis Aïcha, fille de Abdellah. Je suis heureux de vous rencontrer. Si vous avez besoin de quoi que ce soit, faites le moi savoir, je prends plaisir à vous avec plaisir. Les amis de mon père sont mes amis. Dijo en un correcto francés. Me hizo feliz su ofrecimiento cortés y su conclusión  de que, si era amigo de su padre, también lo era de ella. – Merci bien. Contesté agradeciéndoselo con una inclinación; mientras se alejaba y se mecía en la grupa del animal, me miro largamente y regaló una larga sonrisa que hizo olvidar todos mis últimos infortunios. Cuando volví a la casa, mientras desembalaba la caja de mis libros y los colocaba en la mesa de mi alcoba, agarré la pluma estilográfica y comencé a escribir: Hoy he empezado a vivir.
(Publicado en el diario "La Tribuna de Ciudad Real" el 7 de febraro de 2015)

20150202

PARDO



El sábado 17 de febrero del 2007, levantó con niebla. La ribera del rió apenas se veía desde el coche que corría por la carretera comarcal sin prisas. Una bandada de garzas se levantó a su paso refugiándose en los cañaverales quemados por el frío. Quince minutos después entraba en el pueblo y terminaba aparcando enfrente de una casa grande con signos claros de abandono. Rosa llegaba al pueblo de su abuelo a recoger las últimas cosas que podrían interesarle antes de que vendiera su casa. Sentía una enorme tristeza, le parecía una traición encubierta. Pero había que hacerlo; no podía atender el mantenimiento de la casa desde Burdeos. Llenó el maletero de coche con algunas cosas del menaje de cocina que aun tenían buen uso y enteros. Dejó los rotos. Cuando terminó de revisar la cocina y el comedor, subió a la cámara. La escalera de ladrillo cocido y peldaños reforzados con madera, desgastada por el tiempo y las pisadas de cien años, se retorcía por su pared norte que daba al patio, dejando solo entrar la luz por pequeños tragaluces a la altura de las carreras del tejado que subía con ella. La cámara, callaba llena de aperos de labranza, abandonados tiempo ha con  herrumbre y polvo. Luego de buscar entre viejos baúles, encontró uno con libros y, entre ellos, un pequeño librito encuadernado en cartón y tela de color rojo e impresión en dorado, con letras clásicas y grandes. Su titulo decía: “Pardo”. Leyó algunas páginas y sin pensarlo dos veces lo guardó fuera de las bolsas donde recogió los demás. Cuando se acostó, echada la noche, encendió la lámpara de la mesita de noche; cogió el pequeño libro y comenzó a leer:
“Arrancó Bretanión Gonzalves la página del taco del calendario y quedó a la vista el día: 25 de enero de 1997. San Agileo, San Artemas y San Bretanión. Hoy era su santo. Olía a colonia fresca después de ducharse y apuraba el desayuno en la cocina. Veía caer la lluvia en el ventanal, escurriendo el agua por los cristales que cobraban vida. Detrás, en el patio, el esqueleto de la higuera lucía con claridad sus ramas grises brillando por el agua. Entre el agua que caía, copos de nieve permanecían unos instantes en el cristal hasta fundirse y desaparecer. El día frío aun con la chimenea en la que ardían con fuerza tres gruesos troncos irradiando calor hasta el centro de la habitación, no terminaba de caldear la casa. Lavó la taza, los platos usados y mientras se secaba las manos miraba la carta de su hija que había encima de la mesa. Hasta el verano no volverían. Era normal que hiciera su vida; su marido, Georges, y Rosita, así se llamaba su nieta; además de su trabajo, era ahora lo principal. Hubiera preferido, se decía, que hubiera encontrado trabajo en Madrid, pero si hubiera sido así, no habría conocido al marido, ni habría tenido a la niña, esa preciosa chiquilla que quería mucho a su abuelo, como ella misma confesó más de una vez. Bretaña, quedaba lejos de Villanueva de los Infantes… Dejó de pensar en ello, siempre le producía una gran tristeza, así que, se fue hacia el zaguán donde cogió la pelliza, la boina y una bufanda de lana que le compró su hija. Al abrir el portalón, una ráfaga de viento con aguanieve le dio en la cara, se enfundó los guantes y, con paso firme, se fue hacia la plaza. En la librería entró haciendo sonar la campanilla de la puerta; el calorcillo del brasero que tenían en la trastienda perfumaba de jara toda la casa. Sonrió al ver a Sarita, la hija de la dueña, y pidió el periódico. Pagó, cambió algunas frases con ella y con otra sonrisa salió a la calle rumbo a la plaza. Después de unos minutos en la Calle Cervantes en dirección hacia el centro de la ciudad, abstraído y mirando hacia adelante le pareció oír un quejido. Miró hacia el hueco de un viejo portal y en el suelo vio un galgo muy flaco que le miraba. Le aguantó la mirada unos instantes. El animal bajó la cabeza como se quisiera asentir, sin perder la enorme tristeza que había en sus ojos. Bretanión sintió una enorme pena por él y de manera espontánea le dijo: - ¿Que te pasa muchacho?, parece que estas solo.- El galgo, de manchas marrones sobre fondo ocre claro, como rastrojo, sin dejar de mirarle, agachó de nuevo la cabeza como si entendiera lo que le decían y estuviera asintiendo. -¿No tienes a nadie que te cuide? Volvió a agachar la cabeza sin dejar de mirarle. – Bueno, verás, es que yo estoy solo y no puedo responsabilizarme de un perro, aunque sea bueno, como pareces ser tú. Si tengo que hacer algo fuera, te tendría que dejar solo, y no digamos si tengo que ir a Ciudad Real o Madrid: no te podría llevar. No tengo coche, solo la vieja bici en la que tú no cabes. De verdad, me encantaría cuidarte, pero no puedo. Solo soy un pobre viejo que vive solo y con mucho respeto por los animales, para mí no son un entretenimiento, ni siquiera un sirviente para que sirva. Un perro noble como tú debería vivir en libertad haciendo la vida que se le antoje. No. No me mires así, ya sé que estas muy triste y necesitas ayuda, pero no se cómo dártela sin tener que responsabilizarme de ti, y, ya te digo, eso, no lo puedo hacer. Bueno, si estas aquí luego, ya te traeré algo de comida. Ahora, voy al centro a hacer mis cosas.
Se miraron un buen rato, mientras que el perro, cada vez que sonreía Bretanión, movía la cola, aun con dificultad. Respirando profundamente, y estirando la espalda, como si quisiera llenarse los pulmones con todo el aire de la mañana, le hizo una señal de despedida con la mano al perro y siguió su camino.
Volvió Bretanión a echar las maldiciones de rigor cuando entraba en el banco, él que era todo educación y respeto, en voz baja se cagaba con energía en todo el Consejo de Administración y en la madre que los parió. Terminaba entre dientes, con la sentencia que repetía todos los días que entraba allí: ¡Esto es la cueva de Alí Babá y, no son 40, sino muchos más los ladrones que habitan en este santuario de la delincuencia consentida! Se dirigió a Alfredo, el empleado que siempre le atendía, y resolvió todas sus gestiones, incluidas las devoluciones de los recibos de las empresas de servicios a los que les trataba por igual que al banco. Luego pagaba los que ya devolvió el mes anterior convencido de la razón que le asistía: La ley exige facturas antes de cobrar. Tomando  de nuevo la calle llegó hasta a barbería para arreglarse el pelo. También le afeitaron: cuando se enteró Bretanión que la clientela flojeaba, pidió que le rasuraran; entre los dos, dieron un repaso a la república. Cogió sus cosas y, al salir, con el tintineo de la campanilla, vio que en la calle le esperaba el galgo pardo que vio en el hueco de un viejo portal. Se miraron unos momentos. Finalmente, le dijo: - Bueno, Pardo, vente conmigo. Veremos cómo nos las arreglamos. Le siguió el galgo camino del taller del guarnicionero. Allí compró una correa, un collar ancho, en el que el artesano gravó con una lezna: “Pardo”. 

Así estuvieron conviviendo y conversando Bretanión y Pardo, que recuperó sus carnes, durante unos años; hasta que un día de tormenta, entre truenos, llegó hasta su casa el cartero: traía una carta de  su hija. Se encontró a Bretanión sentado en la mecedora de la galería, dormido para siempre. A sus pies, Pardo yacía muerto con su cabeza sobre su pie, como si hubiera acordado acompañarle”. 
(Publicado en el diario La Tribuna de Ciudad Real el 31 de enero de 2015).