20090904

A LA SOMBRA EN LA RIBERA


El rumor creciente del agua que pasa sin detenerse ni un segundo llena toda la mañana de cristalina música que inunda toda la espesura. Veo al fondo la umbría de la otra ribera, donde una lagartija pasa rápido buscando los escasos rayos de sol que iluminan los musgos cerca del agua. Un jilguero repite su llamada y otros, a lo lejos, dentro de la arboleda, siguen con su frecuente comunicación. Cerca de mí, colgando sobre el agua una rama de fresno se balancea con la brisa y refulgen sus verdores con la claridad luminosa que le da el sol, destacando sobre el fondo oscuro del bosque. En la rama, una libélula acaba de llegar y se ha posado sin detener apenas sus élitros.

Miro al libro que dejé encima de mis piernas, cuando decidí dejar un momento de leer: no puedo evitar ver mis manos con la huella del tiempo marcada en ellas. Aún recuerdo con claridad la limpieza de mi piel cuando las manos apenas tenían once años. Entonces también me sentaba a la sombra de un nogal para leer, casi siempre para estudiar. Me paso una mano sobre otra para sentir el tacto una vez mas y no puedo evitar un pequeño suspiro propio de haber contenido la respiración mas de lo debido.

A la derecha, las ramas de un marzoleto están cargadas de flores en sazón y llaman a las abejas insistentemente; sube y baja con los pequeños golpes de viento que la brisa trae desde la sierra.
El blanco impoluto de las pequeñas rosas del manzano silvestre llama a la luz para su reunión permanente y hasta los pequeños insectos que tratan de sacar algo en limpio del ramillete de sus estambres hacen su oficio de libar con prisas y sin detenerse ni un solo minuto. Respiro nuevamente, como si fuera la primera vez que lo hago y reclinándome en la hamaca cierro los ojos para el descanso.

No hace mucho que empezó todo, pienso. Como si de un lunático fuera así me escucharon cuantos avisos dije en todos los sitios donde tuve audiencia. Trabajo baldío. Tal y como pensé al principio solo se tomaría en serio el asunto cuando se viera al cielo tronar como nunca lo había hecho, nevar de manera tan copiosa que, antes de terminar de limpiar la calle, ya estaba otra vez llena de nieve. Un viento helado que llenó los vidrios de las ventanas de súbitas cristalizaciones de hielo, ramificando su congelación, vino por fin a dar cuenta de la seriedad del clima que se habría trocado como no se esperaba. Una tonelada de agua en forma de nieve por metro cuadrado, y en algunos sitios dos, dio cuenta de los hundimientos en el llano. La nieve cubría por fin la desolación de una tierra exhausta que esperaba agua de otra forma. La nieve en un copo es leve como una pluma, pero su reunión en bloque puede ser demoledora.

El gran hundimiento se fue extendiendo por toda la llanura. El rugir de la tierra puso a los sordos, los que nunca quisieron oír el efecto de sus desmanes, en cura. Ya era tarde.

Estamos en el mes de julio y apenas cuatro semanas de templado sol nos visitan. El verano se termina con el rumor del agua que corre, extendiendose su música por la ribera. Los insectos cumplieron con sus previsiones y siguen viviendo después de haberse desplazado tanto. Tranquilidad en la ribera, solo los pájaros se atreven a conversar; como si no hubiera pasado nada.

20090902

TABLAS DE DAIMIEL: COMO ERAN ANTES DE SU ACTUAL DECLINAR




(Relación de Pueblos de Felipe II. Daimiel. 13 de diciembre de 1575)


Las Tablas de Daimiel, protegidas (sic) por la figura jurídica de Parque Nacional desde 1973, no fueron nunca como ahora se las ve. La naturaleza dotó a las tierras del campo de Calatrava de un lugar llano, encharcadizo, en el que un paraíso natural hizo su asiento. Famoso en la antiguedad por sus recursos naturales, por su extraordinaria biodiversidad, enriquecido por el amplio y luminoso cielo de la Mancha, el que parece haber caído dulcemente, con toda su inmensidad, sobre la tierra, declina en un último extertor ante la pasividad de los nativos, mas atentos a apurar hasta la consunción sus recursos de agua que a ver cómo el gran huevo de oro de su biodiversidad se pierde, y con ella su futuro y el de sus hijos y descendientes. Posiblemente si se pierden su fuentes hídricas finalmente, como parece ser, nunca mas será como antes. La tierra busca su asiento y la gran esponja que retenía sus humedales se convierte en una tierra compacta que se vengará con crecidas y arrastres nunca conocidos.



Las Tablas en el siglo XVI eran así, como se describen mas arriba. Para mas información:

http://www.uclm.es/ceclm/b_virtual/libros/Relaciones_CR/index.htm


20090820

VUELTA AL MAR

Por esta ría hice mi iniciación a la náutica. Mi amigo el Guaje tuvo la santa paciencia de enseñarme las primeras letras.
Cuando te abres al mar, el viento y el oleaje es muy distinto de la navegación fluvial. La mar es como si volvieras a estar en brazos de tu madre, indefenso y a la vez con toda la vida en tus manos. No se termina de comprender el auténtico valor de la navegación de los tiempos anteriores al motor hasta que no te haces al mar a vela.
Los días que estuve navegando volvieron a mi memoria todas las escenas de navegación memorizadas desde chico, de los libros que leí. Las aventuras de Sandokán, y de los piratas, de Salgari, Moby Dick, de Melville y tantos otros en los que sentía la vida en el mar. La imaginación es un oficio muy próximo a la aventura, y ésta, está permanentemente en el mar.
Hace 2600 años algunos de los celtas que poblaron Navia hicieron más de una vez la ruta de salida al mar desde la ría. Bien es verdad que el trazado de la ría esta modificado por la obsesión ingenieril, pero la naturaleza, que es terca, tiende a ir poniendo las cosas en su sitio mas pronto que tarde. En aquel entonces, la salida se hacía con remo y con vela. En tierra, carpinteros de ribera, armadores y constructores, fueron reteniendo con la experiencia las pericias para el aprovechamiento óptimo de las maderas, del calafateado, y de los cabos y velas que hacían posible el desplazamiento por el mar. Los marinos, desde siempre fueron progresando con su experiencia y mejorando con selección natural, los más diestros, los mas expertos eran los que sobrevivían y trasladaban su ciencia a los demás.
Las cuadernas de un barco crujen, suenan, con el movimiento de las olas haciendo suyo el quejido que han hecho las ramas de los árboles al rozarse unas con otras por el viento racheado.
El viento, permanente compañero del mar, va y viene con su invisible transitar, esperando que las velas denuncien su empuje.
Las estrellas, referencia fija para el marino, suelen ocultarse con las nubes para mayor inquietud. La brújula, que marca el rumbo a seguir fue el permanente asidero mucho mas tarde. Así, la navegación, solo se hacía mas tranquila sin apartarse de las costas.
Me preguntaron si me mareaba con el bailecito de las olas. Es verdad que en otros sitios me he llegado a marear algo, como en las atracciones de la feria o en los columpios. Pero en el mar ni siquiera se me puso la cabeza tonta. Sospecho que debo tener algún antepasado marino, porque mi entrada en la navegación fue como volver a casa. No creo que sea la última vez que lo haga. Bien está lo que está bien.

20090819

LA TORMENTA


Todos los días nos rendimos a la naturaleza y cerramos los ojos perdiendo el sentido. Todos los días, sin faltar uno, dormimos y finalmente despertamos. Al hacerlo recuperamos normalmente todo lo que dejamos el día anterior, la memoria no nos falla, (al menos por el momento) y así reconocemos todo como si nunca nos hubiéramos la razón.
Sé que al despertar, si al asomarnos a la ventana hay un cielo muy cerrado la sensación es que parece que las cosas cambiaron sustancialmente. En estas latitudes no es habitual encontrar los cielos demasiado cerrados, incluso cuando va a llover. Ver un cielo negro, con las nubes densas y amenazantes, con las luces cambiadas, da un escenificación de lo extraordinario y asoma la auténtica dimensión de la fuerza de la naturaleza.
En su cuadro “La Tempestad” Giorgione, como se llamaba a Giorgio Barbarelli da Castellfranco (Veneto), pintaba un cielo muy denso y cerrado y, en una de las primaras veces que, en la pintura de la época, aparecía como protagonista principal el paisaje, la naturaleza y no las figuras del cuadro, una mujer y su hijo, con un hombre al fondo observando. Era la puesta en escena de la natura como fuerza indomable por encima del ser humano y sus cuitas.
El azul casi veraniego de estos días se fue mudando hacia el pardo color del bochorno. El viento agita las semillas y tierras más llevaderas y una calima caliente, como rosácea niebla espectral, se cierne sobre nuestras tardes. Los árboles se oscurecen en su verde, tostado por el estiaje; las casas se tiñen de colores en tonos pastel que dulcifican sus luces. Y en los cuerpos de todos nosotros sufrimos las acometidas de las mudanzas en la presión atmosférica. Jaquecas, migrañas, y depresiones se asoman habituales. Es la presencia de la naturaleza que viene, como suele hacer, a darnos el toque habitual para decirnos: yo soy la dueña y señora de este orden.
Giorgione, maestro del gran Ticiano, da una lección de color y luz con la mayor expresividad de un sensible artista. Recuerda cómo la naturaleza es la madre de la vida y, de vez en cuando, muestra su cara más temible. El nacimiento, el amor, las pasiones, el poder, la civilización; todo, cede ante la naturaleza que cobra su tributo, o simplemente recuerda que solo somos hijos de ella. Nos podemos creer que somos los que dominamos el mundo, el curso de la historia parece darnos la razón; sin embargo, la naturaleza, advierte algunas veces nuestra condición y nos puede truncar cualquier proyecto que no respete la vida y las leyes que la rigen. El olvido de esto puede traer el atropello de las relaciones humanas, de interponerse entre los que quieren vivir con un poco de felicidad. El artificio esta siempre más lejos de la felicidad que el orden natural.
Y el orden natural, se pierde tanto cuando se entrega uno al sueño, como se recupera al despertar. Como cuando sale el arco iris con la primera rendija entre las densas y oscuras nubes de la tempestad.

20090805

LA MANCHA HÚMEDA VUELVE (O EL DEQUITE DE LA NATURALEZA)




En estos momentos, no es seguro que haya que preocuparse para el inmediato futuro por el llenado de los acuíferos de la Mancha. El anormal comportamiento de la Corriente del Golfo indica que el clima va a cambiar drásticamente. No están lejos los días en que los cuatrocientos litros anuales de precipitación en la zona se troquen en cuatro veces más. (Ver el siguiente blog: www.climaticchangenow.blogspot.com). Por otra parte, las extracciones para riego no van a ser necesarias y los extractores compulsivos se verán en el trance de tener que vender las bombas de extracción y pensar en otros cultivos, por el cambio brusco de clima.
Creo que no estaría mal que se dieran a las castañas y a la ganadería. Los castañares pueden ser el gran cultivo de la Mancha en las próximas décadas. Y las vacas, ovejas, cerdos y demás especies aprovechables, que tendrán pasto permanente todo el año. O a la industria del Marron Glacè. Ourense no va a ser un competidor, por los cambios que vendrán.
Las poblaciones de la Mancha no tendrán, en absoluto, problema de abastecimiento de agua, ni de su calidad.
Lo único malo (o excelente para la naturaleza y para todos) es que habrá amplias zonas de la Mancha que estarán permanentemente encharcadas como lo estuvieron en siglos pasados y, esas hectáreas, están en muchos casos ocupadas incluso por las poblaciones. La Mancha húmeda será una joya natural internacional de nuevo. Aunque haya que salir a nado en algunos casos. (La foto es un anticipo). Q.KO.

20090715

ESCAPADA A LA BRISA DEL MAR



He vuelto a tomar el Metro y en la línea 3. Todas las mañanas voy al trabajo metido en el socavón como iba antaño a clase. Los coches son más modernos, rápidos, y tienen unos monitores sordomudos que van dando información sobre múltiples cosas, mientras arriba en la calle siguen los martillos hidráulicos torturando los oídos, como entonces, en los calores del verano. Los vecinos de Madrid nos estamos forjando para cuando sea viable la vida en Marte, una vez que se complete la terraformación del planeta. Los índices de acidez, contaminación, y luminosidad de la atmósfera madrileña, son un buen comienzo para preparase para el viaje.
Pese a todo las viejas casas del casco antiguo permanecen firmes y con la misma apariencia que cuando todavía creía que no iba a envejecer nunca. Siguen oliendo a cocido, a humedad crónica y solo el sonido se ha visto cambiado por las nuevas voces que los pueblan. ¡Mira mi amol no me hagas salil otra vez que ya vine de trael los mandaos! Se oye por el hueco del patio. Sigo leyendo con más interés recuperando mi antigua costumbre de escapar al mundo de las páginas. Solo me puede rescatar la promesa de volver a tomar unas cervecitas bien tiradas en la primara tabernilla que sepan hacerlo en condiciones.
La luz del mes de julio sigue inclemente en las calles calentando el asfalto hasta el punto de licuación. Calor desde el suelo, desde los motores de los coches que pasan a oleadas soltando un abrasador aliento, y desde las rejillas del aire acondicionado que hacen mayor el infierno madrileño. Hoy marcho a las vacaciones con la esperanza de refrescarme con la brisa del mar. Los vencejos que vinieron de África hace tiempo que planean por las calles al atardecer, junto con los aviones y golondrinas. No se oyen las campanas avisando de las novenas, pero aún hay gente que se sienta en las terrazas de las aceras creyendo que el fresco es una situación y no un producto directo de los cambios de aires. Por eso, como si fuera un tic o hábito irracional, se sientan y ponen cara de alivio fingido mientras hablan con gran lentitud de la última crisis que, como todas las que han pasado, parece no acabar nunca.
Un perro estaba echado en el umbral de un portal, aprovechando el fresco del las baldosas. Algo así es lo que voy a hacer para descargar el cansancio y el estrés que he acumulado en todos estos meses de ajetreo. Me asomaré como siempre al periódico, que cerraré con el convencimiento de que todo es mejorable. Como siempre.Q.Ko.

20090624

CORDETAS

(Cordeleros de Jávea. Joaquin Sorolla)

El esparto tiene dura fibra, si se trabaja bien. Tanto si es simplemente machacado como si lo es cocido. En los rastrojos del estío, donde la Mancha se hace infinita de ocres y amarillos dorados en los que el sol se entrega con luz deslumbradora a la caída del sol, en las tardes de agosto, los rastros de cordetas abandonadas descubrían antaño las rutas de la siega. Labores ya abandonadas por la mecanización, como se abandonaron los caminos y sendas para ir sentados en un sillón, con el fresco puesto, atravesando llanuras inmensas como si un sueño fuese. A veces traigo a la memoria la imagen de aquellas cordetas como instrumento natural que nos ataba a la antigua condición humana de estar íntimamente unido a la naturaleza. Imagen de un trenzado de amarillo verdoso que abrochaba la propia de los serones cargados de hortalizas, de las aguaderas de cántaros cargados de agua fresca recién sacada de las profundidades de la tierra y de aquellas otras que marcaron la huella indeleble de los contornos del queso manchego, el más recio y sutil de los quesos, el que introduce la mejor ingestión, como la batuta lo hace con el concierto. Capaz de encubrir un mal vino si es menester, y dar este con queso. No así de los consistentes caldos de las antiguas uvas, cultivadas al secano, maravilla de los vinos que en el mundo han sido.

La atocha del esparto será siempre la fiel referencia del aprovechamiento inmemorial de las llanuras altas de la Mancha, y seguirá atando firmemente las buenas ocurrencias de un manchego perdido entre tanto erial. Los únicos capaces de hacer una magistral obra de arte con la nada. Q.Ko.


20090620

LAS BRASAS DE LAS CUATRO


A las cuatro tenía que salir a por la ropa tendida. Cuando llegué a la cuerda estaban todas las prendas calientes como si fueran a arder en cualquier momento. El cielo abrasaba, el sol no era más que una enorme ascua que halgún dios griego estaba aproximando a la tierra para impedir que todo ser vivo saliera de sus frescos escondrijos. Las piedras del camino enlosado que separan la casa de la alberca ardían y no podia parar ni un solo momento sin riesgo de quemarme las plantas de los pies. Entre tanto fuego, unas chicharras aserraban con su canto reiterante la brillante luz deslumbradora, para la que no podía hacer mas que entornar los ojos en una fina rendija entre párpados. En ese mismo momento recordaba el camino empedrado, meses antes cubierto de medio metro de nieve, helado, con las nubes ocultando el mismo sol que ahora quemaba. En un instante llegué hasta la casa. Los tapiales salvaban el enorme calor de fuera y, dentro, una umbria de frescor cubría el zaguán en el que colgaba una alcazarra rezumando el agua fresca que contenía. La cogí y bebí un poco. Con el calor aún puesto me quedé rendido en el poyo sin ganas de hacer nada. Pensé en el sentido de la vida, en el tránsito de las estaciones y en la fragilidad del cuerpo humano ante los elementos. Solo quería descansar. Miré al techo, donde se reflejaba la luz de la ventana entornada y, viendo invertidas las sombras de los que pasaban de tarde en tarde delante de ella, me quedé dormido. Una forma dulce de morir, pense yo, cerrando los párpados poco a poco, dejando las fuerzas fuera de mi y sin el menor reproche.
A la caída de la tarde, me despertó la palanca de la noria golpeando en el freno. Estaba el burro uncido a la vieja forma, sacando el agua del pozo, poco a poco. Los pájaros volvieron a su trasiego cerca de la alberca y yo volvía a la vida con las ganas recobradas. La luz del camino, entre los árboles y arbustos, seguía siendo brillante, pero ya no ardía. La tarde se mostraba hermosa y junio volvía a ser junio.Q.Ko.

20090619

AZOTES



Llegan malos tiempos. Entretenidos como estamos con la crisis económica mundial, apenas somos capaces de enterarnos que algo mas grave se nos viene encima. Ahora ya no me precupo tanto de cómo voy a afrontar las cargas financieras que me corresponden sino de cómo evoluciona la temperatura del agua en el Atlántico norte. Parece ser que esta descendiendo y que la velocidad de la Corriente del Golfo ha bajado un 30%. Si esto sigue así, ya teníamos que estar preparándonos para el gran enfriamiento. Preparar nuestras casas, empezar a cultivar especies resistentes al frio y hacer acopio de lo que se pueda para tiempos de carestía. La naturaleza es una madre que tiene un genio muy severo. Cuando las cosas no marchan bien suele despacharse con azotes en nuestro culo; y, nosotros, respecto a ella, apenas somos unos tiernos infantes indefensos y que, en la mayoría de los casos, cuando nos castiga, solo tenemos margen para llorar amargamente. Vienen tiempos malos, de grandes cambios y nuevas formas de gobernar. Los que tengan la responsabilidad de ser gobierno tendrán que establecer otras prioridades y no las que estamos viendo ahora. Creo que los politicos de la gresca y la distración, los que ejercen el poder (aprovecharse la vis pública) pero no hacen política (analizar los problemas y dar soluciones) tienen sus días contados. No va a haber margen para hacer las sandeces de las que estamos acostumbrados todos los días a ver y consentir. El medio tomará su prioridad y tendremos que espabilar. O seguirá la naturaleza dándonos azotes, cada vez mas fuertes, primero con unas ramitas, luego con las alpargatas y al final con algo mucho mas duro. No hagamos lo que hicieron en la corte del Imperio Romano de Oriente, que los bárbaros les pillaron discutiendo sobre si los ángeles eran hombres o mujeres. Salvemos el culo, utilizando la cabeza, que es la única manera. Q.Ko.

20090613

SIEMPRE EN UN LUGAR PRECISO



Sigo encontrando entre las calles, de cuantas ciudades vivo, un lugar preciso, donde parar y recordarte. Es una fijación mía o una bendita maldición que me tiene atrapado sin remedio. Eres tu quien me trae siempre la llave del recuerdo.

De las luces de la Poblachuela, en las tardes jóvenes y calientes del verano, tostadas en una dorada luz que se refresca en las umbrías de los álamos. Del canto de los grillos al atardecer, cuando la paja se humedece en las borduras de las huertas y Venus tilila en el horizonte, con un silencio clamor que ilumina el declinar del sol agotado.
Eres tu también, la que me dice al oído cuanto tiempo va pasando sin remediar las ausencias, y celebrando nuestros encuentros. Incluso te ví en el norte, sorteando las malas horas que suelen venir con la soledad endurecida por la lejanía.
Y tú me traes la luz simple y brillante de aquella luciérnaga que se escondía entre la albahaca, en la noche silenciada de Tresenzinas.
Bajo la constelación del Cisne te acercaste a mi para compartir su radiación. Pero tú, que nunca reprochas nada, que sonríes siempre cuando acudo a mirarte, vuelves a mí en el último rincón en el que me encuentro.
A veces, con tus ojos negros de profundo y hermoso suspiro; o verdes oscurecidos, por cómo me miras asombrado por mis cosas, desde que eras chico; o azules, en todas las coincidencias que tengo contigo desde chica; o marrones verdosos que aguardan, entre tus manos pequeñas, las que cojo sin cansarme desde que eras niño.
Sigo encontrando por las calles, allá donde me encuentre, un lugar concreto donde parar y recordaros. Sois, yo mismo, que me encuentro en vosotros recogido. Jugando a que vivo independiente, cuando vivo pendiente de vosotros todo el día.Q.Ko.

20090606

LOS ESTORNINOS ...Y MÁS.


Los estorninos de la plaza de Concepción Arenal me van a echar de menos. Subía cabizbajo por ella cargado con la cartera como un colegial, camino de la oficina. Posiblemente me pesaba más la soledad y la pelea por hacer bien mi trabajo que los menguados papeles que llevaba. Me echarán en falta también el del kiosko de prensa, que ya no me deseará buen día, luego de pagar el El País.

Las calles de Ourense han tenido una pasada por la democracia, y sin embargo, aun se resisten viejos y pétreos vestigios de la dictadura. Los vecinos son duros, estoicos, y tienen, en general, buen corazón. Me recibieron como al hijo pródigo y solo tuve rechazo de unos pocos, mas preocupados por sus pequeños dominios provincianos, acosados como están por su pésima autovaloración personal.
Largué una conversación interesente con Quique, el dueño de O Frade, enganchado como yo en el jazz y en el aprecio del saber vivir bien con las pequeñas cosas de la vida. Como los cafés tranquilos del sábado y domingo en El Café Latino, asomándome al mundo con el periódico. Las conversaciones del ambiente me acompañaban durante las soleadas mañanas de este invierno primaveral que disfrutamos. Aún escucho las pisadas en la piedra de las losas de la plaza Mayor, en el día de San Martiño, con los olores del alambique improvisado en la carpa que instalaron, llena de artesanos y recuerdos. Descubrí que el corte alcoholico lo hacen ¡a ojo!; ya me explico algunas cosas del caracter errático de algunos. En esa Plaza compré un domingo una moneda de Carlos IIII, que por unos pocos dineros, con ella, me guardé una parte de la historia del país. Echaré de menos mis conversacines con el Guaje, dándo vueltas a la república y a las desventuras y éxitos del Madrid.
Ourense llena de rumores de rezos y de pitanzas, musicada con el cristalino sonar del viño escanciado en las copas, generosas siempre, y nunca solas; con la compañía de tortilla, orellas o unas cremosas croquetas que hacían temblar los cimientos de la civilización.
Me vine con una incipiente tripa, preñado de la tristeza de alejarme de buena gente que hizo de mi vida en la ciudad un buen transitar por los días. Ata logo Ourense. Fabularé moito contigo. Mi sangre, sin duda gallega, hace tiempo te tiene muy cerca.

20090603

APARTARSE UN POCO



Ourense quedó atrás. Con la ciudad he pasado días de tranquilo deambular por sus calles cargando con mis cuitas, muchas de ellas salidas del trabajo. No se aún si las ilusiones propias de la juventud, que aún retengo con fuerza, van siendo ya baldías y tan hueras como los días muertos que pasé encerrado en el piso, viendo pasar las horas, transportado a las páginas de las últimas novelas que leí. Hueras por mi constante necesidad de hacer cosas, que no del todo por leer, que siempre me trajo buenas rentas para mi persona. Pero en todo caso faltando la compañía de los que mas me quieren. Ha sido una pequeña época muy fructífera, sobre todo en amigos.
Las últimas semanas las pasé transitando, contaminado por las aguas tuertas de la fuente de San Pedro de Rocas. Bebí sin pensar en su potabilidad y luego sentía la amargura permanente del eremita, que supongo se pasarían las horas apartándose del mundo para sentir mas le necesidad de estar en él. Decía Chesterton que el hombre en soledad tiene mas conciencia social que el que está en compañía. Algo debe ser así porque cada vez que me he sentido con más conciencia social ha sido apartado en el campo, viendo al mundo desde la platea. Allí se tiene más tiempo para el análisis y la elaboración de proposiciones. En Ourense he tenido tiempo para todo, para pensar y para devorar algunas orellas picadas regadas con Ribeiro de barril.
En San Pedro de Rocas hay tumbas excavadas en las rocas, dentro de las oquedades, también excavadas en ellas, a modo de iglesia como las de Kum Ram. No hay mucha luz que llegue en la espesura del bosque, y la lectura debía hacerse en el exterior o a la luz de algún candil de aceite. Cuando volvía de allí, pensé que la vida de aquellos eremitas era la más perdida de todas las vidas. Y sin embargo alguna virtud debieron encontrar, aunque solo fuera el tesón de arrancarle a las rocas las formas de aquellas sólidas construcciones.
La vanidad humana hace a veces que algún mortal piense que ha descubierto la pólvora, lejos de averiguar que ya se empleó hace siglos por lo chinos. Pero cuanto mas pequeño se es, (no me refiero a la estatura física, sino a la intelectual, aunque algunos también acumulen aquella) mas se ve obligado a prescindir del saber de otros, apoyándose en la personal vanidad. Son los que van de triunfo en triunfo hasta el desastre final. Por eso veo necesario que cada quisque haga una apartadita en el campo mirando para adentro y olvidando la vanidad, veneno propio de los que menos valen.
Han sido ocho meses intensos en Ourense haciendo el trabajo propio del que aún cree en el bien de la república y no en el lustre personal. Pero ya se sabe que esto siempre conduce al apartamiento. Seguiré con otras tareas y, quién sabe, a lo mejor termino mas satisfecho que de esta aventura mía por el norte.
Ahora tengo que hacer la declaración de la renta y después de enterarme de lo que se hace con los dineros públicos en la Unión Europea, y aquí también, pienso lo mismo que pensaba el crego Sarmiento, que no comprendía cómo podía calcularse el diezmo dun capón o dun carneiro, que era lo mas que tenían los humildes.
Los que vivimos de un sueldo, aunque sea bueno, no deja de ser la parte ínfima de los que tienen rentas por otras actividades. Especialmente los financieros que siempre ganan, incluso en las crisis como la que vivimos.
¡La madre que los parió!.. Una apartadita en plan eremita les vendría bien, eso si: ¡sin spas!

20090314

ESTOY CON HERÁCLITO:TODO CAMBIA


Tenía que comprar el pan y fui, como todos los sábados que puedo, a la panadería, a comprar pan recién hecho. Comprar el pan puede ser un motivo mas de hacer nuevas cosas. Miré a la estantería. Los más grandes a la derecha y los pequeños a la izquierda. Las empanadas habían llenado con su penetrante olor toda la panadería y apenas sabría distinguir dónde estaban las de carne y dónde las de marisco. Asomó el panadero, con cara de venir de las profundidades del infierno, por la puerta, lleno de harina. Supongo que para observar a la parroquia o aliviarse del encierro y, en ese momento, me preguntó su mujer cual quería. Sin darme cuenta le solté en galego: un pequeno, señalando a los redondos. Un euriño, me dijo, y pagando, cerré la transacción saliendo despacio de la panadería después de guardar en la memoria cada una de las sensaciones y olores que retuve. El sol llenó el barrio de San Francisco esta mañana y bajando hacia el casco antiguo recibí el perfume de un árbol en flor cuando crucé el paso de cebra. Parecía un peral en flor, pero ¿a quién se le ocurriría plantar un peral en el cruce de una calle? Quizá sea un árbol de la misma familia.
La catedral se dejaba querer por la mañana y apenas había trafico por las calles. Marzo ha empezado bien, con ganas de agradar, y hasta los precios de los comestibles se empeñan en darnos una buena acogida. Me siento bien y no tengo ganas de conflictos. Lo noté cuando me dieron un capuchino habiendo pedido café con leche. Me lo bebí con tanta resignación como disgusto, pero… no dije nada. Simplemente me lo bebí. El café capuchino me ha parecido una mezcla como las que hacía mi hermana pequeña cuando jugaba de chica a hacer comiditas. No puedo más que sentir un poco de repugnancia.
Leía el periódico con atención y vi la foto de un presunto mago de las finanzas que se presentaba a juicio vestido con un traje de mil dólares y, sorprendentemente, con cara de conformidad, resignado, sin mostrar el menor temor y con gesto de estar pasando un trastorno pasajero. Creo que piensa que todo es un mal sueño y que volverán las cosas como estaban siempre. Cuando están en las alturas de Wall Street llegan a pensar que no hay retorno en su situación de muy ricos, son incapaces de gastarse lo que ganan y siempre tienen más. Saben que pueden comprar casi todo. Hasta que el azar les arrolla. En otro tiempo me hubiera indignado con semejante bribón, hoy apenas lo aprecio como un animal callejero que hace lo que no debe, pero al que no hay manera de hacerle cambiar. Pero, ya lo creo que las cosas cambian. Oigo a la gente de las mesas hablar y dicen lo mismo de siempre. La crisis no puede con la conversación trivial, ni con las ganas de vivir y de comunicarse. Pareciera que repiten lo mismo de siempre, pero aunque guarden una cierta rutina, todos los días cuentan otras cosas. Lo necesitan para sentirse vivos. Solo la demencia hace que se repita todo como una grabación.
La ciudad está tranquila, pasean, van y vienen todos los vecinos que salen al ver el sol cálido de un sábado hermoso y yo, solo quiero que se alargue lo más posible para descansar. Toda la semana acumulé cansancio para meses. Pero estoy seguro que cuando llegue el lunes me pondré en marcha, como si nada hubiera pasado, como si estuviera más fresco que una lechuga. Ahora estoy en casa, viendo entrar el sol caliente por el gran ventanal del salón y apenas se oye algo. Hay un silencio grande. Las horas van despacio, casi como si fueran días. Pero me han dicho que el tiempo va a cambiar. Cosa que ya sabía. ¿Qué cosa no cambia todos los días? Ninguna. La catedral, esta mañana parecía decirme algo al oído… como si ya lo hubiera advertido durante siglos. Eso de que todo parece igual al levantarnos. Pero no, todo es nuevo cada día.

20090203

EMPIEZA A OLER A PRIMAVERA



He subido esta tarde por la misma calle que me lleva atrabajar. Lloviendo el martes suavemente y abrillantando el firme de las calles queriendo dar lustre a la poca luz que trae a las cinco. Bajo la gorra de lana iba cociendo mis pensamientos ensimismado en las luces de mi escaso campo que se esta mojando con esta fina y limpia agua de febrero. Pienso en los castaños que he de sembrar y, sin saber si podré algún día hacerlo, me veo bajo alguno de ellos en la caliente primavera de mayo leyendo uno de tantos libros que reservo para ese mágico trance. Allí nada esta preparado para hablar, todo esta dispuesto para escuchar. Es uno de esos lugares en los que se queda siempre una parte de mí. Ha de convertirse, por efecto de mi incansable interés, en un vivero de cuantas plantas se dejen arraigar en tan pobre tierra, expoliada por la escorrentía de los milenios y por el incendio de tanto aprovechamiento foráneo. Allí donde la tierra es fértil, lo es también por el cuidado de los que se asientan en ella y cuidan de su integridad al sentirse parte. Desde que la hice parte de mi vida ha ido poco a poco adquiriendo forma propia en la que la naturaleza progresa de manera vital.
No hace mucho paseaba por la fraga cercana que hay en la ribera del Barbantiño. La naturaleza allí está intacta y no hay ni un solo rumor de artificio. Los robles, hayas y castaños conviven con las genistas y lechugas de satanás dejando solo hablar al viento. A la sombra de los árboles de mi casa quiero oír, no solo en otoño, el ruido de mis pisadas sobre las hojas caídas, al pasar por cualquier trocha que haga, por mi costumbre de ir i venir por todos sus rincones.
A veces pienso que, cuando voy pensando bajo la gorra entre la lluvia de febrero, sea aquí o allá, disparando mi imaginación como acostumbro, no hago más que escribir los relatos mudos que nunca me acuerdo de escribir cuando terminaron de pasar delante de mi magín.
Hoy ya he empezado a oler a primavera. Sospecho que en mas de un montón de hojas, podridas durante estos meses y calientes por la combustión de su pudrir, se empieza a remover mas de una simiente sin aguardar a ver cómo van las isobaras o los frentes de aire frío. Huele ya a primavera y habrá que empezar a pensar de otra manera para seguir viviendo como lo vengo haciendo, con la alegría que recojo de mi lado.Q.Ko

20081229

EL CANTO QUE VUELVE, RARA VEZ



La noche es sorda, no suele prestar oídos para nada. Las de verano que se llenan de sonidos invasores son insoportables. En el invierno el frío adormece todo, la nieve y el hielo lo hace enmudecer. No hay más que salir al raso en la noche de diciembre para ver no sólo todo envuelto en tinieblas, sino enmudeciendo poco a poco, hasta el silencio. Las tinieblas son el elemento de líquida sequedad donde suele fluir nuestro subconsciente. Pasan las horas y, aunque ya no suelen acudir los pasos de los viejos relojes con su tic-tac matemático: ni el de pared con pasos de solemne andar, ni el de mano con el propio del latir de un mecánico pajarico, el transcurso de las horas se desliza en silencio dejando la imaginación abierta, los pensamientos en espera y los sueños prontos a desparramarse sin ningún sentido ni proporción. En ese espacio, en ese tiempo, que parece va directo al infinito sin llegar nunca a él, los ojos caen rendidos por el cansancio y el cuerpo, encontrando la mejor postura se entrega al sueño sin ninguna condición. La noche sigue, los mimbres y maderas de las sillas y mesas saltan y chasquean de vez en cuando tomando su mejor postura. A veces se puede oír algún perro lejano, o un coche pasando por la calle haciendo llegar sus vibraciones. Todo eso es lo habitual en una noche cualquiera, tan habitual y común que inconscientemente aceptamos su transcurrir en silencio todas sus horas, hasta que un despertador da el aviso que empieza el día.
Solo hay una manera que trascienda la noche y se convierta en algo especial, trayendo al momento un cambio radical de nuestra habitual forma de vivir. Una forma para que la sociedad, de la información, de la cibernética, del motor y la velocidad, se vuelva, cambie y mude al siglo XIX, con la inmediatez de la vida rural de la supervivencia elemental. Solo un sonido, largo y agudo, las mas de las veces desgarrado, que resuena en la noche hasta lo mas profundo del subconsciente y trae al momento una inundación de tranquilidad. Canta un gallo en el silencio de la noche. Se expande por toda la vecindad. La memoria genética vuelve. Todo, en su sitio.

20081201

BRUMAS DE DICIEMBRE



Se abre el día por las ventanas que enseñan el río Barbaña. Apenas hay luz que crece lentamente con prudencia desconocida en un amanecer invernal. Miro hacia la cercana montaña y las brumas se acercan a la ciudad. En un momento, apenas una ducha, apenas el primer lavatripas de zumo con el que engullir las pastillas, y la niebla sutil llena con un blanco velo toda la ciudad, dejando solo entrever, en algún momento fugaz, los contornos dibujados de lo que guarda: un casa, una señal de tráfico, la calzada brillando con la brillante luz que transporta. El primer calor lo recojo de la cafetería que hay debajo de casa. Calientes, los periódicos de toda Galicia se ofrecen en el mostrador con la tersura de sus pliegues sin estrenar. Cojo uno y me zambullo en la realidad escrita, que es tanto como la que existe, puesto que la que es, no cuenta las más de las veces, salvo cuando arrolla a los que la desprecian. Los periódicos son una buena referencia para empezar a trabajar para los que tenemos que atender la función pública: ya se sabe por ellos que es lo que hay que evitar. El que no esta avisado de lo que pueda ocurrir, de lo que esta previsto que ocurra, es pasto de las llamas que suelen abrasar a más de un incauto. Las frías llamas que se ha llevado a más de un inocente.
Las brumas traen la épica de lo ignoto. Con ellas se me desborda la imaginación y apenas puedo evitar el empezar a fabular historias que traen los recuerdos de mi vida pasada; llena ya de muchos inviernos, De muchas brumas vistas y en las que me sumergí sintiendo su mágica influencia, que preña la imaginación y deja al cuerpo también presa fácil de un catarro, quién sabe de una pulmonía, si no va abrigado.
Las brumas incluso traen la lírica del lenguaje de la naturaleza. De esas brumas, hay bastantes fijadas en mis cuadros: algunas acuarelas, algún que otro óleo y muchos apuntes a lápiz en los que dejo que la mano vaya tan suave y queda, que solo hace un leve roce sobre el papel. Así surgen las veladuras, así se extienden lo velos sutiles de la sugerencia que trata a la naturaleza como una obra apenas empezada. En la creación del mundo fueron las brumas las que aparecieron primeras. No en vano el principio fueron los gases, antes que los minerales, antes las nebulosas que los planetas.
En esta mañana, diciembre juega a crear el mundo desde Ourense, desde yo lo veo. Y en este micromundo que yo puedo abarcar, mis recuerdos traen todo el mundo que he vivido y que sigo viviendo, con lo bueno y lo malo, dispuesto para que lo reordene en una disposición que me pueda valer para esta vida que me ha tocado. Entre brumas, apartando de mi atención para que pueda pensar y crear, todos los detalles de la ciudad, dejando solo cuatro líneas de la calle, dos bordillos alineados y una farola encendida que acerca la ventana de una cafetería, con las brasas de sus encarnadas luces llamando a los clientes a tomar un café.

20081102

LOS ESTORNINOS Y SAN ROSENDO



Los estorninos han vuelto a pasar por delante del ventanal. Son cientos, marchando de allá para acá sobrevolando el río. Solo descansan un momento en la grúa de una obra vecina o en el tejado de las casas. La ciudad esta en silencio: el domingo se van fuera muchos vecinos a sus otras casas, en freguesías cercanas, donde les esperan en los huertos manzanos y otros frutales que apenas cubren a las berzas, con sus hojas abiertas hacia el cielo, o a las zanahorias, verdeando su follaje junto al de los grelos frescos. En el camino, junto a las cercas de piedra de las casas, ortigas de hoja ancha rompen en grandes matas llenas de lluvia. Entre las piedras de las cercas, los fentos sobreviviendo de los nutrientes depositados, esperando las gotas de lluvia. La luz del domingo fuera de la ciudad es lo suficientemente refrescante para hacer olvidar los días de trabajo durante la semana. El día de descanso parece cambiar todo el mundo en el que vivimos a diario. Todo, lejos del mundanal ruido. Al final buscamos la naturaleza y su vida sencilla.
La naturaleza no suele entrar en debates sobre economía o cambios de clima, simplemente obedece fielmente a sus propias reglas. Aunque, a veces, no entendamos mucho lo que resulte. Hace poco, en el mes de septiembre, vi en el centro del país un avefría dando saltitos en medio de la calle picoteando. Esas aves solo se ven en esas latitudes en los días muy fríos de enero. Por un momento sentí que estaba viendo un fenómeno extraordinario, como si viera en el cielo una aurora boreal, propia del ártico. Hoy los estorninos vuelan dando vueltas por la ciudad de Ourense en grupos de mas de cien, nerviosos, con un tenaz vuelo que no es predecible, como si fueran un banco de peces yendo de un lado para otro, súbitamente. En otro tiempo solían irse a sitios más cálidos a invernar, pues las ciudades eran tan frías como el campo. Ahora son distintas. Las aves lo han comprobado. Permanecen en la ciudad buscando el calor que las calefacciones dan por la noche. Durante el día se van al campo a buscar su comida.
Nuestra forma de vida trasforma la naturaleza sin darnos cuenta, a veces sin darnos cuenta de ello. Hubo un tiempo que las personas no se iban el domingo al campo o a los pequeños pueblos donde vivir de manera mas relajada y natural. Vivían en la propia naturaleza a tiro de piedra. Como lo estorninos nos buscamos el alivio donde y como podemos. Creemos en nuestras propias fantasías como hechos reales.
Ayer vi a San Rosendo haciendo el mismo gesto que hacen los hinchas de fútbol cuando se mete un gol en la Champions League: con el brazo levantado y en un gesto de fuerza blandiendo su propio símbolo en señal de triunfo y convicción. El que había inmortalizado el gesto del santo benedictino no había reparado posiblemente en que hay gestos que están al alcance de cualquiera, o quizá si. El abad de Celanova, que tuvo tanta prudencia como buen criterio político, terminó su vida retirándose y entregándose a la vida sencilla, luego de haber sido hasta gobernante por encargo, allá en el siglo X. Todo hace indicar que era un hombre de empuje y sencillez, mezcla normal que se consigue con la fuerza de un corazón compulsivo. Como los que se emocionan hoy por tantas cosas sencillas y que hacen felices a la mayoría. Incluida, como no, la Champion League.

20081030

OURENSE, TARDE DE OTOÑO




Las aguas del Barbaña discurren lentamente hacia el Miño. Desde aquí, veo subidas en su ribera izquierda centenares de ventanas de las casas que se instalaron por la ladera y, al fondo por la derecha corren los coches hacia el Puente del Milenio con los pilotos incandescentes como ascuas. Las nubes pasan despacio ocultando la poca luz que va quedando. La tarde calma del jueves hace que se me agolpen sobre la cabeza cantidad de imágenes de los campos de las cuencas del Miño y Limia. Esta mañana repasé desde el aire virtual, asomado al Gooogle Hearth, los campos de Orense, León y Lugo en apenas un instante, como una gran piel verde que cubre el suelo de esta parte de Galicia. Tierras que recorrió el cura Martin Sarmiento con los ojos aun más abiertos que yo lo hago ahora, si bien, cuando el 30 de octubre de 1754 se asomó al Ponte Liñares sobre el Limia debió ver un río muy distinto al que se ve ahora.
Es muy difícil que en los próximos años podamos hacer que nuestros ríos vuelvan a tener sus aguas limpias y con los caudales suficientes para que sean ríos plenos de vida, pero en nuestras manos esta intentar conseguirlo. Vivir en tiempos de Sarmiento era muy difícil, el más rico vivía casi peor que lo hace ahora el más humilde. Eso, sin embargo, ha hecho que la agresión a la naturaleza haya aumentado en gran medida. La industrialización el desarrollo urbano y los productos de consumo generan muchos residuos y vertidos que son difíciles de controlar, tanto por el coste añadido como por la cultura no asumida de su tratamiento adecuado. Ahora los más sensibles pueden tener la tentación de pedir que se corrijan los problemas de manera inmediata sin contar con lo extremadamente difícil que es hacer compatible el desarrollo con el respeto a la naturaleza. Difícil, pero no imposible.
Como se va desenredando una madeja, así, pacientemente, se deben tomar una tras otras las medidas adecuadas para que podamos acercarnos al objetivo que nos hemos propuesto para el 20015 en Europa: que las masas de agua estén en buen estado ecológico.
El río Limia debe, poco a poco, recuperar el aspecto que vio Martin Sarmiento aquel día y, quienes lo vean, que tengan la sensación de no haber sacrificado más que lo imprescindible para que se pueda afrontar las afecciones al río. Sin renunciar al bienestar que tanto ha costado conseguir. Claro que, para eso, hace falta ver el río como lo vio el: como la corriente de agua que da vida a la tierra, que no solo es un recurso sino un patrimonio de todos que hay que defender, como se defiende lo que es propio.
Martin Sarmiento advertía lo absurdo de los impuestos injustos como “la décima parte dun capón o dun carneiro” y sabía que quien debe soportar y apechar con los gastos del progreso son los que más beneficios sacan de él.
La noche se ha echado encima. Se oye el rumor del tráfico sobre la ciudad y abajo, entre las cañas y juncos el Barbaña sigue corriendo lentamente hacia el Miño sin hacer el menor caso a cuanto sucede. Calladamente, como lo hacen los ríos desde el origen de los tiempos, siempre el mismo río, nunca las mismas aguas, y viendo pasar a las gentes vivir y desaparecer. Ellos perduran.

20081027

NUBES


A mi izquierda se abre la puerta de la biblioteca. Da directamente a los ventanales de la galería, y de allí a los patios vecinales. Desde donde estoy sentada escribiendo veo un cuarto de cielo de septiembre. Ni siquiera es un cuarto. Es apenas un rectangulito pequeño encima de uno de los tejados de enfrente. En él, se mueven rápidas nubes de lluvia que van a llover al mediterráneo. El resto de mi paisaje permanece inmóvil. Apenas se balancea en un mecer del viento que se lleva las nubes lluviosas. Pero el resto de lo que podría ser tan libre como esas nubes, no puede dejarse llevar. La ropa se mece en las cuerdas, prendida a ellas por las pinzas de madera. Y las ramas de las plantas de mi vecino, que se asoman al balcón, altas y esbeltas se deben a su tiesto y no son capaces de sentir unas piernas andantes bajo ellas.
Y yo, yo que podría, hace tiempo que no quiero volver a ser nómada. Me gusta el nido que encontré y siento que por fin dí con el sitio que andaba buscándome a mí. Así que prefiero quedarme. Al menos el tiempo suficiente para ver pasar todas las nubes que van a llover al mediterráneo. Me iré el día que no vuelvan las nubes a llover sobre su espejo.

20081017

EN EL CORCHO

Los días de fiesta, desde hace algunos años y siempre que no estoy allí, me acuerdo de un modo familiarmente nostálgico… de Madrid. Bueno, del Portillo de Embajadores sobre todo. De las calles que anduve durante tantos años. Rápido llegando tarde a una cita, arrastrando los pies bajo el peso del corazón magullado, alguna madrugada… De día, cada día, camino del trabajo. De noche, cada noche, camino de mis sueños. Buscando la luna sobre cada tejado. Bebiéndome el primer sol de la primavera en mi caña de mahou…
La verdad es que lo mejor de Madrid, lo tengo conmigo cada día, al otro lado del teléfono. Pero soy así de imbécil, que le voy a hacer. Me gusta convertir el corazón en corcho y pinchar cada recuerdo, con su escenario incluido. Y de vez en cuando para verlos mejor, los descuelgo y los toco y los vuelvo a pinchar. Y cada vez noto el pinchazo y así, sé que siguen ahí, y que cada vez hay más. Y ese dolor me hace feliz. Hay dolores que valen la pena. Hay dolores que te muestran lo viva que estás y lo viva que has estado. Y a mi me llenan de energía para seguir sintiéndome viva.

Además hace dos años que entre pinchazo y pinchazo, siendo parte de alguna de mis postales, el agua del mediterráneo calma ese dolor y esa nostalgia. Y lo llevo mejor. Pero, ay, como me gustaría a veces que la Mancha en Madrid estuviera cruzando la calle desde el Jai-ka.